sábado 6 de febrero de 2010

El Apocalipsis

Si algún día llega el Apocalipsis no será tal y como lo describen la Biblia, los falsos profetas o los visionarios tipo Nostradamus. Si algún día llega el Apocalipsis será tal y como lo escribe Cormac McCarthy.

Hace cuatro año pude leer la que para mí es una de la obras más estremecedoras que me he echado a la jeta. Es el desgarrador y brutal relato de un viaje hacia la nada, la historia de un padre y un hijo caminando por una infinita carretera oscura, llena de cenizas y depredadores que pueden morderte el culo, y no lo digo metafóricamente. Se llamaba y se llama “The road”, aunque también podría titularse un viaje por el infierno. A pesar de lo terrible que cuenta, y el paisaje desolado que lo habita, es una historia de amor imperecedera. Si alguno de ustedes no ven las cosas de manera diferente al terminar de leer el libro, es que entonces deben pedir hora inmediatamente con su médico de cabecera.

Imaginen por un momento que el mundo tal y como lo conocemos ahora ha sufrido una hecatombe, pero sin saber realmente qué tipo de hecatombe. Imaginen que, de pronto, de la noche al día, todos ustedes se convierten en mendigos. Sí, exactamente, imaginen un mundo poblado por esos seres a los que preferimos no mirar a la cara, a los excluidos que pueblan el metro, las salidas de los Vips, El Corte Inglés, las puertas de los restaurantes, los bancos de los parques. Todos esos que ven pasar la vida en contrapicado, cuyas miradas pétreas son de aquél que hace tiempo dejó de vivir. Imaginen que el mundo de repente se ha llenado de parias y, además, no hay nada para comer. Los árboles se mueren, no existen cosechas ni terrenos fértiles, los animales han desparecido de la faz de la tierra. No existe nada, salvo oscuridad. Sólo sobreviven aquellos que se comen a los más débiles. Ése es el mundo que nos describe Cormac McCarthy cuando todo se joda irremediablemente.

Y en medio de ese “Paraíso Perdido”, un padre cuida de su hijo, le enseña a sobrevivir, a tomar decisiones (aunque sean brutales) que le permitan seguir adelante cuando él no esté, le ejercita a no fiarse de nadie y a que nadie le arrebate la pistola con dos balas que llevan como única defensa ante las bestias. Pero al mismo tiempo, mientras en la noche oyen los gritos descarnados de los que son devorados, también le enseña que hubo un tiempo en que hubo belleza. Y lo hace a través de viejos y mohosos libros donde el niño descubre cosas como que, una vez, existieron los pájaros.

Hoy se ha estrenado la película. La esperaba con impaciencia. Era muy difícil que alguien se pudiese cargar un material tan certero, pero ya ha ocurrido en alguna ocasión. Como guionista debo decir ante todo que la adaptación de una obra literaria debe ser completamente libre. Las cadenas del material previo no deben pesar sobre el adaptador. Pero una cosa es sentirse libre, y otra muy diferente es despreciar la valiosa materia prima de la que debes nutrirte. En este caso no ha ocurrido así. La visión de John Hillcoat sobre tan fatídica y oscura historia es exactamente la que tenía en mi cabeza cuando leí el libro. Los impresionantes diálogos escritos por McCarthy se dejan entrever en la pantalla, aunque no llegan a la grandeza de la pluma de tan gruñón y escurridizo genio. El aspecto visual de la película es absolutamente descorazonador. La fotografía de Javier Aguirresarobe debería ir directamente a un museo. La dirección artística, la visión del mundo entre cenizas, te dejan con el corazón en un puño. Pasas angustia y miedo cuando los lobos (gente que una vez fueron respetables seres humanos) acechan a sus víctimas. La escena de la casa, cuya descripción en el libro te helaba la sangre, en la película te deja sin respiración.

Mundo aparte son las actuaciones. La interpretación de Viggo Mortensen básicamente define a un gigante, no sólo por el esfuerzo físico que realiza, sino por esa mirada desolada, ese llanto sordo en la intimidad, esa forma de dormir con la boca desencajada y el corazón en un puño por si es el último despertar. El trabajo del niño, el tal Kodi Smit-McPhee, directamente te desarma. No la vean doblada, no escuchar la acongojada voz original del niño sería un pecado que merecería el purgatorio como mínimo. Es imposible doblar esa forma de interpretar.

No voy a recomendar a nadie que vaya a verla, tal y como están las cosas y con la que está cayendo. Sales mal del cine, a pesar del pequeño hilo de esperanza que pareces encontrar al final, fidedigno a la novela, por otra parte.

This is the end, my friend. La cagamos y lo dejamos todo hecho unos zorros. Ya nos avisaron y nos lo tomamos a cachondeo. Casi mejor no sobrevivir para verlo. Ha llegado, ya está aquí: el Apocalipsis.

domingo 31 de enero de 2010

Belleza


No sabía sobre lo que escribir. Malos tiempos para la lírica. Se acaba el mes y no he escrito nada. Quizás porque mi cabeza está en otro sitio, quizás porque no tengo muchas ideas, quizás porque no me da la gana, así en plan difunto Salinger. El caso es que se acaba y me he percatado que sería el primero en blanco de las 101 historias. Como no me gusta dejar incómodos huecos, haremos un esfuerzo.

Así que voy a escribir sobre algo que vi ayer, entre humo y platos, que luego en la tranquilidad, viéndolo de nuevo y despacito, sólo puedo definir como la belleza en su plenitud. Supongo que de lo que voy a hablar a muchos les parecerá insustancial y absurdo. Seguramente, aunque últimamente hago oídos sordos a casi todo. Uno no pierde la esperanza de que alguno por ahí me entienda en este mundo de Grandes Hermanos y mierdas a raudal.

Ayer, sobre un campo de fútbol, volví a comprobar que entre tanta mediocridad, aburrimiento, insidia y oscuridad de lo que nos rodea, todavía hay cosas que te alegran el día más turbio. Comprobé que lo único que merece la pena en este puto mundo son los detalles de algunos seres incomprendidos y geniales. Que hay pocas cosas más: ni la familia, ni los amigos, ni las relaciones, ni las mierdas de convenciones sociales. Al final todos te acaban decepcionando más tarde o más temprano. Sólo los momentos, los detalles, la belleza que ofrecen unos pocos despiertan el interés. Los realizan malditos ante un mundo que, curiosamente, está mas necesitado que nunca de esos actos. Regalos sublimes que serán los mejores recuerdos que alumbren el paseo final.

En esta ocasión el instante lo protagonizó un jugador rubio en el ocaso de su carrera. Un maldito, odiado por muchos, insultado por casi todos, que ayer, al menos por un instante, detuvo el mundo. Supongo que a los que no les gusta el fútbol, o los que no han jugado nunca, verán en ello una chorrada y, por tanto, su significado como arte aún más chorrada. Como uno ha jugado al fútbol, y como todavía creo distinguir la luz entre tanta oscuridad, ayer me emocioné ante lo que vi y lo voy a contar.

El personaje del que hablo tiene incluso un apellido vulgar, quizás por ello de ese carácter díscolo que le hace ser capaz de lo mejor y de lo peor. Lo han definido como maricón, pijo y niñato consentido. Probablemente lo sea, o se haya merecido muchos estos adjetivos. Yo mismo he dudado de él en infinitas ocasiones y su comportamiento a veces me cabrea. De hecho, recientemente, volvió a protagonizar una trifulca cuando su (mi) equipo millonario hizo el ridículo ante unos mil euristas llenos de coraje.

Hace poco, mientras comía en un bar, comprobaba en la televisión la trifulca que tenía el peculiar jugador en una rueda de prensa. De nuevo esa imagen de maldito, aunque los plumillas lo único que deseaban era tocarle los eggs en dimensiones estratosféricas. Y ante la insistencia de preguntas sobre su infelicidad en la vida, o sobre el porqué de querer largarse a Bangkok a montar en bici y que le dejen en paz, le espeto a uno de los mercaderes de periódicos que parecía un psicólogo: “si quieres montamos una charla terapéutica o algo”. Obviamente le pusieron a caldo, pero no pude evitar soltar una sonrisilla porque, a veces, está bien que alguien ajuste cuentas con los periodistas que se creen dueños y señores de este mundo y de su única verdad: la suya, claro. Además, no está de más que alguien del fútbol dé este tipo de respuestas, en lugar del clásico “sí, bueno, ha sido un partido difícil y hay que seguir trabajando...”.

¿Y cómo fue lo visto ayer para que hoy escriba sobre ello?

Quizás los ignorantes que odian el fútbol pueden entenderlo con un ejemplo paralelo. Fue el instante, el momento, una sensación de vacío ante algo verdaderamente diferente. Algo que te sobrecoge, que necesitas parpadear para asegurarte que lo que has visto es cierto. Para que me entiendan los enfadados con el jurgol, es la misma sensación que tuve el otro día en una exposición ante “Los amantes” de Magritte (otro tipo peculiar): esa pareja cubierta por un velo que te deja parado, boquiabierto, anonadado ante ese instante, intentando comprender qué paso por la cabeza de ese hombre para hacer algo así.

Vuelvo al fútbol, aunque algunos consideren insensato comparar lo de ayer con el arte, pero es así: una obra de arte se puede encontrar en cualquir lado. Y me dan igual los colores porque si lo hace uno del Barça entrenado por el gran Guardiola, hubiese boqueado igual. Además fue un pase, ni siquiera un gol. Recordando al gran Laudrup, otro tipo genial, aquel del enjoy Laudrup que le colgaban en Nou Camp, hasta que se convirtió en un maldito porque se fue al enemigo malote de la capital.

Lo de ayer fue un acto de generosidad de alguien que, curiosamente, es acusado de egocéntrico y vanidoso. Fue la culminación de un instante que desconcertó a todos. Fue un acto de valentía, de esos a lo que se atreven pocos. Lo fácil hubiera sido meter el gol solo ante el portero. Eso hubiera sido lo fácil, las portadas de un día, el mezquino protagonismo hacia el resto de la tribu. El tal Guti, como Magritte, como otros parecidos a él, prefirió lo complejo, lo único, lo diferente, sabiendo que si sale mal, le habrían colgado de la verga del palo mayor. Pero el rubio maldito y odiado tenía una cita con el destino y nos regaló a todos, una vez más, un acto de sublime belleza.


jueves 31 de diciembre de 2009

Conclusiones

Unas conclusiones finales, amigos míos, ahora que termina el año y que nos llega otro con muchas curvas y redondeces, por eso de tener dos ceros:

La vida seguirá siendo un valle de lágrimas, llena de tristeza y sufrimiento, de momentos malos que superan a los buenos, de aburrimiento, cotidianeidad, rutina, disgustos, discusiones, peleas, frustraciones, decepciones. Pero qué cojones, ¿acaso no mola?

El mundo seguirá siendo un lugar oscuro, cruel, inhóspito, injusto, inseguro, violento, egoísta, corrupto, podrido, sucio, vasto, pequeño, peligroso. ¿Pero acaso no seguiremos con ganas de conocerlo más a fondo?

El ser humano seguirá matando, torturando, cargándose el planeta. Seguirá mirando su ombligo sin mirar alrededor, pisando antes que dando, actuando antes que reflexionando. Seguirá preguntándose por qué está aquí, de dónde vengo y adónde voy, sirviéndole de excusa para usar a etéreos tótems superiores en cuyo nombre todo está justificado. ¿Pero no es este el mismo ser que inventó el cine, el teatro, la música, el fútbol y si me apuran hasta la petanca?

La riqueza la tendrán unos pocos, la miseria los de siempre. El trabajo unos cuantos, el resto sobrevivirán como puedan. Miraremos para otro lado al cruzarnos con los desamparados, los invisibles, los que ya no cuentan, los apartados, los no válidos. El reparto y la justicia lo hará un ciego caprichoso ¿Pero no es gracioso que todos tengamos el mismo final anunciado?

El amor seguirá siendo una entelequia, algo que un día rimaron unos poetas para hacer esto más llevadero. Viviremos en la nostalgia permanente, en el pudo ser pero no fue, en el recuerdo de una vida soñada. En la equivocación, en el deseo ajeno, en el engaño. ¿Pero acaso no es lo que todos anhelamos?

Esto se acaba, my friend. Ya doblan las campanas y esta vez sí doblan por ti. Momento de cenas, uvas, alcohol, buenos deseos, felicitaciones, alegría, abrazos, familia, amigos, mensajes, fiestas.

¿Y después?... Después lo de siempre.


(Les dejo con este señor que una vez dijo eso de: "No creo en una vida posterior, pero por si acaso me he cambiado de ropa interior".)


(Pero también les dejo con esta música del gran Moby... Feliz ano... sí, sí, sin eñe)

sábado 26 de diciembre de 2009

La turba

Llevaba tiempo sin tener un rato para mí y recuperar viejas costumbres tras mes y medio de un no parar por obligaciones audiovisuales. Hace tiempo que no escribía sobre cine y hace tiempo que iba detrás de una película que muchos consideran una de las cumbres cinematográficas del siglo pasado. Al parecer, el gran Eastwood la cita con asiduidad como referente de su cine. Ante algo así uno no podía dejar pasar la oportunidad de ver la fuente de inspiración del maestro.

Y por supuesto la referencia no es mala. La película en cuestión se llama “Incidente en Ox-Bow”, y sí, es una peli de vaqueros, un western, ese género que hizo grande a unos pocos y en el que siempre se hubiese reconocido aquel trovador de las miserias humanas que una vez escribió eso de “ser o no ser, esa es la cuestión”. Porque “Ox-Bow incident” es una historia que va precisamente sobre eso: las miserias humanas. La película es algo que va más allá de una obra de arte, es un manual reducido de la degradación a la que puede llegar el ser humano. Fue dirigida por William A. Wellman, eso que se conocía en el Hollywood clásico como un artesano, y que como otros de su generación empezó en el mudo, lo que les hizo dominar este oficio como nadie. A lo largo de su vida Wellman nos regaló unas cuantas obras superiores, entre ellas otro demoledor retrato humano, de nuevo en una peli de género, en este caso bélico, llamado “Fuego en la nieve” (Battleground), una historia que se desarrolla durante la carnicería que se produjo en Bastogne, el punto clave de la batalla de Las Ardenas, aquélla en la que los panzers de Hitler casi cambiaron el curso de la II Guerra Mundial cuando los aliados ya se las prometían muy felices.

¿Y de qué va una película de título tan corriente? Pues es la historia de un linchamiento. Nos narra lo que muchos seres humanos normales, buenas gentes, o gentes anónimas, pueden llegar a convertirse cuando se juntan para reclamar justicia. Es la historia de la turba, de la masa descontrolada. Es un retrato de las distintas categorías humanas. Es la historia del sádico que aprovecha el momento para saciar sus bajos instintos, del que se deja llevar por no destacar, del que mira hacia el otro lado, del que prefiere callar por si le acusan a él, del intolerante que no quiere pruebas porque él las tiene todas, del racista que sabe que sólo el de fuera es el culpable, del padre intransigente que quiere dar lecciones morales al hijo cobarde.

Ante toda esa masa informe de ciudadanos ejemplares, esos mismos que habitaban Múnich en los años 30, o Madrid en los 40, o Johannesburgo en los 60, o Buenos Aires y Santiago en los 70, o los pueblos de Euskadi en los 80, o Srebrenica en los 90, ante ellos que supuestamente representan la ley y el orden de su tiempo, se oponen sólo siete hombres, en inferioridad, intentando hacerles entrar en razón sobre la locura que van a cometer, sobre la injusticia de aplicar justicia a alguien porque sólo estaba de paso, o porque tiene otro color de piel, o porque es de fuera.

Es una película demoledora, un puñetazo a la cara, una bofetada que sólo lo consiguen las grandes obras. Es un guión supremo (Lamar Trotti, autor también de otra joya llamada “El joven Lincoln) con actores como Henry Fonda, Dana Andrews, Anthony Quinn, Frank Conroy, Jane Darwell, William Eythe y Harry Davenport, que expresan lo más difícil: las miradas impotentes ante el horror, las miradas culpables ante el error. Es cine que ya no se hace, contado en apenas 70 minutos. Por eso Eastwood lo tiene como referente cinematográfico y moral. Aunque sólo sea por la escena del bar, merece ya un hueco en un museo.

Les dejo para terminar esta historia número setenta con la traducción de la carta que el personaje interpretado por Dana Andrews escribe a su mujer antes de ser linchado y colgado por la turba. Lecturas como éstas deberían ser obligatorias en los colegios:

"Mi querida esposa: El Sr. Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. Es un hombre bueno y ha hecho todo lo posible por mí. Supongo que hay otros hombres buenos aquí pero no se dan cuenta de lo que están haciendo. Por ellos es por quien siento lástima porque dentro de poco esto habrá terminado para mí, pero ellos tendrán que recordarlo el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su propia mano y colgar a gente sin perjudicar a todos los demás porque entonces no viola sólo una ley sino todas. La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido? Supongo que eso es todo, salvo que beses a los niños de mi parte y que Dios los bendiga. Tu esposo, Donald".

Amén.


(He dudado si poner o no la escena por su importancia y lo que desvela, pero algo así, una escena así no puedo dejar de colgarla, nunca mejor dicho. Búsquen la película, les removerá el interior o puede incluso que se vean en algún personaje, quién sabe)

jueves 24 de diciembre de 2009

Navidad

Ya está aquí de nuevo. La Navidad. Entrañables fechas donde las haya. Fechas de reencuentro y felicidad. Tiempo de paz, tiempo de amor, allá donde los mejores deseos afloran. Donde la gente se saluda por la calle, en los bares, en los ascensores, donde se da la moneda al pobre, donde se expresan los mejores deseos al prójimo.

La Navidad.

No puedo decir que le tenga especial manía a estas fechas, pero sí lo que supuestamente tienen que trasmitir y lo que significan para la gente. La Navidad es y será siempre de los niños y por ello me envuelve cierta nostalgia cuando llega el solsticio de invierno. Es aquello que perdí y, ¡ay!, nunca recuperaré. Para los adultos no dejan de ser las fechas más hipócritas del año, las más consumistas, las más oscuras en ocasiones. Y no me parece mal tampoco, quizás una vez al año no es malo disimular, aunque algunos lo hacemos fatal.

La gente se desmadra en Navidad, lo cual tampoco me parece mal. En el curro hay que aprovechar para follarse a ésa que me pone a mil con ese escote, aunque ella esté casada y yo otro tanto. Hay que ponerse hasta las cejas, beber hasta el final, meterme lo que no suelo hacer, pegarse si hay oportunidad, hacer todo aquello que bajo el signo de otras fechas no se haría.

Hay sonreír y felicitar las fiestas incluso a aquel al que sólo deseas el mal, porque te la jugado en el trabajo, porque no te paga, porque te dejó en mal lugar, porque te miró mal. Tienes ensoñaciones en las que le pegarías con un bate de beisbol, o en las que le tiras desde un quinto piso, pero no puedes evitar sonreírle y desearle que pase unas buenas fiestas. Mandas masivos sms deseando paz, felicidad a ti y todos los tuyos, aunque la mitad de esa agenda sea falsa, por puro interés, por ver qué saco algún día de ti, aunque te considere un gilipollas integral.

Hay que cenar con la familia, aunque a una parte de ella la detestes profundamente, aunque el "vuelve a casa vuelve" por Navidad sea peor que una patada en la espinilla. Esas cenas entrañables que acaban en pelea y gritos, años tras año: esa suegra hija de la gran puta, ese padre borracho y violento, ese hermano gilipollas, esa tía facha e insoportable, ese cuñado al que le partiría la cara. Pero todo en compañía familiar. Que no falte. Nos sonreímos todos aunque nos detestemos todos.

Navidad. Ya está aquí de nuevo... Cuánto añoro ser niño.



(Les dejo con una recomendación... por eso de volver a ser niño)

martes 10 de noviembre de 2009

Están en Babia

¿Saben de dónde viene la frase, expresión o modismo “beber los vientos”? Se dice que el origen se encuentra en los perros de caza venteadores que, al olfatear el aire, parece como si lo estuvieran bebiendo.

¿Les suena la expresión “A tontas y a locas”? Cuentan por ahí que hubo un fraile del siglo XVII, un tal fray Juan Farfán, al que invitaron unas monjas para que soltase un sermón con poco tiempo para prepararlo, por lo que se subió al púlpito excusándose de ello y rematando con un latiguillo de esos que hacen amigos: “Pero al fin, hoy predicaremos a tontas y a locas, como pudiéramos”.

¿Y la infame frase alentada por los gabachos de “África empieza en los Pirineos”? Al parecer, los rumores siempre acusaron como autor de tan perversa afrenta a Alejandro Dumas, padre, o sea, al progenitor del creador de “Los tres mosqueteros” y otras obras inmortales de la literatura. Dumas padre (e hijo) negaron la mayor y siempre se declararon grandes admiradores de nuestra ibérica cultura, lo que no impidió que en una ocasión fueran recibidos a cantazo limpio en un pueblo de Granada. Por supuesto los habitantes del pueblo, cuyo nombre Dumas nunca quiso recordar, no se molestaron en comprobar, o al menos leer, las explicaciones del gabacho “rencoroso” a la “convincente” acusación de ser los creadores de la ignominiosa frase. De hecho, a día de hoy, al parecer la cita sigue teniendo un carácter apócrifo, por lo que se sigue sin conocer al malandrín que la pergeñó, aunque se suele acusar a los Dumas, les guste o no a ellos.

Podría seguir y seguir con más ejemplos, pero no quiero con tal exhibición demostrar que soy un pozo de sabiduría (más bien al contrario) porque estoy consultando casi de carrerilla un viejo libro que conservo con cierto cariño desde mi juventud. El texto fue escrito por un señor que sí era un gran pozo de conocimientos, además de afamado escritor y gastrónomo reputado que, por desgracia, ya pasó a mejor vida, aunque la que tuvo anteriormente fue muy buena, si uno repasa su biografía. El libro en cuestión se llama “Cuento de cuentos” y fue escrito por Néstor Luján hace ya unos añitos. En él se recopilan los orígenes de conocidas frases, expresiones, modismos, vocablos, palabras, refranes y proverbios. No es de esos libros que hay que leer de principio a fin, ni siquiera leerlo entero, sino que es mejor acercarse a él de vez en cuando para pasmarse del motivo por el que se dicen ciertas cosas desde hace siglos, muchas de ellas como consecuencia de la desconfianza popular hacia ciertos personajes (o grupos) a los que se acusa de algo que, según la rumorología, han hecho o dicho, aunque sea supuestamente.

¿Y por qué esta introducción tan ilustrada y con la que quedo de miedo? Pues porque me sirve perfectamente para comentar la polémica originada estos días por Ángel Martín (el presentador de La Sexta) sobre un artículo suyo del pasado mes de mayo (sí, amigos, mayo) en la revista DT en el que se reía del pueblo Babia (y por ende sus habitantes babianos), sito ello en la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

Había leído por casualidad el incidente en Internet, alucinando con la ferocidad con la que mucha gente se ha sentido agraviada, hasta el punto de crear un perfil en Facebook (con casi un millar de fans) en donde al presentador le acusan de un delito mayor del que cometieron los Dumas en su tiempo con la frase de marras sobre los Pirineos y su comienzo. Leyendo los comentarios escritos en el perfil por amables hombres, mujeres y jóvenes, la mayoría orgullosos leoneses, además del indignado añadido de un grupo independentista que aboga por la separación de las tierras de León del resto del Estado, uno puede pensar que la horca es lo mínimo que se merece el conocido monologuista. Tras leer el texto que ha provocado tal revuelo, uno certifica que sí, que efectivamente el cómico usa un tono burlón y ácido para meterse con esa pequeña población y sus buenas gentes.

Si a toda esa corriente de indignación le unimos la “oportuna” denuncia que ha hecho un modélico personaje de la televisión que porta siempre gafas oscuras, además de impostada pose de malote que te cagas en las bragas, uno comprende enseguida que el tal Martín es un descamisado que va ofendiendo a humildes gentes de pueblo que se ganan el pan con el sudor de su frente.

El caso es que me iba a juntar con el resto de la turba para pedir firmas animando a que se eche del país a este elemento, cuando se me ocurrió consultar en mi vieja Enciclopedia Ilustrada (recomiendo aún así que vean la explicación que ha dado el cómico en su programa, martillo de la indefensa prensa del corazón), o algunas de las respuestas que nos proporciona Google cuando uno mete la palabra Babia. El resultado es bastante concluyente: resulta que el pueblo agraviado no existe como tal, es ficticio. El propio Martín animaba desde su programa a que la gente metiese Babia en la casilla de población dentro de ese invento con zoom marciano llamado Google Earth, y el resultado es un pueblo llamado Babia... pero en la República del Congo. Eso sí, existe una Comarca con ese nombre, que agrupa a su vez una serie de pequeños municipios.

De poco le va a servir a Ángel Martín (este cómico sin sentimientos) explicar que todo era una broma cómplice entre él, el también cómico Dani Mateo y los periodistas Ramón Aragüena y Javier Coronas (todos ellos columnistas de la citada revista) sobre la ficticia Babia y unas viejas crónicas que hacía Arangüena para Iñaki Gabilondo sobre “un pueblo llamado Babia”. Por cierto, la Babia real, o sea la Comarca, era aquel lugar que, según el gran Néstor Luján, servía de reposo a los Reyes de León para huir del estrés de la Corte. Y cuando había problemas y la gente preguntaba por ellos, los súbditos que les querían poco respondían de forma maledicente eso de “están en Babia”.


miércoles 28 de octubre de 2009

El cromosoma 21

Hace muchos, muchos años, hubo un momento cinematográfico que me dejó alterado para siempre. En aquella escena, un tipo cubierto con una capucha, huía con andares oscilantes de una turba que creía haber visto en él a la reencarnación del mismísimo Belcebú. Acorralado en los baños públicos de una estación de ferrocarril, sin posibilidad de escape, la deformidad humana que atemorizaba a gentes de bien soltó el grito más desesperado que he oído jamás: “¡I’m not an animal! ¡I am a human being!”. Aquella escena, aquella película, me perturbaron siendo yo un pequeño ignorante de la vida. Era la obra de uno de los más peculiares agitadores fílmicos que existen. Su película me dejó marcado y quizás me hizo madurar de golpe. Su nombre era “El hombre elefante”.

El otro día volví a recordar aquella perturbación al salir de ver una gran película que está ahora mismo en cartelera. Se llama “Yo, también”, es española, pero eso da igual, porque cuando uno sale emocionado del cine lo último que mira es la procedencia de sus creadores. Por mí, como sin son marcianos. El día que se mire eso, yo dimito. Sí reconozco que entré con cierto escepticismo, porque si hay algo que define al cine patrio de manera negativa es lo políticamente correcto y el exceso de temáticas sociales. Ésta podría ser un ejemplo de ello al tener todos los ingredientes para hacer una película comprometida que te cagas: en este caso, la vida de los que nacen con el Síndrome de Down.

Para los que no estén al tanto del tema, comentarles que el abismo que media entre estos “hombres y mujeres elefantes” y la supuesta “normalidad” es un minúsculo cromosoma, algo jodidamente microscópico que escribe los renglones de una vida humana, en este caso renglones torcidos. Para colmo, el cromosoma en cuestión se numera como en la mili, o en los campos de concentración. Se le conoce como el cromosoma número 21 y es el responsable de tamaña diferencia. Por supuesto, como si de un magnicidio se tratase, se conoce al culpable pero no las causas que lo motivaron, aunque las estadísticas quieren dar a entender que el retraso en la edad de las mujeres al engendrar un hijo podría tener alguna relación. Ni idea, no sé si es un motivo para meter miedo, o es una certeza científica. Imagino que toda pareja que se encuentra en una situación parecida, deben sentir al principio que su mundo se derrumba al comprobar que su bebé, aparentemente normal, no lo es tanto.

En mi caso, cuando me he cruzado con algunas de estas personas siempre me he sentido incómodo. Nunca he sabido cómo reaccionar. He hecho lo que supongo hace una mayoría: ser más amable de lo normal, es decir, ponerme insoportablemente paternalista. Y eso me ha hecho sentirme aún peor. Eso me ocurría con un chico Down que trabajaba en una conocida productora en la que curré durante unos años. Siempre que compartía ascensor con él, inmediatamente se dibujaba en mi cara una sonrisa de gilipollas supino, partiendo de la base que además no suelo sonreír demasiado, o se me da fatal. Quizás sea este comportamiento, y el de otra mucha gente, de lo que trata esta magnífica, y en ocasiones, emocionante película. Para colmo, los guionistas y directores han querido dar una vuelta de tuerca al tratar la ilusoria historia de amor entre un ser con 46 cromosomas y otro con 47.

El protagonista de la película es Pablo Pineda, un conocido Down que ya había salido en televisión, primer licenciado europeo con el síndrome, y que sirvió de inspiración a los directores para escribir el guión, hasta el punto de pedirle que interpretase el papel que iba destinado para otro. Quizás por ello la película posee todavía más verdad. A ello se añade una preciosista estética semi-documental, el trabajo de actores profesionales y no profesionales y, sobre todo, la monumental interpretación de esa actriz llamada Lola Dueñas, que no deja de sorprender desde su magnética primera aparición en la estupenda “Mensaka”, y que en esta película consigue una complicidad y una química sorprendente con este peculiar “hombre elefante” al que hace poco leía en una entrevista que, tras su premio en el Festival de San Sebastián, su preocupación más cercana era la de estudiar una oposición, lo cual demuestra que su inteligencia está más allá de un cromosoma numerado.

Háganse un favor a sí mismos y vayan a ver esta peculiar historia de amor-desamor que, creíble o no (para eso es una ficción), está tratada con un sentido del humor que la hace más auténtica. Seguramente la próxima vez que nos metamos en un ascensor con estos hombres y mujeres elefantes, dejaremos de poner una sonrisa de gilipollas.