viernes, 19 de septiembre de 2008

La mirada

La conocí en una boda hace muchos años y enseguida me quedé prendado de su mirada, que parecía hablar. Fue en Inglaterra, y por aquellos tiempos ella estaba enamorada de un gilipollas que no le hacía demasiado caso. Coincidimos en otras tres bodas, allá en la campiña inglesa, incluida la de un engreído escocés con castillo propio. Ni siquiera el exceso de sombra de ojos, lo que le daba un aire aristocrático y misterioso, podía distraer la atracción hacia esos ojos verdes gatunos que ocultaban todo un mundo de ironía y amargura ante el amor no correspondido. Más triste fue nuestro encuentro en el funeral de su amigo gay, donde se nos puso un nudo en la garganta ante la emotiva despedida de su pareja, recitando aquel poema de W.H. Auden, donde pedía que los relojes se parasen ante el vacío de una ausencia.

El caso es que ella se sinceró ante el gilipollitas de los gestos y el flequillo, y le dijo con un par lo que sentía, pero el gafapasta con cara de despistado estaba colado por una americana cursi, que iba y venía de boda en boda. Le rompió el corazón el muy cabrón, hay que estar muy ciego para desperdiciar semejante mujer de carácter, sentido del humor y fina ironía. Da igual porque salió airosa del desengaño.

No supe de ella hasta pasados un par de años. Entonces la reencontré en un lugar exótico e insospechado, en tiempos más difíciles que los de las bodas, en tiempos donde la gente se mataba en cada rincón del planeta. Ella era entonces la mujer de un miembro de la Real Sociedad Geográfica Británica. Esperaba paciente el regreso de un marido que, en lugar de hacer mapas para descubrir horizontes perdidos, se dedicaba a espiar y buscar las huellas de un zorro del desierto que traía en jaque a los suyos.

Ya no era morena sino rubia, con el pelo más largo y suelto. Ya no había exceso de sombra en los ojos y el único maquillaje lo impregnaba la arena de la tormenta. Y como se sentía sola y abandonada, se cruzó en su camino un tipo solitario cuya única vida eran las dunas del desierto, sus habitantes nómadas y unas cuevas con nadadores prehistóricos en sus paredes. A pesar de su voluntaria soledad, nada pudo hacer el peculiar eremita ante aquella mirada. Una noche, bajo el limpio cielo del Sahara, jugando a la botella, a ella le tocó pagar prenda, y como cantaba muy mal, prefirió contar, con ese acento suyo tan perfecto y tan inglés, la trágica historia de un rey que una vez para presumir de la belleza de su esposa, retó a uno de sus súbditos a que la espiase desnuda para comprobarlo. La consecuencia de semejante insensatez fue la infidelidad de la reina, y que ésta pidiese al súbdito que matase al rey y se fuera con ella. Y al terminar la historia, todavía lo recuerdo nítidamente como si fuera ayer, vi esa mirada penetrante que no necesitaba más palabras para turbar al azorado aventurero.

Y ese fue el principio del fin de aquel conde húngaro que traicionó a su mejor amigo y a sus colegas, atrapado por aquella mirada que derrumbó los cimientos de su vida. Y la cosa acabó mal, como acaban siempre estas historias de amores prohibidos. Y más tarde fue confundido con un inglés, tras encontrar unos nómadas su cuerpo carbonizado entre los restos de su avioneta. Y pasó lo que le quedaba de vida entre dolores, cuidado en una Villa de la Toscana por una paciente y bondadosa enfermera, pero con el dolor más profundo que supone el recuerdo de una mujer que le esperó paciente en una cueva a que un día regresara a por ella.

Paso el tiempo, y a veces pensaba en ella, en su mirada, en aquella trágica historia de otros tiempos. Supe que merodeó una granja allá por el Oeste profundo, donde un tipo que susurraba a los caballos le ayudó a curar a su hija herida. Pero poco más, ya la imaginaba retirada, feliz, con hijos tras tantos palos que da la vida.

Fue el otro día. La intuí de lejos, en un museo, aunque tenía dudas si era ella. Contemplaba un cuadro terrible en el que unas mujeres de negro mostraban sin pudor el mayor de los sufrimientos ante una fosa sin cubrir. El pintor, una tal Emile Friant, un desconocido para el gran público, quiso mostrar el dolor como si fuese una fotografía. Al volverse la mujer, descubrí que era ella, pero su mirada, esa mirada que parecía hablar con sólo un parpadeo, no era la misma.

Y entonces descubrí que ahora estaba en Francia, en una ciudad del Norte, y que apenas hablaba, y que su mirada reflejaba la peor de las tragedias, el mayor de los desconsuelos. Y todos los que la conocen se preguntan dónde había estado todo ese tiempo. Y en una fiesta, ante las impertinencias de un listillo pasado de frasca, que no dejaba de acosarla sobre su misterioso pasado, ella le soltó con total naturalidad que había estado quince años en la cárcel por asesinato. Y todos se rieron pensando que bromeaba, pero su hermana y unos pocos sabían que no era así.

No es fácil cargar con la culpa de una muerte, más si es la de un niño, más si es la de tu propio hijo. No es fácil expresar con tan poco, tanto dolor, tanta soledad. Esa mirada verde que antaño mostró a una mujer apasionada, llena de vida, ahora mostraba a una mujer muerta, acabada. Pero al igual que en el pasado, ella salió adelante, recuperó las ganas de vivir ayudada por una hermana vitalista que apuntó en una libreta cada día que no estaba, ayudada por un policía abandonado y desgraciado que sólo desea conocer las fuentes del Orinoco, ayudada por un profesor solitario que, al igual que otros en el pasado, se quedó prendado de esa mirada llena de matices.

No sé si la volveré a ver, uno nunca sabe lo que el caprichoso y bromista destino puede deparar, pero si no volviese a cruzarme con esos ojos grandes, verdes, gatunos, siempre recordaré lo que ella le cuenta a un abuelo polaco, recordando sus años en la cárcel donde apilaba libros junto a su almohada como si fuera una muralla, como separación del mundo... un mundo sin ella.


5 comentarios:

Juanjo Ramírez dijo...

No me hizo falta llegar a la parte del Paciente Inglés para saber que estabas hablando de Christine. Yo también me enamoré de ella en esa peli.

Un gran actriz, sin duda.

fritus dijo...

Señor Gonzo le creo a usted capaz de poner nombres toponímicos a la clavícula de la señora ésta…como el paciente inglés que era húngaro y no se sabe muy bien si del eje o de los otros….( confieso que la peli me gustó pero perdí el hilo en algún momento, tontazo que es uno) . Con respecto a la actriz he de reconocer que es guapa hasta decir basta pero tiene demasiado cara de buena persona...a mi, me soy del eje del mal, como que me gustan más con cara de viciosilla( kate Blanchett, por ej...?), aunque luego todo es fachada, y eso....

un abrazo muy gordo, maifrén

Yago dijo...

Hijo, bonito el post y tal; Kristin no está mal pero, vamos, hay mejores mujeres en la pantalla a las que dedicar un escrito amén de otras cosas, claro. :o)

Gonzo dijo...

Las hay, sin duda, pero interpretaciones como las de esta señora, hay pocas, en concreto la última, que recomiendo...

Kate Blanchet, desde luego, es otra de mis divas, efectivamente.

Y bellezón y gran actriz es la Charline Theron...

Pero yo sé que a mí las Kristin de la vida, con esas miradas y ese sentido del humor me dan mala vida

Pluma estilográfica dijo...

Pues a para mí la Kristin es una actriz que ha ido a más con el paso del tiempo. Sólo la he visto, tengo que reconocerlo, en 4 bodas, el paciente, y en su breve aparición en Misión: imposible. Pero al poner el recorte de "hace mucho que te quiero" , pues que es una que quisiera ver. Aunque por Albacete ese tipo de pelis no salen en la cartelera de unos multicines. Siempre nos quedará el e-mule.


Saludos!!!