domingo, 17 de febrero de 2008

Hombre de fe



El joven se acerca al hombre calvo que prepara una especie de masilla usando la cáscara de una fruta como cuenco. Llevan dos días en la selva, intentando abrir una escotilla de hierro enterrada entre los arbustos. El chico se sienta junto al hombre calvo, enfrascado en sus pensamientos mientras amasa. Le pregunta qué hacen ahí sentados, llevan dos días mirando esa puerta infranqueable, sin hacer nada. El hombre calvo sale un momento de sus pensamientos y suelta dos palabras.

- Ludovico Buonarroti…

El chico se queda callado, expectante, mirando sorprendido al peculiar hombre calvo que tiene una cicatriz que surge en la cuenca de sus ojos y baja hacia la mejilla.

- El padre de Miguel Ángel era un hombre rico que no entendía la genialidad de su hijo, así que le pegaba. Ninguno de sus hijos se ganaría la vida con las manos, por lo que Miguel Ángel aprendió a no utilizarlas. Años después, un príncipe visitó su estudio. Se encontró al maestro mirando un bloque de mármol de cinco metros de altura. Supo entonces que los rumores eran ciertos. Miguel Ángel iba allí cada día desde hacía cuatro meses, miraba el mármol y volvía a casa a cenar. Y el príncipe se giró hacia Miguel Ángel y le preguntó. ¿Qué estáis haciendo? Miguel Ángel se volvió, lo miró y susurró… "sto laborando"…"estoy trabajando". Tres años después ese bloque de mármol se convirtió en el David.

Y mientras escuchamos esas sabias palabras en boca de tan peculiar personaje, de fondo nos acompaña la hermosa música de Michael Giacchino, una música que está a la altura de una serie que cambió la televisión hace ya cuatro años, la serie que es considerada por algunos – entre ellos yo – la mejor serie de todos los tiempos.

Quizás sea exagerado hacer aseveraciones de este tipo, pero en esta Edad de Oro de la ficción televisiva norteamericana, donde las obras maestras (El Ala Oeste de la Casa Blanca, Los Soprano, Friends, A dos metros bajo tierra, House, Mujeres desesperadas, The Shield, The wire, Galáctica, Héroes, Band of brothers, Angels in America, y podría seguir y seguir…) se cuentan por más de una decena, hay una que lo ha cambiado todo, quizás porque se emite en una cadena generalista (ABC), con lo que ello supone, donde los filtros y complicaciones son mayores que para la más libre y brillante cadena de cable HBO. La serie en cuestión se llama “Lost” (Perdidos), y es un fenómeno global, una droga dura más compleja de desengancharse que de la propia coca.

Como ya todo el mundo conoce, Lost es la historia de unos supervivientes a un accidente de avión (el Oceanic 815, que parte de Sídney rumbo a Los Ángeles) que tienen que subsistir en una isla “aparentemente” desierta. Y digo lo de aparentemente porque el gran secreto de la serie, que podría haberse convertido en una idea anodina y repetitiva (la idea original era de un ejecutivo de la propia cadena ABC, pero emulando a la película “Naufrago” con Tom Hanks), se encuentra en los misterios de esa isla. Y esta propuesta innegociable (por más que le pesase a los siempre prescindibles ejecutivos) la hicieron los dos genios creadores de este universo único al que ya le quedan tres temporadas. Y es que hasta en esto ha sido un hito, capaces de decir por anticipado que la serie va a tener un plazo de caducidad, por cuestiones narrativas, aunque millones de personas estén pendientes de ella. Los dos tipos que idearon semejante fantasía son Damon Lidelof y JJ Abrams, que ya se encuentran en el Olimpo de la historia televisiva.

Hace tres semanas regresó la serie, con su cuarta temporada, tras meses de horrible espera. Los yonquis no podíamos más, la metadona que usamos en este tiempo no servía, no se aguantaba, pero por fin ha regresado. Y con ella algunos de los personajes únicos que la pueblan, y ya es difícil que una misma historia haya varios personajes memorables (ay, ese maquiavélico Ben). Aquí, y es lo genial del asunto, cada uno tiene su preferido, pero hay uno de ellos que desde mi humilde punto de vista pasará a la posteridad. Su nombre es John Locke (grande, muy grande Terry O'Quinn), y en sí, llevar ese nombre, ya es toda una garantía.

Hace cuatro años, en una playa, en medio del caos, de la sangre, de la destrucción, con los supervivientes gritando, con un doctor yendo de un lado a otro intentando salvar vidas, un hombre calvo levanta la cabeza, no sabe bien qué ha ocurrido, pero algo en su interior se trastorna cuando descubre que los dedos de su pie derecho se mueven. No da crédito a lo que ve, como si el simple movimiento de unos dedos fuese para él un milagro de la naturaleza, y en parte lo es. Se incorpora aún sin creerlo, poco a poco, como quien se levanta de la siesta, mientras la gente, aterrada por el desastre, grita a su alrededor. Pero para él nada de eso existe. Se estira hacia atrás, respira hondo, sonríe. Entonces el doctor le pide ayuda para salvar a otros heridos. El hombre de fe corre feliz a ayudar.

“Perdidos” es una serie coral construida sobre la base de los misterios, los problemas, las dificultades a las que se tienen que enfrentar los supervivientes de la isla; pero, al mismo tiempo, es una serie capaz de usar el flashback como recurso narrativo, algo terminantemente prohibido en lenguaje televisivo, donde la acción debe ser fluida. Pero ellos lo hicieron, mostrando el pasado de todos esos personajes, llenos de claroscuros, más oscuros que claros, como si realmente su destino fuera ése, estrellarse en una isla perdida del Pacífico para no regresar jamás a sus vidas anteriores.

Cada episodio lo suele protagonizar uno de los personajes, con sus flashbacks (y flashforwards, pero no contaré mucho de esto último, averígüenlo si no la han visto todavía) donde descubrimos retazos de su vida pasada, quiénes eran y de dónde venían antes de suceder el accidente. En el episodio cuatro de la 1ª temporada, llamado “Expedición” (“Walkabout”), un episodio para enmarcar, vamos a descubrir quién es el misterioso hombre calvo. Nos enteramos que facturó una maleta llena de cuchillos de caza, dejando al resto de compañeros boquiabiertos. Cuando se termina la comida de los supervivientes, propone cazar los jabalíes que hay en la misteriosa isla, adentrándose en la aterradora selva con su cuchillo, convencido de que está preparado para hacerlo. De su pasado, descubrimos que esta especie de guerrero-cazador de cultura insondable era una oficinista gris, alienado por el cabrón de su jefe, en una empresa que hace cajas; averiguamos que tiene una mujer que no le quiere volver a ver, que se encuentra solo y que su soledad la cura con juegos, o preparando un viaje de aventura al interior de Australia; y descubrimos que cita a Norman Croucher, el tipo que subió el Everest con las piernas amputadas porque era su destino. Y al final del episodio, le vemos frustrado, reivindicándose a sí mismo, gritando al hombre que le impide cumplir su sueño, en uno de los momentos más desgarradores de los últimos tiempos: “¡No me digas lo que no puedo hacer!” (Don’t tell me what I can’t do!)… Unas palabras que habría que aprobar como ley en cualquier Parlamento sensato del mundo.

Y a partir de este episodio descubrimos quién es John Locke (el hombre de fe), que se va a convertir en la pesadilla de Jack, el médico (el hombre de ciencia), el héroe que lidera a todos los supervivientes, y que ha cuidado de ellos, y a los que espera sacar de ese infierno. Pero Locke tiene otros planes. Él cree en el destino, él sabe que si están allí es por algo, que la isla les ha llamado, que no deben salir de ella.

Durante los tres primeros episodios de la serie, antes del episodio cuarto, el misterioso personaje no dice una sola palabra, salvo cuando Walt, el chaval de diez años que viaja con su padre, se acerca a él para saber qué es ese tablero de triángulos con fichas negras y blancas, al que Locke está jugando. Y el hombre de fe le explica el origen del backgammon, el juego más antiguo del mundo, que se remonta a más de cinco mil años antes de Jesucristo, según las excavaciones de algunos arqueólogos que han encontrado tableros en las ruinas de la antigua Mesopotamia.

Y es entonces cuando John Locke explica al niño cómo se juega; y con esa explicación va a soltar la clave de esta serie, la premisa sobre la que se construye esta historia única y genial que a tantos nos tiene embargados desde hace tiempo:

-“Dos jugadores. Dos bandos. Uno es claro, el otro oscuro…”


2 comentarios:

Ciabogas dijo...

A ver si me pongo a verla, pero es que se me acumula el trabajo, y no hago más que descubrir series cojonudas. El otro día descubrí una al estilo IT Crowd que pinta muy bien. Ya les contaré si se confirman las primeras impresiones. Mientras tanto me sigo descargando capítulos de Lost (con perdón), para cuando no haya.

Cecilia Alameda dijo...

Una serie que rompe moldes, que le regala sorpresas al espectador. Las películas que nos vienen del otro lado del mar parecen a veces hechas con plantilla, todo es previsible, los personajes, las tramas. Y aquí se rompen los moldes, hay sustos y espantos, sorpresas, escándalos.
Según transcurren los episodios me asombra ver como los guionistas hilan de tal manera los argumentos que, aunque los de temporadas posteriores a la primera pudieron no llegar a fraguarse, todo se ajusta, todo casa, todo tiene una explicación o un motivo o una consecuencia.
Supongo que para sus autores fue una experiencia inigualable paraticipar en esta serie.
Me gusta Locke y me gusta Sawyer.