miércoles, 16 de marzo de 2011

El viento y el odio

Dicen que las palabras se las lleva el viento, aunque lo escrito permanece, es eterno. También los amores vuelan de nuestra memoria, al igual que los buenos momentos, las promesas hechas, las sonrisas que soltamos, los amigos que tuvimos, los recuerdos perdidos. Es un viento sin piedad que se lleva todo lo bueno que el ser humano trajo consigo cuando un buen día decidió ponerse a caminar, y luego reflexionar que caminaba. Transcurrieron décadas y siglos, pasaron generaciones y civilizaciones, cayeron diluvios universales, temblaron las entrañas de la tierra, los mares arrasaron con todo y los vientos se llevaron lo que encontraron a su paso. Sin embargo, hay algo que subsiste, que nunca desaparece, que nada se lo lleva, que ha decido quedarse hasta el final. Ese algo nació de la mano del ser humano, le acompaña siempre, es parte de él, de su existencia. Es fácil reconocerlo porque, a su paso, apenas queda nada. Tiene muchos nombres, pero sólo una sensación cuando aparece. Es una sentimiento que todos reconocemos, que todos tenemos, aunque lo neguemos. Es el odio que permanece siempre con nosotros.

Así comienza el primer plano de una película desgarradora: con la imagen del viento agitando una enorme palmera, en un paisaje bello y sosegado. La cámara se desliza hacia un interior, atravesando una ventana, mientras seguimos observando el movimiento de las ramas mecidas por el aire. Entonces empezamos a escuchar los acordes de “You and whose army?” de Radiohead. La cámara, poco a poco, en un movimiento que parece ir acorde al ritmo de la música, se adentra en una sala donde unos hombres, con botas militares y kalashnikov colgando de sus hombros, escoltan a un grupo de chavales. Hombres y niños tienen rasgos árabes. Los niños hablan entre sí con cierta tranquilidad. Los hombres fuman y observan. En medio de la estancia, uno de los milicianos, de aspecto rudo y tosco, afeita impunemente la cabeza de uno de los niños, mientras los demás esperan su turno. El objetivo de la cámara ahora se acerca lentamente al rostro del crío, a unos ojos que miran de frente, sin apenas parpadear, severos, inquietantes, cargados de odio.

Incendies” es una película basada en un libreto teatral escrito por Wajdi Mouawad, autor canadiense de origen libanés, que causó honda impresión en el director Denis Villeneuve, también procedente del país de la hoja de arce. Tras ver la obra, este hombre que no es árabe, que nunca ha estado en una guerra, que no ha sufrido las consecuencias de la violencia en sus carnes, se propuso a sí mismo, como cineasta, y quizás también como ser humano, que algún día mostraría en primer plano hasta donde puede conducir la espiral del odio. Da igual que el paisaje sea de un país de Oriente Próximo al que nunca cita (aunque todos intuimos que es el Líbano de los años setenta); podría estar mostrando la Yugoslavia de los noventa, la España de los años treinta, la Irlanda de los ochenta, o el Afganistán actual. El paisaje es lo de menos, de lo que se habla es del abono para la ira visceral, la justificación para que cualquier afrenta conduzca a una represalia que será, a su vez, otra afrenta para el del enfrente que, a su vez, dará contestación debida, y así en una espiral imparable.

Dos hermanos mellizos reciben un encargo terrible de parte de su madre muerta. Es un mandado hecho por una mujer que, al final de sus días, todavía refleja en sus ojos las distintas caras del horror. El encargo es buscar a un hermano y a un padre perdidos en un país lejano. Si cumplen con esta última voluntad, evitarán que sea enterrada boca abajo, de espaldas al mundo, sin una lápida que identifique su nombre. Todo ello como una forma voluntaria de expiar sus pecados, hasta que sus hijos la rediman. Y éste es el comienzo de un viaje en el tiempo a un país al que la violencia, la guerra y la ira rompieron en mil pedazos. A un lugar que podría ser cualquiera en el que una vergüenza familiar se convierte en una afrenta de sangre. Y una afrenta de sangre en el abandono maternal que, con los años, y el azaroso destino como juez burlón, convertirá al inocente en verdugo despiadado.

No es una película fácil, no sales con una sonrisa, sino más bien arrastrando los pies, pensando en ella. No hay blancos ni negros, sino una terrible gama de grises. El final es una hostia en la cara bien fuerte, así, con todas las palabras. Te agita la conciencia, te remueve las entrañas, te deja en el asiento, te hace mirar al abismo. Es una historia de imágenes poderosas, magnéticas y violentas. Es una película de tiempos contenidos y elipsis prodigiosas, con los mejores flashbacks desde los tiempos de aquel otro magistral retrato del paisaje de la guerra llamado “El paciente inglés”.

Y a lo largo de esta historia que, curiosamente, habla de incendios y humos negros, lo que tiene una presencia constante es el viento, el sonido del aire que no consigue llevarse ese mal que azota al ser humano desde tiempos inmemoriales, aquellos en los que siendo un simple mono disputó una charca a otro mono. Y todo aquello trajo como consecuencia la primera afrenta de muchas. Y desde entonces ya tuvimos la certeza de que el odio permanecerá... siempre.


1 comentario:

Joaquín dijo...

Incendies es una gran pelicula y una de las mejores tragedias (en el sentido estricto del término) que he visto recientemente...