viernes, 25 de junio de 2010

El arte de volar

Es el nombre de un tebeo, bueno de un cómic, o lo que ahora se conoce en plan culto como novela gráfica. Probablemente es la historia más desgarradora que he leído en los últimos tiempos. Es la obra de un veterano guionista llamado Antonio Altarriba, pero también es la obra de un hijo llamado Antonio Altarriba, que resultan ser la misma persona. Y digo esto porque, presentado como un cómic, se nos cuenta la vida del padre de Altarriba que, a la edad de 91 años, decidió tirarse desde la ventana del cuarto de piso de la residencia geriátrica donde estaba internado. El propio autor lo narra en el prólogo de su obra: “mi padre tardó 90 años en caer de la cuarta planta”.

¿Qué lleva a un anciano al que apenas le queda un suspiro de vida a tomar tan drástica decisión? Si quieren descubrir la respuesta, sólo tienen que leer “El arte de volar”, probablemente el cómic, yo diría el libro, que mejor ha retratado el último siglo de la triste historia de un país al que muchos llaman España, y yo la conozco como Apaña.

Los dibujos de esta pequeña obra de arte han sido realizados por Kim, al que todos reconocerán como el cachondo mental creador de “Martínez el facha”, el facineroso bigotudo malhumorado con cara de Sazatornil, que desde hace años hace reír a los seguidores de esa joya satírica conocida como “El jueves”. Aquí se ha puesto serio, sino lo ha sido siempre. Por sus trazos descubrimos la época de la Dictadura de Primo de Rivera, el auge de la Segunda República, la Guerra Civil Española, el exilio a Francia, la Segunda Guerra Mundial, los oscuros años del Franquismo, y la nueva democracia. Todo un siglo visto a través de los ojos de una persona que, como dice en un momento del cómic, sólo quiere trabajar y vivir en paz. Es la crónica de un hombre que resulta ser víctima de las circunstancias sociales e históricas que le tocaron vivir.

Algunos pensarán que es la típica historia sobre la Guerra Civil, con su carga política, su rollo ideológico, su carácter maniqueo. Y aunque hay de todo ello un poco, no se puede negar que la historia de este país siempre ha tenido un poco, o un mucho, de todos estos aspectos, pero ante todo es la historia de un fracaso absoluto, de los sueños arruinados de alguien que una vez pensó que otro mundo era posible.

Casi siempre he rehuido de este tipo de historias. Cada vez que sale una película, o un libro, que tiene como contexto la Guerra Civil, o el Franquismo, huyo con pies ligeros. Como si no quisiera saber nada, aunque el motivo muchas veces se encuentra en la calidad de obras que suelen dejar mucho que desear (un ejemplo la adaptación de “Los girasoles ciegos”, un inmenso libro y una patética película), más preocupadas en soltar el mensaje o la perorata, que en contar algo que guste a un público general, pese a lo peliagudo que supone siempre enfrentarse a esa parte de nuestra historia.

En mi caso el motivo de huida es sencillo, vengo de los vencedores. Mi familia, no toda, pero una parte importante, son de los que presumieron de eso que se llamó “La Gran Cruzada Española”. Quizás por ello, quizás por el rechazo a lo que vi y me contaron de niño, quizás por mirar hacia otro lado, huyo de esas historias. Todavía recuerdo con apenas 15 años mi primer viaje transoceánico, una de mis obsesiones con las que martilleaba a mis padres con la excusa de estudiar inglés, pero cuyo objetivo era viajar al lugar de donde procedían esas películas que alumbraban mis sueños, conocer esas calles, esos coches enormes, esos billetes de dólar que, después de dos siglos, son iguales a los que manejaban los pistoleros. Y fue allí, en concreto en la Costa Oeste, donde me di de bruces con la realidad de un pasado que yo desconocía, o del que no quería saber.

Para mí los rojos fueron los malos, los pérfidos que quemaban iglesias, los de la matanza de Paracuellos, los que querían hundir España. Fue allí donde la familia americana que me acogía me llevó a pasar un día con una comunidad de españoles que vivían en esa parte de California. Y fue allí donde descubrí a unos ancianos que añoraban su tierra, su sol, incluso el hambre que pasaron. Fue allí donde oí por primera vez a alguien mentar a la madre del cabrón de Franco. No lo podía creer, pero era así. Esos eran los perdedores de aquella guerra que nunca me interesó, a la que no presté atención salvo en un antiguo juego de tablero que me hizo pasar tardes gloriosas, el preámbulo de la Segunda Guerra que inundó mis lecturas.

Muchas veces he pensado en ese momento, en ese encuentro con exiliados. Y con los años uno imagina la nostalgia que tuvieron que arrastrar todos esos que huyeron. Sin embargo, hubo otros muchos que se quedaron, que durante cuarenta años permanecieron callados, que vivieron una vida que no fue la suya. De eso trata “El arte de volar”, de la historia de un hombre que nunca pudo vivir la vida que quiso. Es una historia dura, triste, muy triste, que, al terminar de leerla, te hace sentir un vacío enorme. Y uno entiende el homenaje de Altarriba a su padre y las preguntas que le debieron surgir para intentar comprender el suicidio de su progenitor. Son las mismas dudas que yo sigo teniendo para entender el maldito odio cainita que, a fecha de hoy, sigue existiendo en este país. Me cansan las posturas inflexibles de unos y otros, me da igual que unos piensen que tenían más razón que los otros, esa verdad absoluta es algo que no existe, es tan real como Obi Wan Kenobi con el sable láser. La única verdad absoluta fueron años de penuria, de oscuridad, de familias divididas, de hijos y nietos que todavía intentan averiguar dónde están los suyos, de cómo se pudo llegar a esa locura, de cómo un anciano con 91 años decidió echar a volar.





miércoles, 16 de junio de 2010

Greatest hits

Pues nada, se acabó la Feria del Libro, empieza el Mundial, la hemos cagado en el primer partido, como siempre, quizás por tanto bocas que nos daba campeones antes de tiempo, así que he decidido hacer escapismo y recordar los grandes momentos de la Feria del Libro 2010. El cuarto año que trabajo en ella para ganarme unos cuartos mientras sigo peleando por ser cuentista algún día, aunque debería meditar ser trompetista. Pero bueno, mientras ello llega, aquí les dejo con los grandes momentos, los grandes personajes, las grandes preguntas, las grandes afirmaciones, las grandes respuestas de un lugar incomparable y privilegiado de Madrizz que, durante 17 días, está lleno de libros:

Grandes personajes de ayer y hoy en la Feria del Libro: un señor viejuno, montando una bicicleta, con un uniforme mezcla guardabosques y militar de los 70, una gran bandera de Apaña, un megáfono y un cartel "Antonio es necesario"... su lema al megáfono: Cataluña es Apaña... y algo más que decía, pero al alejarse sólo pillé lo de “hubo un tiempo...

Grandes sorderas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Espero que tengas "Nuestro tiempo"...
-Sí, bueno, la verdad es que si llueve es una putada...
-Eh, no, si yo me refiero a la revista.
-Ya, ya.

Grandes búsquedas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Oígame, ¿tiene números atrasados de Dirigido por?...
-Sí, creo que tengo alguno...
-Verá, es que yo busco de los primeros, concretamente de 1938...
-Eeeeeeh, así media hora.

Citas bíblicas de ayer y hoy en la Feria del Libro: y los cielos se abrieron y la furia del Señor se desató, diluviando durante siete días con sus sietes noches. El agua lo cubrió todo sofocando el terrible calor. Todo quedó arrasado, salvo una caseta con revistas indescifrables y un hombre con barba y gafas que exclamó: ¡¡¡gracias, coño, ya era hora!!!

Grandes imbéciles de ayer y hoy en la Feria del Libro: un individuo desconocido se acerca y entonces...
-Hola, qué tal, ¿me guardas el casco en tu caseta?
-No.
-Es por no tener que cargar con él por toda la Feria...
-Si te suscribes a una revista, entonces... quizás.

Grandes utopías de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Verá, buscamos una revista para regalar a un amigo...
-¿De qué tipo?
-De política...
-De esas hay muchas, verá tiene El viejo topo, Utopías...
-No, no, una que enseñe a ser un buen político...
-Eeeeeeeeeeeeeh... y así dos días.

Grandes reflexiones de ayer y hoy en la Feria del Libro: "¡¡cómo coj... se cambia el pu... rollo de la mie... del datáfono de los co...es ¿¿¿Por qué no entras puñ...ro ca... azo malp...ido??? ¡¡¡Me ca... en la pu... madre del bas... hijo pu... que lo inventó!!!

Grandes momentos de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-¡Mire, usté!, yo soy el mejor poeta y cantante de Apaña, mejor que el Miguel Bosé ése...
-Sí, bien, ¿pero le interesa alguna revista?

Grandes anarquías de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Oye, perdona, ¿tenéis alguna revista sobre el caos en general??
-Eeeeeeeeh... así una hora.

Grandes preguntas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Oyeees, ¿tienes revistas de hip hop?
-Nop, tengo de música barroca, motherfucker.

Grandes respuestas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
- Oiga, ¿la Feria hasta cuándo está?
- La Feria es eterna, señor mío.



jueves, 27 de mayo de 2010

Gracias

En la madrugada del pasado lunes 24 de mayo de 2010 ocurrieron dos cosas:

Empecé el que era mi último día de rodaje de Tchang, tras tres largos meses de rodajes espaciados, con sus respectivas pre-producciones y lo que ello supone de trabajo.

Terminó la que ha sido y será por el momento la madre de todas las series. Sí, Los Soprano, Battlestar Galáctica, The wire y Band of brothers son obras maestras incontestables, pero para mí hay un antes y un después de Lost. Y también sé que la turba cabreada busca a Lindelof y Cuse guadaña en mano para hacer justicia por no dar respuestas a tantas incognitas, respuestas que, por otra parte, nunca hubieran estado a la altura si hubiesen decidido intentarlo. A pesar de todo ello, imagino que conseguir hacer del final de una serie un momento global en términos de emisión, convirtiéndose en un hito sin precedentes, debe significar algo.

No podía dejarlo pasar. Ya he escrito aquí sobre ella y ahora que ha terminado y me ha dejado un poco huérfano, no podía pasar la ocasión de despedirme, como toda gran amante se merece. Uno siente una especie de vacío, y como dice el gran Hernán Casciari, suena al final de una relación al que se le fue el amor de tanto usarlo. Uno siente esa misma nostalgia del amor terminado, apagado, roto. La melancolía te invade, te arrastras por los lugares, te mueves por tu rutina como si fueras un muerto viviente, todo lo que ves y que te rodea, te recuerda a ella.

Casciari, en su último artículo sobre esta serie que ya es parte historia de la ficción de todos los tiempos, menciona ocho tipos de espectadores que han surgido tras la visión de “The end”. Por supuesto, un porcentaje muy alto es de los escépticos y cabreados, pero también hay un grupo, entre los que yo creo encontrarme, que desde hace cinco años se baja puntualmente cada episodio por internet (gracias al inmejorable trato con el que nuestra inefable televisión pública emitió la serie al principio... tampoco es que los guays de Cuatro la hayan tratado bien en su emisión, pero al menos la han promocionado bien) y que la he visto en inglés, con sus subtítulos, como debe ser. Contando los días para la premiere de cada final de enero, sintiéndome solo con cada finale de mediados de mayo. Somos el grupo de los agradecidos, de gente también escéptica con todo, que le vemos defectos y problemas, que somos conscientes de que una serie no puede cambiar el mundo, pero que también sabemos del poder de la ficción y que, en este caso, ha sido capaz de paralizar el planeta, crear foros de opinión, aparte de amigos y enemigos que se suman a uno u otro bando de la misma manera que el humo negro y Jacob se ganan adeptos.

Me enganché a ella por casualidad, como casi siempre con estas cosas, una tarde en el que estaba tirado en el salón de la casa de mi madre, mientras mi hermana planchaba con la compañía de la televisión. Recuerdo que era un domingo de principios de verano y emitían un episodio de la primera temporada. Había oído hablar de su estreno y el impacto que había causado en USA el episodio piloto dirigido por un tal JJ Abrams. Pero la historia de unos náufragos en una isla perdida, recordando la película de Tom Hanks, se me hacía imposible para una serie de larga duración, por no decir cansino. Craso error el mío.

Fue un momento, un personaje, lo que me atrapó. Ese personaje era un calvo que en sus flashbacks iba en silla de ruedas y al que la vida había tratado a patadas. Un tipo gris y solitario que se quería valer por sí mismo y que odiaba que le dijesen lo que podía hacer. Un hombre dispuesto a demostrar su valía y que tenía un destino y un motivo por el que había venido al mundo. Y ya con eso me ganó y conquistó la muy golfilla. No necesitó una caída de ojos, ni una sonrisa picarona. Se valió de John Locke, el hombre de fe, el hombre que le contaba a un niño al principio de la serie la clave de todo, resumida en las piezas de un juego más antiguo incluso que el ajedrez, conocido como Backgammon. Decidí ver más episodios, y ya enganchado a ella, volví a los primeros.

Entonces descubrí una serie de aventuras, con personajes ambiguos, todos ellos con pasados oscuros; descubrí una serie que se atrevía a romper el ritmo narrativo televisivo con constantes flashbacks; descubrí innumerables claves, secretos y misterios que recuperaban los mejores folletines clásicos de aventuras, como si hubiera vuelto a Tintín, a Sandokan, a Verne; descubrí que los guionistas eran capaces de acabar con sus protagonistas y que los finales no eran felices; descubrí la inmensa y conmovedora música de Michael Giachinno.

Había sido un flechazo, ahora sólo se podía esperar pasión y más pasión. Luego llegaron los altibajos, los cabreos, las pequeñas rupturas, los celos, las envidias porque también veía otras series, pero al final siempre volvía a ella, la muy ladina de mirada misteriosa. La cosa terminaba con más pasión, si cabe. Las otras eran tentadoras, pero no desprendían el misterio que ocultaba esa mirada. Vivimos nuestro amor al límite, sabiendo que un día no muy lejano, todo ello se acabaría.

Y así ha sucedido. Tras una irregular temporada con una trama temporal alternativa que a mí, particularmente, me ha parecido fascinante, como todos los flashbacks y flashforward de anteriores temporadas, con una trama isleña que se emponzoñó al principio con un ridículo Fumanchu en un templo de cartón de piedra, por fin llegó la esperada finale. Algunos estaban al acecho, cuchillo en mano, esperando sus puñeteras respuestas. Por mi parte, yo me acerqué a ella con la misma sonrisa de bobalicón enamoradizo, como cada noche que me bajaba un episodio.

Era la última noche que íbamos a pasar juntos, y ahora que iba ser el final, no podía ser menos. Creo que no me ha decepcionado, pese a los limbos y al tapón en el centro de la isla. La forma en que cada uno de los personajes ha recordado su pasado, me parece un momento cumbre en la historia de la televisión; y el final del héroe moribundo, que tantas veces ha llenado el cine y la literatura universal, cayendo muerto pero con la misión cumplida, terminando igual que empezó, con ese ojo que se cierra, son dignos de recordar para siempre.

Y las respuestas, qué pasa con las respuestas. Ni idea, hace tiempo que dejé de buscarlas, aquí y en la vida en general. Todos aquellos que buscan tantas respuestas son los mismos que no desean el viaje. Quieren llegar a destino sin saber que el verdadero puerto es el camino a él. Como ya han apuntado algunos, la propia vida, el misterio por el que estamos aquí, es una gran pregunta sin respuesta que probablemente nunca llegaremos a descubrir. Lo importante es el camino. Y eso es Lost. Por encima de una excepcional historia de aventuras y supervivencia, de una vuelta a la ciencia ficción clásica, de una historia sobre la oscuridad y la luz, el bien y el mal, la ciencia y la fe, Lost es el viaje de unos personajes en busca de su destino, sin saber que ese destino es precisamente eso: el propio viaje, la isla. Pero además es una historia de redención, quizás uno de los temas más grandes tratado desde siempre por los trovadores de todos los sitios. Es la historia de gente perdida, sin rumbo fijo, atados a un pasado, a unos errores. Es la purgación de sus pecados, la de ellos, la del resto del mundo. En definitiva, la historia de todos nosotros.

Gracias.




(Hasta siempre)

miércoles, 12 de mayo de 2010

El camino

¿Sabían ustedes que soy huérfano? No, no vayan a pensar que no tuve padres. Sí, eso sí tuve, como casi todo el mundo. Prefiero no imaginar lo duro que debe ser crecer con ese sentimiento orfandad, aunque también es cierto que dependiendo del tipo de progenitores que te toque en suerte, es casi mejor ser huérfano. Pero en líneas generales nadie desea crecer en el mundo de forma tan desvalida. Debo matizar: simplemente he sido un huérfano intelectual, o emocional, o espiritual, que queda menos pretencioso. Me explico: digamos que nunca tuve un referente, un guía al que seguir, un ejemplo que me inspirase. Hablo de alguien de carne y hueso.

Suele ser habitual encontrar un ejemplo inspirador, una persona que te ayudó en un momento crucial, o te enseñó el camino que tomar, o te resolvió ciertas dudas existenciales. Alguien al que admiraste. En ocasiones ese ser inspirador puede tener forma de padre (o madre), de amigo, de compañero, de maestro. Éste último suele poblar el subconsciente emocional de mucha gente. La gente recuerda profesores que le sirvieron de inspiración para elegir un camino en la vida. Alguien cuyas enseñanzas despejaron la espesa selva que es el recorrido de la vida. Maestros, profesores, personas que te recogen en el momento crucial, cuando sólo eres un saco de hormonas lleno de dudas y miedos.

Sin embargo, en ocasiones, esa inspiración no llega, esa guía no se encuentra, esa mano amiga no aparece. Uno va a ciegas, no conoce el camino, no hay una luz amiga que te diga “por aquí sopla”. Dudas si te equivocarás, si elegirás bien, si no la cagarás. ¿Qué haces en esos casos? Lo más fácil es seguir a la manada. Si ellos van por allí, yo debo ir por ahí porque será lo correcto, lo suyo, lo marcado, lo normal.

No tuve ejemplos inspiradores que yo recuerde, nadie del que a día de hoy pueda decir: “joder, recuerdo a este tipo y lo que decía”. Me siento como un discapacitado de la nostalgia. Nadie me guió y por tanto seguí un extraño camino. Sabía lo que quería hacer, pero no me atrevía a expresarlo, supongo que como tantos otros. Quería contar historias en imágenes, pero cómo se lo dices a un padre con forma de armario y que viste de militar de otra época. También comprendo que debe ser complejo para alguien que desea lo mejor para su vástago que te llegue y te diga: “quiero hacer cine”. Yo ni siquiera me atreví a decirlo directamente, sino que usé el eufemismo de querer estudiar imagen y sonido, una extraña carrera donde se supone empiezan todos los que desean hacer algo parecido a cine.

Mi padre no me dio un “no” por respuesta a tan peculiar forma de ganarse la vida. Curiosamente fue el sistema, o mejor las notas, los que me dijeron “va a ser que no, chaval”. Luego, frustrado por no obtener la media necesaria, busqué otras opciones privadas, pero al ver los precios fue entonces cuando mi padre sacó a relucir esa frase tan universal y que revolotea por ciertas familias en las que los polluelos empiezan a caminar: “estudia una carrera seria y ya tendrás tiempo para esas cosas”.

Esas cosas, tiene gracia. Es lógica la respuesta. No justifico la ceguera de mi padre, se entiende ese tipo de reacción, sobre todo viviendo en otros tiempos pretéritos. Luego, de una forma o de otra, uno acaba haciendo lo que quiere si realmente lo quiere y lo desea. Pero de aquel periodo, de aquella decisión, de aquel camino que tomé en el bosque, eché de menos un guía, una inspiración, un farol al que seguir. Ni siquiera sé por qué me empezó a gustar tanto el cine, ni el catalizador, ni cómo llegué a ello, pero sí el día que me dije a mí mismo “a la mierda con todo, tengo que intentarlo”.

Cuento todo esto porque el otro día volví a ver “El club de los poetas muertos”. Peli de finales de los ochenta, inspiradora para tanta gente, pero que también es denostada por unos cuantos, que es lo que suele ocurrir cuando se ha hecho algo grande. Hacía tiempo que no la veía. Ese épico final del “¡oh, capitán, mi capitán! (de los que se suben a la mesa me sentí orgulloso del gafotas que moquea y que es objeto de burla durante toda el metraje, ¡¡con dos eggs!!) me sigue emocionando igual que cuando era jovencillo, lo mismo que me pone la carne de gallina la música de gaitas del gran Maurice Jarre y la despedida de Keating (Thank you, boys... Thank you). Creo que la película no envejece y por lo que leí en internet sobre ella, en comentarios y críticas, sigue resultando inspiradora para generaciones que desconocían su existencia. Particularmente creo que por eso la película del gran Peter Weir es ya un clásico, una especie de leyenda del celuloide.

Hay muchos momentos reconocibles y que todos recordamos, del carpe diem del principio a Todd (Ethan Hawke) superando su timidez y mostrando su alma de poeta frente a toda la clase. Para mí hay dos instantes (aparte del final, obviamente) que me dejaron ciertamente marcado y que no sé si a los demás les llama tanto la atención. El primero es ese Todd (el personaje con el que me identifiqué enseguida porque yo también fui una ameba de joven) sentado en el suelo con un juego de escritorio que le han regalado sus padres por su cumpleaños. El mismo regalo que le hicieron el año anterior. Es cuando Neil (Robert Sean Leonard) le ayuda a lanzarlo al vacío. Digamos que es el momento catarsis de un gran personaje, acomplejado bajo la sombra de su hermano, un tímido irredento.

El otro momento es cuando Keating (un inmenso Robin Williams, en forma tras “Good morning, Vietnam”) se lleva al patio a todos sus alumnos y les enseña eso tan difícil de entender y llevar a cabo: tener voz propia, pensar por sí mismos, aunque eso suponga alterar la voz dominante de la manada. “Dos caminos divergían en un bosque y yo tomé el menos transitado de los dos. Y aquello fue lo que cambió todo”. Keating menciona a Robert Frost, un poeta americano del XIX, que le sirve de apoyo para que sus alumnos comprendan lo que es seguir un camino diferente al que sigue la masa, ser un librepensador, algo que resulta difícil de reconocer en ciertos ambientes donde todos balan hacia el mismo lugar.

Así que, a falta de una guía de carne y hueso, me valí de lo único que tuve a mano: todo el cine que pude ver. Probablemente me he nutrido de gente irreal, de pura ficción, pero lo preferí a cierta realidad poco recomendable. Llegué al bosque y vi la encrucijada. Dudé, pensé, tuve miedo. Nadie va por allí, reflexioné. Entonces recordé a Keating y su cita de Frost. Da igual si el camino es oscuro y ni dios pasa por ahí. Si uno siente que hay que tomarlo, no debe dudar un instante porque la peor nostalgia que uno puede padecer es aquella de todo lo que se pudo hacer y ni siquiera se intentó. Y sólo porque el camino era el menos transitado.


lunes, 3 de mayo de 2010

El paciente gallego

No recorrió el desierto en busca de pinturas rupestres. No tuvo un tórrido romance con una noble inglesa. No fue un espía nazi a las órdenes del Zorro del Desierto. Tampoco le cuidó en sus últimos días una abnegada enfermera canadiense, allá en un monasterio de La Toscana italiana. No, su vida no tuvo esos elementos de película o de novela, ni millones de personas se emocionaron con su historia. Su existencia no la glosó un conocido escritor canadiense llamado Ondaatje, ni la llevó al cine un fallecido director inglés llamado Minghella, que creó un clásico imperecedero. No, no es una historia como la del explorador húngaro al que confundieron con un paciente inglés. Lo que les voy a contar es algo más simple que eso. La vida de la que voy a escribir apenas ocupó unas líneas en los diarios. Es la historia de un hombre que nació, vivió y murió en un mismo lugar, allá en un hospital perdido de Galicia. Por darle un tono más emocionante, digamos que es la historia del paciente gallego.

Uno, con el tiempo, coge el periódico con cierta pereza y escepticismo. Lee sin interés lo que ocurre alrededor y lo que pasa más allá. Sin embargo, superada la actualidad de las primeras páginas, es en el interior donde uno halla la mejor materia para encontrar noticias curiosas, donde se encuentran las mejores crónicas. Páginas perdidas que supuestamente a nadie interesan, pero que es donde se encuentra el mejor poso de auténticas historias.

Hace unos días, en la sección de Sociedad del periódico que loa las virtudes de la monarquía a través de una grapa, encontré una pequeña noticia que enseguida llamó mi atención. La reseña informaba del fallecimiento en el hospital provincial de Pontevedra de Agapito Pazos Méndez, a los 79 años de edad.

¿Y quién era este hombre para que su deceso llamase la atención del periódico? ¿Qué tenía de interesante su historia que no tengan las de centenares de personas que fallecen cada día? Probablemente nada si pensamos que toda muerte es el epílogo de una historia, una de las muchas que conforman este mundo que poblamos. Y seguramente para familiares, amigos y conocidos, siempre son especiales, pero sólo para ellos. Así que, ¿por qué algunas merecen la pena que todo el mundo las conozca? ¿Por qué ciertas vidas han ser contadas en imágenes, palabras o notas musicales? Quizás porque ellas dan sentido a la pregunta que todos nos hacemos desde siempre: ¿qué hacemos aquí?

Agapito nació en el año 1931 y fue abandonado a los tres años de edad en un cajón. Fue recogido por el personal del centro hospitalario en el que murió hace unos días. Enseguida se le detecto espina bífida, es decir, una putada genética que te impide mover como cualquier persona normal. En el caso de nuestro paciente gallego se vio condenado a una silla de ruedas, algo con lo que poder solventar de alguna forma la atrofia en cuatro de sus extremidades. Y fue así como el hospital se convirtió en su único hogar y el personal del mismo en su única familia.

Al parecer, durante los 79 años de su vida, Agapito se dedicó a trabajar en el centro sanitario, a pesar de sus claras limitaciones. Guardaba las llaves de la gaveta de medicamentos y vigilaba a los pacientes con la misma atención con la que le vigilaron a él en su momento. En todo ese tiempo nunca salió del hospital y sólo en una ocasión lo hizo. Fue a los 60 años, cuando uno de los trabajadores del centro se lo llevó para ver el mar.

Casi un siglo ante sus ojos: guerras civiles, guerras mundiales, revoluciones, masacres, dictaduras, democracias, descubrimientos, avances, viajes más allá de Orion. Y todo eso lo contempló Agapito desde su silla de ruedas, en su pequeño rincón del mundo. Y también vio pasar a los que allí trabajaban, que luego marchaban, mientras él permanecía. Y pacientes que llegaban, se recuperaban, morían, mientras él persistía. Según cuenta la noticia, el día de su sepelio, no faltó nadie. Todos le acompañaron en su último viaje. Por fin abandonaba el único lugar que pudo conocer.

¿Ahora ya comprenden lo especial de esta noticia? ¿Ahora entienden la grandeza de estas pequeñas historias? Hagan todos, por un momento, un ejercicio de memoria: recuerden su pasado, su infancia, su adolescencia, su juventud, su madurez. Todos esos momentos vitales unidos a distintos lugares. Incluso aunque hayan vivido siempre en la misma ciudad, los recuerdos irán unidos a casas, calles, parques, plazas, todos ellos sitios diferentes. Y si nunca viajaron es porque así lo decidieron. Ustedes pudieron elegir, mientras que Agapito nunca lo pudo hacer. Ahora póngase en su lugar por un instante, imaginen por un momento: recuerdos atados a los mismos pasillos, a las mismas paredes, a la misma visión desde una ventana.

En la noticia se leía que era una historia enternecedora, no exenta de dureza. Puede ser. Yo prefiero pensar que Agapito nunca sintió nostalgia por lugares a los que no pudo ir, ni mundos que pudo descubrir, ni mares que pudo navegar. Quiero imaginar que siempre fue feliz entre los muros de ese edificio y que nunca sintió la necesidad de tener que usar la imaginación para huir de ellos. Quiero creer que ojalá fuera así.


sábado, 17 de abril de 2010

Adiós, Michael


El crítico, un famoso comentarista de la revista Life, se acercó durante la cena al director. En tono chulesco y provocador le inquirió algo que le dejó marcado para el resto de su carrera: ¿Cómo el hombre que hizo “Breve encuentro” puede haber hecho una mierda como “La hija de Ryan”?

A veces me gustaría tener una máquina del tiempo para viajar hacia atrás y ajustar cuentas con algunos tipos. Supongo que ustedes elegirían el Munich de los años 20 para dar matarile al del bigotito. Yo, como apunto más bajo, y encima no me gusta jugar con la historia no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad, haría pequeños actos de justicia, justicia pildorita podríamos llamarla. Me trasladaría en mi peculiar Delorian (obviamente en una máquina como la de Rod Taylor en “El tiempo en sus manos”) a los años 70, a la cena en la que La Asociación de la Crítica Norteamericana invitó al director de cine David Lean, tras el estreno de “La hija de Ryan”. Entraría por la puerta con mi smoking, mi camisa de chorreras, y me acercaría al comentarista de Life, justo antes de acercarse a la mesa donde cenaba el director británico. Entonces, mis desaforadas chorreras se estropearían aplicando algo de justicia a este mundo cruel.

¿Y por qué tanta agresividad ante semejante cretino? Supongo que les parecerá una chorrada lo que les voy a contar (lo cierto es que las chorradas son lo que me dan vida), pero la chulería, arrogancia y mala educación de aquel imbécil significó el principio del fin de uno de los directores más grandes de toda la historia. El aluvión de palos descarnados hacia su película, y su persona, tras el estreno de “La hija de Ryan” tuvo como consecuencia que abandonase su carrera cinematográfica durante 14 años. Ya anciano, Lean nos regaló su testamento cinematográfico con irregular “Pasaje a la India”. Sin embargo, todos tenemos la sensación de que la historia del cine se perdió algo grande durante años.

Ya nadie hace películas como “La hija de Ryan”. Sólo tipos como el genio esquizoide danés se mete en esos berenjenales. “Rompiendo las olas” (esa obra de arte vestida de cuento celestial) bebe, come y respira de la película de Lean. Pero no sólo el tarao danés se ha dejado influir por su obra. El gorrillas genial de los dinosaurios lo cita siempre que puede. De hecho Lean siempre decía que hacía el cine que quería ver en la pantalla, justo la frase que ha inspirado la vida del autor de “Tiburón”, y unas cuantas obras maestras más. Incluso servidor, en su pequeño rincón en el mundo, cree que está haciendo Tchang inspirado por el cine de este gran hombre al que siempre olvidan mencionar entre los Welles, Wilder, Ford, Hawks, Kubrick, Hitchcock, etcétera. De hecho, hoy en día, cuando dices su nombre, la gente siempre piensa que citas al otro paranoide del cine actual. El propio David Lynch bebió de él para hacer “Una historia verdadera” (The straight story), por no hablar de “El hombre elefante”

Ya nadie muestra en el cine planos donde la naturaleza se come al individuo, que le hace sentirse poca cosa frente a ella. Ya no se ruedan estepas rusas (rodadas en la sierra de Madrid) donde se producen cargas de la caballería de los rusos blancos, ni marchas imposibles por desierto infernales para conquistar la inexpugnable Aqaba.
Ya nadie hace películas de cuatro horas, con overtura, intermedio y epílogo. ¿Quién se atreves a hacer eternos planos de acercamiento de un jinete desde lo más lejano del horizonte?

Ya nadie utiliza el formato panorámico de la manera en que este culto y viajado británico lo empleaba, ni el color con el que dibujaba sus historias. ¿Conocen a algún director capaz de rodar una tormenta auténtica, esperando días para conseguir los planos perfectos, alterando el ánimo de sus productores?

Ya nadie cuenta historias intimistas en el escenario de grandes hechos que marcaron la historia del hombre. Ni historias de amor imposibles con finales duros y amargos. Ese plano inclinado final de Tara, aquella mujer de ojos azules infinitos, calle abajo, con el rostro de stalin poblando la calle, rumbo a un anónimo gulag, en uno de los finales más descorazonadores de siempre.

“La hija de Ryan” es una historia de amor, un triángulo amoroso que se desarrolla en un pequeño pueblo de la costa de Irlanda durante la ocupación británica, y en pleno apogeo de la 1ª Guerra Mundial. Es una historia del descubrimiento del verdadero amor carnal en un ambiente opresivo y lleno de intolerancia. Es la historia de un profesor de escuela humanista que recuerda al gran Atticus Finch (interpretado por ese gigante llamado Robert Michum) casado con Rosy (la hija de Ryan, el tabernero), una joven caprichosa que cree descubrir el amor añorado en el culto maestro, pero será la vida y el azar quien le haga descubrir lo falsos que son los sueños románticos. Será joven oficial inglés, machacado física y anímicamente por la guerra europea, quien le haga descubrir esa pasión carnal que ella anhelaba.

Pero no sólo ese gran triángulo amoroso puebla esta inmensa obra de arte. También está el sensato cura de un pueblo insensato y cerril, interpretado por Trevor Howard, un galán de cine clásico que aquí construye una interpretación gigantesca. Junto a él, otro personaje memorable imprescindible, testigo de todos los sucesos que ocurren en la historia: el idiota del pueblo, Michael (John Mills ganó uno de los dos oscars que recibió la película), del que todos se burlan. Una especie de hombre elefante incapaz de comunicarse con los demás, pero sabedor de todo lo que ocurre a su alrededor. De hecho es el eje de toda la acción, hasta el punto de que la película estuvo a punto de llamarse “Michael’s day”.

Rosy (una estupenda y sensual Sarah Miles en su apogeo) aborrece a Michael, sus andares, su grotesca dentadura. A medida que la historia avanza, la hija de Ryan va a entrar de golpe en la madurez. Su personaje es todo un ejemplo de evolución narrativa, gracias por una parte a la magistral interpretación de la actriz inglesa, así como a la escritura del que era su marido y guionista Robert Bolt, colaborador de Lean en esos dos gigantes de su filmografía llamados “Lawrence de Arabia” y “Doctor Zhivago”, además del libreto de “Un hombre para la eternidad”.

Si quieren descubrir un cine perdido que ya nadie hace, no dejen de ver las películas de David Lean, autor no sólo de grandes superproducciones, si no también de pequeñas obras maestras como “Breve encuentro”, la película que sirvió de inspiración al gran Wilder para regalarnos “El apartamento”.

Si quieren contemplar los mejores paisajes que se han rodado para una pantalla, no dejen de comprar sus películas, desde las pequeñas e intimistas. Hasta las más grandes superproducciones que se han hecho jamás.

Pero si quieren ver uno de los mejores finales de la historia del cine, no se pierdan el adiós de Rose al pobre idiota, tras ser desterrados ella y su marido por la turba. Cuando terminen de verla, les aseguro que conservarán las películas de David Lean para siempre.


(No he encontrado nada que resuma "La hija de Ryan", así que les dejo con la mejor elipsis que se ha hecho en la historia de cine)




martes, 6 de abril de 2010

El mal prevalece

Siempre me gustaron los malos. Y los perdedores. Pero sobre todo los malos, quizás porque siempre son perdedores al final, y yo siempre he sido muy solidario con los que pierden, quizás porque tengo vocación de ello.

En el fútbol uno conoce muchos tipos de perdedores de ese estilo. Un ejemplo fue aquella selección prodigiosa que vestía de naranja, en los años 70, y a la que comandaba todo un personaje que, tras años viviendo por estos lares, sigue hablando como un de guiri de una película de Landa. Quedaron subcampeones en dos mundiales, jugando un fútbol único, pero perdieron en ambas ocasiones. ¿Y a quién le importa? Supongo que a los holandeses les debió importar, pero la gente siempre recordará a aquellos tipos de un país pequeño jugando un fútbol de museo contra todos los cocos que dominan este arte y deporte que, por cierto, cada día se parece más a la guerra.

Los actores siempre quieren interpretar a malos que te cagas. Probablemente porque suelen hacerles pasar a la historia y llenar sus estanterías de premios. Pregúntenle a Tosar. Yo lo comprendo. Es lógico: ¿a quién no le gustaría ser Hannibal Leccter y dar paseillo a más de un cretino sin formas ni fondo?; o ser Vader, apretando su puño y cargándose planetas plagados de horteras rubios insufribles y porculeros; o William Munny, entrando al saloon para comprobar quién es el gallito que me va a decir a la cara lo que le han hecho a mi mejor amigo; o Liberty Valance y su látigo, aquel malote que vivía allá donde posaba su sombrero; o Travis Bickle y su “¿me estás hablando a mí, gilipollas?”; o Carlito Brigante tirando escaleras abajo a tanto matón de baja estofa que nos rodea; o el gran Tony Soprano, en uno de sus ataques de ira ante algún imbécil superlativo que va de listo por la vida.

Esos malotes molan, me identifico con ellos, es más, me caen bien, muy bien. Tienen motivos, torcidos, es cierto, pero los que les rodean son peores que ellos, mucho peores. A su lado siempre están seres grises, envidiosos, mediocres (en muchos casos), pretenciosos, torticeros, abrazafarolas (que decía aquél), casposos, vacuos por dentro, superficiales por fuera, sin discurso alguno, salvo el de vamos a forrarnos a costa del resto, incapaces de regirse por el más mínimo código moral, aunque sean unos perfectos hijos de putas.

Uno abre el periódico y ve que lo único que se encuentra en este mundo es ese tipo de malos. La realidad es un mal lugar. No hay Lecters, ni Vaders, ni Sopranos. Sólo Correas, Matas y Bigotes. Tipos encorbatados que siempre están ahí, dominando el cotarro, manejando los hilos. Y lo que es peor: cuando ellos no estén, serán sus delfines los que continúen la saga. Tony Soprano tenía más gracia forrándose a costa del prójimo y, al menos, su hijo era un estúpido pusilánime.

El otro día pude ver una gran película que está ahora mismo en cartel. Es la última de Roman Polanski. Se llama “The ghost writter”, que se conoce como el escritor que hace de negro para otro, pero que aquí, como siempre, la han traducido como les ha salido del cimbel. El título en castellano es “El escritor” (lo suyo hubiera sido llamarlo “el negro”, pero eso no suena guay del Paraguay). El caso es que es un entretenidísimo thriller, heredero del mejor Hitchcock, un poco en la línea de la notable “Frenético”, pero que la supera con creces. Por resumirla, trata de un escritor especializado en biografías, un “negro” que escribe para otros y que se ve involucrado con un tipo de cuidado, de esos a los que es mejor no acercarse demasiado. En este caso le piden que escriba las memorias de un ex primer ministro (al que interpreta notablemente Pierce Brosnan) al que acusan de criminal de guerra por lo de Irak y otras lindezas por el estilo. O sea, un trasunto de Toni Blair. El final de la película es demoledor, aterrador, descorazonador y genial. Tras ver la película, y lo que en ella se cuenta, me acordaba de los encorbatados que hoy pueblan las portadas de los periódicos. Esos que visten impecables, sonríen, posan para la foto, sueltan sentencias vacías, se llenan los bolsillos y, si es necesario, besan a los niños. Todo con tal de salir reelegidos, o de seguir en el poder, o en el consejo de administración. Todo con tal de perpetuarse.

La conclusión es aterradora, amigos: siempre ganarán, siempre sonreirán, siempre engañarán. Guste o no, el mal prevalece.