lunes 13 de julio de 2009

Un tipo duro

¿Han conocido alguna vez a un tipo duro? Pero a un tipo duro de verdad. A tough guy, que dicen los gringos. Yo, la verdad sea dicho, creo no haber conocido ninguno. Imagino que para conocer a alguno hay que moverse en ciertos ambientes turbulentos, o visitar zonas de guerra, o lugares donde vivir resulta un milagro. No es mi caso y quizás por ello no conozco ninguno. Sí he conocido a matones y a mucho gallo o gallito de pelea. Eso es fácil encontrar, sobre todo en la noche. Pero un tipo duro de verdad, uno de esos que cada día sale con la Parca de compañera, con una existencia que huele a derrota, con un peculiar código de honor cuyo artículo primero dice antes la muerte que la traición a un amigo. De ese tipo todavía no me topado.

Supongo que entonces estoy hablando de tipos duros de celuloide. Recientemente, o en los últimos tiempos, sí que he tenido contacto con tipos duros que salen cada mañana sin estar muy seguros del todo de regresar por la noche. Estoy hablando de un tipo de rescate de alta montaña de la guardia civil que me ha servido de asesor para la historia que, ¡por fin!, tras tres años de pelea, puede que ruede a final de año. Es una historia de montañeros, de un rescate, de supervivencia, de amistad y de redención. Algo marciano y pretencioso teniendo en cuenta que es una historia de veintitantos minutos. Pero no sé, son las historias que me salen.

De hecho el personaje que lo protagoniza es un montañero curtido, pero lo grande de la ficción es que, aunque siempre trato de dar la mayor veracidad y realismo en mis historias, me permito tomarme pequeñas licencias porque si no, obviamente, no sería ficción. Y para este personaje, irremediablemente, me ha salido algo del tipo duro que uno anhela: la de alguien que lleva sobreviviendo desde pequeño, que huele la derrota, que no se rinde, que intuye la traición, que no se arredra nunca, que cuando vienen mal dadas recurre al humor.

Como decía, esos tipos duros siempre los encontré en el cine, en especial en el cine de gánster y en el western. Los dos géneros épicos por excelencia. Los dos géneros que, de haber vivido en el siglo XX, habrían copado las obras del tal William Shakeaspeare. Poblados ambos de tipos al límite que saben que el final no va a ser precisamente feliz, que su destino está marcado desde el principio, que no tienen estrella ni suerte. Tragedias inmortales que nos muestran en un espejo las miserias del hombre y su lado más oscuro.

Quizás por ello, porque estoy con esta historia donde se requiere ser duro, o porque quiero que el actor que haga el corto tenga unas referencias, o porque tuve un flashazo, o no recuerdo bien por qué, el otro día eché mano de mi colección de películas para rescatar una de las mejores historias que se hizo en los noventa. Se llamó de manera infame por estos lares “Atrapado por su pasado”, pero su título original era “Carlito's way”, y no pudieron hacerle peor promoción los gilipollas del marketing para joder la película, ya que si uno la ve entiende por qué el título original es “A la manera de Carlito”. Y es que Carlito Brigante, interpretado por un inconmensurable Al Pacino (que venía de ganar un Óscar con una película amable hecha a su medida como “Esencia de mujer”, y por el que la Academia se sentía en deuda al no haberle premiado nunca tras interpretar varios puñados de obras maestras), es la historia de un tipo duro de verdad, de los que ya no quedan, de los que conocen los códigos de la calle como si fueran un guía turístico. Es la historia de la redención de un hombre al que su pasado, o mejor sus colegas del pasado, acechan.

Dirigida por Brian de Palma, el director de cine más injustamente tratado de la historia, que con ésta firmó su auténtica obra de arte, porque esta película es lo que es: un clásico contemporáneo. En ella se encuentra, además, la mejor interpretación de siempre del, a veces, excesivamente sobrevalorado Sean Penn, que borda aquí a un abogado corrupto y cocainómano que quiere ser un malote, pasar al otro lado de la línea, ser a wise guy.

Seguramente muchos de ustedes la habrán visto. A algunos les gustaría, a otros no (ciegos hay en todos lados), pero si un día deciden convertirse en tipos duros, no acudan a ningún manual o a entrevistar a jinchos de mierda. Vean esta película, vean la interpretación de Pacino, escuchen sus reflexiones morales escritas por David Koepp (el guionista de "Parque jurásico" o "Spiderman", que hizo el guión basado en un libro escrito por Edwin torres, un antiguo juez de Nueva York) que nos regala algunas frases memorables, así como momentos que les será difícil de olvidar: “Alguien me empuja cerca del suelo. Puedo sentirlo, pero no lo veo. No tengo miedo. Ya pasé por aquí cuando me pegaron un tiro en la calle 104. No me llevéis a ningún hospital, por favor. Esas putas salas de urgencias no salvan a nadie. Algunos hijos de puta te disparan siempre a medianoche, cuando sólo hay un médico chino novato con poco instrumental. Mira a esos capullos corriendo ¿Para qué? No se suponía que mi culo puertorriqueño fuera a vivir tanto. A casi toda mi banda se la cargaron hace tiempo. No te preocupes. Mi corazón no se para nunca...”

Ése es el arranque de esta película que nos cuenta los códigos morales de un tipo duro de verdad, de Carlito Brigante que, tras salir de la trena, lo único que quiere es huir de su pasado, de la violencia que le acompañó, de las calles que le criaron, allá en el Harlem latino de los setenta. Carlito sólo quiere tener el dinero suficiente para empezar de nuevo alquilando coches a turistas en una playa lejana “con una sonrisa de oreja a oreja”, sólo quiere recuperar un amor perdido que le pone los pies en la tierra cuando le dice que su sueño acabará con ella llorando a las tres de la madrugada en una sala de urgencias mientras él se desangra. Ni siquiera el instinto de supervivencia va a servirle a Carlito, que conoce la calle y a los malotes como la palma de su mano, que huele una trampa a kilómetros, que sabe que “pedir un favor es más peligroso que una bala”, que pregona que prefiere morir antes que traicionar a los amigos. Y si todo esto no les parece suficiente, "amigos", pues disfruten entonces con la magistral secuencia final de persecución por el metro de Nueva York, rodada con un ritmo brutal y realista por parte del infravalorado De Palma, que posteriormente inspiró a gente como el propio Michael Mann.

En mis sueños siempre estoy en una taberna tomando unas cervezas con el cínico Bogart de Casablanca, con Pike Bishop y su fronterizo grupo salvaje, con el Wayne que liquidó a Liberty Valance, y por supuesto con Carlito Brigante y su código de honor. Ningún cretino se acercaría a molestar, sabedor de lo que podría pasar. Lamentablemente ya no quedan tipos duros. O puede que jamás hayan existido.


miércoles 24 de junio de 2009

Los pequeños detalles

Vamos demasiado deprisa para fijarnos en los pequeños detalles, pero ahí está la clave de todo este invento. Supongo que depende del estado en el que se encuentra cada persona, del estrés con el que viva, de la situación laboral o existencial en la que está en el momento. Quizás porque uno va por la vida husmeando historias o quizás porque ha llegado un punto en que lo importante realmente son esas pequeñas cosas.

¿Y cuáles son esas pequeñas cosas que le hacen a uno no dimitir? ¿Cuáles son esas pequeñas cosas que le hacen a uno reconciliarse con todo, pensar claramente que merece la pena haber estado por aquí de visita?

El olor de un café bien servido (y eso que no soy especialmente cafetero), con leche templada y algo de espuma, acompañado de una barra bien tostada con algo de aceite, tomate exprimido o rayado, un poco de sal. Pero cuál es el pequeño detalle que hace grande el momento. El trago de agua bien fría que uno se toma después.

Caminar por la Gran Vía, rodeado de gente, de todo tipo, de todas las clases, de todas las pintas. Mirar las gárgolas de esos pequeños rascacielos que emulan a sus gigantes hermanos de la ciudad que nunca duerme. Comprobar que a la altura de lo que fue el Madrid-Rock siguen esos dos hermanos con mallas, chupas de cuero llenas de pinchos, melenas, bebiendo calimocho, formando parte ya del paisaje urbano. Quedarte tranquilo porque con ellos no van a poder, seguirán allí con frío o calor asfixiante, negras sus chupas por el humo de los coches, construyan Zaras, Haches y emes o Springfields, cierren cines clásicos poco rentables, o alcaldes megalómanos quieran hacer peatonal una calle única e inigualable. Ellos seguirán allá. La Gran Vía sobrevivirá siempre, a bombarderos fascistoides o a diseñadores supercool. Y a la altura del Palazzo, entras y te pides una horchata bien fría, con poco hielo granizado.

Llegar a los cines Ideal, allá por Atocha, percibir ese olor a palomita que viene desde la puerta, anticipo del mejor de los sueños. Sentarte con los amigos, comer esas palomitas, beber esa bebida bien fría y cuando se apaga la luz tener las mismas palpitaciones de cuando era niño, en el cine de verano de aquella playa perdida que puebla mis sueños.

Esa primera caña bien fría, con su espuma, cuando tienes el gaznate seco, en una mañana de domingo, al lado de un bar clásico del Retiro, o en uno de esos que han hecho de diseño en La Latina, o en una taberna castiza de Chamberí, da igual. Debería pararse el mundo mientras damos ese primer sorbo. Luego dar un beso en la calva a esos camareros de chaquetas blancas que deberían estar subvencionados por la Seguridad Social.

Un Cola-cao con leche bien fría, en la noche, con la radio de fondo. Pero qué le hace diferente a esta bebida, qué le hace mejor que otras. Qué es lo que hace que pase de generación en generación, aunque eso sea a su vez el motivo de que no guste a otros, porque el mundo está también lleno de grandes ignorantes: los grumos. Esos grumos no disueltos fundamentales, mágicos, supervivientes.

Los pequeños detalles. No dejen de fijarse si tienen un rato.



(Les dejo con esa cantautora genialode llamada Cat Power y su cálida voz. Les dejo con Lived in bars, toda una declaración de principios)

miércoles 17 de junio de 2009

La feria

No recuerdo cuándo fue la primera vez que deambulé por ese paseo de carruajes lleno de casetas bajo el sol agobiante de junio, antesala ya de un verano inminente. No lo recuerdo claramente, sólo la imagen de la gente que iba arriba y abajo comiendo helados, los niños corriendo de una caseta a otra con los padres persiguiéndolos a grito pelado, los que se paraban a hojear y ojear, los dueños de las casetas abanicándose con folletos de promoción, la voz de megafonía informando de los autores que firman, las señoras y señores preocupados en reconocer al escritor famoso... Sólo tengo un recuerdo claro por encima de todos los demás: libros y más libros, de todos los tipos, de todas las formas, de todas las clases. Un escaparate lleno de textos donde sentirse como un niño en una pastelería.

Quién me lo iba a decir a mí que, años después, iba a ser uno más de los expositores que se abanican en una de esas casetas que están bajo ese sol madrileño que abofetea cuando el frío dice adiós. Y es que durante tres años (incluido éste último) he estado ganándome unas perras gordas que compaginen ese otro perro oficio de contar historias. Pese al calor, la lluvia e, incluso, los últimos estertores del frío, la feria del libro, situada en ese mágico parque que hace respirar a la ciudad invivible pero insustituible, es la mejor del mundo por ser la más popular y la menos elitista. Uno puede encontrarse al más sesudo de los escritores y al más friqui de los personajes. Ésa es la feria: comercial, peculiar, desmedida, hortera, sesuda, calurosa, lluviosa, culta, inmensa. Son casi cinco kilómetros que se abarrotan con más trescientas casetas y pabellones. Un hormiguero que recorre una alfombra de papel.

Y tantos días allá te llevan a descubrir gentes y personajes que pueblan cada año ese lugar. De grandes librerías y editoriales, que hacen el negocio del año y se saben todos los trucos, a novatos ilusionados por su veintena de textos editados, desbordados por esta Babilonia cultural. Uno puede pasear y encontrar desde facsímiles a cómics, de libros olvidados a la últimas novedades, de clásicos a best-sellers, de novela negra a ciencia ficción, de ensayos trascendentes a la mejor de las aventuras. Todo allí, en apenas cinco kilómetros mágicos.

“¿Oiga, hijo, tiene usted la revista Raíces?”. Esta era la pregunta que me hacía una anciana enjuta, de moño gris, nariz aguileña, arrugada como una pasa pero en aparente buena forma. Con su chaqueta de lana, su mirada inquieta, acompañada un día por una mujer latina, otro por una mujer negra. Y ambas siempre me miraban de manera cómplice. “No, señora, ya le comenté el otro día que no está en nuestra Asociación desde hace años, pero pregunte usted en la caseta de Serafat, que llevan libros y temáticas judías”. Y la señora me decía que ya había preguntado allá, y que la habían mandado a mi caseta, y luego se iba con paso firme tras darme las gracias. Era la tercera vez que se acercaba para hacerme la misma pregunta... este año.

-Oiga, ¿el libro sobre Astrología que ha publicado Aramis Fuster?

-Aquí no es. Información es la caseta de al lado.

-Ya, pero hay mucha cola, no me lo puede decir usted.

-...

Días de cansancio y de preguntas similares. En mi caso, al ser una caseta de revistas culturales y estar junto a la de información, todo el mundo (incluidos el resto de expositores y los tipos de seguridad) piensa que al no tener libros (eso es porque no han visto revistas de literatura como “Turia”, un libraco de 300 páginas, con una tirada de dos números al año, y sin fotos, claro) estás ahí para eso, para informar de lo que sea. Unos tipos raros con revistas raras y densas. Y uno, por más que se desgañita diciendo a todos que no somos información, finalmente tiene que lidiar con las decenas de personas que se acercan a esa caseta vacía con un tipo que tiene cara de aburrido, que seguro sabe algo.

-Oiga, mire, le importa si le hago una pregunta que he planteado en otras casetas, a ver si me da usted la razón.

-Uffff, a ver, dígame.

-¿Cuándo se fundó la electricidad?

-...

Otra de las tareas que uno siente que hace es la de tener cierta función de servicio público, de servir de compañía a la gente, de dar conversación a unos cuantos. Es algo que se ve en especial los días de diario, cuando menos follón tiene la feria, cuando mejor se está. Desde ancianos solitarios, a solitarios de la vida, pasando por excéntricos, o incluso simples vendedores.

-Oiga, ¿tiene marcapáginas?... es que los colecciono.

-Claro, claro, fíjese que es "el primero" que me dice tener esa afición.

-Oiga, ¿revistas sobre casinos tiene?

-Eeeeh, no, no tenemos de ésas en la Asociación.

-Oiga, ¿revistas de salud tiene?

-Eeeeh, no, no tenemos de ésas en la Asociación.

-Oiga, ¿revistas de sexología tiene?

-Eeeeh, ya me gustaría tener, ya.

-Oiga, ¿revistas sobre el Triángulo de las Bermudas?

-...

Cada uno de los que pasa por allá quiere trasmitirte algo. Uno espera sobre todo que quien lo haga sea una mujer de mirada arrolladora y formas poderosas, pero generalmente son personas que, sin venir a cuento, te exponen una página de su vida. Así un canario (de las Islas, matizo) con gafas de sol se interesó por la caseta y la variedad de temáticas culturales que tenía, pero en poco tiempo pasó a contarme su operación de córnea que le iba a posibilitar ver mejor porque estaba medio ciego, pero se lo tomaba con filosofía, lo que le permitía estar de baja, y lo que le llevó a terminar su alocución contándome un chiste:

<<"Sabe ése de Jesucristo que está en el bar de un hospital, y lo reconocen un inglés, un francés y un español. El inglés dice a sus compañeros: “¡Mirad, ése es Jesucristo!” El francés le responde que no puede ser. Pero el inglés insiste, “¡que sí, coño, que ése es Jesucristo, no ves las marcas en la frente y los estigmas en las manos!”. Así que el inglés se acerca para comprobarlo y le dice: “oye, tú eres Jesucristo, ¿verdad?” El tipo de barba y pelo largo, túnica blanca, marcas en la frente y una cervecita en la mano, se vuelve y mira resignado al inglés: “joder, sí, ya me has reconocido, pero por favor no lo digas en voz alta”. Vale, vale, le responde el inglés. “Oye, ¿tú podrías curarme esto de cuello que me tiene muy jodido?”, le suplica el inglés. “De acuerdo, te curo pero cállate y no se lo digas a nadie más”. Jesucristo le toca el cuello y milagrosamente se cura. “¡Hostias!, quiero decir, ¡córcholis!, ya no me duele”, grita el inglés feliz. “Psss, vale, vale, pero baja la voz y ve en paz”, le demanda Nuestro Señor. El inglés no tarda ni un segundo en ir corriendo a la mesa a contárselo al francés y al español. Enseguida, en la barra, Jesucristo se encuentra con el francés pidiéndole que le cure lo de su brazo. “Joderrr con el inglés. Bueno, venga, te curo, pero calla la boca, que luego no me dejan en paz”. Y entonces Jesucristo toca el brazo del francés que se marcha tan contento. En esto que Jesucristo se queda observando al español, que no se levanta, sigue en la mesa. Y se pone a pensar: “a ver si éste no va a poder andar y no puede acercarse para que le cure. No puedo dejarlo así, ¡coño, soy Jesucristo!, no puedo hacer estas cosas”. Y Jesucristo se acerca hasta la mesa: “hola amigo, sabes que soy Jesucristo, ¿te puedo ayudar en algo?” Y el español, horrorizado, se echa hacia atrás: “¡a mí ni me toque que estoy de baja!”>>.

Y el canario, un compañero y yo mismo descojonaos en medio de la feria con el chiste cutre que nos ha contado. “¿Y de qué se reirán ésos que tienen la caseta siempre vacía?”, se preguntarían algunos. Luego nos deseó suerte y aseguró que volvería al año siguiente, ya con nuevas córneas.

“¿Oiga, hijo, tiene usted la revista Raíces?”. Y la asistente latina me miraba con resignación por cuarta vez. “No, señora, lamentablemente no pertenece a la Asociación desde hace años”. “Vaya, no lo sabía”, me responde la anciana. “No se preocupe, señora, para eso estamos en la feria”.


(No sabía que vídeo poner, así que por eso del colorido de la feria pongo a The new pornographers y esta hermosa canción y colorista vídeo. Son canadienses y se llaman así porque un predicador de aquel país decía que la música era pornografía)

miércoles 13 de mayo de 2009

El trabajo os hará libres (Arbeit macht frei)*

*(Frase que adornaba la entrada al campo de concentración de Auschwitz)

(Aviso del autor: lo que a continuación van a leer es una historia de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura y simple coincidencia)

Hace varios meses que no trabajo. Me largaron de la última empresa. Ahora soy uno más de los cuatro millones de parados, uno de “ellos”, o mejor, de “Los otros” ¿Se imaginan Lost con cuatro millones de “Los otros”? Ben estaría en su salsa, lo digo porque con tanta gente en una isla daría para varios genocidios. ¿Y el gran Locke?, dirigiéndose a los cuatro millones: It’s our destiny!... ¿Y la nube negra que se zampa gente?, con tantos para cargarse y a la velocidad que va, parecería el metro.

Bueno, que me voy por las ramas. El caso es que hace varios meses que no trabajo y lo que más echo de menos es, sin duda, disimular que trabajaba. Es decir, jugar un solitario en vez de revisar informes, chatear con amigos y churris en vez de rellenar absurdas tablas de Excel, poner la mano sobre la frente (haciendo creer que lees muy concentrado un manual) y echar una siestecita tras la hora larga de comida, pasarme del tiempo marcado para desayunar, llegar tarde por la mañana, salir pronto por la tarde sin que te vea la jefa, robar clips, carpetas, folios, e incluso post-it, que luego no utilizaba, pero es que me gustan los colorines... Les dije que no trabajo desde hace varios meses, ¿verdad?.

También añoro a mis antiguos compañeros de curro: al orejas, a la enana, a la pija, al cabezón, a la freaky, a la seño, a Gárgamel, a Don Pimpón, a la escotes, al bombilla, a Martínez el facha, al viejo, al mofetas, al Monster SA, al tirillas, al cojo, al Bernardo (clavadito al de la tele), al chaquetas, a la pezones... No sé por qué dicen que la oficina es como un jardín de infancia.

Otra de las cosas que echo en falta son las reuniones. Aaah, las reuniones. Uno de los inventos más productivos de la Historia de la Humanidad. Me encantaba porque la reunión tenía unos ordenados puntos a tratar. Nuestra amada y loada jefa los enviaba previamente por correo electrónico. Al llegar al segundo, la conversación se desviaba un tanto. Enseguida empezaba la discusión sobre las mejoras salariales, el porqué ésa tiene mejor horario, el porqué ése tiene mejor mesa, el porqué el otro se ha tomado un día más de vacaciones, el yo creo que la pija ha adelgazado un montón porque lo ha dejado con el novio (que incluso la maltrata, que lo he escuchado mientras hablaba por teléfono con él), el yo creo que el orejas y la escotes están liados (quién lo iba a decir con esas orejas, el cabrón), el yo creo que cada día huele peor en la oficina por “el mofetas”, que hay que decírselo al jefe supremo, que yo no aguanto más, a ver si le largan por favor... Y a lo tonto a lo tonto, pues hacías la mañana. La mayoría de los temas no tratados se quedaban para después de comer. Pero después de comer la jefa se marchaba corriendo. Le habían llamado de casa porque el niño había pillado paperas, vaya por dios, ya tratamos los demás puntos mañana, paperas mediante.

Me encantaba el buen ambiente que se respiraba, salvo por “el mofetas”. Había buen rollo y los problemas se solventaban con bastante diálogo, acuerdos, votaciones, d-e-m-o-c-r-a-c-i-a con todas sus letras, sí señor. Me viene a la mente cuando estábamos en pleno verano, a más de cuarenta grados de temperatura en el despacho, y “la freaky” no nos dejaba encender el aire acondicionado porque sufría de asma. Todos comprendimos su problema de salud, así que tomamos una decisión ecuánime y justa, tras una votación mayoritaria: le hicimos vacío durante varios meses, no le decíamos dónde desayunábamos, no le informábamos de las reuniones, le quitamos la cesta de navidad diciéndole que habían traído de menos, le robábamos caramelos del cajón... como era rara, no le importaba.

Sobre todo admiraba la honestidad y valentía de mis compañeros. Sólo he encontrado algo parecido en la mili, además de la camaradería, de la que ya he hablado antes. Un ejemplo era lo que pensábamos en mi departamento de nuestra jefa. Creo que supimos definirla bien: que si no puede con esto, que si le viene grande, que si no sabe hacer la “o” con un canuto, que a quién se la ha mamado para estar ahí, que si es una inútil, que si no se organiza. Luego, cuando ella nos visitaba en persona, todo eran sonrisas: que qué tal el niño y sus paperas, que qué tal tu marido, que, oyes, que si necesitas ayuda para lo que sea, me llames, que tranquila mujer, que yo me encargo de esto y de lo de más allá, que qué te has puesto hoy que estás guapísima.

Pero si hay algo de lo que me siento verdaderamente orgulloso, es de la unidad que teníamos todos ante la adversidad, de cuando había que alzar el puño porque habían pisoteado nuestros derechos, de cuando había que salir a luchar. Entonces sólo faltaban las barricadas y los botes de humo en los pasillos. Bueno, eso no era necesario porque ya estaba “el mofetas” para ello.

Recuerdo que la empresa que nos tenía contratados por mil euros mensuales desde hacía siete años, había decidido no pagarnos las visitas médicas, ni las bajas laborales, que sois muy pillines y malandrines, que os tomáis muchos días libres por enfermedad, y no estamos aquí para pagar esas cosas, que le das a la gente la mano con tu buena fe, y mira cómo te lo pagan, ya me dirás tú.

Sobre todo me encantaba la transparencia con la que te enterabas de los asuntos de vital importancia, era un fluir de información: que si te has enterado que nos quitan las visitas médicas; que si sabes que además también nos van a quitar los descansos y los desayunos; pues yo he oído que además de las visitas médicas y los descansos, este año no hay vacaciones; pues lo último que sé, según me ha dicho alguien de La Central, muy fiable por cierto, es que además de quitarnos las visitas, los descansos y las vacaciones, vamos a ser nosotros los que paguemos por trabajar.

Gracias a esta información contrastada, planeábamos el plan de ataque de manera unida y conjunta como respuesta a la empresa: que si mandamos un escrito educado pero tajante, eh, poniendo los puntos sobre las íes; déjate, déjate de buenas maneras y educación, que ya está bien, que juegan con el pan de mis hijos; pero si tú estás soltero y vives con tu madre; bueno, bueno, con el pan de tus hijos, quería decir; que no, que no, que solicitamos una reunión y se van a enterar esos cabrones de lo que vale un peine; oyes que si os vais a poner violentos, que conmigo no contéis, que tengo una hipoteca que pagar, además sólo nos van a quitar las visitas, las bajas, los descansos y el sueldo, que os quejáis por ná; pero si contigo no se puede contar nunca; oyes, guapo, a mí no me hables así; te hablo como me sale de los cojones, esquizofrénica; eres un grosero y que sepas que estamos hartos de ti y de tus maneras; seguro, seguro, enajenada; ¡sinverguenza!; bueno, haya paz, yo creo que un escrito va a ser lo mejor...; déjate tú y tus escritos, idiota; oyes no me insultes que yo a ti no te he insultado; ¡anda y que te follen, gilipollas!; ¡te voy a partir la cara, cabrón!

Añoro el trabajo en la oficina, ya se lo he dicho a ustedes un poco más arriba. Ojalá tenga paro para un decenio.



Les dejo con una escena de esa obra maestra absoluta, que decía aquel señor gordito, llamada The office, la primera, la británica, la original... Con David Brent (aaah Rick Gervais, dos globos de oro fueron poco) el jefe más increíble y patético de la historia...que cada uno de ustedes reconozca al suyo.

miércoles 22 de abril de 2009

Elegir

Amanecía sobre Borneo. El tronar de las barcazas apenas hacía perceptible cualquier conversación. ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía hablar si uno está a pocos metros de morir? El humo apenas dejaba percibir la playa, ni el destino de la primera oleada. El hombre con gafas de pasta volvió la cabeza para mirar a su amigo. Los dos estaban allí para dar constancia de la última batalla de la última guerra, la más devastadora que jamás el hombre había ideado. Desembarcaron en medio del caos, haciendo eses para esquivar los disparos de mortero que estaba masacrando a los atacantes. Milagrosamente consiguieron llegar hasta la base de una colina. Se parapetaron y vieron unas casamatas en la cima. Aprovecharon que nadie les disparaba para correr hacia ellas. Cuando llegaron no había señales del enemigo. Esperaron, oyendo la batalla de fondo, la muerte que les rodeaba. Al caer la noche, un comando de marines australianos asaltaron las casamatas pensando en encontrar a japoneses armados hasta los dientes. En su lugar hallaron a dos hombres armados con un bloc y un lápiz cada uno. Sin quererlo, los dos escritores se convirtieron en los primeros en ocupar una posición enemiga. Y entonces Dalton Trumbo cogió su pluma para escribir.

Años después, en una emotiva carta, uno de los mejores guionistas de siempre, recordaba tan peculiar momento, y otros más, vividos en el Frente del Pacífico, junto a un amigo que lo fue para siempre. Fue una última carta dirigida a la madre de quien le ayudó cuando la infamia acabó con su carrera. Fue una carta de agradecimiento y homenaje a un amigo muerto. Agradecimiento porque cuando Dalton Trumbo se convirtió en persona non grata para la industria cinematográfica (simplemente por no querer ser un delator), cuando apenas tenía 400 dólares en el bolsillo para mantener a su familia, fue su viejo amigo del frente el que le ayudó. Es ahí donde se mide el grado de amistad de la gente, cuando descubres si están a tu lado para unas risas, o para algo más que unas risas.

Resulta irónico que los morteros japoneses no acabasen con Trumbo, y sí lo hiciera un fanático malparido con ademanes mesiánicos que inició una caza de brujas en los tiempos en que el Telón de Acero se hizo más alto que nunca. Y el tal McArthy pensó que el enemigo estaba en casa, entre los titiriteros que se dedicaban a escribir, dirigir o interpretar el mejor invento de siempre. Y hubo diez que se negaron a pasar por el aro (los diez de Hollywood), que rehusaron colaborar, ser unos chivatos, unos chotas, unas ratas. Dicen que sólo hay una cosa peor que un converso, un converso y un delator.

Era simple y sencillo, sólo era una cuestión de elegir. Preferir trabajar y seguir haciendo películas, forrarse, estar junto al glamour, a las tías buenas, a la vida cómoda. Para optar por esa opción, sólo había que decir que ya no era un rojillo, o que si lo fue, lo fue erróneamente, así que entonces sólo bastaba con informar sobre quiénes eran los que estaban a su lado en aquellos tiempos traviesos. Era fácil, sólo tenía que tomar una decisión: la vida tranquila y segura, o simplemente no volver a trabajar en su oficio de siempre, que su nombre no saliera en ningún crédito de ninguna película, que su carrera simplemente se fuera a la mierda. Y Dalton Trumbo cogió su pluma y se puso a escribir. Y escribió al infame que prefería irse a la mierda, que prefería complicarse la vida antes que convertirse en delator. Y otros nueve como él siguieron su camino. Por desgracia, la mayoría de los que dijeron “no” tuvieron un final trágico, arruinados de por vida prefirieron poner fin a sus vidas antes de seguir arrastrándose.

Trumbo aguantó, se arrastró, en concreto por todo un país polvoriento. Cruzó el Río Grande, como hacen los mejores fugitivos, los que de verdad merecen la pena, en busca de una vida mejor que, en el caso del guionista, fue la ruina económica total. Escribió innumerables películas bajo seudónimo, cobró guiones a precio de principiante (o becario, si lo prefieren), y como encima era un puto genio, ganó un Oscar con el nombre de otro, que nunca pudo recoger. Pasó por innumerables oficios para, finalmente, gracias a la mediación de dos tipos (un actor mítico apellidado Douglas, y un director-productor judío, apellidado Preminger) conseguir salir del olvido. Por suerte para todos, esos dos tipos permitieron que el genio volviese a escribir acreditado, así que nos regaló dos obras maestras que hablaban de eso, de elegir: quedarte callado y ser un esclavo maltratado, o levantarte contra todo un Imperio bajo el nombre de Espartaco. Regresar a tu casa, allá donde los fanáticos habían exterminado a los tuyos, o meterte en un viejo y oxidado barco llamado “Éxodo”, rumbo a la tierra prometida.

No hace falta ser Trumbo para darse cuenta de que las cosas no han cambiado demasiado. Ahora no ocurren en las playas de Borneo, en los despachos de Hollywood, en las colinas de Roma, o en las tierras de Oriente Medio. Simplemente hay que salir a la calle. Uno lo ve todos los días en la vida diaria, en las oficinas, en los trabajos. En todos esos lugares encuentras compartimientos mezquinos, seguidistas, insolidarios, facilones. Todos ellos causados por el miedo a moverse, a arriesgarse, a decir “no”, a levantar la voz, a plantarse, a exigir, a cambiar, a huir hacia adelante. Seguimos y seguiremos igual. Seguimos y seguiremos con miedo a elegir.


viernes 17 de abril de 2009

El patito feo

Erase una vez una mujer fea y gorda, de gesto torcido y desagradable, maneras toscas y peculiares, a la que la gente miraba con sorna cada vez que se cruzaban con ella. Venía de un pueblo lejano de la fría y oscura Escocia. Y ella decía que tenía un sueño, que un día cantaría al mundo.

No tenía oficio ni beneficio al que aferrarse, salvo sus fantasías que muchos consideraban absurdas. Nadie la tomó en serio porque la realidad le decía que, a sus cuarenta y siete años, era sólo una desempleada más en tiempos de recesión.

Pero tenía fe, y así lo decía a quien quisiera escucharla, aunque no la creyeran. La miraban como una inútil que debía poner los pies en la tierra, ya no era tiempo para estupideces, para juegos de edad tardía.

Así que un día, la mujer fea y gorda, de gesto encorvado e ingrato, maneras toscas y peculiares, tomó una decisión, tras noches de sueños perdidos, anhelos pasados, esperanzas agotadas.

Fue en la televisión, el opio del pueblo, en un reality, donde los peleles sirven de carnaza a la masa, que así olvida sus penurias riéndose de otros, mientras ejecutivos miserables se forran con programas baratos y rentables.

Fue en un programa que trata de descubrir talento entre el pueblo corriente, pero cuyo objetivo es la chanza a costa de exponer a los más raros en el circo de la audiencia, y que un jurado se burle de sus sueños absurdos.

Enseguida sirvió de objetivo para el ojo del Gran Hermano, viéndola comer con soez ansiedad. Y los presentadores fueron hacia ella preguntándose quién sería la mujer gorda y fea de vestido barato y ridículo.

Y la mujer gorda y fea, de vestido barato y ridículo, entró con paso decidido en un vasto escenario repleto de público que, nada más verla, empezó a reírse. Y le dijo al jurado que ella sólo quería ser cantante profesional, pero al mencionar su edad, la sonrisa cínica invadió los rostros de todos.

Le preguntaron cuál iba a ser la canción que pensaba destrozar. Al responder que “I dreamed a dream” de “Les miserables”, parecía una broma pesada que les quería gastar. Quién en su sano juicio iba a querer interpretar una de las canciones principales de un musical basado en la inmortal obra de Víctor Hugo, aquel libro que hablaba de redención, sueños perdidos y sangrientas revoluciones.

Sonaron los primeros compases, y entonces la mujer fea y gorda, de maneras tocas y peculiares, que una vez soñó que su vida sería diferente al infierno que había vivido, demostró a sus detractores que algún día cantaría al mundo. Y con las primeras notas, todos nos dimos cuenta de que ese día había llegado.



(esta es la impresionante canción del musical)


(y esta la señora del momento...)

sábado 4 de abril de 2009

El sueño del director

El niño baja la calle con un bastón en la mano. Uno, al verlo, se pregunta qué hace un niño ayudándose con un bastón para caminar. No parece tener ningún problema físico, e incluso para su estatura, le queda grande. Y la respuesta la obtienes cuando le ves llegar a la entrada de un cine, donde la reja está echada. El niño, entonces, usa el madero como gancho para atraer hacia la reja el tablero con ruedas donde cuelgan fotografías promocionales de una película. La película es “Ciudadano Kane”. Aquélla obra de un genio que cambió el mundo. Y el niño desengancha todas las fotos. Y una vez las tiene todas, echa a correr calle arriba.

Este momento, esta secuencia, es el sueño recurrente del personaje que interpreta Francois Truffaut en la película que él mismo dirigió y co-escribió. Se llama “La noche americana”, y es una obra maestra que cuenta al mundo qué es el cine y cómo se hace el cine. Todo ello visto a través de los ojos de su director, un hombre con problemas de audición, que tiene que resolver las innumerables preguntas que tiene todo el equipo que trabaja para su obra. Hacer de padre, de psicólogo, de general. Responder a todo, en todo momento, de manera adecuada y sin caer en el desaliento, sino quiere que el equipo caiga en picado. Y sus angustias sólo las puede mostrar en sus sueños, en un sueño recurrente donde el joven Truffaut roba los carteles de un cine, los carteles de una película inmortal.

Obviamente tengo poco de Truffaut, pero hace unos días me enfrenté a mi primer rodaje como director de ficción (ya hice un corto documental), acompañado en las labores de dirección por Hugo, un buen amigo con el que ya trabajé hace tiempo, y que es uno de los tipos que más energía le echa a esto de hacer cortometrajes y proyectos con poco dinero. Un auténtico Cassavetes con gafas, capaz de empapelar las tiendas de su barrio para que vayan a ver una película de hora y media de un tipo que conduce marcha atrás hasta Ávila, y todo por amor. Yo no he tenido el sueño recurrente de Truffaut, pero curiosamente, unos días antes del rodaje, y preocupado como estaba por el tema meteorológico (nos llovió y granizó de lo lindo) ya que teníamos que rodar en dos días doce minutos, tuve un sueño extraño.

La historia del corto es la historia de dos antiguos compañeros de colegio que se reencuentran en la cola del cine. Uno de ellos va a acompañado de su hermosa mujer. A simple vista parece un triunfador. El otro tipo va solo, parece huraño y extraño. El huraño reconoce al triunfador y le saluda. Y el hombre que va con su mujer no le recuerda, pero cuando el otro (el huraño), le empieza a contar cosas del colegio y las barbaridades que le hicieron, resurgen los fantasmas del pasado... y todo ello delante de su esposa. Eso es el resumen de doce minutos de historia que premió el Festival de Avilés, y que acabamos de rodar. Como decía antes, un sueño me inquietó a dos días de la grabación. Y es que me sentía en una ciudad parecida a Avilés donde un montón de gente (el equipo, supuestamente) me esperaba. Y cuando llegaba a la localización, es decir, a la puerta de un cine, no había tal puerta ni ningún cine. Y angustiado notaba que todo el mundo me reprochaba que yo tuviera la culpa de que no hubiese cine (quizás por mi pasado como localizador de un par de series muy conocidas), y me ponía a buscarlo como loco por las calles de la supuesta Avilés, con todos detrás de mí. Y desesperado me servía cualquier puerta que daba a la calle, donde se organizaba una improvisada y peculiar cola del cine.

Siempre he querido contar historias desde mi más tierna infancia, y uno veía lo molón que debía ser dirigir. Ya adulto, inicié mi carrera profesional, y entonces es cuando me di cuenta de lo complejo que es ponerse al frente de un equipo de medio centenar (o más) de personas, que te acribillan a preguntas para intentar ellos, a su vez, suplir sus propias inseguridades.

Recuerdo la entrevista que me hicieron para trabajar en mi primera película, como auxiliar de producción, y las palabras del jefe de producción para describirme un equipo de rodaje: “Mira, esto es como una caravana del Oeste, donde unos tipos, desde lo más peculiar hasta lo peorcito de cada clase, tienen que llevar un rebaño al otro lado del Río Grande, pasar todo tipo de penalidades, y cuando se llega a su destino, repartirse el dinero, para que unos se vayan de putas, otros a drogarse y emborracharse, y algunos regresen con sus familias”.

La verdad es que tragué saliva cuando oí la descripción, no sabía dónde situarme, si en las putas, en las drogas, o en las familias. Parecía que el término medio no tenía cabida, así que lo pasé fatal las primeras semanas, donde comprobé que más de un miembro del equipo estaba grillado, otros se pasaban con las sustancias perniciosas, y algunos tenían subido el ego a la enésima potencia. Mis sueños de infancia se fueron al traste en pocos días y me pregunté qué demonios hacía yo allí.

Han pasado ya unos añitos después de ese rodaje, que como el primer polvo (al menos en mi caso) fue un desastre, y me hizo reflexionar sobre el asunto: ¿estarán todos así de mal en esto del cine?, ¿acabaré yo igual? Por suerte hubo más rodajes (y también más polvos) y mi idea inicial fue cambiando. Un equipo de rodaje es una comunidad de emocionas diversas, de personalidades peculiares, de tipos extraños y de gente muy normal, pero todos ellos recuerdan mucho a un pequeño ejército, con un objetivo común, con una meta determinada, con un plan previsto, que siempre se va al traste al primer disparo (que se suele decir en la estrategia militar), y entonces reina el caos y parece que todo se va al infierno, pero siempre, siempre, y uno no sabe cómo o por qué, al final todo sale. Y ese equipo donde existen relaciones intensas de amor-odio, comparte finalmente una copa, y olvida rencores y rencillas, y recuerda los momentos con una sonrisa.

¿Y el director? El director se siente un extraño solitario, pero al mismo tiempo siente que es una especie de guía espiritual, y sabe que algunos le pondrán a caldo, y otros le admirarán, pero que todos, absolutamente todos los miembros del equipo, se dejarán la piel en la batalla, hasta el último suspiro. Y llegarán a destino, y el dinero se repartirá, y cuando se acabe el viaje, esperarán a que les llamen de nuevo, para cruzar el rebaño al otro lado del Río Grande.



(Les dejo con la secuencia del sueño)

(Y el arranque de una película que toda persona que se quiera dedicar al cine... debe ver)