viernes, 25 de junio de 2010

El arte de volar

Es el nombre de un tebeo, bueno de un cómic, o lo que ahora se conoce en plan culto como novela gráfica. Probablemente es la historia más desgarradora que he leído en los últimos tiempos. Es la obra de un veterano guionista llamado Antonio Altarriba, pero también es la obra de un hijo llamado Antonio Altarriba, que resultan ser la misma persona. Y digo esto porque, presentado como un cómic, se nos cuenta la vida del padre de Altarriba que, a la edad de 91 años, decidió tirarse desde la ventana del cuarto de piso de la residencia geriátrica donde estaba internado. El propio autor lo narra en el prólogo de su obra: “mi padre tardó 90 años en caer de la cuarta planta”.

¿Qué lleva a un anciano al que apenas le queda un suspiro de vida a tomar tan drástica decisión? Si quieren descubrir la respuesta, sólo tienen que leer “El arte de volar”, probablemente el cómic, yo diría el libro, que mejor ha retratado el último siglo de la triste historia de un país al que muchos llaman España, y yo la conozco como Apaña.

Los dibujos de esta pequeña obra de arte han sido realizados por Kim, al que todos reconocerán como el cachondo mental creador de “Martínez el facha”, el facineroso bigotudo malhumorado con cara de Sazatornil, que desde hace años hace reír a los seguidores de esa joya satírica conocida como “El jueves”. Aquí se ha puesto serio, sino lo ha sido siempre. Por sus trazos descubrimos la época de la Dictadura de Primo de Rivera, el auge de la Segunda República, la Guerra Civil Española, el exilio a Francia, la Segunda Guerra Mundial, los oscuros años del Franquismo, y la nueva democracia. Todo un siglo visto a través de los ojos de una persona que, como dice en un momento del cómic, sólo quiere trabajar y vivir en paz. Es la crónica de un hombre que resulta ser víctima de las circunstancias sociales e históricas que le tocaron vivir.

Algunos pensarán que es la típica historia sobre la Guerra Civil, con su carga política, su rollo ideológico, su carácter maniqueo. Y aunque hay de todo ello un poco, no se puede negar que la historia de este país siempre ha tenido un poco, o un mucho, de todos estos aspectos, pero ante todo es la historia de un fracaso absoluto, de los sueños arruinados de alguien que una vez pensó que otro mundo era posible.

Casi siempre he rehuido de este tipo de historias. Cada vez que sale una película, o un libro, que tiene como contexto la Guerra Civil, o el Franquismo, huyo con pies ligeros. Como si no quisiera saber nada, aunque el motivo muchas veces se encuentra en la calidad de obras que suelen dejar mucho que desear (un ejemplo la adaptación de “Los girasoles ciegos”, un inmenso libro y una patética película), más preocupadas en soltar el mensaje o la perorata, que en contar algo que guste a un público general, pese a lo peliagudo que supone siempre enfrentarse a esa parte de nuestra historia.

En mi caso el motivo de huida es sencillo, vengo de los vencedores. Mi familia, no toda, pero una parte importante, son de los que presumieron de eso que se llamó “La Gran Cruzada Española”. Quizás por ello, quizás por el rechazo a lo que vi y me contaron de niño, quizás por mirar hacia otro lado, huyo de esas historias. Todavía recuerdo con apenas 15 años mi primer viaje transoceánico, una de mis obsesiones con las que martilleaba a mis padres con la excusa de estudiar inglés, pero cuyo objetivo era viajar al lugar de donde procedían esas películas que alumbraban mis sueños, conocer esas calles, esos coches enormes, esos billetes de dólar que, después de dos siglos, son iguales a los que manejaban los pistoleros. Y fue allí, en concreto en la Costa Oeste, donde me di de bruces con la realidad de un pasado que yo desconocía, o del que no quería saber.

Para mí los rojos fueron los malos, los pérfidos que quemaban iglesias, los de la matanza de Paracuellos, los que querían hundir España. Fue allí donde la familia americana que me acogía me llevó a pasar un día con una comunidad de españoles que vivían en esa parte de California. Y fue allí donde descubrí a unos ancianos que añoraban su tierra, su sol, incluso el hambre que pasaron. Fue allí donde oí por primera vez a alguien mentar a la madre del cabrón de Franco. No lo podía creer, pero era así. Esos eran los perdedores de aquella guerra que nunca me interesó, a la que no presté atención salvo en un antiguo juego de tablero que me hizo pasar tardes gloriosas, el preámbulo de la Segunda Guerra que inundó mis lecturas.

Muchas veces he pensado en ese momento, en ese encuentro con exiliados. Y con los años uno imagina la nostalgia que tuvieron que arrastrar todos esos que huyeron. Sin embargo, hubo otros muchos que se quedaron, que durante cuarenta años permanecieron callados, que vivieron una vida que no fue la suya. De eso trata “El arte de volar”, de la historia de un hombre que nunca pudo vivir la vida que quiso. Es una historia dura, triste, muy triste, que, al terminar de leerla, te hace sentir un vacío enorme. Y uno entiende el homenaje de Altarriba a su padre y las preguntas que le debieron surgir para intentar comprender el suicidio de su progenitor. Son las mismas dudas que yo sigo teniendo para entender el maldito odio cainita que, a fecha de hoy, sigue existiendo en este país. Me cansan las posturas inflexibles de unos y otros, me da igual que unos piensen que tenían más razón que los otros, esa verdad absoluta es algo que no existe, es tan real como Obi Wan Kenobi con el sable láser. La única verdad absoluta fueron años de penuria, de oscuridad, de familias divididas, de hijos y nietos que todavía intentan averiguar dónde están los suyos, de cómo se pudo llegar a esa locura, de cómo un anciano con 91 años decidió echar a volar.





2 comentarios:

Anónimo dijo...

Otro dibujante que me gusta mucho en esta linea es Carlos Jimenez, tengo casi toda su obre y es impresionante tb la coleccion de PARACUELLOS y la historia de aquellos internados en un colegio de la España de la Postguerra.
Me ha gustado conocer a este autor, quizas mas duro y realista que Gimenez, pero no por ello igual de reflexivo y sorprendente. Me alegran ver estas historias que se centran en el ser humano, y no de vencedores ni vencidos, sin frontera alguna.
Las fronteras como alguien dijo, son las grandes heridas de la Historia.
Saludos, Mabel

Vaneau dijo...

Completamente de acuerdo. Lo compré para regalar en el Sant Jordi tardío, y me estoy pensando si lo regalo. Es que tengo el mal vicio de empezar a leer antes de la entrega de los libros regalados, y a menudo acabo haciendo un sprint al centro comercial más próximo y el presunto regalo me lo termino apropiando. Y claro, para no tropezar dos veces con la misma piedra, ya no compro otro libro, llevo de regalo un buen vino, o un licorcito, y así lo de probar el regalo queda como más natural.