jueves, 31 de diciembre de 2009

Conclusiones

Unas conclusiones finales, amigos míos, ahora que termina el año y que nos llega otro con muchas curvas y redondeces, por eso de tener dos ceros:

La vida seguirá siendo un valle de lágrimas, llena de tristeza y sufrimiento, de momentos malos que superan a los buenos, de aburrimiento, cotidianeidad, rutina, disgustos, discusiones, peleas, frustraciones, decepciones. Pero qué cojones, ¿acaso no mola?

El mundo seguirá siendo un lugar oscuro, cruel, inhóspito, injusto, inseguro, violento, egoísta, corrupto, podrido, sucio, vasto, pequeño, peligroso. ¿Pero acaso no seguiremos con ganas de conocerlo más a fondo?

El ser humano seguirá matando, torturando, cargándose el planeta. Seguirá mirando su ombligo sin mirar alrededor, pisando antes que dando, actuando antes que reflexionando. Seguirá preguntándose por qué está aquí, de dónde vengo y adónde voy, sirviéndole de excusa para usar a etéreos tótems superiores en cuyo nombre todo está justificado. ¿Pero no es este el mismo ser que inventó el cine, el teatro, la música, el fútbol y si me apuran hasta la petanca?

La riqueza la tendrán unos pocos, la miseria los de siempre. El trabajo unos cuantos, el resto sobrevivirán como puedan. Miraremos para otro lado al cruzarnos con los desamparados, los invisibles, los que ya no cuentan, los apartados, los no válidos. El reparto y la justicia lo hará un ciego caprichoso ¿Pero no es gracioso que todos tengamos el mismo final anunciado?

El amor seguirá siendo una entelequia, algo que un día rimaron unos poetas para hacer esto más llevadero. Viviremos en la nostalgia permanente, en el pudo ser pero no fue, en el recuerdo de una vida soñada. En la equivocación, en el deseo ajeno, en el engaño. ¿Pero acaso no es lo que todos anhelamos?

Esto se acaba, my friend. Ya doblan las campanas y esta vez sí doblan por ti. Momento de cenas, uvas, alcohol, buenos deseos, felicitaciones, alegría, abrazos, familia, amigos, mensajes, fiestas.

¿Y después?... Después lo de siempre.


(Les dejo con este señor que una vez dijo eso de: "No creo en una vida posterior, pero por si acaso me he cambiado de ropa interior".)


(Pero también les dejo con esta música del gran Moby... Feliz ano... sí, sí, sin eñe)

sábado, 26 de diciembre de 2009

La turba

Llevaba tiempo sin tener un rato para mí y recuperar viejas costumbres tras mes y medio de un no parar por obligaciones audiovisuales. Hace tiempo que no escribía sobre cine y hace tiempo que iba detrás de una película que muchos consideran una de las cumbres cinematográficas del siglo pasado. Al parecer, el gran Eastwood la cita con asiduidad como referente de su cine. Ante algo así uno no podía dejar pasar la oportunidad de ver la fuente de inspiración del maestro.

Y por supuesto la referencia no es mala. La película en cuestión se llama “Incidente en Ox-Bow”, y sí, es una peli de vaqueros, un western, ese género que hizo grande a unos pocos y en el que siempre se hubiese reconocido aquel trovador de las miserias humanas que una vez escribió eso de “ser o no ser, esa es la cuestión”. Porque “Ox-Bow incident” es una historia que va precisamente sobre eso: las miserias humanas. La película es algo que va más allá de una obra de arte, es un manual reducido de la degradación a la que puede llegar el ser humano. Fue dirigida por William A. Wellman, eso que se conocía en el Hollywood clásico como un artesano, y que como otros de su generación empezó en el mudo, lo que les hizo dominar este oficio como nadie. A lo largo de su vida Wellman nos regaló unas cuantas obras superiores, entre ellas otro demoledor retrato humano, de nuevo en una peli de género, en este caso bélico, llamado “Fuego en la nieve” (Battleground), una historia que se desarrolla durante la carnicería que se produjo en Bastogne, el punto clave de la batalla de Las Ardenas, aquélla en la que los panzers de Hitler casi cambiaron el curso de la II Guerra Mundial cuando los aliados ya se las prometían muy felices.

¿Y de qué va una película de título tan corriente? Pues es la historia de un linchamiento. Nos narra lo que muchos seres humanos normales, buenas gentes, o gentes anónimas, pueden llegar a convertirse cuando se juntan para reclamar justicia. Es la historia de la turba, de la masa descontrolada. Es un retrato de las distintas categorías humanas. Es la historia del sádico que aprovecha el momento para saciar sus bajos instintos, del que se deja llevar por no destacar, del que mira hacia el otro lado, del que prefiere callar por si le acusan a él, del intolerante que no quiere pruebas porque él las tiene todas, del racista que sabe que sólo el de fuera es el culpable, del padre intransigente que quiere dar lecciones morales al hijo cobarde.

Ante toda esa masa informe de ciudadanos ejemplares, esos mismos que habitaban Múnich en los años 30, o Madrid en los 40, o Johannesburgo en los 60, o Buenos Aires y Santiago en los 70, o los pueblos de Euskadi en los 80, o Srebrenica en los 90, ante ellos que supuestamente representan la ley y el orden de su tiempo, se oponen sólo siete hombres, en inferioridad, intentando hacerles entrar en razón sobre la locura que van a cometer, sobre la injusticia de aplicar justicia a alguien porque sólo estaba de paso, o porque tiene otro color de piel, o porque es de fuera.

Es una película demoledora, un puñetazo a la cara, una bofetada que sólo lo consiguen las grandes obras. Es un guión supremo (Lamar Trotti, autor también de otra joya llamada “El joven Lincoln) con actores como Henry Fonda, Dana Andrews, Anthony Quinn, Frank Conroy, Jane Darwell, William Eythe y Harry Davenport, que expresan lo más difícil: las miradas impotentes ante el horror, las miradas culpables ante el error. Es cine que ya no se hace, contado en apenas 70 minutos. Por eso Eastwood lo tiene como referente cinematográfico y moral. Aunque sólo sea por la escena del bar, merece ya un hueco en un museo.

Les dejo para terminar esta historia número setenta con la traducción de la carta que el personaje interpretado por Dana Andrews escribe a su mujer antes de ser linchado y colgado por la turba. Lecturas como éstas deberían ser obligatorias en los colegios:

"Mi querida esposa: El Sr. Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. Es un hombre bueno y ha hecho todo lo posible por mí. Supongo que hay otros hombres buenos aquí pero no se dan cuenta de lo que están haciendo. Por ellos es por quien siento lástima porque dentro de poco esto habrá terminado para mí, pero ellos tendrán que recordarlo el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su propia mano y colgar a gente sin perjudicar a todos los demás porque entonces no viola sólo una ley sino todas. La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido? Supongo que eso es todo, salvo que beses a los niños de mi parte y que Dios los bendiga. Tu esposo, Donald".

Amén.


(He dudado si poner o no la escena por su importancia y lo que desvela, pero algo así, una escena así no puedo dejar de colgarla, nunca mejor dicho. Búsquen la película, les removerá el interior o puede incluso que se vean en algún personaje, quién sabe)

jueves, 24 de diciembre de 2009

Navidad

Ya está aquí de nuevo. La Navidad. Entrañables fechas donde las haya. Fechas de reencuentro y felicidad. Tiempo de paz, tiempo de amor, allá donde los mejores deseos afloran. Donde la gente se saluda por la calle, en los bares, en los ascensores, donde se da la moneda al pobre, donde se expresan los mejores deseos al prójimo.

La Navidad.

No puedo decir que le tenga especial manía a estas fechas, pero sí lo que supuestamente tienen que trasmitir y lo que significan para la gente. La Navidad es y será siempre de los niños y por ello me envuelve cierta nostalgia cuando llega el solsticio de invierno. Es aquello que perdí y, ¡ay!, nunca recuperaré. Para los adultos no dejan de ser las fechas más hipócritas del año, las más consumistas, las más oscuras en ocasiones. Y no me parece mal tampoco, quizás una vez al año no es malo disimular, aunque algunos lo hacemos fatal.

La gente se desmadra en Navidad, lo cual tampoco me parece mal. En el curro hay que aprovechar para follarse a ésa que me pone a mil con ese escote, aunque ella esté casada y yo otro tanto. Hay que ponerse hasta las cejas, beber hasta el final, meterme lo que no suelo hacer, pegarse si hay oportunidad, hacer todo aquello que bajo el signo de otras fechas no se haría.

Hay sonreír y felicitar las fiestas incluso a aquel al que sólo deseas el mal, porque te la jugado en el trabajo, porque no te paga, porque te dejó en mal lugar, porque te miró mal. Tienes ensoñaciones en las que le pegarías con un bate de beisbol, o en las que le tiras desde un quinto piso, pero no puedes evitar sonreírle y desearle que pase unas buenas fiestas. Mandas masivos sms deseando paz, felicidad a ti y todos los tuyos, aunque la mitad de esa agenda sea falsa, por puro interés, por ver qué saco algún día de ti, aunque te considere un gilipollas integral.

Hay que cenar con la familia, aunque a una parte de ella la detestes profundamente, aunque el "vuelve a casa vuelve" por Navidad sea peor que una patada en la espinilla. Esas cenas entrañables que acaban en pelea y gritos, años tras año: esa suegra hija de la gran puta, ese padre borracho y violento, ese hermano gilipollas, esa tía facha e insoportable, ese cuñado al que le partiría la cara. Pero todo en compañía familiar. Que no falte. Nos sonreímos todos aunque nos detestemos todos.

Navidad. Ya está aquí de nuevo... Cuánto añoro ser niño.



(Les dejo con una recomendación... por eso de volver a ser niño)

martes, 10 de noviembre de 2009

Están en Babia

¿Saben de dónde viene la frase, expresión o modismo “beber los vientos”? Se dice que el origen se encuentra en los perros de caza venteadores que, al olfatear el aire, parece como si lo estuvieran bebiendo.

¿Les suena la expresión “A tontas y a locas”? Cuentan por ahí que hubo un fraile del siglo XVII, un tal fray Juan Farfán, al que invitaron unas monjas para que soltase un sermón con poco tiempo para prepararlo, por lo que se subió al púlpito excusándose de ello y rematando con un latiguillo de esos que hacen amigos: “Pero al fin, hoy predicaremos a tontas y a locas, como pudiéramos”.

¿Y la infame frase alentada por los gabachos de “África empieza en los Pirineos”? Al parecer, los rumores siempre acusaron como autor de tan perversa afrenta a Alejandro Dumas, padre, o sea, al progenitor del creador de “Los tres mosqueteros” y otras obras inmortales de la literatura. Dumas padre (e hijo) negaron la mayor y siempre se declararon grandes admiradores de nuestra ibérica cultura, lo que no impidió que en una ocasión fueran recibidos a cantazo limpio en un pueblo de Granada. Por supuesto los habitantes del pueblo, cuyo nombre Dumas nunca quiso recordar, no se molestaron en comprobar, o al menos leer, las explicaciones del gabacho “rencoroso” a la “convincente” acusación de ser los creadores de la ignominiosa frase. De hecho, a día de hoy, al parecer la cita sigue teniendo un carácter apócrifo, por lo que se sigue sin conocer al malandrín que la pergeñó, aunque se suele acusar a los Dumas, les guste o no a ellos.

Podría seguir y seguir con más ejemplos, pero no quiero con tal exhibición demostrar que soy un pozo de sabiduría (más bien al contrario) porque estoy consultando casi de carrerilla un viejo libro que conservo con cierto cariño desde mi juventud. El texto fue escrito por un señor que sí era un gran pozo de conocimientos, además de afamado escritor y gastrónomo reputado que, por desgracia, ya pasó a mejor vida, aunque la que tuvo anteriormente fue muy buena, si uno repasa su biografía. El libro en cuestión se llama “Cuento de cuentos” y fue escrito por Néstor Luján hace ya unos añitos. En él se recopilan los orígenes de conocidas frases, expresiones, modismos, vocablos, palabras, refranes y proverbios. No es de esos libros que hay que leer de principio a fin, ni siquiera leerlo entero, sino que es mejor acercarse a él de vez en cuando para pasmarse del motivo por el que se dicen ciertas cosas desde hace siglos, muchas de ellas como consecuencia de la desconfianza popular hacia ciertos personajes (o grupos) a los que se acusa de algo que, según la rumorología, han hecho o dicho, aunque sea supuestamente.

¿Y por qué esta introducción tan ilustrada y con la que quedo de miedo? Pues porque me sirve perfectamente para comentar la polémica originada estos días por Ángel Martín (el presentador de La Sexta) sobre un artículo suyo del pasado mes de mayo (sí, amigos, mayo) en la revista DT en el que se reía del pueblo Babia (y por ende sus habitantes babianos), sito ello en la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

Había leído por casualidad el incidente en Internet, alucinando con la ferocidad con la que mucha gente se ha sentido agraviada, hasta el punto de crear un perfil en Facebook (con casi un millar de fans) en donde al presentador le acusan de un delito mayor del que cometieron los Dumas en su tiempo con la frase de marras sobre los Pirineos y su comienzo. Leyendo los comentarios escritos en el perfil por amables hombres, mujeres y jóvenes, la mayoría orgullosos leoneses, además del indignado añadido de un grupo independentista que aboga por la separación de las tierras de León del resto del Estado, uno puede pensar que la horca es lo mínimo que se merece el conocido monologuista. Tras leer el texto que ha provocado tal revuelo, uno certifica que sí, que efectivamente el cómico usa un tono burlón y ácido para meterse con esa pequeña población y sus buenas gentes.

Si a toda esa corriente de indignación le unimos la “oportuna” denuncia que ha hecho un modélico personaje de la televisión que porta siempre gafas oscuras, además de impostada pose de malote que te cagas en las bragas, uno comprende enseguida que el tal Martín es un descamisado que va ofendiendo a humildes gentes de pueblo que se ganan el pan con el sudor de su frente.

El caso es que me iba a juntar con el resto de la turba para pedir firmas animando a que se eche del país a este elemento, cuando se me ocurrió consultar en mi vieja Enciclopedia Ilustrada (recomiendo aún así que vean la explicación que ha dado el cómico en su programa, martillo de la indefensa prensa del corazón), o algunas de las respuestas que nos proporciona Google cuando uno mete la palabra Babia. El resultado es bastante concluyente: resulta que el pueblo agraviado no existe como tal, es ficticio. El propio Martín animaba desde su programa a que la gente metiese Babia en la casilla de población dentro de ese invento con zoom marciano llamado Google Earth, y el resultado es un pueblo llamado Babia... pero en la República del Congo. Eso sí, existe una Comarca con ese nombre, que agrupa a su vez una serie de pequeños municipios.

De poco le va a servir a Ángel Martín (este cómico sin sentimientos) explicar que todo era una broma cómplice entre él, el también cómico Dani Mateo y los periodistas Ramón Aragüena y Javier Coronas (todos ellos columnistas de la citada revista) sobre la ficticia Babia y unas viejas crónicas que hacía Arangüena para Iñaki Gabilondo sobre “un pueblo llamado Babia”. Por cierto, la Babia real, o sea la Comarca, era aquel lugar que, según el gran Néstor Luján, servía de reposo a los Reyes de León para huir del estrés de la Corte. Y cuando había problemas y la gente preguntaba por ellos, los súbditos que les querían poco respondían de forma maledicente eso de “están en Babia”.


miércoles, 28 de octubre de 2009

El cromosoma 21

Hace muchos, muchos años, hubo un momento cinematográfico que me dejó alterado para siempre. En aquella escena, un tipo cubierto con una capucha, huía con andares oscilantes de una turba que creía haber visto en él a la reencarnación del mismísimo Belcebú. Acorralado en los baños públicos de una estación de ferrocarril, sin posibilidad de escape, la deformidad humana que atemorizaba a gentes de bien soltó el grito más desesperado que he oído jamás: “¡I’m not an animal! ¡I am a human being!”. Aquella escena, aquella película, me perturbaron siendo yo un pequeño ignorante de la vida. Era la obra de uno de los más peculiares agitadores fílmicos que existen. Su película me dejó marcado y quizás me hizo madurar de golpe. Su nombre era “El hombre elefante”.

El otro día volví a recordar aquella perturbación al salir de ver una gran película que está ahora mismo en cartelera. Se llama “Yo, también”, es española, pero eso da igual, porque cuando uno sale emocionado del cine lo último que mira es la procedencia de sus creadores. Por mí, como sin son marcianos. El día que se mire eso, yo dimito. Sí reconozco que entré con cierto escepticismo, porque si hay algo que define al cine patrio de manera negativa es lo políticamente correcto y el exceso de temáticas sociales. Ésta podría ser un ejemplo de ello al tener todos los ingredientes para hacer una película comprometida que te cagas: en este caso, la vida de los que nacen con el Síndrome de Down.

Para los que no estén al tanto del tema, comentarles que el abismo que media entre estos “hombres y mujeres elefantes” y la supuesta “normalidad” es un minúsculo cromosoma, algo jodidamente microscópico que escribe los renglones de una vida humana, en este caso renglones torcidos. Para colmo, el cromosoma en cuestión se numera como en la mili, o en los campos de concentración. Se le conoce como el cromosoma número 21 y es el responsable de tamaña diferencia. Por supuesto, como si de un magnicidio se tratase, se conoce al culpable pero no las causas que lo motivaron, aunque las estadísticas quieren dar a entender que el retraso en la edad de las mujeres al engendrar un hijo podría tener alguna relación. Ni idea, no sé si es un motivo para meter miedo, o es una certeza científica. Imagino que toda pareja que se encuentra en una situación parecida, deben sentir al principio que su mundo se derrumba al comprobar que su bebé, aparentemente normal, no lo es tanto.

En mi caso, cuando me he cruzado con algunas de estas personas siempre me he sentido incómodo. Nunca he sabido cómo reaccionar. He hecho lo que supongo hace una mayoría: ser más amable de lo normal, es decir, ponerme insoportablemente paternalista. Y eso me ha hecho sentirme aún peor. Eso me ocurría con un chico Down que trabajaba en una conocida productora en la que curré durante unos años. Siempre que compartía ascensor con él, inmediatamente se dibujaba en mi cara una sonrisa de gilipollas supino, partiendo de la base que además no suelo sonreír demasiado, o se me da fatal. Quizás sea este comportamiento, y el de otra mucha gente, de lo que trata esta magnífica, y en ocasiones, emocionante película. Para colmo, los guionistas y directores han querido dar una vuelta de tuerca al tratar la ilusoria historia de amor entre un ser con 46 cromosomas y otro con 47.

El protagonista de la película es Pablo Pineda, un conocido Down que ya había salido en televisión, primer licenciado europeo con el síndrome, y que sirvió de inspiración a los directores para escribir el guión, hasta el punto de pedirle que interpretase el papel que iba destinado para otro. Quizás por ello la película posee todavía más verdad. A ello se añade una preciosista estética semi-documental, el trabajo de actores profesionales y no profesionales y, sobre todo, la monumental interpretación de esa actriz llamada Lola Dueñas, que no deja de sorprender desde su magnética primera aparición en la estupenda “Mensaka”, y que en esta película consigue una complicidad y una química sorprendente con este peculiar “hombre elefante” al que hace poco leía en una entrevista que, tras su premio en el Festival de San Sebastián, su preocupación más cercana era la de estudiar una oposición, lo cual demuestra que su inteligencia está más allá de un cromosoma numerado.

Háganse un favor a sí mismos y vayan a ver esta peculiar historia de amor-desamor que, creíble o no (para eso es una ficción), está tratada con un sentido del humor que la hace más auténtica. Seguramente la próxima vez que nos metamos en un ascensor con estos hombres y mujeres elefantes, dejaremos de poner una sonrisa de gilipollas.

jueves, 22 de octubre de 2009

Papá, ¿por qué siempre mueren los buenos?

No se le ocurrió mejor forma de homenajear a su amigo que acudir a un restaurante nocturno de una muy conocida cadena y pedir un "sandwich con fatatas". Así explica el periodista Antoni Daimiel lo que hizo el pasado viernes tras conocer la muerte de la persona que le acompañó durante 10 años en las madrugadas televisivas, aquéllas que les hicieron famosos a él y a un hombre bajito que siempre llevaba pajarita.

No quiero que suene a obituario porque los detesto, pero no puedo dejar de escribir unas líneas sobre la muerte de este entrañable personaje, periodista, o más bien humanista, que fue Andrés Montes. Y lo hago porque hace dos años, justo por estas mismas fechas, la caprichosa y voluble Parca decidió llevarse también de manera repentina al gran Juan Antonio Cebrián, el creador de ese mítico programa de radio nocturno llamado “La Rosa de los Vientos”. La pérfida siempre se burla de todos nosotros, llevándose antes de tiempo a los que hacen de este mundo un lugar habitable, a los que consiguen que te creas que realmente la vida puede ser maravillosa, aunque no lo sea.

Todo lo que se ha dicho y hablado de Montes, su peculiar forma de retransmitir, sus inicios en la radio (donde llamaba la atención a la sombra del ínclito García), su inventiva para poner motes, sus onomatopeyas, su forma de vestir, sus compadreos con los otros comentaristas, todo ello formaba parte del personaje que creó este periodista único. Obviamente, como todo personaje provocaba filias entre muchos, pero también fobias entre otros cuantos, especialmente los puristas que prefieren un tono monocorde en la retrasmisión de un espectáculo deportivo.

A mí me llamaban la atención varias cosas de este tipo. Una era el aspecto de dandi de otra época, tal y como pude comprobar en alguna ocasión en que le vi paseando por el barrio (vivía cerca de mi casa), con su sombrero de fieltro, el largo abrigo que cubría su cuerpo diminuto, su inmortal pajarita, como un personaje recién salido de una película de Fritz Lang. Otra de ellas era la especial y peculiar relación que mantenía con Antoni Daimiel, todo lo contrario de lo que él representaba: un periodista deportivo de gesto serio, sobrio e inalterable. Una especie de Keaton baloncestístico, meticuloso conocedor de todas las estadísticas del mundo de la NBA. Antoni siempre alucinaba cuando era interrumpido en medio de un dato vital por el fantástico mundo de su partenaire.

En aquellas famosas retransmisiones de madrugada de finales de los noventa, y primeros del dos mil, “el negro Montes” olvidaba el partido de la NBA que comentaba en directo para compadrear con el imperturbable Daimiel sobre las cosas de la vida. De pronto el partido era lo de menos y entraba en escena una conversación sobre restaurantes a los que ir, aunque se encontrasen a miles kilómetros de todos nosotros, pero al que sólo era capaz de acudir un tipo como Andrés Montes. Si no era la comida, era el cine (su verdadera pasión) y las teorías cinéfilas más peregrinas y disparatadas que uno jamás escucharía en boca de nadie medianamente serio (Seagal es un incomprendido, ¿verdad Daimiel?); y si no era el cine, era la música que escuchar, generalmente negra de la Motown. El partido ya no importaba, daba igual si Jordan había metido 50 puntos o Shakille destrozado alguna canasta. Lo primordial era lo que ambos comentaban, con total naturalidad, como si fueran colegas de siempre acodados en un bar, totalmente opuestos entre sí: uno serio, alguien que nunca desentona, junto a otro que provoca el giro de cabezas nada más entrar en una habitación. Allí estaban los dos, a las mil de la madrugada, hablando tranquilamente de sus cosas, pero delante de miles de telespectadores.

Formaron una pareja única, una especie de Gordo y el Flaco, tal y como Daimiel ha preferido definir su relación con Montes. Y resulta emocionante leer que el viernes pasado, tras visitar a la destrozada familia del pequeño periodista de gafas de culo de vaso, el imperturbable, serio y sobrio Antoni Daimiel decidió acercarse a uno de esos restaurantes con tiendas que, tiempo atrás, fue el refugio del peculiar periodista en sus tiempos de Antena 3 radio. Y una vez en la mesa, ante el camarero que tomaba nota, tras pedir primero una coca-cola light con mucho hielo y una jarra con más hielo (la manía del hombre de la pajarita), constató la grandeza de su difunto amigo y de cómo sus palabras inventadas calaron en la gente con total naturalidad: “Un sandwich con patatas, muy bien”, y el camarero ni se dio cuenta y marchó a la cocina.

A veces me gustaría volver a ser un niño y que mi padre viviera para preguntarle directamente: “Papá, ¿por qué siempre mueren los buenos?”.



(In memoriam)

jueves, 8 de octubre de 2009

La pianista

Era de dedos pequeños y ágiles. Lo pude advertir sin que ella se percatase de mi insolente mirada. Los movía con soltura encima de la hoja, practicando una música imaginaria que los demás apenas percibíamos. Seguía el ritmo grácilmente yendo de escala a escala, con la partitura encima de sus piernas cubiertas de unos vaqueros que se dejaban caer mostrando parte de su ropa interior, como es habitual entre los más jóvenes, y que pude comprobar al verla salir del vagón. No es que yo sea un adefesio, ni un viejo prematuro (quizás sí), porque incluso entre los cuarentones a veces se nos caen los vaqueros tal y como dicta la moda actual, aunque por motivos bien distintos y más ridículos. El caso es que aquella visión era un aliciente que hacía aún más interesante a la joven pianista.

Supongo que hay algo en este mundo cruel que todos hemos pensado o deseado hacer alguna vez: tocar un instrumento, ya sea bien o mal, ya sea para satisfacer un placer íntimo o para quedar de miedo en las fiestas. Puede ser que a algunos de ustedes no les haya interesado jamás, pero seguro que muchos lo han pensado o dicho en voz alta en alguna ocasión: “si volviese a vivir tocaría este o aquel instrumento”. Seguramente si volviéramos a vivir no tocaríamos ningún instrumento, lo más probable es que repetiríamos las mismas cosas aburridas que ya hicimos antes de que nos pudiese tocar una bola extra de partida, por lo menos yo. El caso es que si obtuviese ese premio y me diesen la oportunidad, no tendría ninguna duda sobre el instrumento al que maltrataría de forma impune: el piano. Hay otros instrumentos, todos estupendos, todos armoniosos, todos imprescindibles, pero creo, humildemente, que si hay uno que pueda describir el alma humana, para lo bueno o para lo malo, es esa caja de madera con cuerdas en tensión. Sin duda, en la Voyager iba alguna pieza de Chopin, sin duda que ET estará por ahí llorando en alguna esquina.

Fue esta mañana, entraba en el vagón tras estar horas mirando un monitor, y con el sueño acumulado de los madrugones. La ínclita línea 6 se llena de estudiantes a la hora de comer que regresan de la universidad. Entré adormilado, buscando un hueco donde caerme, lo vi junto a ella. Era hermosa y joven, así que deseché otras opciones y gané el pulso a otro espabilado que acechaba. Saqué de la cartera “El momento del parpadeo” de Walter Murch (ese genio que montó Los Padrinos, Apocalypse Now, La conversación, Julia o El paciente inglés), el libro de cabecera que todo montador (y no montador) debería tener. El cansancio empezó a quebrar la resistencia de mis ojos, pero fue algo imprevisible lo que me despertó. No quería volverme de forma descarada, sabiendo que a mi lado tenía el boceto de lo que sería una hermosa mujer. Tampoco podía mirarla en el reflejo del cristal frente a mí, había demasiada gente que lo tapaba. Pero fue algo imprevisible lo que hizo olvidarme de intentar encontrar su agraciado rostro, fue algo muy diferente a un bellezón lo que me hizo despertar y me hizo sonreír. La chica parecía tener unos apuntes sobre sus muslos, pero eran unos apuntes muy especiales. Me fijé con más precisión para encontrar en los folios unas escalas llenas de corcheas y semicorhceas, con anotaciones a lápiz debajo de cada pentagrama. Pero lo mejor eran esas manos que tocaban un teclado imaginario, con sus sutiles dedos moviéndose armoniosamente bajo las notas negras, avanzando melodiosamente de pentagrama en pentagrama, imaginando música, soñando música. El metro llegó a Guzmán el Bueno, que tiene poco de lo que le atribuye el apellido cuando la vi recoger los apuntes melódicos a toda prisa. Con sus vaqueros rotos y su pelo castaño, se levantó y salió al andén, sin apenas percibir su rostro.

Me quedé con una estúpida sonrisa dibujada en la cara, un gilipollas al que miraban el resto de viajeros. Quizás porque esa sonrisa era motivada por una ensoñación que tuve de repente. En ella me encontraba junto a la anónima pianista años más tarde, los dos desnudos en la cama. Y sí, piensen lo que quieran sobre lo que allí ocurría, pero tengo claro que en un momento dado yo le pedía que imaginase un teclado sobre mi espalda... y que tocase para mí.



(Les dejo con esta escena de la magistral peli "El pianista" de Polanski, la terrible historia de Wladyslaw Szpilman, aquel gran pianista que le miró a los ojos al monstruo... si al llegar a esta escena con el nazi que le ayudó no tienen un nudo en la garganta, es que tienen un problema, amigos)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El mundo se desploma

Es el fin. Se veía venir. Ya nada tiene remedio. No merece la pena continuar. Se acabó. La crisis económica, la gripe A, el deshielo de los Polos. Todas eran señales demasiado evidentes. Los melones hormonados prefieren liarse a palos por un puto botellón antes que por una formación digna; la audiencia televisiva prefiere a una rubia recauchutada que se tiró a un torero antes que a “Lost”. Ya lo predijeron Nostradamus, San Malaquías y la Biblia. Esto se acaba. E finito. Bye bye. Fue bonito mientras duró. Unos dicen que será el 21 de diciembre del 2012, según predijeron los mayas y su apocalíptico calendario. Otros (más racionales) dicen que el 22 de diciembre el calendario maya se reiniciará (o sea se pondrá a cero), y lo único que pasará es que la calle Preciados estará hasta arriba de masas comprantes, como siempre por otra parte.

No soy profeta, pero ya les digo que sé cuándo va a acabar todo esto. No ha sido una iluminación, ni un exceso etílico, ni un viaje psicotrópico. No se me ha aparecido la Virgen, Michael Jackson o Elvis. Ya se lo puedo adelantar a todos ustedes: el mundo (como lo conocemos hasta ahora) se terminó esta tarde. Y no ha sido por obra de un meteorito, un maremoto o Bin Laden y su barba. El detonante fue la llegada del euro, le siguió la muerte de Copito de Nieve, y la catarsis vino de la mano de Esperanza y su tarareo del himno. Tras estos acontecimientos todo se ha precipitado. El Valle de Josafat ya está cerca. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis han puesto a abrevar a sus monturas. Prepárense para “El Juicio Final”. This is the end, my friend. Purguen sus penas, agoten sus vicios, despídanse de los suyos.

Hoy, señores, dieciséis de septiembre del año 2009 de Nuestro Señor, he bajado a la panadería y el corazón se me ha detenido, la sangre helado, los sudores aflorados. Hoy, en esta fecha marcada en rojo para siempre, la panadera me ha comunicado lo que nunca quise escuchar. Señores, señoras, niños y niñas: los cuernos con chocolate, a partir de ahora, vendrán siempre empaquetados en un puto plástico. El mundo se desploma.



(Les pongo el trailer de la próxima película del ínclito Roland Emeric. Este señor alemán que hace cine en Jolywood ya se ha cargado el mundo varias veces. Pero no me digan que no tiene gracia ver al portaviones John F. Kennedy caer sobre la Casa Blanca... Tiene unos puntos este señor)

viernes, 4 de septiembre de 2009

El orgullo ante todo

Es curioso esto de la asociación de ideas. Una vez leí una cita de un tal Thomas Wolfe (un novelista norteamericano de principios del siglo pasado) en la que decía que el escritor se gana la vida con los recovecos de su propia vida. Me encantó la frase, la verdad, y la usé con algo de éxito en las clases que una vez di en cierta universidad de pago de la que, tiempo después, me invitaron (muy amablemente, eso sí) a marchar por mis diferencias con el rectorado sobre la forma de evaluar el trabajo del alumno durante el año académico (Dicho en castellano antiguo, se podría decir que me dieron una patada en mis cuartos traseros por ciscarme en los antepasados de mi engominado jefe de departamento, tras escucharle sus cordiales consejos sobre el número de exámenes que debía hacer para allanar de la manera más razonable el camino del alumno, o mejor del padre del alumno).

El caso es que mi estupidez me llevó a la calle, pero la cita del tal Wolfe me valió para argumentar el hecho de que no creamos de la nada. Sinceramente no soy de la opinión de que unas musas tetonas nos cantan la inspiración al oído. En mi caso las prefiero para otros menesteres. Y tampoco soy de los que piensa que las drogas psicodélicas (ojo, muchos opinan lo contrario) nos abren una compuerta para la creatividad. En mi caso, cuando las he usado, siempre me han abierto las puertas de un pedo descomunal. Humildemente creo que asociamos ideas de una manera peculiarmente consciente (es decir, tras ejercitar las neuronas a toda máquina, o sea currando) que nos conducen a la luz que, a veces, se convierte en un obra, ya sea ésta buena o mala. Este hecho tan obvio y absurdo me sirvió el otro día para conducirme por esa autopista neuronal que lleva hasta esa inspiradora luz, pero que en esta ocasión no era para parir una obra propia (algo para lo necesito días y días de asociaciones de ideas), sino para llegar hasta la de otro asociacionista de ideas que, una vez, tuvo una muy grande.

Cuento todo este rollo introductorio porque el otro día, hojeando por encima la revista semanal de un periódico que loa a ese rey nuestro tan campechano, llegué al artículo de la otrora joven promesa de la literatura española, y hoy actual opinador de gesto altivo-viejuno (sin apenas los cuarenta cumplidos), que siempre anda quejumbroso con toda la actualidad que nos rodea. El caso es que leí algo en el artículo del defensor de “los españolitos medios” que me llamó la atención, y ya es raro, porque hace tiempo que le evito nada más ver sus gafotas de notario de los setenta (en su tiempo, cuando escribía, tenía algunos momentos brillantes). El asunto del artículo en cuestión iba sobre Cervantes y, por resumir, hablaba de la ignorancia del escritor ante lo que iba a significar su inmortal obra para la literatura de siempre.

Imagino que, por asociación de ideas, ustedes pensarán que voy a hablar de El Quijote y la historia de tan triste caballero andante. Aunque el tema del título de mi historia es algo que también define a tan universal personaje manchego, pero debo confesar que nunca me he acercado de manera completa a la inmortal obra del manco excombatiente de Lepanto, algo por lo que hago mea culpa y que espero subsanar algún día. El caso es que mis enfermas neuronas asociaron ideas de manera muy sorprendente (o no, en mi caso) ya que me condujeron a lo de siempre, o sea el cine. Fue el nombre del Quijote lo que me llevó hasta una película de los noventa basada en la obra de un francés llamado Edmond Rostand, aquélla en la que narró a su manera las aventuras de un arrogante libre-pensador, poeta, dramaturgo y espadachín inolvidable. Hablo, no podía ser menos, que de Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac

Por esa absurda concatenación químico-neuronal busqué entre mi vieja filmoteca la historia de aquel perdedor narigudo, que hoy en día podría ser etiquetado claramente como un pagafantas con sable, y no piensen mal, que les veo. Llevaba años sin asomar mi nariz por aquella fílmica obra en verso que tanto me hizo disfrutar. La verdad es soy poco poético y se me da fatal la rima y los pareados, aunque hay tres películas de este estilo que me hicieron disfrutar por aquellos años. Una era la ya mentada del espadachín pegado a una nariz. Las otras fueron “Much ado about nothing”, la enésima adaptación shakesperiana del generalmente brillante Kenneth Branagh; y una sorpresa española con la que reconozco di algunas cabezadas (El perro del hortelano de Pilar Miró), pero de la que salí deslumbrado por el trabajo de un inmenso actor que, curiosamente, como inmenso que es, apenas hace cine por estos lares. Sí, señores, era el tercero en discordia de “Martes y trece”, ése que se fue.

Volviendo a Cyrano descubrí que me seguía emocionando y divirtiendo en las mismas partes que me emocionaron y divirtieron en los Renoir de Madrid, allá por los noventa. Sin duda son claras señas de clasicismo. Si a eso le unimos que las más de dos horas en verso consiguen entretener como si fuera una peli de Pixar, no hay duda pues que estamos ante una obra de culto, por lo menos para mí. Es, además, la película de Jean-Paul Rappeneau un extraño ejemplo de perfecta traducción y doblaje, siendo yo un ignorante de la lengua de Moliere. Por supuesto, hay que verla en francés con subtítulos para escuchar la increíble voz original, además de la forma de escupir versos, del inmenso Gérard Depardieu. Pero sobre todo es una película muy grande porque en ella refleja a los perdedores que en esto de los amores hay en todas partes, es decir, casi todos nosotros, por no decir todos. El desamor es casi una ley de vida más, quizás es la salsa de todo esto, aunque algunos comen más que otros. Pero tal sentimiento ha sido, es y será siempre la guía principal de la ficción (y la música) universal de todos los tiempos.

Hay momentos imperecederos en la película como el gran duelo del principio (“y al finalizar… te hiero”), donde al principio Cyrano se muestra excesivamente altivo y arrogante, pero una vez descubrimos sus postreras penurias amorosas, nos unimos e identificamos con él a lo largo de toda la aventura. Hay momentos de sainete (la boda), momentos épicos (el duelo contra los cien espadachines a sueldo) y momentos de un realismo sorprendente (el asedio de Arras, o sea lo que nunca pudo ser Alatriste). Pero sin duda, hay una escena que a mí se me quedó grabada por siempre: el oscuro final entre los árboles, el último aliento de Cyrano, los mandobles de espada al aire de un moribundo que cree ver a los fantasmas de sus verdaderos enemigos: “la mentira, la cobardía y los compromisos”. Por eso hay algo más que una historia de amor en Cyrano, es una historia que muestra la lucha contra los convencionalismos, los seguidismos, lo rutinario, lo facilón, el miedo a moverse o decir lo que se piensa. Tenía que ser la historia de un perdedor, de un tipo que se lleva consigo lo único digno de lo que podía presumir: su orgullo.






(Por una vez, pongo la versión doblada y original, para que disfruten los versos, para que disfruten la interpretación de Depardieu)

martes, 25 de agosto de 2009

La factoría

El crítico, pálido y sepulcral, espera impaciente sentado a la mesa. Ya tarda el plato que le servirá para derrumbar el trabajo del chef. Por fin le llega la comida a la mesa. Es una receta antigua, un plato campestre que nadie en su sano juicio serviría al crítico gastronómico más implacable. Coge el tenedor, mira escéptico la combinación vegetariana, toma nota en su pequeño bloc y se lo lleva a la boca. Mastica una vez, dos y entonces... Sus pupilas se dilatan y vemos que el feroz y gélido crítico se transforma en un niño que llega a casa sorbiendo los mocos. Su madre termina de preparar la comida en la cocina. Le sirve el plato al crío y luego acaricia su rostro. El niño pincha el tenedor en su cuenco de Ratatoille y empieza a disfrutar de ella. Volvemos al crítico adulto que tiene la mirada perdida, con gesto atónito, tras recordar ese momento de su vida. No mueve un músculo salvo los dedos de su mano por los que resbala el bolígrafo que cae y rebota en el suelo. Ya no parece un cadáver viviente temido en todos los restaurantes de Francia. Ya no es ese hombre egocéntrico y vanidoso que hace temblar a los mejores chefs. Ahora vuelve a ser un niño, el niño que una vez fue, el niño que olvidó todo, hasta que dio un bocado a Ratatoille.

Éste es uno de los momentos más emocionantes y vibrantes que he vivido en una sala de cine en los últimos años. Es básicamente una secuencia brutal, la obra de un genio, algo parecido a lo que acaba de comer el crítico Antón Ego. Y no es una historia de Eastwood, Spielberg, Kubrick, Ford, Hitchcock, Wilder o Lean. No es un momento de una película de estos señores tan grandes a los que tanto admiro. Es la película de una factoría. Es una película además de dibujos animados en 3-D. Es una más de un puñado de obras maestras de un estudio de animación que empezó a funcionar hace más de una década de la mano de un visionario llamado John Lasseter.

Ya hace tiempo que quería escribir sobre esta agrupación de gente. Ya hace días que quería escribir algo con motivo del estreno “Up”, pero son muchos los que ya han hablado de esta película, el último eslabón a un tipo de cine que nos está cambiando la vida cada verano y que ya rozó la perfección en su anterior película “Wall-E”. Parece como si Buster Keaton y John Ford hubieran vuelto a la vida pero en dibujos animados. La premisa principal de este grupo de gente es la que debería tener todo cineasta cuerdo: divertir y entretener. Gracias a ellos ha regresado la mejor comedia de antes, el slapstik (digamos que el gag cómico visual) de los tiempos de Keaton. Pero todo esto, además, aderezado de momentos de profunda emoción que hacen imposible evitar que se nos humedezcan los ojos en muchos instantes de sus películas. Ford, Capra o Spielberg se reconocerían en esa forma genial de manejar los sentimientos. Probablemente los primeros quince minutos de “Up” son los mejores momentos de cine del año, con permiso de Eastwood, claro. De hecho hay algo que une la odisea de este viejo qafotas animado con cara de Spencer Tracy (acompañado de un gordinflón boy-scout), con la aventura de aquel viejo gruñón (veterano de Corea que duerme junto a su viejo fusil) que salva de una forma que nadie imaginaba a aquel chaval masacrado por unos pandilleros hijos putas.

Volviendo a la historia de la rata artista, estuve a punto de levantarme y aplaudir en plena sala de cine al ver aquel momento en el que el crítico volvía a su infancia en un solo bocado. El cine de verdad es imagen y acción. Los personajes son acción. La imagen es descripción de momentos, de sentimientos. Y es más poderoso que cualquier palabra dicha, y por ello es un arte colosal. Había muchas formas de resolver aquel momento, pero sólo un iluminado es capaz de hacer aquello en un solo plano. Y sólo otro iluminado puede ser capaz de regalarnos media hora de cine sin un solo diálogo como ocurría en aquella fábula llamada “Wall-E”, que hubiera emocionado al propio Asimov. Treinta minutos de pura acción visual donde se nos muestra un mundo devastado y apocalíptico, donde un robot arrastra su terrible e inocente soledad acompañado de una cucaracha. Y sólo otro iluminado de esa misma factoría puede hacernos ver (de nuevo sin un diálogo) el esplendor de la vida de dos personas que se aman en esta última obra llamada “Up”. O mostrarnos en un solo plano la avaricia capitalista del hombre, cuando el constructor con gafas de sol pone su codiciosa mano sobre el pomo de la verja del jardín que rodea la casa del pobre viejo, el lugar donde esconde los recuerdos de una vida plena.

No hace mucho visitaba un conocido centro comercial que sirve de paraíso para todos aquellos a los que nos gustan las películas, la música, los libros, los cómics. Me encontraba en la zona infantil, no sé muy bien por qué, quizás por impulso al estar pegada a la zona de cómics. Descubrí un viejo libro de infancia donde te ensañaban a ser un buen detective. Y al igual que Antón Ego volví emocionado a mi infancia y pensé que aún hay esperanza cuando algún loco todavía edita libros así.

Estaba a punto de irme cuando volví la cabeza y vi que en un rincón de la misma sección estaban las películas de dibujos animados, y entre ellas todas las películas de la factoría Pixar. Era un rincón al que asomaban los padres en busca de entretenimiento para esos enanos que no les dejan vivir en paz. Y entonces tuve una especie de visión del futuro, un flash-forward acelerado, una alucinación propia del mejor LSD. En esa visión me veía a mí mismo cogiendo todas las películas en 3-D, desde Toy Story a Wall-e, incluido una que recopila los mejores cortos de Pixar que sirven de introducción a sus obras. La gente me miraba flipada por mi locura momentánea. Con paso firme, y amontonando deuvedés en mis brazos, me dirigía hacia las escaleras mecánicas. Algún cliente puntilloso se chivaba a uno de seguridad. Pero ya no me podían parar porque estaba en la planta de abajo. Ahora eran dos los tipos de seguridad que me invitaban a detenerme a grito pelado. Yo no les hacía caso y la gente se volvía a mi paso. Iba esquivando clientes. Un murmullo se elevaba. Un chico de rastas con el chalequito verde del centro me intentaba detener, pero yo era invencible y me abría paso de un empujón, haciéndole caer a él y a sus rastas. Tomaba el camino de las estanterías llenas de deuvedés del mejor cine. Los seguratas me pisaban los talones, pero había mucha gente y eso les dificultaba la persecución. Por fin llegaba a mi destino: empecé a tirar al suelo carátulas que había en una estantería del fondo, y a colocar en su lugar las de juguetes que cobran vida, monstruos con problemas laborales, hormigas que acuden al psiquiatra, superhéroes con familias disfuncionales, peces perdidos, coches de carreras aventureros, ratas artistas y robots enamorados.

Pude terminar mi locura momentánea, pero enseguida varias manos me atrapaban y me tiraban al suelo. Luego me ponían los grilletes. La gente murmuraba sobre lo ocurrido, como si yo fuera un ladrón al que han pillado con las manos en la masa. Me llevaban hacia las escaleras con intención de reprenderme en algún despacho, cuando alguien, no sé quién, empezó a aplaudir. De pronto, el aplauso se multiplicó. Ya no eran uno, ni dos, ni tres... Eran todos los clientes de la planta los que aplaudían. Los guardias, confusos, se volvían preguntando qué ocurría. Uno de ellos se acercó al lugar que había provocado dicho fervor. Se abrió paso entre la gente para descubrir que sus emocionadas palmadas iban dirigidas hacia la estantería señalada como “cine de autor”... Y allá, junto a Murnau, Lang, Bergman, Passolini, Coppola, Fellini, Buñuel, Dreyer y Ford, se encontraban todas las películas de la factoría.



(Les dejó con la crítica de Antón Ego, con la voz inmortal de Peter O'toole)

martes, 4 de agosto de 2009

Viento en las velas


Era solo un vago recuerdo. Algo que vi en mi infancia, pero que de alguna forma me dejó marcado: una isla donde un huracán acababa con todo rastro de vida, unos niños que marchaban rumbo a la civilización, un barco pirata que se interponía en su camino, un capitán tosco y valiente que se sabía todos los trucos de la mar, una niña rubia de infinitos ojos azules que se topaba de cara con la madurez. Eran solo recuerdos que permanecían por ahí, como un viejo arcón en un sótano olvidado.

Tuvo que ser un ensayo en una conocida revista literaria infantil (Clij) la que removió mi oxidado disco duro. Fue entonces cuando todo fluyó. En dicho ensayo se hablaba de una novela de principios del siglo pasado. Su autor es un desconocido para la mayoría, pero de su libro se basó una de las películas más desgarradoras que se han hecho jamás sobre la infancia. Desconocía yo hasta leer la revista que la película se basaba en una novela, pero tras leer la reseña corrí a buscar el libro, azotado por los recuerdos de aquella inmortal película. Lo encontré, lo leí y puedo decir que me pasó lo mismo que al leer “Matar un ruiseñor”, la célebre novela de Harper Lee y que fue adaptada al cine por Robert Mulligan y aquella interpretación de Gregory Peck, aquel padre que todos quisimos tener. Libro y película eran igualmente fascinantes.

“Huracán en Jamaica” (A high wind in Jamaica) fue la novela que le hizo pasar a la inmortalidad al hasta entonces desconocido Richard Hughes, un tipo que trabajó para el Almirantazgo, escribió para la radio de la BBC, estrenó teatro en el West End y acabó realizando guiones para la Ealing, aquel estudio cinematográfico británico que nos regaló unas cuantas obras maestras a mediados del siglo pasado y de donde salió el director de la película (Alexander Mackendrick) que se basó en su novela. Mackendrick fue también el director de otras dos genialidades llamadas “El quinteto de la muerte” (Lady killers) y “Chantaje en Broadway” (Sweet smell of success).

Richard Hughes centró y dedicó gran parte de su obra a los niños, y eso uno lo puede reconocer al leer su novela. Yo sólo tenía como referente lejano la película, pero tras leer el libro tengo claro que son muy pocos los que consiguen acercarse de manera tan lúcida al momento iniciático de la vida de toda persona, y Hughes ha sido uno de ellos, por no decir que el mejor. Son pocas las historias que no sólo muestran la inocencia de esa parte de nuestras vidas sino también la inconsciente crueldad que en ellas reside, y eso es lo que muestran tanto la novela de Hughes como la posterior adaptación de Mackendrick.

La historia nos cuenta el viaje de los cinco hijos de la familia Bas-Thornton y los dos de la familia criolla Fernández rumbo a Inglaterra, tras sufrir un brutal huracán que destruye la isla de Jamaica. Sus padres quieren que reciban una educación digna en lugar de hacerlo entre ruinas y costumbres salvajes. Durante el trayecto, el barco en el que viajan es abordado por una goleta pirata. Los niños son secuestrados accidentalmente ya que los piratas comandados por Jonsen (Chavez en la película) y Otto (Zac en la película) no son brutales y despiadados. Se inicia desde ese momento una historia de aventuras donde los niños se adaptan a la dura vida en el mar, y se inicia también la extraña relación de atracción entre la niña Emily y el capitán pirata.

Son muchos los momentos de esta historia que comienza como una aventura fascinante y termina de forma oscura. Es una historia dura y tierna en la que unos rudos piratas tienen que convivir con unos niños que los van a llevar a la ruina. Es un encuentro brutal con la mar y los viajes, pero también con vida y la muerte. Y tiene uno de los finales más desgarradores de siempre. La película fue interpretada en sus principales papeles por uno de los mejores cínicos que ha dado el cine, James Coburn haciendo del pragmático Zac, el lugarteniente del capitán Chávez, cuyo personaje fue interpretado por el viejo Zorba (Anthony Quinn), aquel camaleón humano que en esta película nos regala su mirada resignada hacia Emily tras ser condenado a muerte, una de las miradas más amargas que ha dado la historia del cine.

Cuando era pequeño, en una playa a la que siempre iba con mis padres, había un señor de barba y pelo cano que nos llevaba a los de la pandilla mar adentro con su pequeño bote de vela, donde nos tirábamos de cabeza y nos dábamos un buen chapuzón. El barquito se llamaba “Jolín que yate” y el nombre de aquel hombre ni lo recuerdo. Pasados los años sigo sin poner rostro y nombre a ese viejo que nos hacía felices a unos cuantos locos enanos, así que decidí que su nombre sería Chavez y el pequeño “Jolín que yate” una goleta pirata. Sólo espero que me perdone por no recordarle, al igual que Chavez perdonó a Emily por olvidarle rumbo de la horca.



(No he encontrado imágenes de la película, así que pongo esta gran canción de Simple Minds, que también habla de niños en un lugar donde una vez los lobos acecharon)

lunes, 13 de julio de 2009

Un tipo duro

¿Han conocido alguna vez a un tipo duro? Pero a un tipo duro de verdad. A tough guy, que dicen los gringos. Yo, la verdad sea dicho, creo no haber conocido ninguno. Imagino que para conocer a alguno hay que moverse en ciertos ambientes turbulentos, o visitar zonas de guerra, o lugares donde vivir resulta un milagro. No es mi caso y quizás por ello no conozco ninguno. Sí he conocido a matones y a mucho gallo o gallito de pelea. Eso es fácil encontrar, sobre todo en la noche. Pero un tipo duro de verdad, uno de esos que cada día sale con la Parca de compañera, con una existencia que huele a derrota, con un peculiar código de honor cuyo artículo primero dice antes la muerte que la traición a un amigo. De ese tipo todavía no me topado.

Supongo que entonces estoy hablando de tipos duros de celuloide. Recientemente, o en los últimos tiempos, sí que he tenido contacto con tipos duros que salen cada mañana sin estar muy seguros del todo de regresar por la noche. Estoy hablando de un tipo de rescate de alta montaña de la guardia civil que me ha servido de asesor para la historia que, ¡por fin!, tras tres años de pelea, puede que ruede a final de año. Es una historia de montañeros, de un rescate, de supervivencia, de amistad y de redención. Algo marciano y pretencioso teniendo en cuenta que es una historia de veintitantos minutos. Pero no sé, son las historias que me salen.

De hecho el personaje que lo protagoniza es un montañero curtido, pero lo grande de la ficción es que, aunque siempre trato de dar la mayor veracidad y realismo en mis historias, me permito tomarme pequeñas licencias porque si no, obviamente, no sería ficción. Y para este personaje, irremediablemente, me ha salido algo del tipo duro que uno anhela: la de alguien que lleva sobreviviendo desde pequeño, que huele la derrota, que no se rinde, que intuye la traición, que no se arredra nunca, que cuando vienen mal dadas recurre al humor.

Como decía, esos tipos duros siempre los encontré en el cine, en especial en el cine de gánster y en el western. Los dos géneros épicos por excelencia. Los dos géneros que, de haber vivido en el siglo XX, habrían copado las obras del tal William Shakeaspeare. Poblados ambos de tipos al límite que saben que el final no va a ser precisamente feliz, que su destino está marcado desde el principio, que no tienen estrella ni suerte. Tragedias inmortales que nos muestran en un espejo las miserias del hombre y su lado más oscuro.

Quizás por ello, porque estoy con esta historia donde se requiere ser duro, o porque quiero que el actor que haga el corto tenga unas referencias, o porque tuve un flashazo, o no recuerdo bien por qué, el otro día eché mano de mi colección de películas para rescatar una de las mejores historias que se hizo en los noventa. Se llamó de manera infame por estos lares “Atrapado por su pasado”, pero su título original era “Carlito's way”, y no pudieron hacerle peor promoción los gilipollas del marketing para joder la película, ya que si uno la ve entiende por qué el título original es “A la manera de Carlito”. Y es que Carlito Brigante, interpretado por un inconmensurable Al Pacino (que venía de ganar un Óscar con una película amable hecha a su medida como “Esencia de mujer”, y por el que la Academia se sentía en deuda al no haberle premiado nunca tras interpretar varios puñados de obras maestras), es la historia de un tipo duro de verdad, de los que ya no quedan, de los que conocen los códigos de la calle como si fueran un guía turístico. Es la historia de la redención de un hombre al que su pasado, o mejor sus colegas del pasado, acechan.

Dirigida por Brian de Palma, el director de cine más injustamente tratado de la historia, que con ésta firmó su auténtica obra de arte, porque esta película es lo que es: un clásico contemporáneo. En ella se encuentra, además, la mejor interpretación de siempre del, a veces, excesivamente sobrevalorado Sean Penn, que borda aquí a un abogado corrupto y cocainómano que quiere ser un malote, pasar al otro lado de la línea, ser a wise guy.

Seguramente muchos de ustedes la habrán visto. A algunos les gustaría, a otros no (ciegos hay en todos lados), pero si un día deciden convertirse en tipos duros, no acudan a ningún manual o a entrevistar a jinchos de mierda. Vean esta película, vean la interpretación de Pacino, escuchen sus reflexiones morales escritas por David Koepp (el guionista de "Parque jurásico" o "Spiderman", que hizo el guión basado en un libro escrito por Edwin torres, un antiguo juez de Nueva York) que nos regala algunas frases memorables, así como momentos que les será difícil de olvidar: “Alguien me empuja cerca del suelo. Puedo sentirlo, pero no lo veo. No tengo miedo. Ya pasé por aquí cuando me pegaron un tiro en la calle 104. No me llevéis a ningún hospital, por favor. Esas putas salas de urgencias no salvan a nadie. Algunos hijos de puta te disparan siempre a medianoche, cuando sólo hay un médico chino novato con poco instrumental. Mira a esos capullos corriendo ¿Para qué? No se suponía que mi culo puertorriqueño fuera a vivir tanto. A casi toda mi banda se la cargaron hace tiempo. No te preocupes. Mi corazón no se para nunca...”

Ése es el arranque de esta película que nos cuenta los códigos morales de un tipo duro de verdad, de Carlito Brigante que, tras salir de la trena, lo único que quiere es huir de su pasado, de la violencia que le acompañó, de las calles que le criaron, allá en el Harlem latino de los setenta. Carlito sólo quiere tener el dinero suficiente para empezar de nuevo alquilando coches a turistas en una playa lejana “con una sonrisa de oreja a oreja”, sólo quiere recuperar un amor perdido que le pone los pies en la tierra cuando le dice que su sueño acabará con ella llorando a las tres de la madrugada en una sala de urgencias mientras él se desangra. Ni siquiera el instinto de supervivencia va a servirle a Carlito, que conoce la calle y a los malotes como la palma de su mano, que huele una trampa a kilómetros, que sabe que “pedir un favor es más peligroso que una bala”, que pregona que prefiere morir antes que traicionar a los amigos. Y si todo esto no les parece suficiente, "amigos", pues disfruten entonces con la magistral secuencia final de persecución por el metro de Nueva York, rodada con un ritmo brutal y realista por parte del infravalorado De Palma, que posteriormente inspiró a gente como el propio Michael Mann.

En mis sueños siempre estoy en una taberna tomando unas cervezas con el cínico Bogart de Casablanca, con Pike Bishop y su fronterizo grupo salvaje, con el Wayne que liquidó a Liberty Valance, y por supuesto con Carlito Brigante y su código de honor. Ningún cretino se acercaría a molestar, sabedor de lo que podría pasar. Lamentablemente ya no quedan tipos duros. O puede que jamás hayan existido.


miércoles, 24 de junio de 2009

Los pequeños detalles

Vamos demasiado deprisa para fijarnos en los pequeños detalles, pero ahí está la clave de todo este invento. Supongo que depende del estado en el que se encuentra cada persona, del estrés con el que viva, de la situación laboral o existencial en la que está en el momento. Quizás porque uno va por la vida husmeando historias o quizás porque ha llegado un punto en que lo importante realmente son esas pequeñas cosas.

¿Y cuáles son esas pequeñas cosas que le hacen a uno no dimitir? ¿Cuáles son esas pequeñas cosas que le hacen a uno reconciliarse con todo, pensar claramente que merece la pena haber estado por aquí de visita?

El olor de un café bien servido (y eso que no soy especialmente cafetero), con leche templada y algo de espuma, acompañado de una barra bien tostada con algo de aceite, tomate exprimido o rayado, un poco de sal. Pero cuál es el pequeño detalle que hace grande el momento. El trago de agua bien fría que uno se toma después.

Caminar por la Gran Vía, rodeado de gente, de todo tipo, de todas las clases, de todas las pintas. Mirar las gárgolas de esos pequeños rascacielos que emulan a sus gigantes hermanos de la ciudad que nunca duerme. Comprobar que a la altura de lo que fue el Madrid-Rock siguen esos dos hermanos con mallas, chupas de cuero llenas de pinchos, melenas, bebiendo calimocho, formando parte ya del paisaje urbano. Quedarte tranquilo porque con ellos no van a poder, seguirán allí con frío o calor asfixiante, negras sus chupas por el humo de los coches, construyan Zaras, Haches y emes o Springfields, cierren cines clásicos poco rentables, o alcaldes megalómanos quieran hacer peatonal una calle única e inigualable. Ellos seguirán allá. La Gran Vía sobrevivirá siempre, a bombarderos fascistoides o a diseñadores supercool. Y a la altura del Palazzo, entras y te pides una horchata bien fría, con poco hielo granizado.

Llegar a los cines Ideal, allá por Atocha, percibir ese olor a palomita que viene desde la puerta, anticipo del mejor de los sueños. Sentarte con los amigos, comer esas palomitas, beber esa bebida bien fría y cuando se apaga la luz tener las mismas palpitaciones de cuando era niño, en el cine de verano de aquella playa perdida que puebla mis sueños.

Esa primera caña bien fría, con su espuma, cuando tienes el gaznate seco, en una mañana de domingo, al lado de un bar clásico del Retiro, o en uno de esos que han hecho de diseño en La Latina, o en una taberna castiza de Chamberí, da igual. Debería pararse el mundo mientras damos ese primer sorbo. Luego dar un beso en la calva a esos camareros de chaquetas blancas que deberían estar subvencionados por la Seguridad Social.

Un Cola-cao con leche bien fría, en la noche, con la radio de fondo. Pero qué le hace diferente a esta bebida, qué le hace mejor que otras. Qué es lo que hace que pase de generación en generación, aunque eso sea a su vez el motivo de que no guste a otros, porque el mundo está también lleno de grandes ignorantes: los grumos. Esos grumos no disueltos fundamentales, mágicos, supervivientes.

Los pequeños detalles. No dejen de fijarse si tienen un rato.



(Les dejo con esa cantautora genialode llamada Cat Power y su cálida voz. Les dejo con Lived in bars, toda una declaración de principios)

miércoles, 17 de junio de 2009

La feria

No recuerdo cuándo fue la primera vez que deambulé por ese paseo de carruajes lleno de casetas bajo el sol agobiante de junio, antesala ya de un verano inminente. No lo recuerdo claramente, sólo la imagen de la gente que iba arriba y abajo comiendo helados, los niños corriendo de una caseta a otra con los padres persiguiéndolos a grito pelado, los que se paraban a hojear y ojear, los dueños de las casetas abanicándose con folletos de promoción, la voz de megafonía informando de los autores que firman, las señoras y señores preocupados en reconocer al escritor famoso... Sólo tengo un recuerdo claro por encima de todos los demás: libros y más libros, de todos los tipos, de todas las formas, de todas las clases. Un escaparate lleno de textos donde sentirse como un niño en una pastelería.

Quién me lo iba a decir a mí que, años después, iba a ser uno más de los expositores que se abanican en una de esas casetas que están bajo ese sol madrileño que abofetea cuando el frío dice adiós. Y es que durante tres años (incluido éste último) he estado ganándome unas perras gordas que compaginen ese otro perro oficio de contar historias. Pese al calor, la lluvia e, incluso, los últimos estertores del frío, la feria del libro, situada en ese mágico parque que hace respirar a la ciudad invivible pero insustituible, es la mejor del mundo por ser la más popular y la menos elitista. Uno puede encontrarse al más sesudo de los escritores y al más friqui de los personajes. Ésa es la feria: comercial, peculiar, desmedida, hortera, sesuda, calurosa, lluviosa, culta, inmensa. Son casi cinco kilómetros que se abarrotan con más trescientas casetas y pabellones. Un hormiguero que recorre una alfombra de papel.

Y tantos días allá te llevan a descubrir gentes y personajes que pueblan cada año ese lugar. De grandes librerías y editoriales, que hacen el negocio del año y se saben todos los trucos, a novatos ilusionados por su veintena de textos editados, desbordados por esta Babilonia cultural. Uno puede pasear y encontrar desde facsímiles a cómics, de libros olvidados a la últimas novedades, de clásicos a best-sellers, de novela negra a ciencia ficción, de ensayos trascendentes a la mejor de las aventuras. Todo allí, en apenas cinco kilómetros mágicos.

“¿Oiga, hijo, tiene usted la revista Raíces?”. Esta era la pregunta que me hacía una anciana enjuta, de moño gris, nariz aguileña, arrugada como una pasa pero en aparente buena forma. Con su chaqueta de lana, su mirada inquieta, acompañada un día por una mujer latina, otro por una mujer negra. Y ambas siempre me miraban de manera cómplice. “No, señora, ya le comenté el otro día que no está en nuestra Asociación desde hace años, pero pregunte usted en la caseta de Serafat, que llevan libros y temáticas judías”. Y la señora me decía que ya había preguntado allá, y que la habían mandado a mi caseta, y luego se iba con paso firme tras darme las gracias. Era la tercera vez que se acercaba para hacerme la misma pregunta... este año.

-Oiga, ¿el libro sobre Astrología que ha publicado Aramis Fuster?

-Aquí no es. Información es la caseta de al lado.

-Ya, pero hay mucha cola, no me lo puede decir usted.

-...

Días de cansancio y de preguntas similares. En mi caso, al ser una caseta de revistas culturales y estar junto a la de información, todo el mundo (incluidos el resto de expositores y los tipos de seguridad) piensa que al no tener libros (eso es porque no han visto revistas de literatura como “Turia”, un libraco de 300 páginas, con una tirada de dos números al año, y sin fotos, claro) estás ahí para eso, para informar de lo que sea. Unos tipos raros con revistas raras y densas. Y uno, por más que se desgañita diciendo a todos que no somos información, finalmente tiene que lidiar con las decenas de personas que se acercan a esa caseta vacía con un tipo que tiene cara de aburrido, que seguro sabe algo.

-Oiga, mire, le importa si le hago una pregunta que he planteado en otras casetas, a ver si me da usted la razón.

-Uffff, a ver, dígame.

-¿Cuándo se fundó la electricidad?

-...

Otra de las tareas que uno siente que hace es la de tener cierta función de servicio público, de servir de compañía a la gente, de dar conversación a unos cuantos. Es algo que se ve en especial los días de diario, cuando menos follón tiene la feria, cuando mejor se está. Desde ancianos solitarios, a solitarios de la vida, pasando por excéntricos, o incluso simples vendedores.

-Oiga, ¿tiene marcapáginas?... es que los colecciono.

-Claro, claro, fíjese que es "el primero" que me dice tener esa afición.

-Oiga, ¿revistas sobre casinos tiene?

-Eeeeh, no, no tenemos de ésas en la Asociación.

-Oiga, ¿revistas de salud tiene?

-Eeeeh, no, no tenemos de ésas en la Asociación.

-Oiga, ¿revistas de sexología tiene?

-Eeeeh, ya me gustaría tener, ya.

-Oiga, ¿revistas sobre el Triángulo de las Bermudas?

-...

Cada uno de los que pasa por allá quiere trasmitirte algo. Uno espera sobre todo que quien lo haga sea una mujer de mirada arrolladora y formas poderosas, pero generalmente son personas que, sin venir a cuento, te exponen una página de su vida. Así un canario (de las Islas, matizo) con gafas de sol se interesó por la caseta y la variedad de temáticas culturales que tenía, pero en poco tiempo pasó a contarme su operación de córnea que le iba a posibilitar ver mejor porque estaba medio ciego, pero se lo tomaba con filosofía, lo que le permitía estar de baja, y lo que le llevó a terminar su alocución contándome un chiste:

<<"Sabe ése de Jesucristo que está en el bar de un hospital, y lo reconocen un inglés, un francés y un español. El inglés dice a sus compañeros: “¡Mirad, ése es Jesucristo!” El francés le responde que no puede ser. Pero el inglés insiste, “¡que sí, coño, que ése es Jesucristo, no ves las marcas en la frente y los estigmas en las manos!”. Así que el inglés se acerca para comprobarlo y le dice: “oye, tú eres Jesucristo, ¿verdad?” El tipo de barba y pelo largo, túnica blanca, marcas en la frente y una cervecita en la mano, se vuelve y mira resignado al inglés: “joder, sí, ya me has reconocido, pero por favor no lo digas en voz alta”. Vale, vale, le responde el inglés. “Oye, ¿tú podrías curarme esto de cuello que me tiene muy jodido?”, le suplica el inglés. “De acuerdo, te curo pero cállate y no se lo digas a nadie más”. Jesucristo le toca el cuello y milagrosamente se cura. “¡Hostias!, quiero decir, ¡córcholis!, ya no me duele”, grita el inglés feliz. “Psss, vale, vale, pero baja la voz y ve en paz”, le demanda Nuestro Señor. El inglés no tarda ni un segundo en ir corriendo a la mesa a contárselo al francés y al español. Enseguida, en la barra, Jesucristo se encuentra con el francés pidiéndole que le cure lo de su brazo. “Joderrr con el inglés. Bueno, venga, te curo, pero calla la boca, que luego no me dejan en paz”. Y entonces Jesucristo toca el brazo del francés que se marcha tan contento. En esto que Jesucristo se queda observando al español, que no se levanta, sigue en la mesa. Y se pone a pensar: “a ver si éste no va a poder andar y no puede acercarse para que le cure. No puedo dejarlo así, ¡coño, soy Jesucristo!, no puedo hacer estas cosas”. Y Jesucristo se acerca hasta la mesa: “hola amigo, sabes que soy Jesucristo, ¿te puedo ayudar en algo?” Y el español, horrorizado, se echa hacia atrás: “¡a mí ni me toque que estoy de baja!”>>.

Y el canario, un compañero y yo mismo descojonaos en medio de la feria con el chiste cutre que nos ha contado. “¿Y de qué se reirán ésos que tienen la caseta siempre vacía?”, se preguntarían algunos. Luego nos deseó suerte y aseguró que volvería al año siguiente, ya con nuevas córneas.

“¿Oiga, hijo, tiene usted la revista Raíces?”. Y la asistente latina me miraba con resignación por cuarta vez. “No, señora, lamentablemente no pertenece a la Asociación desde hace años”. “Vaya, no lo sabía”, me responde la anciana. “No se preocupe, señora, para eso estamos en la feria”.


(No sabía que vídeo poner, así que por eso del colorido de la feria pongo a The new pornographers y esta hermosa canción y colorista vídeo. Son canadienses y se llaman así porque un predicador de aquel país decía que la música era pornografía)

miércoles, 13 de mayo de 2009

El trabajo os hará libres (Arbeit macht frei)*

*(Frase que adornaba la entrada al campo de concentración de Auschwitz)

(Aviso del autor: lo que a continuación van a leer es una historia de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura y simple coincidencia)

Hace varios meses que no trabajo. Me largaron de la última empresa. Ahora soy uno más de los cuatro millones de parados, uno de “ellos”, o mejor, de “Los otros” ¿Se imaginan Lost con cuatro millones de “Los otros”? Ben estaría en su salsa, lo digo porque con tanta gente en una isla daría para varios genocidios. ¿Y el gran Locke?, dirigiéndose a los cuatro millones: It’s our destiny!... ¿Y la nube negra que se zampa gente?, con tantos para cargarse y a la velocidad que va, parecería el metro.

Bueno, que me voy por las ramas. El caso es que hace varios meses que no trabajo y lo que más echo de menos es, sin duda, disimular que trabajaba. Es decir, jugar un solitario en vez de revisar informes, chatear con amigos y churris en vez de rellenar absurdas tablas de Excel, poner la mano sobre la frente (haciendo creer que lees muy concentrado un manual) y echar una siestecita tras la hora larga de comida, pasarme del tiempo marcado para desayunar, llegar tarde por la mañana, salir pronto por la tarde sin que te vea la jefa, robar clips, carpetas, folios, e incluso post-it, que luego no utilizaba, pero es que me gustan los colorines... Les dije que no trabajo desde hace varios meses, ¿verdad?.

También añoro a mis antiguos compañeros de curro: al orejas, a la enana, a la pija, al cabezón, a la freaky, a la seño, a Gárgamel, a Don Pimpón, a la escotes, al bombilla, a Martínez el facha, al viejo, al mofetas, al Monster SA, al tirillas, al cojo, al Bernardo (clavadito al de la tele), al chaquetas, a la pezones... No sé por qué dicen que la oficina es como un jardín de infancia.


Otra de las cosas que echo en falta son las reuniones. Aaah, las reuniones. Uno de los inventos más productivos de la Historia de la Humanidad. Me encantaba porque la reunión tenía unos ordenados puntos a tratar. Nuestra amada y loada jefa los enviaba previamente por correo electrónico. Al llegar al segundo, la conversación se desviaba un tanto. Enseguida empezaba la discusión sobre las mejoras salariales, el porqué ésa tiene mejor horario, el porqué ése tiene mejor mesa, el porqué el otro se ha tomado un día más de vacaciones, el yo creo que la pija ha adelgazado un montón porque lo ha dejado con el novio (que incluso la maltrata, que lo he escuchado mientras hablaba por teléfono con él), el yo creo que el orejas y la escotes están liados (quién lo iba a decir con esas orejas, el cabrón), el yo creo que cada día huele peor en la oficina por “el mofetas”, que hay que decírselo al jefe supremo, que yo no aguanto más, a ver si le largan por favor... Y a lo tonto a lo tonto, pues hacías la mañana. La mayoría de los temas no tratados se quedaban para después de comer. Pero después de comer la jefa se marchaba corriendo. Le habían llamado de casa porque el niño había pillado paperas, vaya por dios, ya tratamos los demás puntos mañana, paperas mediante.


Me encantaba el buen ambiente que se respiraba, salvo por “el mofetas”. Había buen rollo y los problemas se solventaban con bastante diálogo, acuerdos, votaciones, d-e-m-o-c-r-a-c-i-a con todas sus letras, sí señor. Me viene a la mente cuando estábamos en pleno verano, a más de cuarenta grados de temperatura en el despacho, y “la freaky” no nos dejaba encender el aire acondicionado porque sufría de asma. Todos comprendimos su problema de salud, así que tomamos una decisión ecuánime y justa, tras una votación mayoritaria: le hicimos vacío durante varios meses, no le decíamos dónde desayunábamos, no le informábamos de las reuniones, le quitamos la cesta de navidad diciéndole que habían traído de menos, le robábamos caramelos del cajón... como era rara, no le importaba.

Sobre todo admiraba la honestidad y valentía de mis compañeros. Sólo he encontrado algo parecido en la mili, además de la camaradería, de la que ya he hablado antes. Un ejemplo era lo que pensábamos en mi departamento de nuestra jefa. Creo que supimos definirla bien: que si no puede con esto, que si le viene grande, que si no sabe hacer la “o” con un canuto, que a quién se la ha mamado para estar ahí, que si es una inútil, que si no se organiza. Luego, cuando ella nos visitaba en persona, todo eran sonrisas: que qué tal el niño y sus paperas, que qué tal tu marido, que, oyes, que si necesitas ayuda para lo que sea, me llames, que tranquila mujer, que yo me encargo de esto y de lo de más allá, que qué te has puesto hoy que estás guapísima.

Pero si hay algo de lo que me siento verdaderamente orgulloso, es de la unidad que teníamos todos ante la adversidad, de cuando había que alzar el puño porque habían pisoteado nuestros derechos, de cuando había que salir a luchar. Entonces sólo faltaban las barricadas y los botes de humo en los pasillos. Bueno, eso no era necesario porque ya estaba “el mofetas” para ello.

Recuerdo que la empresa que nos tenía contratados por mil euros mensuales desde hacía siete años, había decidido no pagarnos las visitas médicas, ni las bajas laborales, que sois muy pillines y malandrines, que os tomáis muchos días libres por enfermedad, y no estamos aquí para pagar esas cosas, que le das a la gente la mano con tu buena fe, y mira cómo te lo pagan, ya me dirás tú.

Sobre todo me encantaba la transparencia con la que te enterabas de los asuntos de vital importancia, era un fluir de información: que si te has enterado que nos quitan las visitas médicas; que si sabes que además también nos van a quitar los descansos y los desayunos; pues yo he oído que además de las visitas médicas y los descansos, este año no hay vacaciones; pues lo último que sé, según me ha dicho alguien de La Central, muy fiable por cierto, es que además de quitarnos las visitas, los descansos y las vacaciones, vamos a ser nosotros los que paguemos por trabajar.


Gracias a esta información contrastada, planeábamos el plan de ataque de manera unida y conjunta como respuesta a la empresa: que si mandamos un escrito educado pero tajante, eh, poniendo los puntos sobre las íes; déjate, déjate de buenas maneras y educación, que ya está bien, que juegan con el pan de mis hijos; pero si tú estás soltero y vives con tu madre; bueno, bueno, con el pan de tus hijos, quería decir; que no, que no, que solicitamos una reunión y se van a enterar esos cabrones de lo que vale un peine; oyes que si os vais a poner violentos, que conmigo no contéis, que tengo una hipoteca que pagar, además sólo nos van a quitar las visitas, las bajas, los descansos y el sueldo, que os quejáis por ná; pero si contigo no se puede contar nunca; oyes, guapo, a mí no me hables así; te hablo como me sale de los cojones, esquizofrénica; eres un grosero y que sepas que estamos hartos de ti y de tus maneras; seguro, seguro, enajenada; ¡sinverguenza!; bueno, haya paz, yo creo que un escrito va a ser lo mejor...; déjate tú y tus escritos, idiota; oyes no me insultes que yo a ti no te he insultado; ¡anda y que te follen, gilipollas!; ¡te voy a partir la cara, cabrón!

Añoro el trabajo en la oficina, ya se lo he dicho a ustedes un poco más arriba. Ojalá tenga paro para un decenio.



Les dejo con una escena de esa obra maestra absoluta, que decía aquel señor gordito, llamada The office, la primera, la británica, la original... Con David Brent (aaah Rick Gervais, dos globos de oro fueron poco) el jefe más increíble y patético de la historia...que cada uno de ustedes reconozca al suyo.

miércoles, 22 de abril de 2009

Elegir

Amanecía sobre Borneo. El tronar de las barcazas apenas hacía perceptible cualquier conversación. ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía hablar si uno está a pocos metros de morir? El humo apenas dejaba percibir la playa, ni el destino de la primera oleada. El hombre con gafas de pasta volvió la cabeza para mirar a su amigo. Los dos estaban allí para dar constancia de la última batalla de la última guerra, la más devastadora que jamás el hombre había ideado. Desembarcaron en medio del caos, haciendo eses para esquivar los disparos de mortero que estaba masacrando a los atacantes. Milagrosamente consiguieron llegar hasta la base de una colina. Se parapetaron y vieron unas casamatas en la cima. Aprovecharon que nadie les disparaba para correr hacia ellas. Cuando llegaron no había señales del enemigo. Esperaron, oyendo la batalla de fondo, la muerte que les rodeaba. Al caer la noche, un comando de marines australianos asaltaron las casamatas pensando en encontrar a japoneses armados hasta los dientes. En su lugar hallaron a dos hombres armados con un bloc y un lápiz cada uno. Sin quererlo, los dos escritores se convirtieron en los primeros en ocupar una posición enemiga. Y entonces Dalton Trumbo cogió su pluma para escribir.

Años después, en una emotiva carta, uno de los mejores guionistas de siempre, recordaba tan peculiar momento, y otros más, vividos en el Frente del Pacífico, junto a un amigo que lo fue para siempre. Fue una última carta dirigida a la madre de quien le ayudó cuando la infamia acabó con su carrera. Fue una carta de agradecimiento y homenaje a un amigo muerto. Agradecimiento porque cuando Dalton Trumbo se convirtió en persona non grata para la industria cinematográfica (simplemente por no querer ser un delator), cuando apenas tenía 400 dólares en el bolsillo para mantener a su familia, fue su viejo amigo del frente el que le ayudó. Es ahí donde se mide el grado de amistad de la gente, cuando descubres si están a tu lado para unas risas, o para algo más que unas risas.

Resulta irónico que los morteros japoneses no acabasen con Trumbo, y sí lo hiciera un fanático malparido con ademanes mesiánicos que inició una caza de brujas en los tiempos en que el Telón de Acero se hizo más alto que nunca. Y el tal McArthy pensó que el enemigo estaba en casa, entre los titiriteros que se dedicaban a escribir, dirigir o interpretar el mejor invento de siempre. Y hubo diez que se negaron a pasar por el aro (los diez de Hollywood), que rehusaron colaborar, ser unos chivatos, unos chotas, unas ratas. Dicen que sólo hay una cosa peor que un converso, un converso y un delator.

Era simple y sencillo, sólo era una cuestión de elegir. Preferir trabajar y seguir haciendo películas, forrarse, estar junto al glamour, a las tías buenas, a la vida cómoda. Para optar por esa opción, sólo había que decir que ya no era un rojillo, o que si lo fue, lo fue erróneamente, así que entonces sólo bastaba con informar sobre quiénes eran los que estaban a su lado en aquellos tiempos traviesos. Era fácil, sólo tenía que tomar una decisión: la vida tranquila y segura, o simplemente no volver a trabajar en su oficio de siempre, que su nombre no saliera en ningún crédito de ninguna película, que su carrera simplemente se fuera a la mierda. Y Dalton Trumbo cogió su pluma y se puso a escribir. Y escribió al infame que prefería irse a la mierda, que prefería complicarse la vida antes que convertirse en delator. Y otros nueve como él siguieron su camino. Por desgracia, la mayoría de los que dijeron “no” tuvieron un final trágico, arruinados de por vida prefirieron poner fin a sus vidas antes de seguir arrastrándose.

Trumbo aguantó, se arrastró, en concreto por todo un país polvoriento. Cruzó el Río Grande, como hacen los mejores fugitivos, los que de verdad merecen la pena, en busca de una vida mejor que, en el caso del guionista, fue la ruina económica total. Escribió innumerables películas bajo seudónimo, cobró guiones a precio de principiante (o becario, si lo prefieren), y como encima era un puto genio, ganó un Oscar con el nombre de otro, que nunca pudo recoger. Pasó por innumerables oficios para, finalmente, gracias a la mediación de dos tipos (un actor mítico apellidado Douglas, y un director-productor judío, apellidado Preminger) conseguir salir del olvido. Por suerte para todos, esos dos tipos permitieron que el genio volviese a escribir acreditado, así que nos regaló dos obras maestras que hablaban de eso, de elegir: quedarte callado y ser un esclavo maltratado, o levantarte contra todo un Imperio bajo el nombre de Espartaco. Regresar a tu casa, allá donde los fanáticos habían exterminado a los tuyos, o meterte en un viejo y oxidado barco llamado “Éxodo”, rumbo a la tierra prometida.

No hace falta ser Trumbo para darse cuenta de que las cosas no han cambiado demasiado. Ahora no ocurren en las playas de Borneo, en los despachos de Hollywood, en las colinas de Roma, o en las tierras de Oriente Medio. Simplemente hay que salir a la calle. Uno lo ve todos los días en la vida diaria, en las oficinas, en los trabajos. En todos esos lugares encuentras compartimientos mezquinos, seguidistas, insolidarios, facilones. Todos ellos causados por el miedo a moverse, a arriesgarse, a decir “no”, a levantar la voz, a plantarse, a exigir, a cambiar, a huir hacia adelante. Seguimos y seguiremos igual. Seguimos y seguiremos con miedo a elegir.


viernes, 17 de abril de 2009

El patito feo

Erase una vez una mujer fea y gorda, de gesto torcido y desagradable, maneras toscas y peculiares, a la que la gente miraba con sorna cada vez que se cruzaban con ella. Venía de un pueblo lejano de la fría y oscura Escocia. Y ella decía que tenía un sueño, que un día cantaría al mundo.

No tenía oficio ni beneficio al que aferrarse, salvo sus fantasías que muchos consideraban absurdas. Nadie la tomó en serio porque la realidad le decía que, a sus cuarenta y siete años, era sólo una desempleada más en tiempos de recesión.

Pero tenía fe, y así lo decía a quien quisiera escucharla, aunque no la creyeran. La miraban como una inútil que debía poner los pies en la tierra, ya no era tiempo para estupideces, para juegos de edad tardía.

Así que un día, la mujer fea y gorda, de gesto encorvado e ingrato, maneras toscas y peculiares, tomó una decisión, tras noches de sueños perdidos, anhelos pasados, esperanzas agotadas.

Fue en la televisión, el opio del pueblo, en un reality, donde los peleles sirven de carnaza a la masa, que así olvida sus penurias riéndose de otros, mientras ejecutivos miserables se forran con programas baratos y rentables.

Fue en un programa que trata de descubrir talento entre el pueblo corriente, pero cuyo objetivo es la chanza a costa de exponer a los más raros en el circo de la audiencia, y que un jurado se burle de sus sueños absurdos.

Enseguida sirvió de objetivo para el ojo del Gran Hermano, viéndola comer con soez ansiedad. Y los presentadores fueron hacia ella preguntándose quién sería la mujer gorda y fea de vestido barato y ridículo.

Y la mujer gorda y fea, de vestido barato y ridículo, entró con paso decidido en un vasto escenario repleto de público que, nada más verla, empezó a reírse. Y le dijo al jurado que ella sólo quería ser cantante profesional, pero al mencionar su edad, la sonrisa cínica invadió los rostros de todos.

Le preguntaron cuál iba a ser la canción que pensaba destrozar. Al responder que “I dreamed a dream” de “Les miserables”, parecía una broma pesada que les quería gastar. Quién en su sano juicio iba a querer interpretar una de las canciones principales de un musical basado en la inmortal obra de Víctor Hugo, aquel libro que hablaba de redención, sueños perdidos y sangrientas revoluciones.

Sonaron los primeros compases, y entonces la mujer fea y gorda, de maneras tocas y peculiares, que una vez soñó que su vida sería diferente al infierno que había vivido, demostró a sus detractores que algún día cantaría al mundo. Y con las primeras notas, todos nos dimos cuenta de que ese día había llegado.



(esta es la impresionante canción del musical)


(y esta la señora del momento...)

sábado, 4 de abril de 2009

El sueño del director

El niño baja la calle con un bastón en la mano. Uno, al verlo, se pregunta qué hace un niño ayudándose con un bastón para caminar. No parece tener ningún problema físico, e incluso para su estatura, le queda grande. Y la respuesta la obtienes cuando le ves llegar a la entrada de un cine, donde la reja está echada. El niño, entonces, usa el madero como gancho para atraer hacia la reja el tablero con ruedas donde cuelgan fotografías promocionales de una película. La película es “Ciudadano Kane”. Aquélla obra de un genio que cambió el mundo. Y el niño desengancha todas las fotos. Y una vez las tiene todas, echa a correr calle arriba.

Este momento, esta secuencia, es el sueño recurrente del personaje que interpreta Francois Truffaut en la película que él mismo dirigió y co-escribió. Se llama “La noche americana”, y es una obra maestra que cuenta al mundo qué es el cine y cómo se hace el cine. Todo ello visto a través de los ojos de su director, un hombre con problemas de audición, que tiene que resolver las innumerables preguntas que tiene todo el equipo que trabaja para su obra. Hacer de padre, de psicólogo, de general. Responder a todo, en todo momento, de manera adecuada y sin caer en el desaliento, sino quiere que el equipo caiga en picado. Y sus angustias sólo las puede mostrar en sus sueños, en un sueño recurrente donde el joven Truffaut roba los carteles de un cine, los carteles de una película inmortal.

Obviamente tengo poco de Truffaut, pero hace unos días me enfrenté a mi primer rodaje como director de ficción (ya hice un corto documental), acompañado en las labores de dirección por Hugo, un buen amigo con el que ya trabajé hace tiempo, y que es uno de los tipos que más energía le echa a esto de hacer cortometrajes y proyectos con poco dinero. Un auténtico Cassavetes con gafas, capaz de empapelar las tiendas de su barrio para que vayan a ver una película de hora y media de un tipo que conduce marcha atrás hasta Ávila, y todo por amor. Yo no he tenido el sueño recurrente de Truffaut, pero curiosamente, unos días antes del rodaje, y preocupado como estaba por el tema meteorológico (nos llovió y granizó de lo lindo) ya que teníamos que rodar en dos días doce minutos, tuve un sueño extraño.

La historia del corto es la historia de dos antiguos compañeros de colegio que se reencuentran en la cola del cine. Uno de ellos va a acompañado de su hermosa mujer. A simple vista parece un triunfador. El otro tipo va solo, parece huraño y extraño. El huraño reconoce al triunfador y le saluda. Y el hombre que va con su mujer no le recuerda, pero cuando el otro (el huraño), le empieza a contar cosas del colegio y las barbaridades que le hicieron, resurgen los fantasmas del pasado... y todo ello delante de su esposa. Eso es el resumen de doce minutos de historia que premió el Festival de Avilés, y que acabamos de rodar. Como decía antes, un sueño me inquietó a dos días de la grabación. Y es que me sentía en una ciudad parecida a Avilés donde un montón de gente (el equipo, supuestamente) me esperaba. Y cuando llegaba a la localización, es decir, a la puerta de un cine, no había tal puerta ni ningún cine. Y angustiado notaba que todo el mundo me reprochaba que yo tuviera la culpa de que no hubiese cine (quizás por mi pasado como localizador de un par de series muy conocidas), y me ponía a buscarlo como loco por las calles de la supuesta Avilés, con todos detrás de mí. Y desesperado me servía cualquier puerta que daba a la calle, donde se organizaba una improvisada y peculiar cola del cine.

Siempre he querido contar historias desde mi más tierna infancia, y uno veía lo molón que debía ser dirigir. Ya adulto, inicié mi carrera profesional, y entonces es cuando me di cuenta de lo complejo que es ponerse al frente de un equipo de medio centenar (o más) de personas, que te acribillan a preguntas para intentar ellos, a su vez, suplir sus propias inseguridades.

Recuerdo la entrevista que me hicieron para trabajar en mi primera película, como auxiliar de producción, y las palabras del jefe de producción para describirme un equipo de rodaje: “Mira, esto es como una caravana del Oeste, donde unos tipos, desde lo más peculiar hasta lo peorcito de cada clase, tienen que llevar un rebaño al otro lado del Río Grande, pasar todo tipo de penalidades, y cuando se llega a su destino, repartirse el dinero, para que unos se vayan de putas, otros a drogarse y emborracharse, y algunos regresen con sus familias”.

La verdad es que tragué saliva cuando oí la descripción, no sabía dónde situarme, si en las putas, en las drogas, o en las familias. Parecía que el término medio no tenía cabida, así que lo pasé fatal las primeras semanas, donde comprobé que más de un miembro del equipo estaba grillado, otros se pasaban con las sustancias perniciosas, y algunos tenían subido el ego a la enésima potencia. Mis sueños de infancia se fueron al traste en pocos días y me pregunté qué demonios hacía yo allí.

Han pasado ya unos añitos después de ese rodaje, que como el primer polvo (al menos en mi caso) fue un desastre, y me hizo reflexionar sobre el asunto: ¿estarán todos así de mal en esto del cine?, ¿acabaré yo igual? Por suerte hubo más rodajes (y también más polvos) y mi idea inicial fue cambiando. Un equipo de rodaje es una comunidad de emocionas diversas, de personalidades peculiares, de tipos extraños y de gente muy normal, pero todos ellos recuerdan mucho a un pequeño ejército, con un objetivo común, con una meta determinada, con un plan previsto, que siempre se va al traste al primer disparo (que se suele decir en la estrategia militar), y entonces reina el caos y parece que todo se va al infierno, pero siempre, siempre, y uno no sabe cómo o por qué, al final todo sale. Y ese equipo donde existen relaciones intensas de amor-odio, comparte finalmente una copa, y olvida rencores y rencillas, y recuerda los momentos con una sonrisa.

¿Y el director? El director se siente un extraño solitario, pero al mismo tiempo siente que es una especie de guía espiritual, y sabe que algunos le pondrán a caldo, y otros le admirarán, pero que todos, absolutamente todos los miembros del equipo, se dejarán la piel en la batalla, hasta el último suspiro. Y llegarán a destino, y el dinero se repartirá, y cuando se acabe el viaje, esperarán a que les llamen de nuevo, para cruzar el rebaño al otro lado del Río Grande.



(Les dejo con la secuencia del sueño)

(Y el arranque de una película que toda persona que se quiera dedicar al cine... debe ver)