jueves 8 de diciembre de 2011

El final

Todo tiene un final en esta vida, empezando por nosotros mismos. Pero bueno, no es ésa la despedida por la que estoy aquí. 101 historias llega a su fin. Pues sí, todo tiene un final, por suerte, porque alargar las cosas así porque sí, pues no tiene sentido. En los últimos tiempos he hecho méritos suficientes para que la cosa fuera acabando. Digamos que lo que empezó con mucho ímpetu ha terminado con poca chicha. Quizás por eso de que las cosas se empiezan con la fuerza de la novedad, como si fuera una metáfora de la juventud, para luego acabar arrastrándote por ellas como si fuera un motor gripado. En mi caso, todavía puedo tener una miserable excusa ya que si hay algo que tenía claro con respecto al blog, es que tendría fecha de caducidad, es decir, serían 101 historias clavaditas, ni una más ni una menos.

101 historias me lo propuse como un pequeño reto. La idea era tener un sitio donde poner cosas pequeñas (suelo ser extensivo en general, nobody is perfect) y que la gente pudiera leerlo. Estaba harto de mandar mis pequeños escritos por correo electrónico a los amigos, sintiendo que invadía casa ajena, o molestaba. Así que la tecnología (y las redes sociales), para lo bueno y lo malo, nos permiten este pequeño milagro, imposible hace una década, de poder compartir con el mundo lo que te sale del teclado. Y uno lo hace por amor al arte, aunque para qué les voy a engañar, ojalá viviera de ello.

En estos últimos meses escribir para el blog me ha costado bastante, y a eso se ha unido, además, estos tiempos oscuros que invitan a hacer poco, la verdad. Pero en general debo decir que ha sido una experiencia bastante gozosa, sobre todo por el aspecto narrativo. Digamos que he podido salirme del esquema al que estoy habituado, es decir, el guión. Lo he disfrutado en muchos momentos y, encima, mi egotrip ha quedado satisfecho, como debe ser, por otra parte.

Quería contar pequeñas historias, pero también quería señalar, pero también quería reflexionar, pero también quería viajar, pero también quería soñar, pero también quería recordar, pero también quería desbarrar, pero también quería molestar, pero también quería ensalzar, pero también quería inventar, pero también quería insultar, pero también quería piropear, pero también quería filosofar, pero también quería divertir, pero también quería emocionar. Todo ello se ha intentado. Por suerte he podido llegar al final con esta última historia (la 101), que no es más que una despedida, unos créditos finales, un epílogo, un “adieu”, un “auf wiedersehen”, un “say goodbye, my friends”... This is it.

En estos cuatro años he escrito auténticas mierdas, y otras no tanto. Algunas de ellas han gustado mucho, otras nada de nada, la mayoría me han salido largas, alguna incluso corta y algunos me han recomendado que me dedique a escribir para las cajeras del DIA, lo cual es un principio. Alguno me acusó de noño, otros me señalaron que era un poco animal, seguramente alguno se indignó, quizás unos cuantos querían historias más a menudo, y puede que unos pocos se hayan reído, pero espero que uno o dos se hayan emocionado. Todos ellos, para lo bueno o para lo malo, pues tienen razón. Es el público soberano, y no se escribe (al menos yo) para saciar onanismos, que para eso ya tengo otras cosas. Lo que está claro es que no se puede gustar a la mayoría, ni se puede alcanzar todo, aunque yo aspiro a tener una mesa de ping pong algún día. La pena es que ahora que tengo más visitas, me piro. Como dice un amigo: no se puede calentar la tetera y luego no servirla. No tengo remedio.

Poco puedo añadir, han sido 101 historias de todo tipo que espero hayan disfrutado, y si alguno tiene interés futuro, por aquí se quedará en la Red de redes, como una especie de fósil que se irá desgastando con el paso del tiempo y, dentro de unos años, seguramente será infumable. Así que, como esta despedida ha tenido poco de historia (es lo que tienen las despedidas), debería intentar contar algo, aunque sea en los últimos párrafos. Pero como me he vuelto vago, dejado, perezoso, desencantado, ocioso, cínico, asocial y demás lindezas que puedan imaginar, voy a usar las palabras de otro (mucho más brillante que yo, obviamente) que, además, me parecen muy adecuadas como despedida. Me refiero a David Torres, novelista y columnista por el que siento cierta cercanía, en especial por su forma oscura, y algo cínica, de ver las cosas.

En su novela “El gran silencio”, Roberto Esteban (ese ex boxeador con maneras de pistolero crepuscular, que también protagoniza la magistral “Niños de tiza”, otra de las novelas de David) se encuentra en el bar que regenta su amigo Sebas. Ambos se ponen a hablar de recetas de cócteles famosos. El ex campeón (por si no lo saben, se dedica en la vida a dar hostias por dinero) le pide al barman que le recuerde una famosa anécdota sobre el creador del dry martiny. Y entonces, Sebas le cuenta una pequeña historia que, obviamente, tiene su moraleja, para que cada ustedes (gentes pensantes) puedan meditarla lo que gusten:

Sebas seguía limpiando vasos tras la barra, flaco y calvo, silencioso y displicente, tal y como se supone que debe ser un barman. Entonces tropecé con un nombre en la carta.

- Sebas, ¿cómo era esa anécdota que me contaste sobre el tipo que inventó el dry martini?

Sebas se acercó y se puso frente a mí.

- Es una anécdota falsa, probablemente una fábula. Por lo visto el dry martini lo inventó un barman cubano o español, no recuerdo bien. Se llamaba Martínez y de ahí lo de dry martini. Bien, en su vejez, el dueño de un local francés muy famoso quiso comprarle la receta. Le ofreció una millonada. Una estupidez, por otra parte, ya que el cóctel era famoso en todo el mundo y nadie podía cambiarle el nombre. De haber aceptado, Martínez se hubiera forrado. Era pobre y murió en la miseria, pero ¿sabes lo que le contestó al francés?

Negué con la cabeza.

- No se puede vender la luna, monsieur.

(Me despido con esta épica y suicida canción de ese geniecilla pelirroja llamada Florence + The Machine)

Hasta nunca... esto fue 101 historias.

martes 1 de noviembre de 2011

Carta de Archibaldo Haddock

Castillo de Moulinsart, 1 de noviembre 2011


Estimados zuavos:

Me solicita un hombrecillo con gafas y con pinta de beduino interplanetario, que dice tener no sé qué rayos de blog, que escriba unas líneas ahora que por fin se ha estrenado una película sobre Tintín y sus aventuras. He rechazado todas las ofertas al respecto, empezando por esos lechuguinos de Jean-Loup de la Batellerie y Walter Rizzoto del “París Flash”, que me hicieron la vida imposible cuando ese ciclón ambulante de la Castafiore se presentó de imprevisto aquí en Moulinsart. ¡Que la lleven los demonios, qué recuerdos más estremecedores! De nada sirve que busquen sensibilizarme con eso de haber inspirado a millones de personas, o con el lado humanista de nuestras aventuras, o con los exóticos lugares que he visitado. ¡Mil millones de mil millones de naufragios! ¡Si yo lo único que quiero es que me dejen en paz, malditos coloquintos de grasa de antracita!

De todas maneras he accedido a escribir unas líneas porque aquí, el grumetillo con gafas, se ha ganado mi simpatía presentándose en Moulinsart con una botella de Loch Lomond añejo. Luego se ha dejado ganar una partidita de “guerra de barcos”, ese ocio que practicó mi antepasado el gran Francisco de Haddoque. Ha sabido llegar a mi corazón oxidado de viejo lobo de mar. Así que me pondré a ello y escribiré sólo por esta vez. Ésta será mi única y última declaración, y luego, ¡qué me lleven los demonios si no es así!, no quiero volver a saber del mundo en otras treinta centurias.

Me cuentan que, al parecer, estáis todos sumidos en una profunda crisis económica provocada por esos autócratas acaparadores y chupatintas que manejan los mercados, y por la complacencia consumista de todos vosotros, alcornoques de baratillo, que os dejasteis vuestros ahorros en casas con paredes de patata llenas de muebles hechos por suecos. ¡Los suecos hacen muebles! ¡Mil truenos! ¡¿Esos paniaguados visigodos se están forrando haciendo muebles?! Lo que hay que ver. ¡Aaaah, y que a ningún cretino de los Cárpatos se le ocurra decir que yo poseo un castillo! ¡Al demonio con eso! Me jugué las barbas y el pellejo entre tiburones para conseguir el tesoro de aquel pirata de carnaval llamado Rackham El Rojo ¿Es que ya lo habéis olvidado, calabacines diplomados?

En vez de quedaros en casa jugando a no sé qué demonios de consolas, o comprando a todas horas, pequeños mercaderes de alfombras, haber viajado por medio mundo como hice yo acompañando a ese fenómeno con tupé de truenos y relámpagos. Haber surcado mares en mercantes oxidados para salvar a un grupo de negros de las garras de unos traficantes de carne humana; haber recorrido selvas infestadas de mosquitos y peligros en busca de un templo perdido lleno de incas de carnaval; haber atravesado desiertos llenos de sed en busca de traficantes de opio; haber viajado a la luna en una especie de cigarro ambulante inventado por el ostrogodo de Tornasol; haber luchado contra espías a las órdenes de un Mussolini de carnaval que quería hacer añicos el planeta; haber volado hasta una isla perdida para ser abducido por alienígenas macrocéfalos entre las brasas de un volcán en activo; o haber escalado montañas imposibles y rescatado al bueno de Tchang de las garras de ese oso mal peinado llamado el Yeti. ¿Qué decís a eso, eh? ¿Qué hicisteis vosotros en todo ese tiempo, tontos de capirote, logaritmos del ladrillo a la nuez de coco?

Espero que esto os sirva de lección, mil truenos. Yo ya cumplí con mi parte y ahora sólo quiero una buena pipa, un buen whisky, los periódicos de la mañana y mi paseo diario. Cuando hagáis una mínima parte de lo que yo he realizado, cuadrilla de bachi-buzuks, entonces juro que me afeito la barba. Mientras tanto aquí estaré, en mi retiro, hasta el final de los tiempos si es necesario, salvo que aparezca ese fenómeno de Tintín y me haga levar anclas en busca de aventuras, ya sea para encontrar alguna baratija perdida, ya sea para luchar contra algún sátrapa de mala semilla que nos busque las cosquillas. ¡Y no! ¡No sé dónde está Tintín! No lo preguntéis más veces. Aunque lo supiera, no me lo sacaríais ni con tortura medieval, especie de residuos de ectoplasmas.

Ejem, poco más, me despido de todos vosotros deseando de todo corazón que recuperéis la cordura (si alguna vez la tuvisteis), queridos majaderos individualistas. Sirvan estas líneas como despedida, y espero que no oséis molestarme nunca más, mil millones de rayos y truenos.

Se despide de todos Uds.

Archibaldo Haddock
(Capitán retirado de la marina mercante)

(Sólo el Maestro podía adaptar al Genio...)

martes 20 de septiembre de 2011

El sentido de la vida

¡Oh, Señor!

¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué tanto secreto?

¿Por qué somos padres? ¿Por qué somos madres? ¿Por qué somos hermanos? ¿Por qué somos hijos?

¿Por qué odiamos a nuestros hermanos? ¿Por qué los amamos? ¿Por qué queremos a nuestros padres? ¿Por qué los abandonamos?

¿Por qué nos enseñan a confiar? ¿Por qué nos enseñan a amar? ¿Por qué nos enseñan a perdonar?

¿Por qué nos enseñan a desconfiar? ¿Por qué nos enseñan a pelear? ¿Por qué nos enseñan a odiar?

¿Por qué abusamos de los débiles? ¿Por qué despreciamos al diferente? ¿Por qué tememos al de fuera?

¿Por qué ayudamos al desconocido? ¿Por qué apreciamos al huido? ¿Por qué comprendemos al incomprendido?

¿Por qué somos crueles? ¿Por qué no perdonamos? ¿Por qué somos orgullosos? ¿Por qué somos los primeros?

¿Por qué somos gentiles? ¿Por qué perdonamos? ¿Por qué somos humildes? ¿Por qué somos los últimos?

¿Por qué amamos? ¿Por qué no amamos? ¿Por qué sentimos? ¿Por qué deseamos?

¿Por qué mentimos? ¿Por qué codiciamos? ¿Por qué traicionamos? ¿Por qué somos leales?

¿Por qué decimos? ¿Por qué callamos? ¿Por qué reímos? ¿Por qué lloramos?

¿Por qué cruzamos mares? ¿Por qué levantamos muros? ¿Por qué surcamos cielos? ¿Por qué quemamos tierras?

¿Por qué quitamos vidas? ¿Por qué las salvamos? ¿Por qué abandonamos? ¿Por qué auxiliamos?

¿Por qué morimos de hambre? ¿Por qué damos de comer? ¿Por qué unos tienen tanto? ¿Por qué muchos no tienen nada?

¿Por qué somos violentos? ¿Por qué somos pacíficos? ¿Por qué somos tiranos? ¿Por qué somos esclavos?

¿Por qué construimos? ¿Por qué destruimos? ¿Por qué avanzamos? ¿Por qué nos paramos?

¿Por qué somos poetas? ¿Por qué somos guerreros? ¿Por qué creamos belleza? ¿Por qué creamos destrucción?

¿Por qué triunfamos en la vida? ¿Por qué fracasamos? ¿Por qué ganamos? ¿Por qué perdemos?

¿Por qué recordamos? ¿Por qué olvidamos? ¿Por qué nos olvidan? ¿Por qué estamos tan solos?

¡Oh, Señor!

¿Por qué te creamos? ¿Por qué matamos en tu nombre? ¿Por qué te adoramos? ¿Por qué te abandonamos?

¿Por qué buscamos el sentido de la vida?


(141 minutos de poesía en imágenes)

miércoles 29 de junio de 2011

Un tipo huraño

Siempre me han atraído los tipos huraños, asociales, gruñones, enfadados, solitarios, alejados, apartados, acabados, cansados, antipáticos. No sé, debe ser que con los años, uno ha dejado de ser mitómano de esa gente y realmente se ha convertido en uno de ellos. O imagino que son etapas de la vida, si bien para alguno de ellos es una actitud voluntaria desde siempre, lo que les hace más interesantes. Gente que no necesita la compañía de otros para estar bien, o que no tienen que seguir a la masa para ser aceptados. Y no es que la cosa sea meritoria, ni que tengan que sentirse superiores al resto por tener esa actitud vital. Simplemente eligieron ese camino.

Imagino que ser padre de familia, tener mujer, hijos, mascotas e, incluso, suegra, conlleva la misma responsabilidad que tener un superpoder. Pelear cada día en un trabajo con gente a la que desprecias, en un ambiente insoportable y con un jefe asesinable, tiene un mérito impagable. Encontrar nuevas aficiones que te hagan la vida llevadera, aunque nunca se te pasara por la cabeza escalar montañas a pelo, coleccionar sellos del Kurdistán, tirarte de cabeza por un puente o correr maratones a los cuarenta, son el bálsamo que te permiten no perder el equilibrio. Ser un social desde luego es meritorio en estos tiempos que corren.

Por eso el otro día, viendo la estimable película argentina “Un cuento chino”, me di cuenta de que incluso aunque uno elija la actitud existencial de la soledad, el destino puñetero parece que no te va lo va a permitir. Si bien la cagan con dar una explicación racional sobre la actitud del huraño protagonista (un impagable Darín, como siempre) ante la vida, la película te cuenta que por mucho que uno se refugie en su cueva, siempre vendrá alguien a joder la marrana. En este caso, nuestro protagonista, que colecciona todo tipo de objetos y cuenta tornillos (tiene una ferretería) para luego montar un quilombo al proveedor por mandarle de menos, se va a cruzar en su destino con un chino que le cae del cielo (nunca mejor dicho), sin tener ni idea de hablar una sola palabra de su idioma.

Y es que la historia parece darnos a entender que, te guste o no, uno debe ser social e interrelacionarse. O quizás, que en el fondo, los huraños, los asociales, los que mandaron al cuerno al mundo, son los más solidarios, como es el caso de este mal encarado ferretero que se apiada de un chino desamparado.

De unos años a esta parte se puede decir que allá, en La Pampa, se hace un cine extraordinario. El nivel narrativo de sus historias es magistral, los guiones excelentes, los directores magníficos y variados en lo formal y en las temáticas, por no hablar de los actores que pueblan sus pantallas, herederos de aquel Hollywood clásico donde hasta el último secundario es un genio anónimo. Además, no se quejan, no lloran y no maman por ayudas públicas. Hacen coproducciones, curiosamente muchas con algún ínclito productor-director de estos lares que, cuando hace cine autóctono, no le duran ni dos semanas en pantalla la película. En definitiva, siendo una industria más pequeña, regalan cada año producciones de un nivel superior, y siempre mirando al público, lo que no quiere decir que cuenten historias facilonas. De hecho, a uno le entran ganas de empezar a decir “vos” y “recontraputa”, y largarse para allá.

Así que ya saben, si empiezan a sentir una especie de cosquilleo interno en el cuerpo, o una vocecita les dice en su cabeza que mandes al cuerno a la esposa, niños, mascotas, suegra, jefe, compañeros de trabajo y amigos, vayan primero a documentarse con esta magnífica película.


martes 24 de mayo de 2011

El patio de colegio

Erase una vez un patio de colegio. Con sus maestros, sus curas, o sus funcionarios de la ESO, como ustedes gusten, según los tiempos, o la generación. Allí, como en la granja de Orwell, se decide el destino de sus habitantes y su futuro, además del carácter que siempre llevarán consigo. Allí, asistimos en primera persona a una lección de supervivencia, como si fuera un documental de bichitos de La 2. Allí, en el patio, los enrrollaos, o sea los poderosos, dominan el cotarro. Los enrrollaos (también conocido como "malotes"), a veces lo son por eso de la infancia asilvestrada. Aunque no siempre es así. En su mayoría, los llamados "malotes", en realidad son buenos, aplicados, de brillantes notas, y con un papá al quite, por si las cosas se tuercen.

Los enrrollaos, a los que llamaremos “el poder establecido”, son niños que se definen por una personalidad incipiente, controladora, carismática, e, incluso, arrolladora, aunque si se complica la cosa, ya vendrá papá para resolver el tema. El poder establecido se dedica a hacer la vida imposible al pringao (los raritos, o los pequeños) por diversos y variados motivos que van desde su cara, o su fealdad, o sus orejas prominentes, o sus gafas de banda ancha, o sus actitudes extrañas (no jugar al fútbol), o sus olores corporales, o la peculiar profesión del padre o, por supuesto, la consabida clase social, por no olvidar el origen étnico, religioso o de raza.

A veces ni siquiera hay un motivo claro para hacerle la vida imposible a un pringao. Puede ocurrir que éste no le ría las gracias al poder, o puede que no le siga en sus aventuras, o no le admire y pelotee lo suficiente. O incluso puede ocurrir simplemente que al poder le ha dado por ahí. Puede que el pringao no cumpla ninguno de los requisitos para ser un apestado, que simplemente la cagó en el momento más inoportuno.

Y eso es lo que le ocurrió al pobre Héctor, nuestro pringao imaginario, y que nos sirve de ejemplo para ilustrar esta pequeña historia. Un día, Héctor, siendo un niño de EGB, se cagó en los pantalones. Probablemente por un problema gástrico, o porque algo le sentó mal, o simplemente porque se fue de tripas. El caso es que Héctor se cagó estando en clase y ahí empezó su calvario.

Durante años, el bueno de Héctor fue humillado, vejado, maltratado, arrinconado, obviado, y demás participios que se les ocurran. Incluso ya siendo mayores, seguía siendo objeto de diversión por parte del poder establecido. Incluso cuando le cambiaron de clase, el poder establecido decidió ir a buscarle a la nueva clase para burlarse de él y conseguir que sus nuevos compañeros también le marginasen. Era una especie de internacionalización de la repulsa, o mejor de globalización, para que ustedes lo capten.

¡Pobre Héctor! Los enrrollaos manejan, dirigen, manipulan e, incluso, ordenan el cotarro. Es así, y será así por siempre, salvo que alguien empiece a decir “no”, o algún loco se levante. Como es obvio, los poderosos del patio no suelen mancharse las manos. Su futuro nunca se torcerá: heredarán el negocio de papá, o bien, un puesto en la empresa, o bien, un enchufe en un puesto influyente. Sus esbirros se encargarán del trabajo. Son la carne de cañón, los que hacen el trabajo sucio, la fuerza bruta, los sacrificables. Nada ha cambiado desde Roma. Los pretorianos les mantienen, aunque éstos últimos sólo alcanzarán un piso en las Tablas, decorado en la tienda sueca por la que pasan todos los fines de semana. Las casas con parcelas del poder establecido tienen otras tiendas, de más nivel, y altos muros de separación.

¿Y qué hacen los demás mientras tanto? ¿Cómo actúa el patio cuando el poder establecido abusa de los demás? ¿Alguien defiende a Héctor? ¿Se unen los más débiles para ayudarse entre ellos? ¿Alguien alza la voz, se rebela, levanta el puño contra la injusticia?

Algunos lo piensan, pero temen a los enrrollaos. Sus pretorianos dan miedo, incluso al traspasar los muros del patio. En la calle incluso son más peligrosos. ¿Qué se puede hacer frente a ello? La mayoría viven como pueden en el ecosistema del patio. Hay que sobrevivir y, a ser posible, pasarlo bien. Los deportes son una alternativa: el fútbol (sobre todo), pero también el baloncesto es una buena opción. Según la estación del año, tienen las canicas, el yoyó, o las chapas. Además de comentar los programas y series de la tele, que les hipnotizan por la noche, y sirven de consuelo.

Eso es la mayoría silente. Los niños que no quieren líos. Mejor miramos a otro lado, no vaya a salpicar, piensan. Pero también existen los que aprovechan para unirse a los enrrollaos, conseguir su plácet, estar cerca del poder, ser algún día uno de ellos, aunque sólo sea en sueños. Son los lacayos, los que ríen las gracias, los que se burlan de Héctor para que certificar que ellos pueden ser también unos enrrollaos. Los que pisan a quien sea por conseguir un objetivo. Los que usan la sonrisa en su rostro, pero en realidad están usando la daga para calumniar y manipular de manera traicionera.

Así es el día a día en el patio del colegio. La rutina de un día cualquiera, en una patio de cualquier colegio. Un sistema en el que o te adaptas, o estás fuera de él, con lo que ello supone para el futuro de cualquiera. Es curioso, pero ya siendo adultos, muchos de los que fueron niños recuerdan con cariño ese patio, aunque vivieran abusos o injusticias. Resulta ser un peculiar síndrome de Estocolmo, como si lo ocurrido no hubiese sido tan malo, que es lo que se dicen entre ellos. Quizás porque siguen llevando dentro de ellos a ese niño que una vez fueron, aunque el implacable borrador de la memoria los va borrando como tiza de una pizarra.

¿Y qué fue de Héctor? ¿Qué ocurrió con su destino? ¿En que se convirtió?

Al final tuvo que abandonar la escuela, harto de tanta presión, convenciendo a sus padres de que no podía seguir así. Y fue a otro colegio, donde al menos le dejaron en paz. Y pudo terminar sus estudios. Y empezó una carrera que terminó. Y se casó. Y tuvo hijos. Y ahora tiene un piso en Las Tablas, donde es feliz, y va cada sábado con su mujer a la tienda sueca, y el domingo a las multisalas de cine. Paga sus impuestos y vota cada cuatro años. Es un hombre satisfecho que olvidó ese patio de colegio en el que tanto sufrió. Trabaja en una gran empresa, donde alcanzó cierto estatus. Y no tiene escrúpulos en contratar con condiciones basura a los más jovenes, o despedir a los más viejos si no garantizan productividad, o simplemente por que la cagan alguna vez. No le tiembla la mano, no duda un instante. Es un hombre de su tiempo. Por fin encontró su lugar en el patio del colegio.

Y colorín colorado...



(Iba a poner el discurso televisado de V for vendetta, pero no dejan incrustarlo en ninguna parte, por qué será, así que les dejo el trailer... Remember, remember...)

lunes 25 de abril de 2011

Una mota de polvo

Al caer la noche, la sala de televisión era para sadomasoquistas. O te untabas bien de repelente, o los mosquitos te devoraban vivo. Dependía de tu capacidad de aguante, o mejor, de la dureza de tu piel, para no ser traspasada por esos diminutos vampiros alados. En mi caso, de piel blanca y fina, suelo ser objetivo predilecto, un buen bouquet que llevarse a la boca, o en este caso, la trompa. Una vez a la semana, en la repleta sala de descanso de una residencia en Pollensa (Mallorca), en el lugar donde pasé tres veranos de mi adolescencia, asaeteado por los mosquitos trompeteros, era uno de los muchos seguidores ensimismados de una serie en la que nos dimos cuenta de que, quizás, no estamos tan solos en ese negro, frío e infinito lugar que es el universo.

A principios de los ochenta, en aquellas noches estivales mallorquinas, mientras me rascaba las picaduras de los tobillos, disfrutaba en la tele con el tono pausado de un divulgador que sirvió de inspiración a otros que luego siguieron su camino, entre ellos, nuestro respetado Punset. Se llamaba Carl Sagan, fue muchas cosas y estudió otras muchas: arte, física, geología, bilogía, astronomía y astrofísica. Colaboró con la NASA, impulsó el envío de sondas al espacio (Voyager 1 y 2) por si hubiera alguien (o algo) escondido en algún rincón inhóspito del espacio con quien contactar. Fue él quien pensó que podrían estar escuchando ahí fuera, y que lo mejor era resumir todo el conocimiento humano, todo lo bueno que alguna vez fuimos (la música, el arte, la literatura, el pensamiento) en un disco de oro. También ayudó a viajar a Venus mediante otra sonda espacial, y fue el primero que dio el aviso sobre la capa de Ozono y el cambio climático. Se podría decir que fue una especie de iluminado, un geniecillo con la mirada perdida en el espacio, por si alguien osaba responder a su llamada a cobro revertido espacial.

Pero, aparte de todas esas facetas que bastan para completar una vida plena, el mundo siempre le recordará porque, a principios de los años 80, nos regaló una serie televisiva de divulgación científica que marcó una época. Se llamaba “Cosmos”. Era una miniserie de trece episodios que se hizo en un tiempo en donde la mierda la encontrabas donde realmente debía de estar: en el váter. Hoy en día, esta lógica reflexión, o enunciado, puede ser puesto en duda, ya que sólo hay que encender el aparato catódico (hoy, digital) para comprobar que la caca no está sólo en el retrete. Gracias a nuestros respetados ejecutivos que mandan en la tele (esos que junto a los directivos de los bancos dictan las reglas del juego del nuevo mundo) uno pone en duda incluso en que haya inteligencia hollando este planeta.

Fueron trece episodios cargados de divulgación científica, conocimiento e investigación, y, por supuesto, llenos de entretenimiento, por mucho que digan los genios de hoy que el conocimiento o la cultura no entretienen. Pero, además de eso, cada episodio estaba cargado de sabiduría, sentido común e, incluso, poesía. Con una voz prodigiosa (aunque nosotros vimos la versión doblada), este hombre de apariencia frágil, culto, elegante, con un cierto toque british, pese a ser gringo, nos contaba cada semana lo que somos, de dónde venimos, de lo que estamos hechos (polvo de estrellas, según él) y del misterio hacia el que vamos. Nos mostraba nuestras debilidades, nuestras miserias, nuestra capacidad de autodestrucción, pero también nuestro afán por crear y conocer.

Hace poco, y por casualidad, buceando por la red de redes, descubrí un vídeo sobre él, uno en el que pone voz de fondo al panorama que se veía desde la sonda espacial Voyager 1, a su paso por Neptuno, cuando giró la cámara hacia atrás e hizo una foto para retratarnos en medio de la inmensidad oscura. Y sus palabras, con una musicalidad propia del mejor poema, subrayan una realidad inapelable: si alguien está ahí fuera, sea quien sea, si nos ve o nos escucha, por favor, sólo esperamos que se dé cuenta de que sólo somos una mota de polvo.


miércoles 16 de marzo de 2011

El viento y el odio

Dicen que las palabras se las lleva el viento, aunque lo escrito permanece, es eterno. También los amores vuelan de nuestra memoria, al igual que los buenos momentos, las promesas hechas, las sonrisas que soltamos, los amigos que tuvimos, los recuerdos perdidos. Es un viento sin piedad que se lleva todo lo bueno que el ser humano trajo consigo cuando un buen día decidió ponerse a caminar, y luego reflexionar que caminaba. Transcurrieron décadas y siglos, pasaron generaciones y civilizaciones, cayeron diluvios universales, temblaron las entrañas de la tierra, los mares arrasaron con todo y los vientos se llevaron lo que encontraron a su paso. Sin embargo, hay algo que subsiste, que nunca desaparece, que nada se lo lleva, que ha decido quedarse hasta el final. Ese algo nació de la mano del ser humano, le acompaña siempre, es parte de él, de su existencia. Es fácil reconocerlo porque, a su paso, apenas queda nada. Tiene muchos nombres, pero sólo una sensación cuando aparece. Es una sentimiento que todos reconocemos, que todos tenemos, aunque lo neguemos. Es el odio que permanece siempre con nosotros.

Así comienza el primer plano de una película desgarradora: con la imagen del viento agitando una enorme palmera, en un paisaje bello y sosegado. La cámara se desliza hacia un interior, atravesando una ventana, mientras seguimos observando el movimiento de las ramas mecidas por el aire. Entonces empezamos a escuchar los acordes de “You and whose army?” de Radiohead. La cámara, poco a poco, en un movimiento que parece ir acorde al ritmo de la música, se adentra en una sala donde unos hombres, con botas militares y kalashnikov colgando de sus hombros, escoltan a un grupo de chavales. Hombres y niños tienen rasgos árabes. Los niños hablan entre sí con cierta tranquilidad. Los hombres fuman y observan. En medio de la estancia, uno de los milicianos, de aspecto rudo y tosco, afeita impunemente la cabeza de uno de los niños, mientras los demás esperan su turno. El objetivo de la cámara ahora se acerca lentamente al rostro del crío, a unos ojos que miran de frente, sin apenas parpadear, severos, inquietantes, cargados de odio.

Incendies” es una película basada en un libreto teatral escrito por Wajdi Mouawad, autor canadiense de origen libanés, que causó honda impresión en el director Denis Villeneuve, también procedente del país de la hoja de arce. Tras ver la obra, este hombre que no es árabe, que nunca ha estado en una guerra, que no ha sufrido las consecuencias de la violencia en sus carnes, se propuso a sí mismo, como cineasta, y quizás también como ser humano, que algún día mostraría en primer plano hasta donde puede conducir la espiral del odio. Da igual que el paisaje sea de un país de Oriente Próximo al que nunca cita (aunque todos intuimos que es el Líbano de los años setenta); podría estar mostrando la Yugoslavia de los noventa, la España de los años treinta, la Irlanda de los ochenta, o el Afganistán actual. El paisaje es lo de menos, de lo que se habla es del abono para la ira visceral, la justificación para que cualquier afrenta conduzca a una represalia que será, a su vez, otra afrenta para el del enfrente que, a su vez, dará contestación debida, y así en una espiral imparable.

Dos hermanos mellizos reciben un encargo terrible de parte de su madre muerta. Es un mandado hecho por una mujer que, al final de sus días, todavía refleja en sus ojos las distintas caras del horror. El encargo es buscar a un hermano y a un padre perdidos en un país lejano. Si cumplen con esta última voluntad, evitarán que sea enterrada boca abajo, de espaldas al mundo, sin una lápida que identifique su nombre. Todo ello como una forma voluntaria de expiar sus pecados, hasta que sus hijos la rediman. Y éste es el comienzo de un viaje en el tiempo a un país al que la violencia, la guerra y la ira rompieron en mil pedazos. A un lugar que podría ser cualquiera en el que una vergüenza familiar se convierte en una afrenta de sangre. Y una afrenta de sangre en el abandono maternal que, con los años, y el azaroso destino como juez burlón, convertirá al inocente en verdugo despiadado.

No es una película fácil, no sales con una sonrisa, sino más bien arrastrando los pies, pensando en ella. No hay blancos ni negros, sino una terrible gama de grises. El final es una hostia en la cara bien fuerte, así, con todas las palabras. Te agita la conciencia, te remueve las entrañas, te deja en el asiento, te hace mirar al abismo. Es una historia de imágenes poderosas, magnéticas y violentas. Es una película de tiempos contenidos y elipsis prodigiosas, con los mejores flashbacks desde los tiempos de aquel otro magistral retrato del paisaje de la guerra llamado “El paciente inglés”.

Y a lo largo de esta historia que, curiosamente, habla de incendios y humos negros, lo que tiene una presencia constante es el viento, el sonido del aire que no consigue llevarse ese mal que azota al ser humano desde tiempos inmemoriales, aquellos en los que siendo un simple mono disputó una charca a otro mono. Y todo aquello trajo como consecuencia la primera afrenta de muchas. Y desde entonces ya tuvimos la certeza de que el odio permanecerá... siempre.