miércoles, 16 de marzo de 2011

El viento y el odio

Dicen que las palabras se las lleva el viento, aunque lo escrito permanece, es eterno. También los amores vuelan de nuestra memoria, al igual que los buenos momentos, las promesas hechas, las sonrisas que soltamos, los amigos que tuvimos, los recuerdos perdidos. Es un viento sin piedad que se lleva todo lo bueno que el ser humano trajo consigo cuando un buen día decidió ponerse a caminar, y luego reflexionar que caminaba. Transcurrieron décadas y siglos, pasaron generaciones y civilizaciones, cayeron diluvios universales, temblaron las entrañas de la tierra, los mares arrasaron con todo y los vientos se llevaron lo que encontraron a su paso. Sin embargo, hay algo que subsiste, que nunca desaparece, que nada se lo lleva, que ha decido quedarse hasta el final. Ese algo nació de la mano del ser humano, le acompaña siempre, es parte de él, de su existencia. Es fácil reconocerlo porque, a su paso, apenas queda nada. Tiene muchos nombres, pero sólo una sensación cuando aparece. Es una sentimiento que todos reconocemos, que todos tenemos, aunque lo neguemos. Es el odio que permanece siempre con nosotros.

Así comienza el primer plano de una película desgarradora: con la imagen del viento agitando una enorme palmera, en un paisaje bello y sosegado. La cámara se desliza hacia un interior, atravesando una ventana, mientras seguimos observando el movimiento de las ramas mecidas por el aire. Entonces empezamos a escuchar los acordes de “You and whose army?” de Radiohead. La cámara, poco a poco, en un movimiento que parece ir acorde al ritmo de la música, se adentra en una sala donde unos hombres, con botas militares y kalashnikov colgando de sus hombros, escoltan a un grupo de chavales. Hombres y niños tienen rasgos árabes. Los niños hablan entre sí con cierta tranquilidad. Los hombres fuman y observan. En medio de la estancia, uno de los milicianos, de aspecto rudo y tosco, afeita impunemente la cabeza de uno de los niños, mientras los demás esperan su turno. El objetivo de la cámara ahora se acerca lentamente al rostro del crío, a unos ojos que miran de frente, sin apenas parpadear, severos, inquietantes, cargados de odio.

“Incendies” es una película basada en un libreto teatral escrito por Wajdi Mouawad, autor canadiense de origen libanés, que causó honda impresión en el director Denis Villeneuve, también procedente del país de la hoja de arce. Tras ver la obra, este hombre que no es árabe, que nunca ha estado en una guerra, que no ha sufrido las consecuencias de la violencia en sus carnes, se propuso a sí mismo, como cineasta, y quizás también como ser humano, que algún día mostraría en primer plano hasta donde puede conducir la espiral del odio. Da igual que el paisaje sea de un país de Oriente Próximo al que nunca cita (aunque todos intuimos que es el Líbano de los años setenta); podría estar mostrando la Yugoslavia de los noventa, la España de los años treinta, la Irlanda de los ochenta, o el Afganistán actual. El paisaje es lo de menos, de lo que se habla es del abono para la ira visceral, la justificación para que cualquier afrenta conduzca a una represalia que será, a su vez, otra afrenta para el del enfrente que, a su vez, dará contestación debida, y así en una espiral imparable.

Dos hermanos mellizos reciben un encargo terrible de parte de su madre muerta. Es un mandado hecho por una mujer que, al final de sus días, todavía refleja en sus ojos las distintas caras del horror. El encargo es buscar a un hermano y a un padre perdidos en un país lejano. Si cumplen con esta última voluntad, evitarán que sea enterrada boca abajo, de espaldas al mundo, sin una lápida que identifique su nombre. Todo ello como una forma voluntaria de expiar sus pecados, hasta que sus hijos la rediman. Y éste es el comienzo de un viaje en el tiempo a un país al que la violencia, la guerra y la ira rompieron en mil pedazos. A un lugar que podría ser cualquiera en el que una vergüenza familiar se convierte en una afrenta de sangre. Y una afrenta de sangre en el abandono maternal que, con los años, y el azaroso destino como juez burlón, convertirá al inocente en verdugo despiadado.

No es una película fácil, no sales con una sonrisa, sino más bien arrastrando los pies, pensando en ella. No hay blancos ni negros, sino una terrible gama de grises. El final es una hostia en la cara bien fuerte, así, con todas las palabras. Te agita la conciencia, te remueve las entrañas, te deja en el asiento, te hace mirar al abismo. Es una historia de imágenes poderosas, magnéticas y violentas. Es una película de tiempos contenidos y elipsis prodigiosas, con los mejores flashbacks desde los tiempos de aquel otro magistral retrato del paisaje de la guerra llamado “El paciente inglés”.

Y a lo largo de esta historia que, curiosamente, habla de incendios y humos negros, lo que tiene una presencia constante es el viento, el sonido del aire que no consigue llevarse ese mal que azota al ser humano desde tiempos inmemoriales, aquellos en los que siendo un simple mono disputó una charca a otro mono. Y todo aquello trajo como consecuencia la primera afrenta de muchas. Y desde entonces ya tuvimos la certeza de que el odio permanecerá... siempre.


miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Quién se acordará de nosotros cuando hayamos muerto?

Siempre le veía venir con una gorra de béisbol que le cubría grotescamente las orejas, resbalándole hasta las cejas, abrigado por su inseparable plumas, abrochado hasta el cuello, aunque hiciese calor o estuviésemos en primavera. Reconocías su delgadez al verle regresar a casa, con sus gafas de empollón de otra época, su deambular tranquilo, a pasitos cortos, como si no tuviese prisa en llegar a ningún sitio, incluso a su propia muerte. Pasaba desapercibido para todos, como si eso hubiese sido lo habitual en su anónima vida como persona, como vecino, como profesor. La última vez que le vi, apenas mes y medio, le pregunté, incómodo y forzado, por su salud. Él era optimista, un trasplante de médula parecía la solución a ese puñetero cáncer que le diagnosticaron años atrás y al que había combatido con quimioterapia y radioterapia.

Supongo que a ustedes esto que les cuento le sonará a chino, entre otras cosas porque no conocen de nada al tipo. Y supongo que se la pelará, entre otras cosas porque es lo mismo que cuando alguien te cuenta que ha muerto un conocido, pero que tú no sabes de su existencia. La muerte es algo demasiado probable como para mentarla, o merodearla, conscientes como somos que, más tarde o más temprano, la inmortal Parca (aunque parezca un chiste el juego de palabras) llamará a la puerta sin avisar de su visita.

Ésta no deja de ser la crónica de una muerte anunciada de un hombre al que el ínclito azar decidió tocar con la siniestra mano de la enfermedad. Supongo que son muchas las muertes de este tipo que se producen a diario, aquí y allá, que nos tocan profundamente si son familiares, amigos, amores, o personas conocidas a las que reconocemos o admiramos por algo que han hecho, dicho o protagonizado. Sin embargo, y como es lógico, pasan desapercibidas si las protagonizan seres anónimos. Así que narrar la historia de un anónimo difunto que luchó agónicamente hasta el final, y que tuvo la esperanza de superar a la perra bicha, no deja de ser una historia más que pasa cada día.

Pero quizás por ello debo contarla, sobre todo porque el tipo en cuestión era un vecino con el que me cruzaba, amigo de la familia, pero con el que había tenido trato de vez en cuando. Y, sin embargo, era él quien se acercaba afable a mí, como si en el fondo fuésemos amigos de verdad, o como si lo fuéramos de toda la vida. Siempre me preguntaba por mis historias, mis rodajes, mi mundo que tanto le llamaba la atención, como si yo fuera un Alien llegado de una galaxia lejana. Me insistía en que un día me invitaría a una cerveza y que, a cambio, le contaría mis absurdas y estúpidas tribulaciones por la vida contando historias. Y siempre le decía que sí, como quien le da la razón a un niño, o a un tonto. Le esquivaba con un “a ver si tengo algo de tiempo”, aunque lo tuviese; o un “a ver si encuentro un hueco”, aunque lo encontrase; sabedor, como era, que no iba a ocupar ni cinco minutos de mi vida contándole mis logros creativos, si es que se les puede llamar de alguna manera.

Por fin, un día, por casualidad, me topé con él en el bar de abajo, portando su gorra que le hacía parecer un yonqui aferrado a la metadona, con la que ocultaba su cabeza horadada por la química. Me acababa de despertar y sólo quería tomar un café a solas, pensando en mis problemas, escrutando mis sueños absurdos. Ésta vez no pude evitarle. Me tropecé con él en la barra, aunque ni siquiera me percaté de su anónima figura cuando entré en el bar. Y entonces, por fin, ya a la fuerza, pude escuchar su historia, que siempre pensé sería anodina, convencional y rutinaria. Y así lo era, o así me la contó, pero también me ilustró con su ilusión y optimismo hacia el futuro, su ansia por retirarse de la docencia, su anhelo por descansar de niños vociferantes. Fue su profesión e, imagino, su ilusión durante mucho tiempo, pero nunca le llenó, entre otras cosas porque no siempre es cinematográfica la relación entre el maestro y esas pequeñas bestias que somos cuando las hormonas palpitan y las neuronas apenas hacen acto de presencia. Él siempre lo pasó mal, pese a sus esfuerzos, y veía su enfermedad como una salida, como una forma de ver crecer a su hija, la que tuvo con una mujer de color a la que conoció por casualidad y que cuidaba ancianos, entre ellos a su propia madre, como otros muchos inmigrantes hacen, mientras nos ocupamos de nuestras estresadas vidas.

Y entonces le entendí y le comprendí. Escuché a ese ser anodino, anónimo, ese vecino pesado que insistía en tomar una caña conmigo para contarme su cotidiana y rutinaria vida. Imagino que bastó un café para darme cuenta de lo mezquina que resulta mi estupidez, mi falta de atención, mi forma de etiquetar al mundo. No creo en nada, ni en el más allá, pero quizás algún día lo pague y seguramente lo merezca.

La última vez que le vi, le animé de manera forzada, le dije que le pagaría esa cerveza una vez saliera del hospital. Nunca lo pude hacer. Ya hace semanas que las noticias no eran halagüeñas. No tuve cojones de ir a verle en sus últimos días, en su agonía final, con esa excusa de que realmente no era alguien tan conocido ni tan cercano. No era más que el vecino que insistía en que le contase mi vida como contador de historias, mientras nos tomábamos una cerveza. Quizás mis remordimientos me superaban, o quizás quería recordarle así: con su gorra calada hasta las orejas, su plumas, su optimismo ante el futuro.

Se llamaba Rafa. Supongo que eso a ustedes se las traerá al pairo. Y en parte es lógico. Era docente, como otros muchos docentes. Estaba enfermo, como otros muchos enfermos. Era más o menos joven, como otra gente joven que nos deja de manera prematura. Tenía una hija pequeña, una mujer que vino del Nuevo Mundo a buscarse la vida, una anciana madre que apenas se sostiene en pie, unos hermanos, unos compañeros que le recordarán, a pesar de su anonimato, su discreción, su anodina existencia. Pero si hay que ser justo, ésta no es más que la historia de un héroe anónimo, de los muchos que hay, de los que tanto me gusta escribir y que yo nunca seré. El tipo que intentó enseñar, aunque no le hicieran ni puto caso; el que ayudó a su madre, a pesar de ya estar enfermo; el que se casó en su agonía con su compañera, a la que garantizó una pensión y un futuro. Encima me invitó a un desayuno. Yo le debo una cerveza, pero como no puedo pagarla de vuelta, sólo se me ocurre recordarle en mi memoria.



(Les dejo con el inmortal Morricone... In memoriam)

domingo, 30 de enero de 2011

Hombres libres

(El pastor verdadero nunca abandona al rebaño cuando viene el lobo)

Me crié junto a ellos durante muchos años. Eran tipos con sotana y tendencia a soltar la mano. Era tímido y callado, pese a ello me reventaron la cara alguna que otra vez sin saber muy bien por qué. Me llevé más en el patio, donde los lobos abundaban. Si a eso le unes una familia católica, apostólica y de extremas derechas, la consecuencia no puede ser otra: una especie de retortijón interior que me obliga a levantar la voz cuando me encuentro en un lugar donde abunda el monólogo mental, ideológico o religioso. Una sensación de gritar y buscar bronca allá donde todos asienten inmaculados. Un ateísmo y descreimiento por casi todo y en casi todos. Sí, qué le vamos a hacer, pero bueno, no hay marcha atrás, no me voy a hacer cura a estas alturas del partido, ni me voy a convertir en Emilio Aragón y hacer humor blanco e inmaculado, ni voy a hacer la pelota ni restregar espaldas para que alguien me ayude o esté junto a mí. Supongo que debo vivir con ello y sus consecuencias. Es lo que hay.

Pese a todo, siempre había algún que otro ensotanado al que hubiese salvado de una imaginaria revolución sangrienta. Siempre había algún tipo que era consciente de la importancia de su labor pedagógica con edades donde se forman los futuros caracteres de las personas. Tipos que no miraban la chequera de papá y que podían llegar a entender que no todos salen igual ni todos pueden ser iguales. Que si algún chaval salía conflictivo no era solución machacarle todavía más. Que no todos tenían familias ejemplares y estables. Eran muy pocos, lamentablemente, y no solían tener fuerza. Lo normal era hundir en la miseria a todo aquel que se saltase el paso, o no marcase la línea señalada como lo que “debe ser la vida”, que dicen algunos.

Todo eso pasaba por mi mente cuando me senté a ver la película francesa “De dioses y hombres” de Xavier Beauois, una de las pelis más laureadas del año, aunque también de las más vilipendiadas por algunos de los guays de siempre, acusándola de católica, apostólica y romana. El otro motivo para ir a verla era la presencia de un actor que es una especia de leyenda andante y que, ahora en su senectud, sigue dando recitales de interpretación. Uno de esos secundarios que han hecho del cine un motivo de salvación. Se llama Michael Lonsdale, ha trabajado con los más grandes de su país (Truffaut, Malle, Annaud) y de fuera de su país (Spielberg, Zinnemann). Ha protagonizado el mejor cine en francés e inglés del último medio siglo pasado y principios de éste (incluso fue villano en “Moonraker”, una peli de James Bond, lo que ya me hizo rendirme a sus pies).

Para los que no lo sepan, la historia cuenta el desgarrador drama de ocho monjes cistercienses en la Argelia de 1996, es decir, en aquel tiempo en el que los lobos, ya fuesen barbudos iluminados o uniformados del ejército gubernamental, arrasaban a sangre y fuego unos de los países más grandes y despoblados del mundo.

Estos monjes basan su vida monástica en la Biblia, según la Regla de San Benito (siglo VII), por la cual optan la mayor parte del tiempo por el silencio, no practican el proselitismo ni tratan de evangelizar, oran siete veces al día, viven de lo que les da la tierra, albergan al prójimo y comparten lo que tienen con él, en especial si es pobre y extranjero. Fomentan las relaciones con los vecinos, sobre todo durante periodos de inseguridad y restricción. Y eso es precisamente lo que esos monjes, que fueron reales, practicaron en tiempos oscuros, en una tierra extraña para ellos, donde convivieron con musulmanes y ayudaron, incluso, al lobo que les amenazaba con morderles el cuello.

La película, de ritmo lento y parsimonioso, acorde a la meditación y oración que rige la vida de estos tipos, sin embargo, tiene momentos de verdadera emoción. Nos cuenta la duda existencial que atormenta las conciencias de unos hombres de paz que, como haríamos todos, quieren conservar el pellejo, estando acosados por unos y otros, sabedores de que les quedan dos telediarios como se queden allí. Cualquiera de nosotros, seres de consumo racionales, hubiésemos tomado las de Villadiego. Al parecer eso mismo pensó toda la sociedad francesa tras enterarse de lo que allí ocurrió. Nadie entendió la decisión de estos anacrónicos seres a los que no les invade la codicia ni el consumo. Nadie comprendió que, pese a los avisos y advertencias, pese a las sugerencias de los gobiernos francés y argelino, no abandonasen el barco.

Hay un momento sublime de la película (uno de ellos) en el que uno de los monjes, durante una de las reuniones que tienen para tomar una decisión que ha de ser conjunta sobre si marchar o no (nada de que cada uno decida lo que quiera), sabedores como son de que el pueblo junto al monasterio depende de ellos, de su consulta médica, de su huerto; como decía, en una de esas reuniones, uno de ellos dice una frase que puede resultar absurda y kamikaze, pero que no deja de ser honesta, épica y clarividente: “el pastor verdadero nunca abandona al rebaño cuando viene el lobo”. Pero no crean que la película trata de magnificar esa decisión suicida que tomaron estos ocho monjes en medio de la tempestad; al contrario, la narración nos cuenta las terribles dudas existenciales que acucian la conciencia de estos hombres humildes, la necesidad que tienen todos ellos de vivir, aunque hayan elegido una vida de retiro, silencio y meditación. La escena de la cena, con los monjes riendo y recordando sus vidas en silencio, conocedores de su destino, con la música de “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky de fondo, pone un nudo en la garganta, por muy machote que uno sea, incluso estando atufado de calor como estaba yo en esos infames cines con nombre de insigne compositor de ópera.

Pero si hay una escena con la que me tengo que quedar, ésa es la que protagoniza, cómo no, mi venerado Michael Lonsdale. Es un diálogo en el que Luc, el cura anciano y asmático que a su vez es médico, expone a Christian (Lambert Wilson), el prior, su intención de quedarse en el monasterio. Y entre otras cosas le confiesa resignado que a esas alturas de su vida (él que tuvo que lidiar con el mismísimo diablo, es decir, los nazis), no teme a terroristas y ejércitos, ya poco le pueden hacer, entre otras cosas porque se siente un hombre libre y, por tanto, ni la muerte ya le asusta.

En fin, ya saben, como dice el hombre sabio: esto es como todo y para gustos los colores. Pueden quedarse en sus casas con el culo acomodado bajando películas y viendo televisión para gilipollas, o bien pueden levantarse y hacer muchas otras cosas, entre ellas ver esta magnífica, dura y emotiva película que les permitirá sentirse, aunque sea durante un rato, hombres libres.


domingo, 2 de enero de 2011

La infancia recuperada

De niño sufrió el divorcio de sus padres, lo que le obligó a crear un amigo imaginario para poder superar el trauma de una separación que, como en otros casos parecidos, es incapaz de ser asimilada por mentes que todavía no se han abierto a un mundo en el que nadie avisa de su complejidad. Eso le dejó marcado para el resto de su vida, así que emuló al excéntrico James Stewart en la genial “Mi amigo Harvey”, y creó para sí mismo un ser imaginario (no un conejo de dos metros como Harvey) que le permitió de alguna manera sobrellevar una infancia solitaria. Lo que no sabía ese niño es que su amigo imaginario, años después, se convertiría en realidad en forma de celuloide, y que esa realidad conmovería para siempre a millones de personas a través del planeta, pasando de generación en generación, como si fuera el legado de un mesías. Como otros muchos genios a lo largo de la Historia, se vio abocado a rememorar aquellos tiempos que tanto le marcaron y que, de alguna forma, le convirtió en una de esas mentes superiores incapaces de convertirse en adultos, pero capaces de cambiar el mundo. De alguna forma, esos personajes únicos se ven obligados a recuperar su infancia de manera eterna, mientras el resto navega por la vida olvidando a los niños que una vez fueron.

Tras los fastos de la despedida de año, recorriendo una ciudad ebria que se balanceaba camino de casa, observaba las distintas formas que tenemos para celebrar que seguimos un año más entre los vivos. Unos iban cantando agarrados como si fueran viejos camaradas, otros iban dando patadas a las persianas de las tiendas, intentando mostrar, estupidez aparte, un lado rebelde que sólo sale cuando van hasta las cejas. Mientras veía a la gente salir de las distintas fiestas que pueblan la ciudad, reflexionaba sobre los propósitos de enmienda que todo el mundo se plantea por el mero hecho de escuchar unas campanadas a media noche de un día determinado; o bien sobre las buenas intenciones futuras tras la ingesta de doce uvas que nos harán ver la luz sobre las cosas de la vida que no nos gustan y que deseamos cambiar. Pensamos que todo va a ser distinto, que vamos a ser mejores, que encontraremos trabajo, que adelgazaremos milagrosamente ocho o nueve kilos, que se curarán vicios que arrastramos desde siempre, que seremos mejores personas y que nunca más nos dejaremos llevar por la ira, la envidia, el egoísmo, la arrogancia y la vanidad.

Y pensaba que cualquier otro día del año sería el adecuado para llevar a cabo esos propósitos, aunque ya se sabe eso de que nadie cambia, sólo nos volvemos más viejos, más lentos y más cansados. Reflexionaba todo eso mientras regresaba a casa en un autobús que recorría la ciudad de una punta a otra. Resguardado por mi música, en una esquina de la última fila, mirando por la ventana los rostros de la gente que a esas horas poblaban la urbe. Y me fijé en una chica morena, joven, bella, con ojos vidriosos y tristes que, seguramente, tendría una explicación en algún tema sentimental; o en la cabeza gacha de aquel hombre con las manos en los bolsillos, solitario, con la mirada perdida en el suelo, absorto en su mundo, pensando en que quizás no hay futuro, o que quizás sí; o el del peculiar travesti chino que se sentaba a mi lado, con la mirada traviesa, burlando las miradas de todas y todas, como si el futuro para él/ella fuese siempre el mismo, el de la incomprensión y la burla por una postura vital.

El cielo se puso azul con una luna en cuarto menguante espectacular que hacía tiempo no vivía. Por una vez no me tropecé con alguna reyerta camino de casa, tan propia de mi barrio y de esa noche, si bien la sangre del suelo que había junto a mi portal indicaba que faltó poco para presenciar un suceso chungo. Llegué a mi casa casi de día y apenas pude conciliar unos pocas horas de sueño. Comí un poco e hice algo que llevo tanto tiempo sin hacer, pero que de alguna manera me hizo recordar navidades de infancias perdidas: encendí el televisor. Con las cadenas que tenemos y, sobre todo, con los mercaderes que las manejan, uno no puede esperar encontrar rastro alguno de épocas pasadas que, guste o no, en algunas cosas eran mejores. Sorpresivamente me encontré con que uno de los canales, ése que ahora ha sido adquirido por la infame cadena amiga, había programado dos obras maestras imperecederas que una vez pergeñó la mente de un hombre que nunca ha dejado de ser un niño.

La he visto millones de veces, aunque no la pude ver en cine en su día cuando se estrenó y yo era un niño. Es la historia de un extraterrestre cabezón, feo y perdido que sólo desea regresar a su casa. Pero también es la historia de una amistad con un niño solitario e incomprendido por la madre y el resto de críos y hermanos. Nadie me llevó a verla porque no era algo que se barajase demasiado en mi familia, eso de ir al cine, quizás por eso no podía ser de otra forma que las veinticuatro imágenes por segundo pueblen mi mundo y mi subconsciente. Ya más adulto pude verla en vídeo, en aquel formato de tres letras que con el tiempo se gasta por el paso de los cabezales sobre la cinta. Ya la habían puesto otras navidades, pero yo era más joven, y puede que más optimista ante las cosas de la existencia vital. Y me sorprendí enganchado a ella, a pesar de las interrupciones publicitarias. Eso sí, cambié el idioma de proyección, ya que me resulta imposible escuchar la superchería del doblaje, aunque me haya criado con él.

Todavía a día de hoy hay gente que le niega el pan y la sal a este niño barbudo con gafas y gorra de beisbol que ha regalado al mundo una decena de obras maestras. No sólo ha hecho feliz a varias generaciones con películas para todos los públicos, sino que también ha narrado como nadie el lado oscuro del ser humano. Sólo él pudo mostrarnos lo que se siente en una ducha antes de que te vayan a gasear por tu origen religioso, en aquel infame lugar cuyo lema en la puerta de entrada era “el trabajo os hará libres”; sólo él podía mostrar el final de la inocencia de un niño en un campo concentración y mostrar el apocalipsis atómico; sólo él podía mostrar la infamia de la esclavitud y la dignidad del hombre; sólo el podría mostrar en primer plano el horror antes de entrar en combate y la carnicería humana en una playa donde hombres hechos y derechos llamaban a sus madres con las tripas fuera; sólo él podría contar las pesadillas que pueblan las mentes de carniceros a los que han encargado vengar al pueblo que decían era el elegido, su propio pueblo, por otra parte.

No hace mucho, en un curso del paro al que asisto desde hace unos meses, y que me hace poner los pies en la tierra para aprender cualquier cosa que me saque del arroyo, si al final no consigo ganarme la vida gracias al cine, tuve que aguantar a un tipo que decía llamarse profesor y que nos iba a hablar de cine documental. Por lo pronto, lo infame fue descubrir que el personaje, de origen cubano, se había preparado la clase memorizando unas citas de autores profundos, para hacernos ver lo retórico e intelectual de su existencia. Todo muy bonito, pero sin noticias de cómo estructurar y contar una historia, de explicar qué es un total o un plano recurso, de cómo hacer una escaleta o el sentido de la narración en off, y las distintas formas de lenguaje documental que hay.

El genio cubano se dedicó a hablarnos de sus gustos, obviamente todos antiguos, como si todo lo que tenga un sabor moderno fuera una hez inmunda, como si estuviera ante un tertuliano de Garci. Sólo existen autores europeos, soviéticos u orientales, según él. Independientemente de gustos, que indudablemente son respetables, no pudo faltar la cansina coletilla que tardaba en llegar: “Ah, y que les quede claro, yo detesto el cine comercial y Spielberg es una mierda”. Los presentes en la clase, los que quedaban porque el pavo había largado a la mitad ante lo absurdo y espeso de su sistema pedagógico, se callaron, básicamente porque a todos lo del cine les daba igual y bastante hacían con aguantar el truño de clase que estaba soltando el pariente lejano de Cabrera Infante. Por desgracia para él, en la misma aula había un tipo con gafas de aspecto tranquilo, pero espíritu de bronca tabernaria.

En mi subconsciente se paseaba una imagen mía amartillando la cara del individuo sin piedad, esperando la expulsión de la escuela super guay a la que asisto. Fue sólo mi subconsciente oscuro, pero obviamente no me iba a callar ante algo así. En cuanto escuchó eso de que estaba ahí para dar clase y que a lo mejor la única mierda eran sus gustos, la cara le cambió y empezó a justificarse y mirar su chuleta donde tenía cuatro garabatos con los que cubrir el expediente y luego cobrar. Por suerte, el individuo sólo dio clase un solo día de cinco horas. Enseguida regresó el honrado titular, competente y serio, que siguió explicando los intríngulis de la gestión de bases de datos, alejada de Tarkowsky y Vertov, pero que puede que nos dé de comer un día.

Terminé de ver la película, resacoso y cansado, pero igual de conmovido de cuando la vi siendo un imberbe que soñaba con contar historias. Revisitar esa escena de ranas huyendo de la muerte y un niño borracho besando a una chica mayor que él, sigue siendo un ejemplo de imaginación, poesía y puesta en escena.

Un gordo inglés, un judío autriaco ácido e irónico (que huyó de su país para contarnos, entre otras muchas, la inmortal historia de un oficinista trepa que descubre la dignidad) y el eterno niño barbudo que no desea crecer, como si fueran en un avión y yo fuera a contar un chiste, representan quienes me hicieron tomar una decisión peligrosa e inconsciente en mi vida. En especial gracias a éste último debo la vida que tengo, para bien o para mal; a él, y a unos pocos más, les debo mi manera de ver la vida y de moverme por el mundo. Sus películas fueron el amigo imaginario que me han acompañado mientras mascaba mi soledad, y que todavía a día de hoy lo siguen haciendo. Cada vez que leo su nombre en un proyecto, sé que, me guste más o menos, no me lo puedo perder. Cada vez que escucho los acordes de la música creada por otro genio universal, y que siempre acompañan sus películas, quien está contemplándolas es un niño con gafas, asmático, miedoso y tímido que, de alguna manera, sueña con historias imposibles.

Feliz año.


sábado, 25 de diciembre de 2010

Cuéntame una historia, chico

Imaginen un mundo en el que no existieran las historias. O lo que es peor, imaginen un mundo en el que existieran, pero que no pudieses tener acceso a ellas. Nunca sabrías si Ulises llegó a su Ítaca añorada, o sucumbió al dulce canto de las sirenas. No tendrías conocimiento de si aquel tipo de la triste figura fue derrotado por ruedas de molino. Desconocerías el destino final de Long John Silver, ese pirata de pata de palo. No habría noticias de un monstruo milenario que cruzó océanos de tiempo para satisfacer su sed de sangre. Ni conocerías las aventuras de un genio, adicto a la cocaína y a tocar el violín para sobrellevar su existencia, mientras deduce por simple observación el más enrevesado de los misterios. No recorrerías el Misisipi en una balsa, huyendo de la incomprensión y la ignorancia. No lucharías contra una temible ballena blanca, ni sobrevivirías flotando sobre un ataúd en alta mar. No empuñarías una espada en compañía de otros tres para defender al rey de conspiraciones oscuras. Nunca visitarías el Perú buscando a un amigo secuestrado, en compañía de tu perro fiel y un borracho barbudo capaz de elevar a categoría de arte el insulto.

Hoy es la última entrada del año, no sabía muy bien que contar en ella. Dudaba si escribir sobre una ley de descargas de la que todos hablan, todos opinan, pero que nadie entiende, y que dicen es la garantía de futuro para los que intentamos contar historias; o dudaba si cerrar el año escribiendo sobre una crisis de la que no salimos nunca, en la que cada vez se hunde más gente, y que cada vez es más oscura; o escribir sobre un megalómano que se quiere mucho mirándose al espejo, del que todos hablan para no hablar de otras cosas, y que entrena al equipo de mi vida. Pero no se me da bien elucubrar sobre esas cosas, así que voy a contarles una historia, o mejor, recomendarles una para acabar el año.

Ayer, tras los fastos, cenas, sidras, vídeos de bodas pasadas y recuerdos de un año complejo, cuando ya todo el mundo se retiró, me puse un tazón de cola cao caliente con un chorro de coñac, como hago siempre, y decidí esperar al alba de la mejor manera que conozco: viendo una película. En concreto escogí una que había visto en su momento en el cine, que me perturbó, pero que curiosamente luego olvidé. Ayer decidí revisitarla, quizás porque tenía la sensación de que la película en el fondo me gustó mucho. Es un producto típico de la factoría de esos dos hermanos judíos con cara de estibadores de Baltimore que se apellidan Weinstein. Sus películas parecen pensadas para ganar oscars de Hollywood, y generalmente los suelen conseguir. Sus historias suelen tener un mensaje con claro trasfondo universal. Algunas son meros productos, pero algunas otras se han convertido en clásicos imperecederos. Ésta en concreto también acaparó premios y fue una de las que se llaman “películas del año”.

Premios aparte, que nunca debe ser motivo para movilizarse y ver algo, la película la dirige un tipo que nunca me produjo grandes sensaciones con sus dos películas anteriores. Primero aquella del niño bailarín, que la tengo casi olvidada, salvo la impresión de que al final de la historia quería reventarle una silla en la cabeza al niño de marras. Después hizo un tostón en el que di unas cuantas cabezadas sobre varias historias contadas en épocas distintas, pero en horas parecidas, donde destacaba la interpretación de un grande de nuestro tiempo como es Ed Harris. Ambas películas recibieron multitud de premios y su director, Stephen Daldry, en seguida fue reconocido como uno de los narradores a seguir. A mí, sin embargo, no me produjo nada especial, por lo que el visionado de su nueva obra, “El lector” (The reader), no me hacía esperar algo demasiado bueno.

Es una película basada en la novela escrita por un juez alemán llamado Bernhard Schlink en la que, entre otras cosas, narra los juicios a personas involucradas en los crímenes del Holocausto. Esa etapa de la Historia (de las muchas de ese tipo que ha habido y seguirá habiendo) en la que los lobos decidieron acabar con el ganado, mientras los pastores miraban hacia otro lado. El libro fue un éxito planetario, traducido a multitud de idiomas, y llevado finalmente al cine en inglés, como no podía ser menos.

No se puede contar mucho de ella porque sería desvelar mucho de ella. Sólo les digo que es una historia sobre la dignidad que todos tenemos y hasta donde te puede arrastrar el intentar mantenerla. Es una película que habla de la culpa en proporciones bíblicas, del descubrimiento de la carne, de la vergüenza en su grado más extremo, de la búsqueda del perdón. Creo que es una historia perturbadora, demoledora en algunos momentos, con una actriz en estado de gracia, una especie de Bardem con tetas que se deja el pellejo en cada papel. No les puedo contar más. Si la han visto ustedes, y opinan como yo, bienvenidos sean. Si la han visto, y les parece una mierda, ya saben eso de los gustos y los culos, así que allá ustedes. Y si no la han visto, no deberían tardar en hacerlo, para que, al terminar la proyección, comprendan mi introducción.

En todo caso, en estos tiempos oscuros, de futuros inciertos, donde se debate si una ley puede o no regular la cultura del futuro, donde las empresas cierran y echan a más gente a la calle, donde no valen los jóvenes ni los menos jóvenes para ningún trabajo, donde se contrata barato, donde nadie se queja y nadie se une, donde los políticos sólo miran el rédito electoral y no el bienestar general, donde los ricos son más ricos que nunca, donde se siguen leyendo noticas de muerte en fronteras de forajidos de leyenda, donde los don nadies siguen siendo anónimos en las necrológicas, donde suicidas criados en la miseria, convencidos en más allá lujuriosos, siguen llevando la muerta allá donde pueden, donde desvelar secretos es perseguido. En un panorama así, donde se podría vislumbrar en el horizonte a los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgando sonrientes, no está de más decir lo que esa revisora de tranvía, llena de dignidad y vergüenza, le dice a su amante adolescente: cuéntame una historia, chico.

Feliz Navidad.

domingo, 5 de diciembre de 2010

El actor

La primera vez que le vi en una pantalla hacía de novio chulo putas celoso de, en aquel momento, una prometedora y bella Ariadna Gil. Luego siguió su carrera en papeles muy ligados a personajes macarras, marginales, degenerados o yonkis. Quizás le daban esos papeles por su peculiar careto. Su timbre de voz en aquellos tiempos era espantoso y apenas se le entendía cada vez que soltaba un diálogo, pero su físico tenía cierto magnetismo y ante todo una presencia poderosa. Con los años fue corrigiendo sus problemas de dicción y empezabas a ver a un intérprete que te lo creías en todos los registros, y que intuías se entregaba hasta el desfondamiento para hacer auténticos a sus personajes. Años después, es uno de los actores más celebrados del planeta. También es de los más odiados, en especial por estos lares, pero por motivos que tienen que ver con su constante posicionamiento en cuestiones políticas.

El caso es que ayer fui testigo de lo que, desde mi punto de vista, es una los mejores esfuerzos interpretativos que he visto en los últimos tiempos (obviamente hay otros muchos que también me han impresionado, se me ocurre ahora el Daniel Day-Lewis de Pozos de ambición). Así que, en un día histórico como el de hoy, en el que los tipos de camuflaje y botas con refuerzos han tenido que salir para mandar a currar a unos señores con sueldos de ejecutivo, quería hablar de otra peculiar profesión, no tan vital como la de controlador, pero que tiene su aquél ya que también se encuentra en el escaparate de la crítica: estoy hablando de los cómicos, esos a los que a veces se les conoce como titiriteros (cuando se les quiere insultar), a veces como faranduleros (cuando se les quiere trivializar), pero especialmente conocidos como actores (cuando sencillamente se les debe definir por hacer su trabajo).

Todo esto lo hago después de ver la desgarrada y emotiva interpretación de Javier Bardem en la última tragedia del siempre irregular, pero poderoso visualmente, Alejandro González Iñárritu, ese director intenso que trata de mostrarnos la vida en su lado más crudo, pero que siempre olvida que sí, que la vida es así, pero que incluso en esas situaciones debería haber algo de humor, aunque sea negro, porque tanta intensidad casi te obliga a pensar que mejor nos tiramos todos por un puente. Supongo que su pose de artista profundo le impide hacerlo, o quizás simplemente no sabe poner una nota de humor a ningún tema, salvo aquel mendigo existencialista que se reía con peculiar ironía de aquellos dos pijos que se querían matar entre sí en “Amores perros”, aunque aquello lo escribió Guillermo Arriaga.

Los actores son una especie singular. Gente cuyo oficio no es imprescindible, pero cuya labor merodea durante nuestra existencia, nos guste o no. Es un oficio tan antiguo como el otro oficio más antiguo del mundo. De hecho, algo tienen en común: ambos se desnudan a su manera... y lo hacen por dinero. Es muy complejo mostrar ciertos sentimientos ante miles o millones de personas. Hay que tener un cuajo importante para hacerlo, ya sea llorando, riendo, follando o matando. Al mismo tiempo, es uno de los trabajos más privilegiados del mundo. Eso de un día ser un tipo con sombrero y látigo que huye delante de una bola gigantesca, otro día un tipo duro que lleva un bar allá en África, y al siguiente un tipo que recorre la Galaxia con una espada láser, son los deseos que tendría cualquier mortal que desea huir de su anodina realidad.

Durante años he compartido trabajo con ellos cuando trabajaba en series de ficción en la tele, pero apenas tenía relación o contacto, es lo que tiene llevar exteriores, o hacer la producción por delante del resto del equipo. Obviamente, ahora que ya he dirigido unas cuantas cosas, aunque sean pequeñas, y que es el objetivo que me he marcado en la vida (además de inventar historias sobre el papel, obviamente), he descubierto de cerca el apasionante proceso de trabajo que significa recrear a otras personas, a otros oficios, a otras vidas. Hacerlo real, creíble, como si la cámara sólo fuese un testigo anónimo que observa de manera indiscreta los vericuetos de la vida de unos personajes que tienen la responsabilidad de dar la cara por una historia, por infinitas historias. Cuando lo que ves en la pantalla desparrama verdad, entonces te da igual que el tipo que está ahí pegando tiros, soltando un monólogo o mascando su soledad ante un espejo, al terminar el último plano de la jornada se pire a su casa como cualquier otro hijo de vecino; cuando lo que ves te hace olvidar durante dos horas que el tipo que pone cara a una persona irreal se llama fulanito, es actor, encima es famoso, y puede que hasta te caiga mal; cuando todo eso pasa, y pasa bastantes veces, sencillamente no hay sinfonía, ni libro, ni oda que lo supere. Cuando una mirada en primer plano muestra desgarro, alegría, furia, dolor, tristeza, sólo te preguntas cómo lo pueden hacer, cómo pueden elevar a categoría de arte algo que se hace con la única herramienta que poseen: su propio cuerpo.

Por supuesto que hay actores pésimos, y por supuesto que se endiosan (quién no lo haría si todos los días te ven millones de personas). Por supuesto que tratar con algunos de ellos a veces es complejo, por no decir que insufrible. Algunos abren la boca y sólo saben decir chorradas, o cosas obvias. Algunos son capaces de ir por la vida como si les hubieran metido un palo por el culo, convirtiéndoles en unos gilipollas integrales. Todo eso es así, y pasa a menudo. Pero incluso cuando todo esto pasa, pero el resultado de su trabajo es creíble, lo compensa todo. Claro que también son muchos los que respetan su trabajo al máximo, que lo ven como lo que debe ser: un oficio difícil, complejo, inseguro, temerario y trascedente al tiempo. Su vida consiste en hacer felices a los demás, y lo hacen frente a todos y frente a todo, sin la ayuda de nadie.

Ayer fui testigo de un momento así. Generalmente me da igual que el actor sea del método, que se lleve el personaje a su casa, que sufra todo el proceso, o que simplemente use tres o cuatro artificios para hacer su trabajo. Si el espectador (porque yo sigo siendo ante todo un espectador) cree todo lo que ve, se convence de que esa persona de la pantalla es real como la vida misma. Es entonces cuando se produce un fenómeno único, un fenómeno en el que el tipo sentado en la butaca le da la mano al tipo que se proyecta a través de un halo de luz,y le susurra al oído: “te sigo hasta el infierno si es necesario, ya seas un asesino legendario, un oficinista trepa solitario, o un ex-asesino de niños y mujeres en el viejo Oeste. Te creo, me creo lo que haces, me creo lo que dices, y siento lo que tú sientes, y por ello te acompañaré hasta el final, sea éste el que sea”. Cuando eso pasa, cuando el personaje cobra absoluta realidad, se puede decir que no hay oficio más sublime en este mundo.

Ayer, al menos yo, le di la mano al desgarrado tipo al que le quedan dos telediarios y recorre una Barcelona oscura, violenta, cruel, creíble, pero curiosamente hermosa (al contrario que la postal-estafa que trataron de vendernos Roures y Allen), intentando atar los cabos de una vida que se le escapa entre los dedos de las manos como si fuera la arena de la Barceloneta. Ayer olvidé el nombre del actor al que unos odian por lo que dice tras una pancarta, o por la mujer (también actriz) con la que comparte su vida. Ayer vi a alguien real que sólo quería sobrevivir, el único motivo por el nos movemos en este mundo cruel. Ayer vi a un actor inmenso haciendo su trabajo.


sábado, 20 de noviembre de 2010

Oda a un don nadie

En esta vida sólo hay dos hechos que son ciertos y demostrables: todos nacemos solos y todos moriremos solos. Son dos verdades como dos templos. Nadie estará a tu lado cuando la Parca, esa revienta-fiestas legendaria, decida llamarte. Nadie te salvará en el último instante, ni tenderá su mano para que te agarres, ni te esperará al otro lado. La cosa no pinta demasiado bien, la verdad, pero dicen las malas lenguas que, al menos, queda el consuelo del camino que uno recorre entre la salida y la meta. Dicen esas malas lenguas que es lo interesante, lo que merece la pena, lo que compensa tan terrible y solitario final. Pero qué ocurre cuando ese camino inicialmente apasionante se convierte en un valle oscuro, inhóspito y cruel.

Hace ya unos días leí un reportaje que fue portada de un conocido periódico. Imagino que alguien que lea estas líneas le sonará la historia si lo leyó como hice yo. No sé la impresión que pudo causar a cada uno lo que allí se contaba. Supongo que le parecería terrible durante unos instantes, pero luego a otra cosa mariposa, que la vida son dos días. A mí me dejó durante un rato con la cabeza gacha, negando con ella, meditando si realmente esto merece la pena. Tras leer la noticia, me propuse que, al menos por mi parte, la cosa no iba a caer en el olvido. Que esta historia sería una más de este blog, que al menos aquí quedaría registrada, que yo no la olvidaría y que me acompañará siempre.

Se llamaba Ramiro Álvarez. No deja de ser un nombre más, vulgar, corriente y moliente. En principio podría ser la historia de cualquiera de ustedes, de un hombre normal con una vida rutinaria, con sus sueños, sus desventuras, sus anhelos, sus recuerdos, sus amores, sus desamores, sus amistades, sus desencuentros, sus tristezas, sus alegrías, sus nostalgias, sus secretos, sus verdades, sus mentiras. Debería ser la vida de uno más de nosotros, de un común y vulgar ser humano lleno de virtudes, defectos e imperfecciones. Debería serlo y así lo fue hasta que, con cuarenta años, el destino, el azar, o el tramposo que organiza todo esto, decidieron que su vida sufriría un giro de 360 grados.

A principios de los años noventa, cuando el rey ladrillo abrió el mercado de la mascarada y todos acudieron a comprar como si la vida les fuera en ello, Ramiro sufrió el primer revés del que nunca se recuperó. El cruel azar hizo que su mujer le abandonase fruto de un ataque al corazón, siendo joven y madre de dos hijos. Como las desgracias nunca vienen solas, al año siguiente cerró la fábrica de piezas de coche donde trabajaba. Con la peligrosa edad de cuarenta años, la vida se tornó en azul oscuro tirando a muy negro para Ramiro. Consumido el dinero de la indemnización, sin un trabajo que le sacase del agujero, sin un porvenir, tomó la senda que sólo toman unos pocos, esos a los que la sociedad no considera y que pueblan las esquinas, los cajeros, los bancos, las alcantarillas. Da igual que quien les mire sea más facha que el bigote de Millán Astray o más rojo que las gafas de Carrillo. Ninguno de ellos se atreverá a mirar de frente a un tipo tirado en la calle. Si alguien toma esa senda se convierte en el último peldaño de la escala alimenticia, se convierte de la mañana a la noche en un desaparecido en vida, en un hombre invisible que rebota con las paredes, en un don nadie.

A pesar de todo, algunos de ellos, en ese camino hacia el cementerio de elefantes viejos e inútiles se llevan consigo lo único que un hombre tiene al nacer, que a veces se fomenta, que se promueve en ocasiones, y que no suele usarse muy a menudo. Es el único bien no material que uno esculpe a lo largo de la vida y que te acompañará a la tumba. Se llama dignidad. Imagino que muchos no estarán de acuerdo. Dirán que no es cierto, que tomar esa senda es el camino fácil, que hay que luchar hasta el final, que la vida no regala nada, que hay que enfrentarse a ella, que hay dejarse la piel, aunque sea por lo hijos. Probablemente tengan razón. Pero a veces las cosas no son tan fáciles. Las puertas se cierran, el teléfono deja de sonar, la gente te olvida en una vida que va demasiado deprisa.

Ramiro pensó que tomaría ese camino, esa senda, que sería un invisible más, pero antes decidió que su dignidad le impedía arrastrar a sus hijos con él, que no pagarían sus errores, o al menos que tendrían una oportunidad. Los dejó en buenas manos y luego desapareció. Nunca pidió nada, nunca se quejó, nunca reclamó una ayuda. Es cierto que se la ofrecieron, pero él no quiso aceptarla, salvo la de su anciana madre que le ayudaba con dinerillo suelto, como si fuera un niño, para que pudiera comprar tabaco. Incluso cuando ésta murió, no acudió al entierro por miedo a lo que le dijeran, a que se apiadaran de él. Vivió su dolor en solitario, en algún descampado, en algún puente lejano. Se convirtió en una sombra más de las que se aferra a un tetra brik con el que pasar los días, un anónimo que esquivamos con nuestra mejor cintura cada mañana al ir al trabajo, al que no queremos mirar a los ojos, quizás por miedo a vernos en un espejo con un reflejo demasiado oscuro, a darnos cuenta de que más dura será la caída y que nos puede pasar a cualquiera.

Su hijo, Luis Ramírez, delineante que se acerca a la treintena, un día de hace semanas tuvo la curiosidad de teclear el nombre de su padre en un buscador de internet. Llevaba mucho tiempo sin saber de él y quién sabe lo que la Red de redes te puede ofrecer. Y lo que obtuvo fue la certeza de que su padre había muerto de un infarto en la calle, meses atrás, con sesenta años. Murió solo, como había vivido los últimos veinte años. Nadie fue a su entierro. El caso salió a la luz hace poco y fue una de las noticias del día. Las autoridades tiraron balones fuera. Nadie sabe qué pasó. Nadie sabe quién no quiso, u olvidó, preguntarse si ese tipo que murió en la calle podría ser conocido de alguien, o si tenía algún ser querido que le añorase. Es lo que tiene ser una sombra: como tal vives, como tal mueres.

No será la primera vez que algo así suceda y seguramente no será la última. Imagino que es más habitual de lo que pensamos. Nadie puede reprochar nada al hijo, ni a la familia, que intentaron ayudar a un hombre que había tomado una decisión dura y difícil: convertirse en uno más de los muchos don nadies que cada vez con más frecuencia deambulan a nuestro alrededor sin que apenas nos demos cuenta.

Nadie sabe el destino que nos espera. La zancadilla que te puede poner. Nadie sabe nada, que decía el sabio. El caso es que yo no puedo dejar de pensar en ello. Lo pienso cuando camino por la calle y veo a esos ancianos encorvados e imposibilitados, olvidados de sus familias, acompañados por desconocidos de tierras lejanas que, también convertidos en don nadies, huyeron de su mísero presente para sobrevivir en un mundo que no es mejor que el suyo; lo pienso cuando veo al harapiento barbudo que me encuentro cada día a la salida del metro y me mira con su cara de iluminado, esbozando una sonrisa del niño que alguna vez fue, como si conociera un secreto que yo desconozco; lo pienso cuando veo a todos los desesperados que se pasean por los vagones del metro, soltando un discurso con el que subes el volumen de tu pequeño aparato de música; lo pienso cuando veo la foto de un periódico donde un tipo importante del FMI pasa junto a un desarrapado que desde su esquina alza una lata para pedir una moneda, una imagen que es una incómoda metáfora del mundo actual.

La vida es una broma demasiado pesada. No nos dejan ver el prospecto antes de participar en ella. Es un hilo muy delgado en el que hay hacer equilibrio para no caer al vacío. Ni siquiera don nadie se escribe con mayúscula. Así que hoy, en un día oscuro, frío, denso, triste, quiero recordar a alguien que se llamó Ramiro Álvarez, que una vez tuvo un trabajo que perdió, una mujer a la que amó, dos hijos a los que abrazó, unos sueños que anheló, unos momentos que disfrutó, unos amigos con los que rió y una familia que no le olvidó. De don nadie a don nadie.



(Su disco Funeral es un monumento y esta canción iba con el trailer de ese oscuro y magistral cuento llamado "Where the wild things are". Creo que es lo más adecuado para acompañar la triste historia de hoy. Siempre nos queda el consuelo de pensar que, alguna vez..., fuimos niños).