domingo, 5 de diciembre de 2010

El actor

La primera vez que le vi en una pantalla hacía de novio chulo putas celoso de, en aquel momento, una prometedora y bella Ariadna Gil. Luego siguió su carrera en papeles muy ligados a personajes macarras, marginales, degenerados o yonkis. Quizás le daban esos papeles por su peculiar careto. Su timbre de voz en aquellos tiempos era espantoso y apenas se le entendía cada vez que soltaba un diálogo, pero su físico tenía cierto magnetismo y ante todo una presencia poderosa. Con los años fue corrigiendo sus problemas de dicción y empezabas a ver a un intérprete que te lo creías en todos los registros, y que intuías se entregaba hasta el desfondamiento para hacer auténticos a sus personajes. Años después, es uno de los actores más celebrados del planeta. También es de los más odiados, en especial por estos lares, pero por motivos que tienen que ver con su constante posicionamiento en cuestiones políticas.

El caso es que ayer fui testigo de lo que, desde mi punto de vista, es una los mejores esfuerzos interpretativos que he visto en los últimos tiempos (obviamente hay otros muchos que también me han impresionado, se me ocurre ahora el Daniel Day-Lewis de Pozos de ambición). Así que, en un día histórico como el de hoy, en el que los tipos de camuflaje y botas con refuerzos han tenido que salir para mandar a currar a unos señores con sueldos de ejecutivo, quería hablar de otra peculiar profesión, no tan vital como la de controlador, pero que tiene su aquél ya que también se encuentra en el escaparate de la crítica: estoy hablando de los cómicos, esos a los que a veces se les conoce como titiriteros (cuando se les quiere insultar), a veces como faranduleros (cuando se les quiere trivializar), pero especialmente conocidos como actores (cuando sencillamente se les debe definir por hacer su trabajo).

Todo esto lo hago después de ver la desgarrada y emotiva interpretación de Javier Bardem en la última tragedia del siempre irregular, pero poderoso visualmente, Alejandro González Iñárritu, ese director intenso que trata de mostrarnos la vida en su lado más crudo, pero que siempre olvida que sí, que la vida es así, pero que incluso en esas situaciones debería haber algo de humor, aunque sea negro, porque tanta intensidad casi te obliga a pensar que mejor nos tiramos todos por un puente. Supongo que su pose de artista profundo le impide hacerlo, o quizás simplemente no sabe poner una nota de humor a ningún tema, salvo aquel mendigo existencialista que se reía con peculiar ironía de aquellos dos pijos que se querían matar entre sí en “Amores perros”, aunque aquello lo escribió Guillermo Arriaga.

Los actores son una especie singular. Gente cuyo oficio no es imprescindible, pero cuya labor merodea durante nuestra existencia, nos guste o no. Es un oficio tan antiguo como el otro oficio más antiguo del mundo. De hecho, algo tienen en común: ambos se desnudan a su manera... y lo hacen por dinero. Es muy complejo mostrar ciertos sentimientos ante miles o millones de personas. Hay que tener un cuajo importante para hacerlo, ya sea llorando, riendo, follando o matando. Al mismo tiempo, es uno de los trabajos más privilegiados del mundo. Eso de un día ser un tipo con sombrero y látigo que huye delante de una bola gigantesca, otro día un tipo duro que lleva un bar allá en África, y al siguiente un tipo que recorre la Galaxia con una espada láser, son los deseos que tendría cualquier mortal que desea huir de su anodina realidad.

Durante años he compartido trabajo con ellos cuando trabajaba en series de ficción en la tele, pero apenas tenía relación o contacto, es lo que tiene llevar exteriores, o hacer la producción por delante del resto del equipo. Obviamente, ahora que ya he dirigido unas cuantas cosas, aunque sean pequeñas, y que es el objetivo que me he marcado en la vida (además de inventar historias sobre el papel, obviamente), he descubierto de cerca el apasionante proceso de trabajo que significa recrear a otras personas, a otros oficios, a otras vidas. Hacerlo real, creíble, como si la cámara sólo fuese un testigo anónimo que observa de manera indiscreta los vericuetos de la vida de unos personajes que tienen la responsabilidad de dar la cara por una historia, por infinitas historias. Cuando lo que ves en la pantalla desparrama verdad, entonces te da igual que el tipo que está ahí pegando tiros, soltando un monólogo o mascando su soledad ante un espejo, al terminar el último plano de la jornada se pire a su casa como cualquier otro hijo de vecino; cuando lo que ves te hace olvidar durante dos horas que el tipo que pone cara a una persona irreal se llama fulanito, es actor, encima es famoso, y puede que hasta te caiga mal; cuando todo eso pasa, y pasa bastantes veces, sencillamente no hay sinfonía, ni libro, ni oda que lo supere. Cuando una mirada en primer plano muestra desgarro, alegría, furia, dolor, tristeza, sólo te preguntas cómo lo pueden hacer, cómo pueden elevar a categoría de arte algo que se hace con la única herramienta que poseen: su propio cuerpo.

Por supuesto que hay actores pésimos, y por supuesto que se endiosan (quién no lo haría si todos los días te ven millones de personas). Por supuesto que tratar con algunos de ellos a veces es complejo, por no decir que insufrible. Algunos abren la boca y sólo saben decir chorradas, o cosas obvias. Algunos son capaces de ir por la vida como si les hubieran metido un palo por el culo, convirtiéndoles en unos gilipollas integrales. Todo eso es así, y pasa a menudo. Pero incluso cuando todo esto pasa, pero el resultado de su trabajo es creíble, lo compensa todo. Claro que también son muchos los que respetan su trabajo al máximo, que lo ven como lo que debe ser: un oficio difícil, complejo, inseguro, temerario y trascedente al tiempo. Su vida consiste en hacer felices a los demás, y lo hacen frente a todos y frente a todo, sin la ayuda de nadie.

Ayer fui testigo de un momento así. Generalmente me da igual que el actor sea del método, que se lleve el personaje a su casa, que sufra todo el proceso, o que simplemente use tres o cuatro artificios para hacer su trabajo. Si el espectador (porque yo sigo siendo ante todo un espectador) cree todo lo que ve, se convence de que esa persona de la pantalla es real como la vida misma. Es entonces cuando se produce un fenómeno único, un fenómeno en el que el tipo sentado en la butaca le da la mano al tipo que se proyecta a través de un halo de luz,y le susurra al oído: “te sigo hasta el infierno si es necesario, ya seas un asesino legendario, un oficinista trepa solitario, o un ex-asesino de niños y mujeres en el viejo Oeste. Te creo, me creo lo que haces, me creo lo que dices, y siento lo que tú sientes, y por ello te acompañaré hasta el final, sea éste el que sea”. Cuando eso pasa, cuando el personaje cobra absoluta realidad, se puede decir que no hay oficio más sublime en este mundo.

Ayer, al menos yo, le di la mano al desgarrado tipo al que le quedan dos telediarios y recorre una Barcelona oscura, violenta, cruel, creíble, pero curiosamente hermosa (al contrario que la postal-estafa que trataron de vendernos Roures y Allen), intentando atar los cabos de una vida que se le escapa entre los dedos de las manos como si fuera la arena de la Barceloneta. Ayer olvidé el nombre del actor al que unos odian por lo que dice tras una pancarta, o por la mujer (también actriz) con la que comparte su vida. Ayer vi a alguien real que sólo quería sobrevivir, el único motivo por el nos movemos en este mundo cruel. Ayer vi a un actor inmenso haciendo su trabajo.


3 comentarios:

Cayetana Altovoltaje dijo...

Me la apunto y aprovecho para recomendarle otra gran interpretación, si no la conoce ya: Bryan Cranston en la serie Breaking Bad. De lo mejorcito que se puede ver en la pantalla chica.

Joaquín dijo...

Hombre, a mi Bardem me parece un pedazo de actor y me da igual su activismo politico o a quien se tire para valorarle como tal. Eso si, a mi biutiful no me gustó nada y él me agotó, aunque yo todo ello se lo achaco a "Sufro Bucho" Iñarritu...

Anónimo dijo...

Caracoles!!