miércoles, 16 de septiembre de 2009

El mundo se desploma

Es el fin. Se veía venir. Ya nada tiene remedio. No merece la pena continuar. Se acabó. La crisis económica, la gripe A, el deshielo de los Polos. Todas eran señales demasiado evidentes. Los melones hormonados prefieren liarse a palos por un puto botellón antes que por una formación digna; la audiencia televisiva prefiere a una rubia recauchutada que se tiró a un torero antes que a “Lost”. Ya lo predijeron Nostradamus, San Malaquías y la Biblia. Esto se acaba. E finito. Bye bye. Fue bonito mientras duró. Unos dicen que será el 21 de diciembre del 2012, según predijeron los mayas y su apocalíptico calendario. Otros (más racionales) dicen que el 22 de diciembre el calendario maya se reiniciará (o sea se pondrá a cero), y lo único que pasará es que la calle Preciados estará hasta arriba de masas comprantes, como siempre por otra parte.

No soy profeta, pero ya les digo que sé cuándo va a acabar todo esto. No ha sido una iluminación, ni un exceso etílico, ni un viaje psicotrópico. No se me ha aparecido la Virgen, Michael Jackson o Elvis. Ya se lo puedo adelantar a todos ustedes: el mundo (como lo conocemos hasta ahora) se terminó esta tarde. Y no ha sido por obra de un meteorito, un maremoto o Bin Laden y su barba. El detonante fue la llegada del euro, le siguió la muerte de Copito de Nieve, y la catarsis vino de la mano de Esperanza y su tarareo del himno. Tras estos acontecimientos todo se ha precipitado. El Valle de Josafat ya está cerca. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis han puesto a abrevar a sus monturas. Prepárense para “El Juicio Final”. This is the end, my friend. Purguen sus penas, agoten sus vicios, despídanse de los suyos.

Hoy, señores, dieciséis de septiembre del año 2009 de Nuestro Señor, he bajado a la panadería y el corazón se me ha detenido, la sangre helado, los sudores aflorados. Hoy, en esta fecha marcada en rojo para siempre, la panadera me ha comunicado lo que nunca quise escuchar. Señores, señoras, niños y niñas: los cuernos con chocolate, a partir de ahora, vendrán siempre empaquetados en un puto plástico. El mundo se desploma.



(Les pongo el trailer de la próxima película del ínclito Roland Emeric. Este señor alemán que hace cine en Jolywood ya se ha cargado el mundo varias veces. Pero no me digan que no tiene gracia ver al portaviones John F. Kennedy caer sobre la Casa Blanca... Tiene unos puntos este señor)

viernes, 4 de septiembre de 2009

El orgullo ante todo

Es curioso esto de la asociación de ideas. Una vez leí una cita de un tal Thomas Wolfe (un novelista norteamericano de principios del siglo pasado) en la que decía que el escritor se gana la vida con los recovecos de su propia vida. Me encantó la frase, la verdad, y la usé con algo de éxito en las clases que una vez di en cierta universidad de pago de la que, tiempo después, me invitaron (muy amablemente, eso sí) a marchar por mis diferencias con el rectorado sobre la forma de evaluar el trabajo del alumno durante el año académico (Dicho en castellano antiguo, se podría decir que me dieron una patada en mis cuartos traseros por ciscarme en los antepasados de mi engominado jefe de departamento, tras escucharle sus cordiales consejos sobre el número de exámenes que debía hacer para allanar de la manera más razonable el camino del alumno, o mejor del padre del alumno).

El caso es que mi estupidez me llevó a la calle, pero la cita del tal Wolfe me valió para argumentar el hecho de que no creamos de la nada. Sinceramente no soy de la opinión de que unas musas tetonas nos cantan la inspiración al oído. En mi caso las prefiero para otros menesteres. Y tampoco soy de los que piensa que las drogas psicodélicas (ojo, muchos opinan lo contrario) nos abren una compuerta para la creatividad. En mi caso, cuando las he usado, siempre me han abierto las puertas de un pedo descomunal. Humildemente creo que asociamos ideas de una manera peculiarmente consciente (es decir, tras ejercitar las neuronas a toda máquina, o sea currando) que nos conducen a la luz que, a veces, se convierte en un obra, ya sea ésta buena o mala. Este hecho tan obvio y absurdo me sirvió el otro día para conducirme por esa autopista neuronal que lleva hasta esa inspiradora luz, pero que en esta ocasión no era para parir una obra propia (algo para lo necesito días y días de asociaciones de ideas), sino para llegar hasta la de otro asociacionista de ideas que, una vez, tuvo una muy grande.

Cuento todo este rollo introductorio porque el otro día, hojeando por encima la revista semanal de un periódico que loa a ese rey nuestro tan campechano, llegué al artículo de la otrora joven promesa de la literatura española, y hoy actual opinador de gesto altivo-viejuno (sin apenas los cuarenta cumplidos), que siempre anda quejumbroso con toda la actualidad que nos rodea. El caso es que leí algo en el artículo del defensor de “los españolitos medios” que me llamó la atención, y ya es raro, porque hace tiempo que le evito nada más ver sus gafotas de notario de los setenta (en su tiempo, cuando escribía, tenía algunos momentos brillantes). El asunto del artículo en cuestión iba sobre Cervantes y, por resumir, hablaba de la ignorancia del escritor ante lo que iba a significar su inmortal obra para la literatura de siempre.

Imagino que, por asociación de ideas, ustedes pensarán que voy a hablar de El Quijote y la historia de tan triste caballero andante. Aunque el tema del título de mi historia es algo que también define a tan universal personaje manchego, pero debo confesar que nunca me he acercado de manera completa a la inmortal obra del manco excombatiente de Lepanto, algo por lo que hago mea culpa y que espero subsanar algún día. El caso es que mis enfermas neuronas asociaron ideas de manera muy sorprendente (o no, en mi caso) ya que me condujeron a lo de siempre, o sea el cine. Fue el nombre del Quijote lo que me llevó hasta una película de los noventa basada en la obra de un francés llamado Edmond Rostand, aquélla en la que narró a su manera las aventuras de un arrogante libre-pensador, poeta, dramaturgo y espadachín inolvidable. Hablo, no podía ser menos, que de Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac

Por esa absurda concatenación químico-neuronal busqué entre mi vieja filmoteca la historia de aquel perdedor narigudo, que hoy en día podría ser etiquetado claramente como un pagafantas con sable, y no piensen mal, que les veo. Llevaba años sin asomar mi nariz por aquella fílmica obra en verso que tanto me hizo disfrutar. La verdad es soy poco poético y se me da fatal la rima y los pareados, aunque hay tres películas de este estilo que me hicieron disfrutar por aquellos años. Una era la ya mentada del espadachín pegado a una nariz. Las otras fueron “Much ado about nothing”, la enésima adaptación shakesperiana del generalmente brillante Kenneth Branagh; y una sorpresa española con la que reconozco di algunas cabezadas (El perro del hortelano de Pilar Miró), pero de la que salí deslumbrado por el trabajo de un inmenso actor que, curiosamente, como inmenso que es, apenas hace cine por estos lares. Sí, señores, era el tercero en discordia de “Martes y trece”, ése que se fue.

Volviendo a Cyrano descubrí que me seguía emocionando y divirtiendo en las mismas partes que me emocionaron y divirtieron en los Renoir de Madrid, allá por los noventa. Sin duda son claras señas de clasicismo. Si a eso le unimos que las más de dos horas en verso consiguen entretener como si fuera una peli de Pixar, no hay duda pues que estamos ante una obra de culto, por lo menos para mí. Es, además, la película de Jean-Paul Rappeneau un extraño ejemplo de perfecta traducción y doblaje, siendo yo un ignorante de la lengua de Moliere. Por supuesto, hay que verla en francés con subtítulos para escuchar la increíble voz original, además de la forma de escupir versos, del inmenso Gérard Depardieu. Pero sobre todo es una película muy grande porque en ella refleja a los perdedores que en esto de los amores hay en todas partes, es decir, casi todos nosotros, por no decir todos. El desamor es casi una ley de vida más, quizás es la salsa de todo esto, aunque algunos comen más que otros. Pero tal sentimiento ha sido, es y será siempre la guía principal de la ficción (y la música) universal de todos los tiempos.

Hay momentos imperecederos en la película como el gran duelo del principio (“y al finalizar… te hiero”), donde al principio Cyrano se muestra excesivamente altivo y arrogante, pero una vez descubrimos sus postreras penurias amorosas, nos unimos e identificamos con él a lo largo de toda la aventura. Hay momentos de sainete (la boda), momentos épicos (el duelo contra los cien espadachines a sueldo) y momentos de un realismo sorprendente (el asedio de Arras, o sea lo que nunca pudo ser Alatriste). Pero sin duda, hay una escena que a mí se me quedó grabada por siempre: el oscuro final entre los árboles, el último aliento de Cyrano, los mandobles de espada al aire de un moribundo que cree ver a los fantasmas de sus verdaderos enemigos: “la mentira, la cobardía y los compromisos”. Por eso hay algo más que una historia de amor en Cyrano, es una historia que muestra la lucha contra los convencionalismos, los seguidismos, lo rutinario, lo facilón, el miedo a moverse o decir lo que se piensa. Tenía que ser la historia de un perdedor, de un tipo que se lleva consigo lo único digno de lo que podía presumir: su orgullo.






(Por una vez, pongo la versión doblada y original, para que disfruten los versos, para que disfruten la interpretación de Depardieu)

martes, 25 de agosto de 2009

La factoría

El crítico, pálido y sepulcral, espera impaciente sentado a la mesa. Ya tarda el plato que le servirá para derrumbar el trabajo del chef. Por fin le llega la comida a la mesa. Es una receta antigua, un plato campestre que nadie en su sano juicio serviría al crítico gastronómico más implacable. Coge el tenedor, mira escéptico la combinación vegetariana, toma nota en su pequeño bloc y se lo lleva a la boca. Mastica una vez, dos y entonces... Sus pupilas se dilatan y vemos que el feroz y gélido crítico se transforma en un niño que llega a casa sorbiendo los mocos. Su madre termina de preparar la comida en la cocina. Le sirve el plato al crío y luego acaricia su rostro. El niño pincha el tenedor en su cuenco de Ratatoille y empieza a disfrutar de ella. Volvemos al crítico adulto que tiene la mirada perdida, con gesto atónito, tras recordar ese momento de su vida. No mueve un músculo salvo los dedos de su mano por los que resbala el bolígrafo que cae y rebota en el suelo. Ya no parece un cadáver viviente temido en todos los restaurantes de Francia. Ya no es ese hombre egocéntrico y vanidoso que hace temblar a los mejores chefs. Ahora vuelve a ser un niño, el niño que una vez fue, el niño que olvidó todo, hasta que dio un bocado a Ratatoille.

Éste es uno de los momentos más emocionantes y vibrantes que he vivido en una sala de cine en los últimos años. Es básicamente una secuencia brutal, la obra de un genio, algo parecido a lo que acaba de comer el crítico Antón Ego. Y no es una historia de Eastwood, Spielberg, Kubrick, Ford, Hitchcock, Wilder o Lean. No es un momento de una película de estos señores tan grandes a los que tanto admiro. Es la película de una factoría. Es una película además de dibujos animados en 3-D. Es una más de un puñado de obras maestras de un estudio de animación que empezó a funcionar hace más de una década de la mano de un visionario llamado John Lasseter.

Ya hace tiempo que quería escribir sobre esta agrupación de gente. Ya hace días que quería escribir algo con motivo del estreno “Up”, pero son muchos los que ya han hablado de esta película, el último eslabón a un tipo de cine que nos está cambiando la vida cada verano y que ya rozó la perfección en su anterior película “Wall-E”. Parece como si Buster Keaton y John Ford hubieran vuelto a la vida pero en dibujos animados. La premisa principal de este grupo de gente es la que debería tener todo cineasta cuerdo: divertir y entretener. Gracias a ellos ha regresado la mejor comedia de antes, el slapstik (digamos que el gag cómico visual) de los tiempos de Keaton. Pero todo esto, además, aderezado de momentos de profunda emoción que hacen imposible evitar que se nos humedezcan los ojos en muchos instantes de sus películas. Ford, Capra o Spielberg se reconocerían en esa forma genial de manejar los sentimientos. Probablemente los primeros quince minutos de “Up” son los mejores momentos de cine del año, con permiso de Eastwood, claro. De hecho hay algo que une la odisea de este viejo qafotas animado con cara de Spencer Tracy (acompañado de un gordinflón boy-scout), con la aventura de aquel viejo gruñón (veterano de Corea que duerme junto a su viejo fusil) que salva de una forma que nadie imaginaba a aquel chaval masacrado por unos pandilleros hijos putas.

Volviendo a la historia de la rata artista, estuve a punto de levantarme y aplaudir en plena sala de cine al ver aquel momento en el que el crítico volvía a su infancia en un solo bocado. El cine de verdad es imagen y acción. Los personajes son acción. La imagen es descripción de momentos, de sentimientos. Y es más poderoso que cualquier palabra dicha, y por ello es un arte colosal. Había muchas formas de resolver aquel momento, pero sólo un iluminado es capaz de hacer aquello en un solo plano. Y sólo otro iluminado puede ser capaz de regalarnos media hora de cine sin un solo diálogo como ocurría en aquella fábula llamada “Wall-E”, que hubiera emocionado al propio Asimov. Treinta minutos de pura acción visual donde se nos muestra un mundo devastado y apocalíptico, donde un robot arrastra su terrible e inocente soledad acompañado de una cucaracha. Y sólo otro iluminado de esa misma factoría puede hacernos ver (de nuevo sin un diálogo) el esplendor de la vida de dos personas que se aman en esta última obra llamada “Up”. O mostrarnos en un solo plano la avaricia capitalista del hombre, cuando el constructor con gafas de sol pone su codiciosa mano sobre el pomo de la verja del jardín que rodea la casa del pobre viejo, el lugar donde esconde los recuerdos de una vida plena.

No hace mucho visitaba un conocido centro comercial que sirve de paraíso para todos aquellos a los que nos gustan las películas, la música, los libros, los cómics. Me encontraba en la zona infantil, no sé muy bien por qué, quizás por impulso al estar pegada a la zona de cómics. Descubrí un viejo libro de infancia donde te ensañaban a ser un buen detective. Y al igual que Antón Ego volví emocionado a mi infancia y pensé que aún hay esperanza cuando algún loco todavía edita libros así.

Estaba a punto de irme cuando volví la cabeza y vi que en un rincón de la misma sección estaban las películas de dibujos animados, y entre ellas todas las películas de la factoría Pixar. Era un rincón al que asomaban los padres en busca de entretenimiento para esos enanos que no les dejan vivir en paz. Y entonces tuve una especie de visión del futuro, un flash-forward acelerado, una alucinación propia del mejor LSD. En esa visión me veía a mí mismo cogiendo todas las películas en 3-D, desde Toy Story a Wall-e, incluido una que recopila los mejores cortos de Pixar que sirven de introducción a sus obras. La gente me miraba flipada por mi locura momentánea. Con paso firme, y amontonando deuvedés en mis brazos, me dirigía hacia las escaleras mecánicas. Algún cliente puntilloso se chivaba a uno de seguridad. Pero ya no me podían parar porque estaba en la planta de abajo. Ahora eran dos los tipos de seguridad que me invitaban a detenerme a grito pelado. Yo no les hacía caso y la gente se volvía a mi paso. Iba esquivando clientes. Un murmullo se elevaba. Un chico de rastas con el chalequito verde del centro me intentaba detener, pero yo era invencible y me abría paso de un empujón, haciéndole caer a él y a sus rastas. Tomaba el camino de las estanterías llenas de deuvedés del mejor cine. Los seguratas me pisaban los talones, pero había mucha gente y eso les dificultaba la persecución. Por fin llegaba a mi destino: empecé a tirar al suelo carátulas que había en una estantería del fondo, y a colocar en su lugar las de juguetes que cobran vida, monstruos con problemas laborales, hormigas que acuden al psiquiatra, superhéroes con familias disfuncionales, peces perdidos, coches de carreras aventureros, ratas artistas y robots enamorados.

Pude terminar mi locura momentánea, pero enseguida varias manos me atrapaban y me tiraban al suelo. Luego me ponían los grilletes. La gente murmuraba sobre lo ocurrido, como si yo fuera un ladrón al que han pillado con las manos en la masa. Me llevaban hacia las escaleras con intención de reprenderme en algún despacho, cuando alguien, no sé quién, empezó a aplaudir. De pronto, el aplauso se multiplicó. Ya no eran uno, ni dos, ni tres... Eran todos los clientes de la planta los que aplaudían. Los guardias, confusos, se volvían preguntando qué ocurría. Uno de ellos se acercó al lugar que había provocado dicho fervor. Se abrió paso entre la gente para descubrir que sus emocionadas palmadas iban dirigidas hacia la estantería señalada como “cine de autor”... Y allá, junto a Murnau, Lang, Bergman, Passolini, Coppola, Fellini, Buñuel, Dreyer y Ford, se encontraban todas las películas de la factoría.



(Les dejó con la crítica de Antón Ego, con la voz inmortal de Peter O'toole)

martes, 4 de agosto de 2009

Viento en las velas


Era solo un vago recuerdo. Algo que vi en mi infancia, pero que de alguna forma me dejó marcado: una isla donde un huracán acababa con todo rastro de vida, unos niños que marchaban rumbo a la civilización, un barco pirata que se interponía en su camino, un capitán tosco y valiente que se sabía todos los trucos de la mar, una niña rubia de infinitos ojos azules que se topaba de cara con la madurez. Eran solo recuerdos que permanecían por ahí, como un viejo arcón en un sótano olvidado.

Tuvo que ser un ensayo en una conocida revista literaria infantil (Clij) la que removió mi oxidado disco duro. Fue entonces cuando todo fluyó. En dicho ensayo se hablaba de una novela de principios del siglo pasado. Su autor es un desconocido para la mayoría, pero de su libro se basó una de las películas más desgarradoras que se han hecho jamás sobre la infancia. Desconocía yo hasta leer la revista que la película se basaba en una novela, pero tras leer la reseña corrí a buscar el libro, azotado por los recuerdos de aquella inmortal película. Lo encontré, lo leí y puedo decir que me pasó lo mismo que al leer “Matar un ruiseñor”, la célebre novela de Harper Lee y que fue adaptada al cine por Robert Mulligan y aquella interpretación de Gregory Peck, aquel padre que todos quisimos tener. Libro y película eran igualmente fascinantes.

“Huracán en Jamaica” (A high wind in Jamaica) fue la novela que le hizo pasar a la inmortalidad al hasta entonces desconocido Richard Hughes, un tipo que trabajó para el Almirantazgo, escribió para la radio de la BBC, estrenó teatro en el West End y acabó realizando guiones para la Ealing, aquel estudio cinematográfico británico que nos regaló unas cuantas obras maestras a mediados del siglo pasado y de donde salió el director de la película (Alexander Mackendrick) que se basó en su novela. Mackendrick fue también el director de otras dos genialidades llamadas “El quinteto de la muerte” (Lady killers) y “Chantaje en Broadway” (Sweet smell of success).

Richard Hughes centró y dedicó gran parte de su obra a los niños, y eso uno lo puede reconocer al leer su novela. Yo sólo tenía como referente lejano la película, pero tras leer el libro tengo claro que son muy pocos los que consiguen acercarse de manera tan lúcida al momento iniciático de la vida de toda persona, y Hughes ha sido uno de ellos, por no decir que el mejor. Son pocas las historias que no sólo muestran la inocencia de esa parte de nuestras vidas sino también la inconsciente crueldad que en ellas reside, y eso es lo que muestran tanto la novela de Hughes como la posterior adaptación de Mackendrick.

La historia nos cuenta el viaje de los cinco hijos de la familia Bas-Thornton y los dos de la familia criolla Fernández rumbo a Inglaterra, tras sufrir un brutal huracán que destruye la isla de Jamaica. Sus padres quieren que reciban una educación digna en lugar de hacerlo entre ruinas y costumbres salvajes. Durante el trayecto, el barco en el que viajan es abordado por una goleta pirata. Los niños son secuestrados accidentalmente ya que los piratas comandados por Jonsen (Chavez en la película) y Otto (Zac en la película) no son brutales y despiadados. Se inicia desde ese momento una historia de aventuras donde los niños se adaptan a la dura vida en el mar, y se inicia también la extraña relación de atracción entre la niña Emily y el capitán pirata.

Son muchos los momentos de esta historia que comienza como una aventura fascinante y termina de forma oscura. Es una historia dura y tierna en la que unos rudos piratas tienen que convivir con unos niños que los van a llevar a la ruina. Es un encuentro brutal con la mar y los viajes, pero también con vida y la muerte. Y tiene uno de los finales más desgarradores de siempre. La película fue interpretada en sus principales papeles por uno de los mejores cínicos que ha dado el cine, James Coburn haciendo del pragmático Zac, el lugarteniente del capitán Chávez, cuyo personaje fue interpretado por el viejo Zorba (Anthony Quinn), aquel camaleón humano que en esta película nos regala su mirada resignada hacia Emily tras ser condenado a muerte, una de las miradas más amargas que ha dado la historia del cine.

Cuando era pequeño, en una playa a la que siempre iba con mis padres, había un señor de barba y pelo cano que nos llevaba a los de la pandilla mar adentro con su pequeño bote de vela, donde nos tirábamos de cabeza y nos dábamos un buen chapuzón. El barquito se llamaba “Jolín que yate” y el nombre de aquel hombre ni lo recuerdo. Pasados los años sigo sin poner rostro y nombre a ese viejo que nos hacía felices a unos cuantos locos enanos, así que decidí que su nombre sería Chavez y el pequeño “Jolín que yate” una goleta pirata. Sólo espero que me perdone por no recordarle, al igual que Chavez perdonó a Emily por olvidarle rumbo de la horca.



(No he encontrado imágenes de la película, así que pongo esta gran canción de Simple Minds, que también habla de niños en un lugar donde una vez los lobos acecharon)

lunes, 13 de julio de 2009

Un tipo duro

¿Han conocido alguna vez a un tipo duro? Pero a un tipo duro de verdad. A tough guy, que dicen los gringos. Yo, la verdad sea dicho, creo no haber conocido ninguno. Imagino que para conocer a alguno hay que moverse en ciertos ambientes turbulentos, o visitar zonas de guerra, o lugares donde vivir resulta un milagro. No es mi caso y quizás por ello no conozco ninguno. Sí he conocido a matones y a mucho gallo o gallito de pelea. Eso es fácil encontrar, sobre todo en la noche. Pero un tipo duro de verdad, uno de esos que cada día sale con la Parca de compañera, con una existencia que huele a derrota, con un peculiar código de honor cuyo artículo primero dice antes la muerte que la traición a un amigo. De ese tipo todavía no me topado.

Supongo que entonces estoy hablando de tipos duros de celuloide. Recientemente, o en los últimos tiempos, sí que he tenido contacto con tipos duros que salen cada mañana sin estar muy seguros del todo de regresar por la noche. Estoy hablando de un tipo de rescate de alta montaña de la guardia civil que me ha servido de asesor para la historia que, ¡por fin!, tras tres años de pelea, puede que ruede a final de año. Es una historia de montañeros, de un rescate, de supervivencia, de amistad y de redención. Algo marciano y pretencioso teniendo en cuenta que es una historia de veintitantos minutos. Pero no sé, son las historias que me salen.

De hecho el personaje que lo protagoniza es un montañero curtido, pero lo grande de la ficción es que, aunque siempre trato de dar la mayor veracidad y realismo en mis historias, me permito tomarme pequeñas licencias porque si no, obviamente, no sería ficción. Y para este personaje, irremediablemente, me ha salido algo del tipo duro que uno anhela: la de alguien que lleva sobreviviendo desde pequeño, que huele la derrota, que no se rinde, que intuye la traición, que no se arredra nunca, que cuando vienen mal dadas recurre al humor.

Como decía, esos tipos duros siempre los encontré en el cine, en especial en el cine de gánster y en el western. Los dos géneros épicos por excelencia. Los dos géneros que, de haber vivido en el siglo XX, habrían copado las obras del tal William Shakeaspeare. Poblados ambos de tipos al límite que saben que el final no va a ser precisamente feliz, que su destino está marcado desde el principio, que no tienen estrella ni suerte. Tragedias inmortales que nos muestran en un espejo las miserias del hombre y su lado más oscuro.

Quizás por ello, porque estoy con esta historia donde se requiere ser duro, o porque quiero que el actor que haga el corto tenga unas referencias, o porque tuve un flashazo, o no recuerdo bien por qué, el otro día eché mano de mi colección de películas para rescatar una de las mejores historias que se hizo en los noventa. Se llamó de manera infame por estos lares “Atrapado por su pasado”, pero su título original era “Carlito's way”, y no pudieron hacerle peor promoción los gilipollas del marketing para joder la película, ya que si uno la ve entiende por qué el título original es “A la manera de Carlito”. Y es que Carlito Brigante, interpretado por un inconmensurable Al Pacino (que venía de ganar un Óscar con una película amable hecha a su medida como “Esencia de mujer”, y por el que la Academia se sentía en deuda al no haberle premiado nunca tras interpretar varios puñados de obras maestras), es la historia de un tipo duro de verdad, de los que ya no quedan, de los que conocen los códigos de la calle como si fueran un guía turístico. Es la historia de la redención de un hombre al que su pasado, o mejor sus colegas del pasado, acechan.

Dirigida por Brian de Palma, el director de cine más injustamente tratado de la historia, que con ésta firmó su auténtica obra de arte, porque esta película es lo que es: un clásico contemporáneo. En ella se encuentra, además, la mejor interpretación de siempre del, a veces, excesivamente sobrevalorado Sean Penn, que borda aquí a un abogado corrupto y cocainómano que quiere ser un malote, pasar al otro lado de la línea, ser a wise guy.

Seguramente muchos de ustedes la habrán visto. A algunos les gustaría, a otros no (ciegos hay en todos lados), pero si un día deciden convertirse en tipos duros, no acudan a ningún manual o a entrevistar a jinchos de mierda. Vean esta película, vean la interpretación de Pacino, escuchen sus reflexiones morales escritas por David Koepp (el guionista de "Parque jurásico" o "Spiderman", que hizo el guión basado en un libro escrito por Edwin torres, un antiguo juez de Nueva York) que nos regala algunas frases memorables, así como momentos que les será difícil de olvidar: “Alguien me empuja cerca del suelo. Puedo sentirlo, pero no lo veo. No tengo miedo. Ya pasé por aquí cuando me pegaron un tiro en la calle 104. No me llevéis a ningún hospital, por favor. Esas putas salas de urgencias no salvan a nadie. Algunos hijos de puta te disparan siempre a medianoche, cuando sólo hay un médico chino novato con poco instrumental. Mira a esos capullos corriendo ¿Para qué? No se suponía que mi culo puertorriqueño fuera a vivir tanto. A casi toda mi banda se la cargaron hace tiempo. No te preocupes. Mi corazón no se para nunca...”

Ése es el arranque de esta película que nos cuenta los códigos morales de un tipo duro de verdad, de Carlito Brigante que, tras salir de la trena, lo único que quiere es huir de su pasado, de la violencia que le acompañó, de las calles que le criaron, allá en el Harlem latino de los setenta. Carlito sólo quiere tener el dinero suficiente para empezar de nuevo alquilando coches a turistas en una playa lejana “con una sonrisa de oreja a oreja”, sólo quiere recuperar un amor perdido que le pone los pies en la tierra cuando le dice que su sueño acabará con ella llorando a las tres de la madrugada en una sala de urgencias mientras él se desangra. Ni siquiera el instinto de supervivencia va a servirle a Carlito, que conoce la calle y a los malotes como la palma de su mano, que huele una trampa a kilómetros, que sabe que “pedir un favor es más peligroso que una bala”, que pregona que prefiere morir antes que traicionar a los amigos. Y si todo esto no les parece suficiente, "amigos", pues disfruten entonces con la magistral secuencia final de persecución por el metro de Nueva York, rodada con un ritmo brutal y realista por parte del infravalorado De Palma, que posteriormente inspiró a gente como el propio Michael Mann.

En mis sueños siempre estoy en una taberna tomando unas cervezas con el cínico Bogart de Casablanca, con Pike Bishop y su fronterizo grupo salvaje, con el Wayne que liquidó a Liberty Valance, y por supuesto con Carlito Brigante y su código de honor. Ningún cretino se acercaría a molestar, sabedor de lo que podría pasar. Lamentablemente ya no quedan tipos duros. O puede que jamás hayan existido.


miércoles, 24 de junio de 2009

Los pequeños detalles

Vamos demasiado deprisa para fijarnos en los pequeños detalles, pero ahí está la clave de todo este invento. Supongo que depende del estado en el que se encuentra cada persona, del estrés con el que viva, de la situación laboral o existencial en la que está en el momento. Quizás porque uno va por la vida husmeando historias o quizás porque ha llegado un punto en que lo importante realmente son esas pequeñas cosas.

¿Y cuáles son esas pequeñas cosas que le hacen a uno no dimitir? ¿Cuáles son esas pequeñas cosas que le hacen a uno reconciliarse con todo, pensar claramente que merece la pena haber estado por aquí de visita?

El olor de un café bien servido (y eso que no soy especialmente cafetero), con leche templada y algo de espuma, acompañado de una barra bien tostada con algo de aceite, tomate exprimido o rayado, un poco de sal. Pero cuál es el pequeño detalle que hace grande el momento. El trago de agua bien fría que uno se toma después.

Caminar por la Gran Vía, rodeado de gente, de todo tipo, de todas las clases, de todas las pintas. Mirar las gárgolas de esos pequeños rascacielos que emulan a sus gigantes hermanos de la ciudad que nunca duerme. Comprobar que a la altura de lo que fue el Madrid-Rock siguen esos dos hermanos con mallas, chupas de cuero llenas de pinchos, melenas, bebiendo calimocho, formando parte ya del paisaje urbano. Quedarte tranquilo porque con ellos no van a poder, seguirán allí con frío o calor asfixiante, negras sus chupas por el humo de los coches, construyan Zaras, Haches y emes o Springfields, cierren cines clásicos poco rentables, o alcaldes megalómanos quieran hacer peatonal una calle única e inigualable. Ellos seguirán allá. La Gran Vía sobrevivirá siempre, a bombarderos fascistoides o a diseñadores supercool. Y a la altura del Palazzo, entras y te pides una horchata bien fría, con poco hielo granizado.

Llegar a los cines Ideal, allá por Atocha, percibir ese olor a palomita que viene desde la puerta, anticipo del mejor de los sueños. Sentarte con los amigos, comer esas palomitas, beber esa bebida bien fría y cuando se apaga la luz tener las mismas palpitaciones de cuando era niño, en el cine de verano de aquella playa perdida que puebla mis sueños.

Esa primera caña bien fría, con su espuma, cuando tienes el gaznate seco, en una mañana de domingo, al lado de un bar clásico del Retiro, o en uno de esos que han hecho de diseño en La Latina, o en una taberna castiza de Chamberí, da igual. Debería pararse el mundo mientras damos ese primer sorbo. Luego dar un beso en la calva a esos camareros de chaquetas blancas que deberían estar subvencionados por la Seguridad Social.

Un Cola-cao con leche bien fría, en la noche, con la radio de fondo. Pero qué le hace diferente a esta bebida, qué le hace mejor que otras. Qué es lo que hace que pase de generación en generación, aunque eso sea a su vez el motivo de que no guste a otros, porque el mundo está también lleno de grandes ignorantes: los grumos. Esos grumos no disueltos fundamentales, mágicos, supervivientes.

Los pequeños detalles. No dejen de fijarse si tienen un rato.



(Les dejo con esa cantautora genialode llamada Cat Power y su cálida voz. Les dejo con Lived in bars, toda una declaración de principios)

miércoles, 17 de junio de 2009

La feria

No recuerdo cuándo fue la primera vez que deambulé por ese paseo de carruajes lleno de casetas bajo el sol agobiante de junio, antesala ya de un verano inminente. No lo recuerdo claramente, sólo la imagen de la gente que iba arriba y abajo comiendo helados, los niños corriendo de una caseta a otra con los padres persiguiéndolos a grito pelado, los que se paraban a hojear y ojear, los dueños de las casetas abanicándose con folletos de promoción, la voz de megafonía informando de los autores que firman, las señoras y señores preocupados en reconocer al escritor famoso... Sólo tengo un recuerdo claro por encima de todos los demás: libros y más libros, de todos los tipos, de todas las formas, de todas las clases. Un escaparate lleno de textos donde sentirse como un niño en una pastelería.

Quién me lo iba a decir a mí que, años después, iba a ser uno más de los expositores que se abanican en una de esas casetas que están bajo ese sol madrileño que abofetea cuando el frío dice adiós. Y es que durante tres años (incluido éste último) he estado ganándome unas perras gordas que compaginen ese otro perro oficio de contar historias. Pese al calor, la lluvia e, incluso, los últimos estertores del frío, la feria del libro, situada en ese mágico parque que hace respirar a la ciudad invivible pero insustituible, es la mejor del mundo por ser la más popular y la menos elitista. Uno puede encontrarse al más sesudo de los escritores y al más friqui de los personajes. Ésa es la feria: comercial, peculiar, desmedida, hortera, sesuda, calurosa, lluviosa, culta, inmensa. Son casi cinco kilómetros que se abarrotan con más trescientas casetas y pabellones. Un hormiguero que recorre una alfombra de papel.

Y tantos días allá te llevan a descubrir gentes y personajes que pueblan cada año ese lugar. De grandes librerías y editoriales, que hacen el negocio del año y se saben todos los trucos, a novatos ilusionados por su veintena de textos editados, desbordados por esta Babilonia cultural. Uno puede pasear y encontrar desde facsímiles a cómics, de libros olvidados a la últimas novedades, de clásicos a best-sellers, de novela negra a ciencia ficción, de ensayos trascendentes a la mejor de las aventuras. Todo allí, en apenas cinco kilómetros mágicos.

“¿Oiga, hijo, tiene usted la revista Raíces?”. Esta era la pregunta que me hacía una anciana enjuta, de moño gris, nariz aguileña, arrugada como una pasa pero en aparente buena forma. Con su chaqueta de lana, su mirada inquieta, acompañada un día por una mujer latina, otro por una mujer negra. Y ambas siempre me miraban de manera cómplice. “No, señora, ya le comenté el otro día que no está en nuestra Asociación desde hace años, pero pregunte usted en la caseta de Serafat, que llevan libros y temáticas judías”. Y la señora me decía que ya había preguntado allá, y que la habían mandado a mi caseta, y luego se iba con paso firme tras darme las gracias. Era la tercera vez que se acercaba para hacerme la misma pregunta... este año.

-Oiga, ¿el libro sobre Astrología que ha publicado Aramis Fuster?

-Aquí no es. Información es la caseta de al lado.

-Ya, pero hay mucha cola, no me lo puede decir usted.

-...

Días de cansancio y de preguntas similares. En mi caso, al ser una caseta de revistas culturales y estar junto a la de información, todo el mundo (incluidos el resto de expositores y los tipos de seguridad) piensa que al no tener libros (eso es porque no han visto revistas de literatura como “Turia”, un libraco de 300 páginas, con una tirada de dos números al año, y sin fotos, claro) estás ahí para eso, para informar de lo que sea. Unos tipos raros con revistas raras y densas. Y uno, por más que se desgañita diciendo a todos que no somos información, finalmente tiene que lidiar con las decenas de personas que se acercan a esa caseta vacía con un tipo que tiene cara de aburrido, que seguro sabe algo.

-Oiga, mire, le importa si le hago una pregunta que he planteado en otras casetas, a ver si me da usted la razón.

-Uffff, a ver, dígame.

-¿Cuándo se fundó la electricidad?

-...

Otra de las tareas que uno siente que hace es la de tener cierta función de servicio público, de servir de compañía a la gente, de dar conversación a unos cuantos. Es algo que se ve en especial los días de diario, cuando menos follón tiene la feria, cuando mejor se está. Desde ancianos solitarios, a solitarios de la vida, pasando por excéntricos, o incluso simples vendedores.

-Oiga, ¿tiene marcapáginas?... es que los colecciono.

-Claro, claro, fíjese que es "el primero" que me dice tener esa afición.

-Oiga, ¿revistas sobre casinos tiene?

-Eeeeh, no, no tenemos de ésas en la Asociación.

-Oiga, ¿revistas de salud tiene?

-Eeeeh, no, no tenemos de ésas en la Asociación.

-Oiga, ¿revistas de sexología tiene?

-Eeeeh, ya me gustaría tener, ya.

-Oiga, ¿revistas sobre el Triángulo de las Bermudas?

-...

Cada uno de los que pasa por allá quiere trasmitirte algo. Uno espera sobre todo que quien lo haga sea una mujer de mirada arrolladora y formas poderosas, pero generalmente son personas que, sin venir a cuento, te exponen una página de su vida. Así un canario (de las Islas, matizo) con gafas de sol se interesó por la caseta y la variedad de temáticas culturales que tenía, pero en poco tiempo pasó a contarme su operación de córnea que le iba a posibilitar ver mejor porque estaba medio ciego, pero se lo tomaba con filosofía, lo que le permitía estar de baja, y lo que le llevó a terminar su alocución contándome un chiste:

<<"Sabe ése de Jesucristo que está en el bar de un hospital, y lo reconocen un inglés, un francés y un español. El inglés dice a sus compañeros: “¡Mirad, ése es Jesucristo!” El francés le responde que no puede ser. Pero el inglés insiste, “¡que sí, coño, que ése es Jesucristo, no ves las marcas en la frente y los estigmas en las manos!”. Así que el inglés se acerca para comprobarlo y le dice: “oye, tú eres Jesucristo, ¿verdad?” El tipo de barba y pelo largo, túnica blanca, marcas en la frente y una cervecita en la mano, se vuelve y mira resignado al inglés: “joder, sí, ya me has reconocido, pero por favor no lo digas en voz alta”. Vale, vale, le responde el inglés. “Oye, ¿tú podrías curarme esto de cuello que me tiene muy jodido?”, le suplica el inglés. “De acuerdo, te curo pero cállate y no se lo digas a nadie más”. Jesucristo le toca el cuello y milagrosamente se cura. “¡Hostias!, quiero decir, ¡córcholis!, ya no me duele”, grita el inglés feliz. “Psss, vale, vale, pero baja la voz y ve en paz”, le demanda Nuestro Señor. El inglés no tarda ni un segundo en ir corriendo a la mesa a contárselo al francés y al español. Enseguida, en la barra, Jesucristo se encuentra con el francés pidiéndole que le cure lo de su brazo. “Joderrr con el inglés. Bueno, venga, te curo, pero calla la boca, que luego no me dejan en paz”. Y entonces Jesucristo toca el brazo del francés que se marcha tan contento. En esto que Jesucristo se queda observando al español, que no se levanta, sigue en la mesa. Y se pone a pensar: “a ver si éste no va a poder andar y no puede acercarse para que le cure. No puedo dejarlo así, ¡coño, soy Jesucristo!, no puedo hacer estas cosas”. Y Jesucristo se acerca hasta la mesa: “hola amigo, sabes que soy Jesucristo, ¿te puedo ayudar en algo?” Y el español, horrorizado, se echa hacia atrás: “¡a mí ni me toque que estoy de baja!”>>.

Y el canario, un compañero y yo mismo descojonaos en medio de la feria con el chiste cutre que nos ha contado. “¿Y de qué se reirán ésos que tienen la caseta siempre vacía?”, se preguntarían algunos. Luego nos deseó suerte y aseguró que volvería al año siguiente, ya con nuevas córneas.

“¿Oiga, hijo, tiene usted la revista Raíces?”. Y la asistente latina me miraba con resignación por cuarta vez. “No, señora, lamentablemente no pertenece a la Asociación desde hace años”. “Vaya, no lo sabía”, me responde la anciana. “No se preocupe, señora, para eso estamos en la feria”.


(No sabía que vídeo poner, así que por eso del colorido de la feria pongo a The new pornographers y esta hermosa canción y colorista vídeo. Son canadienses y se llaman así porque un predicador de aquel país decía que la música era pornografía)