martes, 3 de febrero de 2009

Los fachas

Dícese, según la RAE, o sea la Real Academia de la Lengua Apañola, que "facha" significa traza, figura o aspecto; en su segunda acepción se afirma que es la manera coloquial de denominar a un mamarracho, o un adefesio; y más adelante se dice que es la forma despectiva de llamar coloquialmente a un fascista, o persona de ideología política reaccionaria.

La verdad es que esta entrada es impropia de mí, más que nada porque me aburre mucho el tema político, y porque mi grado de compromiso es equivalente al de un concursante del Gran Hermano delante de un libro. Pero no puedo evitar hablar de ello tras ver todo el revuelo montado con el falso vídeo del Gran Wyoming. Como saben, y si no lo resumo como haría Hurley con las cuatro primeras temporadas de Lost (qué grandes los guionistas, qué manera más subliminal de repasar horas y horas de serie en una escena de minuto y medio), “El intermedio”, el programa de La Sexta que conduce el Gran Wyoming, tiene un pique importante con un programa llamado "Más se perdió en Cuba" (¡toma Moreno!) de la cadena que se hace llamar Intereconomía (la pueden encontrar en la TDT), donde salen unos señores con corbatas muy enfadados con todo en general, y con nada en particular. La diferencia entre ambos programas estriba en que los primeros se cachondean de los segundos con gracia, mientras que los segundos sólo intentan tener gracia sin poseerla, que es algo muy ridículo, parecido a cuando te pillaban mirando las tetas de una compi en el cole y te ponías muy muy rojo (de vergonzoso, no de Marx).

El caso es que como el don del humor parece ajeno a estos señores enfadados (muy bien peinados, eso sí) con casi todo en general, y con nada en particular, no les queda más remedio que acudir al recurso de manual que todo buen fachilla apañol que se precie siempre tiene a mano: insultar a bocajarro. Progres, asquerosos, pervertidos, bufones, tipejos, son algunas de las lindezas que suelta cada día un señor (con un parecido notable al actual presidente del Madrí) con facha (¡ojo!, figura, aspecto) de empresario repeinado haciendo gracias en un consejo de administración. El problema es que una de sus jocosidades fue llamar puta a Beatriz Montañés, la colaboradora de Wyoming, que meses atrás hizo un sketch picantón para poder competir con un partido de la Selección en la Eurocopa. Intentar explicar a estos señores lo que es ficción, es algo tan complejo como entender un soliloquio de Dani Güiza.

¿Y qué han hecho los perpetradores del programa del Wyoming para responder a estos insultos? Pues metérsela doblada a los intereconómicos hasta la mismísima bola, demostrando una vez más que la derecha, o la parte más rancia de la derecha, aparte de estar siempre muy enfadada y tener un humor muy particular (y tan particular que yo todavía no lo he encontrado), mienten más que hablan. ¿Será un gen?, ¿o es algo cultural?

Por recordar de nuevo el asunto y resumir la polémica (ayyyy, que no soy Hurley), en el citado vídeo el Wyoming echa una bronca humillante a una pobre becaria. Si bien es cierto que se puede poner en duda el gusto de la trampa-broma, ya que ese tipo de broncas existen, y yo las he visto en platós por parte de algún que otro hijoputa esquizoide que hay en la profesión, yo comprendo perfectamente los motivos de los guionistas de “El intermedio” (seguro que ni siquiera es una idea de Wyoming) para gastar esta inocentada con retraso. Sabían los muy pillines que poniendo al Gran Wyoming en plan tirano y usando un vocabulario soez con mucho “estoy hasta los cojones” (más propio de alguien de derechas muy cabreado), los señores enfadados de Intereconomía iban a entrar al trapo para obtener la excusa perfecta que necesitan respecto a un progre: decir que es un tirano que gana un montón de pasta... qué cosas. Y así lo hicieron, y consiguieron que todo el país hablase del vídeo de marras, creando una espectación que les habrá permitido, encima, aumentar la audiencia del programa.

Dejando esta polémica aparte, a mí particularmente me gustan los humoristas que se ríen de todos y de todo. Lamentablemente hay pocos en este país (ayyy, qué grande era El Guiñol) que usen un estilo más anglosajón de despellejar a todo el que se mueve. Aquí funciona todo lo contrario. Cuando se hace humor, o parodia, generalmente se utiliza el corporativismo con la casa que paga, el clientelismo, las manías personales, o el dogmatismo. Y es una pena porque hay gente muy brillante, pero que se excede en su proselitismo. Dos ejemplos de ello son Forges y el propio Wyoming, personajes a los que sigo habitualmente, pero que, a veces, se hacen repetitivos en su crítica continua hacia el mismo lado. Por supuesto, cada uno tiene sus ideas, y es muy respetable usarlo en el humor, pero puede caerse en el cliché facilón, si bien es cierto que estos dos tipos, incluso usando el cliché, son geniales, y por ello no me los pierdo.

Por este motivo, quería finalmente citar a otros dos individuos que encajan perfectamente en mis gustos, y que no dudan en reírse de todo y de todos. Además lo hacen con una retranca muy británica, que a mí me gusta un poco más. Me refiero al genial dibujante Ricardo, que trabaja en “El Mundo”, cuyas inteligentes viñetas llevan asombrándome desde hace años, y al gran periodista y escritor Enric González, que escribe en El País, un tipo que consigue la cosa más difícil del mundo: tener mucha gracia con una escritura de sencillez pasmosa; además de estar cargada de ironía, sarcasmo, y una notable capacidad para reírse de sí mismo, y del medio que le paga, si es menester. Garantizo a todo el que tenga curiosidad que es de lo mejorcito que se puede encontrar hoy en día en este país, además de ser una delicia tanto sus artículos como sus libros.

De todas formas, y volviendo al título de esta historia tan poco mía, todavía me pregunto quién es el genio que asesora a los señores graciosos de la derecha. Desde Tip no ha vuelto a salir ninguno que merezca la pena (encima hacía humor con uno de izquierdas, lo que demostraba la inteligencia de ambos), y cuando ves a un Urdaci, o al señor que se parece al presidente del Madrí, te entran ganas de hacerte trotskista, o leerte de carrerilla el Libro Rojo de Mao. En fin, que yo quería hablar de Nadal y Federer, esos dos guerreros que han viajado en el tiempo desde la Grecia Antigua de Aquiles y Héctor, pero al final no me ha quedado más remedio que escribir sobre señores con traje que están muy enfados con todo en general, y con nada en particular . O sea, los fachas.


(En fin, genial la broma, la explicación, y el remate final de Wyoming explicando al señor que se parece al presidente del Madrí, lo que tienen que hacer si realmente le quieren hacer daño)

jueves, 22 de enero de 2009

El héroe

Existen lobos que acechan al rebaño, pero también hay perros pastores que guardan de él. Existen monstruos que amenazan al mundo, pero también hay héroes que lo salvan. Desde pequeño, y hasta hoy, me encantan las historias que tienen al héroe. Si éste, además, es trágico, me gusta todavía más, quizás porque en el fondo todos nosotros (o al menos yo) añoramos ser así, y de esta forma perdurar. Que nuestras hazañas puedan pasar de generación en generación, contadas por trovadores (o guionistas mal pagados), que van de pueblo en pueblo (o de productor en productor) haciéndonos inmortales.

Me gustan los héroes clásicos, tipo Leónidas, y sus 300 macarras, que chulearon a miles de persas y sus miles de flechas que tapaban la luz del sol, pero que les daba igual porque preferían luchar a la sombra. Me gustan los héroes crepusculares, tipo Tom Doniphon, el hombre que realmente mató a la hiena de Liberty Balance, y que dejó paso a la democracia y al hombre civilizado en un mundo en el que ya no tenían cabida tipos como él. Me gustan los héroes morales, tipo Atticus Finch, el padre que todos querríamos tener y que, mientras enseñaba a sus hijos que no se podía disparar a un ruiseñor, al mismo tiempo defendía a un negro acusado de violación cuando nadie más quería hacerlo en el profundo sur racista. Me gustan los héroes oscuros, tipo William Munny, el ex asesino de niños y mujeres que sabía mejor que nadie el significado de matar, pero que tenía que volver a hacerlo por el futuro de sus hijos, rompiendo la promesa que le hizo a una esposa muerta. Me gustan los héroes trágicos, tipo Roy Batty, el replicante que vio naves en llamas más allá de Orión.

Estos héroes de ficción han poblado mis fantasías desde niño, y todavía hoy lo siguen haciendo. Sin embargo, hay otro tipo de héroe que todavía me gusta más, quizás porque éste es real, de carne y hueso, existe de verdad, le puedes encontrar en ocasiones, sólo en ocasiones. Es el héroe accidental, el tipo corriente que, algunas veces, cuando vienen mal dadas, se dirige con calma hacia el lugar de donde huyen los demás.

Se llama Wilson, es un inmigrante ecuatoriano que se vino a estos lares para sobrevivir. El otro día, mientras todos los ciudadanos de bien huían despavoridos en pleno centro de Barcelona ante lo que estaba ocurriendo, paró el coche en el que iba a casa, abrió el maletero, sacó una barra de hierro, y espantó al lobo que trataba de asesinar con un cuchillo de cocina a su ex pareja. No estuvo solo Wilson en esta ocasión, al contrario de lo que le ocurrió hace meses al profesor universitario que se encaro con uno de estos malparidos machotes de la vida. Le ayudaron dos héroes cotidianos más: un operario del gas y un joven oficinista. Éste último atacó al lobo con un simple fajo de papeles: el papel frente al cuchillo, la razón frente al fanatismo.

Por suerte, esta vez, el monstruo no consiguió su objetivo gracias a la determinación del inmigrante que, al ser preguntado por su heroica acción, respondió que no se sentía ningún héroe y que simplemente actuó por instinto porque “ni a un cerdo se le mata de esa manera”. Y que fue eso lo que le indignó, y que fue eso lo que le hizo dar un paso adelante. La víctima quedó malherida, pero salvará la vida gracias a estos tres héroes por accidente. Ahora todos se harán la foto con ellos, todos escucharán sus historias, todos les querrán condecorar. Sin embargo, cuando la mujer despierte y se recupere de sus heridas, alguien le contará, quizás un trovador, que un tipo humilde llegado de otras tierras, un operario del gas y un joven oficinista, armado con un fajo de papeles, hicieron frente a la sinrazón, mientras todos huían.


(Quería poner una escena de "Matar un ruiseñor", con Atticus Finch saliendo derrotado del tribunal, pero con el respeto y admiración de los negros que le observan en la sala de arriba, y con sus hijos como testigos. Una de las mejores escenas de esta película genial, basada en una de las mejores novelas del siglo pasado (Harper Lee), pero no la encuentro en yutufff, así que les pongo la secuencia de créditos iniciales, uno de los mejores arranques de siempre... el papel frente al cuchillo)

jueves, 8 de enero de 2009

Todos soñamos con ovejas eléctricas

En 1982, en plena era Reagan, el mundo seguía dividido en dos bloques antagónicos. Argentinos y británicos se mataban por un pedazo de tierra en medio de la nada oceánica. En un lugar de África, un hombre permanecía encarcelado desde hacía 20 años por el hecho de afirmar que blancos y negros tenían que vivir en armonía con los mismos derechos y deberes. Por estos lares, se juzgaban a los iluminados facinerosos de gafas oscuras y bigotes casposos que intentaron, el año anterior, llevarnos de nuevo al oscurantismo. Mientras todo eso ocurría en el mundo real, en las salas de cine norteamericanas se estrenaba una película que fue recibida de manera discreta en las taquillas, y que no acababa de ser entendida por la crítica especializada. Todos le dieron la espalda por ser una extraña película de ciencia ficción, algunos dijeron que no tenía acción, otros que era muy oscura, la mayoría que era lenta. Los productores cambiaron su final para que fuera feliz y luminoso, ante la impotencia de su director. No se daba un duro por ella. La miraron de soslayo, con prepotencia. Nadie sospechó lo que pasaría después.

Llamaradas de fuego emergen hacia el cielo oscuro y sucio de Los Ángeles. Estamos en el año 2019. Una nave de la policía cruza el cielo de una ciudad donde los edificios tocan el infinito. Se dirige hacia una torre gigante con forma de templo azteca: la Tyrell Corporacion.

Estas son las primeras palabras del guión que escribió Hampton Fancher, o que debió escribir de esta manera, al menos eso creo, o yo lo describiría así. Basado en la novela de un escritor de ciencia ficción que no gozaba precisamente del éxito, Philip K. Dick, cuyo título rezaba “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, y en el que no salía por ningún lado la palabra Blade Runner, que fue tomada de un tratado de cine de William Burroughs.

Fancher escribió más de 10 versiones que casi le llevaron a la desesperación y la locura por los cambios que le pedían una y otra vez. Él deseaba centrar una película ciencia ficción de género negro en habitaciones e interiores. Tal posible genialidad fue detenida por una especie de visionario en la dirección llamado Ridley Scott. El británico admiraba el trabajo del guionista, pero sus ideas iban más allá de unas habitaciones. Scott se preguntaba qué ocurría tras las ventanas de esas habitaciones, cómo eran las calles de ese tenebroso futuro, cómo vivía la gente que las poblaba. La oposición de Fancher trajo como consecuencia lo peor que le puede pasar a un escritor (algo que los productores a veces no entienden): que le aparten de la historia. El guionista no atendía a razones y planteaba problemas a todas las ideas de Scott. Años más tarde reconoció su error al ver el resultado de la criatura, su criatura al fin y al cabo.

David Weeb Peoples, el mismo guionista que regaló al mundo el libreto de la genial “Sin perdón”, leyó por encargo el guión de Fancher y respondió que era magistral y visionario. Aun así, Scott quería más cosas y Peoples se las dio. Si a un director iluminado le juntas dos buenos guionistas, unos actores que buscaron las raíces de cada personaje, un diseñador artístico con una visión que ha sido copiada cientos de veces, un director de foto que dio color a la oscuridad, y un compositor genial que aunó la épica con la emoción en versión electrónica, el resultado es una obra imperecedera. ¿Y por qué? Probablemente porque Blade Runner va más allá de una simple película de ciencia ficción mezclada con el género negro policíaco. Quizás por eso es única, por eso son tan grandes los géneros, porque en ellos muchas veces encontramos respuestas a muchas preguntas, pero en especial a la gran pregunta que todos nos hacemos: ¿qué demonios pintamos aquí?

“Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? En eso consiste ser esclavo”, le dice el replicante a su cazador, mientras le agarra del brazo, evitando que caiga al vacío y salvando su vida. Sería una frase para aplicar a los lobos que a lo largo de la historia se han dedicado a infligir ese miedo, y que todavía hoy lo hacen, ya sea en una escuela en Gaza, en la frontera mejicana, o en un edificio de la ETB. Los lobos existen, y no sólo están en los cuentos, por eso aúlla Roy Batty, el líder de los replicantes, mientras persigue al lobo que ha acabado con los suyos. Son los momentos que preceden a la secuencia por excelencia, la que todo el mundo recuerda, la que hace de este invento el mejor del mundo, la que yo usaría para que una civilización lejana supiera quiénes somos. Todo el mundo la conoce, todo el mundo la ha recitado alguna vez. La escribió David Weeb Peoples, pero el broche final, el momento que todos tenemos en mente, “las lágrimas en la lluvia”, fue un momento de inspiración de un actor, Rutger Hauer, que construyó una interpretación única y genial.

Es la escena que define una historia, una película que debería ser expuesta en los museos, pese a que lo único que pretendía hacer era vender entradas y palomitas, pero eso la hace más grande porque el cine se hizo para eso. Es la reflexión final de un moribundo que no es humano, pero que en ese instante se siente más humano que nadie. Resume lo que ha hecho, lo que ha perdido, lo que ya no tendrá. Por eso las lágrimas en la lluvia. Y frente a él, un asesino a sueldo del Estado que, posteriormente, comprenderá el significado de sus sueños. He visto todas las versiones. Todas me gustan. Quizás porque cada vez que la veo estoy más convencido que nunca de que todos soñamos con ovejas eléctricas.


(La famosa escena de lágrimas en la lluvia ya la puse en este blog, en la entrada llamada "Momentos", y no mola repetirse. Así que les dejo con el arranque -que es igual de acojanante- las llamaradas, la música de Vangelis...)


(No lo puedo evitar, ahí va...)

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Escucha

Hace poco me hice un regalo en plan caprichito. Llevaba tiempo deseando meter la nariz en una serie de la que leía toda clase de parabienes. Había visto secuencias sueltas y me había bajado algún episodio en inglés, pero la jerga que usan algunos de los personajes me hacía sentirme más perdido que John Locke en su ataúd, ya que estamos televisivos. El caso es que por fin se editó en Apaña la esperada “The wire” (“La escucha”).

Leí la palabra obra maestra para describirla, y ya es complejo teniendo en cuenta el nivel al que ha llegado la ficción televisiva norteamericana con cositas como Los Soprano, El Ala Oeste de la Casa Blanca, Battlestar Galactica, The Shield, House, A dos metros bajo tierra, Hermanos de sangre, o las recientes y excelentes True Blood y Generation Kill (ésta última creada por los mismos tipos de "The wire"). Por supuesto, que se pueden añadir unas cuantas más que todavía no he podido ver, ya que uno tiene el tiempo limitado y debe hacer más cosas, pero una serie mediocre de estos señores está al mismo nivel que lo mejor del resto de la Galaxia (hay cosas muy buenas también por ahí, y si no vean la serie de terror The Kingdom del genialoide Lars Von Trier y aquí hay cosas buenas también, no se crean, el problema son los ejecutivos que dirigen las cadenas). ¡Ah!, no me olvido de la gran “Lost”, la serie que nos ha cambiado el mundo y lo ha dividido, en palabras del gran spoiler Hernan Casciari, entre los que la ven y los que, pobres de ellos, no la ven.

Qué puedo decir tras devorar la primera temporada de esta serie: pues que ahora que estoy pelado de dinero voy a atracar a alguna ancianita para comprar la segunda temporada (de un total de cinco). Casi no tengo palabras porque las expectativas que tenía no sólo se han cumplido, sino que han ido más allá y hasta el infinito, que decía Buzz Lightyear. Creo sinceramente que es una obra de arte, que la HBO debería recibir el Nobel de algo, me da igual, pero que no se puede tener un nivel más alto produciendo ficciones que, además, por muy exclusivas que parezcan, son de consumo general y entretenidas, aunque eso sí, requieren pensar, pero sólo un poco, tampoco se crean, no vamos a subir el nivel no le vaya a dar una hipoglucemia a los Vasile y compañía. Cuando pienso que la HBO realmente es una cadena de cable para acontecimientos deportivos y que quiso probar suerte en esto de la ficción. ¡¡¡Dios mío, por favor, que Teledeporte produzca ficción nacional!!! No creo que me hagan caso, al fin y al cabo soy un humilde guionista y no tengo ni idea de televisión ni de los gustos de la gente.

Si tengo que comparar esta historia con algo sería con la reciente “Gomorra”, la película italiana aclamada por todos, pero que desde mi humilde punto de vista ha sido excesivamente valorada por la crítica. No le niego cosas buenas a la película y una estética demoledora, además de estar seguro de que el libro es excelente y es una de las cosas que tengo pendientes, pero narrativamente está sobrevalorada, con tramas y personajes que se confunden, con un bajón brutal a mitad de película, llegando a aburrir cuando lo que te están contando es tremendo. No me gusta hacer comparaciones, pero ésta vez lo hago porque “The wire” cuenta exactamente lo mismo, pero en vez de en Nápoles, en Baltimore.

Es una historia que habla de la corrupción y la violencia a todos los niveles: desde los camellos y yonquis, hasta las altas esferas de la política. La diferencia es que en la serie en su 1ª temporada se centra en dos puntos de vista: los policías que tratan de desmantelar el tráfico de drogas en el Este de Baltimore, y los propios narcotraficantes que lo organizan de manera brillante.

Creada por un ex periodista de sucesos (David Simons) y un ex policía (Ed Burns), la historia es absolutamente realista, al igual que Gomorra, pero a diferencia de ésta última, el guión está a años luz. Es una historia coral, con muchos personajes, pero que en ningún momento te pierdes, pese a lo complejo de la trama. El eje principal de la historia es un solo caso, acabar con el organizador del tráfico de drogas de un barrio de Baltimore, el ladino y brillante Avon Barksdaled, y su aún más brillante secuaz, Stringer Bell. El encargado del caso es un policía honrado lleno de problemas personales, el también brillante Jimmy McNulty, rodeado de un grupo de policías formado para la ocasión, de manera sibilina, por los altos gerifaltes. Son detectives que vienen de distintos departamentos, algunos borrachos, otros inútiles, otros sin experiencia, otros liquidados por ser precisamente eso, buenos policías en su momento.

La historia se centra en las escuchas que montan los detectives en las cabinas de teléfono que sirven de comunicación a los camellos del barrio. A lo largo de los 13 episodios, los policías poco a poco van recobrando su autoestima hasta conseguir poner contra las cuerdas a los muy organizados narcotraficantes. No esperen tiros ni coches a dos ruedas, es una historia que trasmite verdad por todos los poros, los policías parecen de verdad y se equivocan como cualquier otro en su trabajo. Los narcotraficantes, que nacen en un ambiente de pura supervivencia, dan auténticas lecciones de vida y de estrategia para organizarse, como si fuesen un ejército y jugasen al ajedrez con la pasma. Te crees a los jueces prepotentes, a las fiscales trepas, a los comisarios chulescos, a los políticos corruptos, a la poli lesbiana y a su novia, al gánster violento y gay. Son 13 horas del mejor cine, de la mejor ficción en mucho tiempo.

Escucha: hay grandes series para ver, sin duda, pero mi consejo, amigo, es que estás perdiendo inútilmente el tiempo si todavía no te has acercado por el Este de Baltimore.


(Esta secuencia es ya un clásico de los blogs, pero resume perfectamente el nivel de la serie porque algo así no se suele ver. Son McNulty y su compañero intentando aclarar un caso de asesinato con el que un incompatente compañero de ambos hizo una chapuza... Y con esta recomendación termina el primer año de existencia de mi blogggggggggg, que ustedes lo pasen bien, y Feliz Ano, y que no nos den por el ídem en el próximo)

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad

Se llama Sandra, tiene 20 años, el pelo negro, la mirada despierta y un par de piercings adornan su bello rostro. Vive en un barrio obrero y cada mañana sale en su coche a trabajar a la cabina de peaje donde también trabajaba su padre. Un día, hace meses, los lobos, al olor de la sangre, le acecharon y le abatieron. Desde entonces, Sandra tiene un plan.

Llevo días dándole vueltas a la cabeza buscando inspiración para un cuento de Navidad. Pero nada. Eso demuestra mi poco espíritu navideño. Quizás la mejor historia navideña (Dickens aparte)que oído nunca se la cuenta Harvey Keitel, al final de la inolvidable “Smoke”, al agobiado escritor al que interpreta William Hurt, que busca (como yo ahora) un cuento de Navidad que mandar al periódico que le ha pedido que escriba algo típicamente navideño.

Como dudo que Keitel, o similares, vengan al rescate, he decidido que mi cuento de Navidad lo protagonice una chica sobre la que leí un artículo que cuelga, desde hace dos semanas, en el corcho que hay frente a mi escritorio. En realidad es una historia poco navideña, o quizás me equivoco, y es la más apropiada para estos días llenos de falsos e impostados sentimientos. En este caso, sin embargo, sí existe una generosidad sincera, además de mucha valentía, un bien tan escaso como el petróleo.

La chica en cuestión fue protagonista, a su pesar, de los telediarios de hace meses. Bajo la lluvia, entre rostros serios y atenazados, rodeada de micrófonos a la rapiña, abrió un folio doblado en varias partes, y escrito a mano, y dijo bien alto a quien lo quisiera escuchar, a los corderos y a los lobos de su tierra, a los que callan y a los que otorgan, a los que piensan como ella y a los que no lo hacen: “estoy orgullosa de mi padre y sólo puedo decir a los que le han matado que han sido unos hijos de puta”.

Se llama Sandra Carrasco y tiene un plan desde hace meses, desde que el arrebataron a su padre, un humilde trabajador al que decidieron exterminar por ser un peligroso enemigo del pueblo. Desde entonces, con el recuerdo de él en su memoria, Sandra, decidida, coge el coche y parte hacia el lugar donde los telediarios informan que la sangre, nuevamente, baña las calles de su querida y hermosa tierra.

La última vez que lo llevó a cabo fue hace pocos días, cuando acabaron con un empresario el cual, según ellos (los lobos), iba a terminar con el paisaje de su patria. Antes, ya lo había ejecutado meses atrás, cuando reventaron a un guardia civil que pasaba por allí, según ellos, porque son perros peligrosos, y a los perros peligrosos se les elimina.

El plan de la chica es muy sencillo y lo elabora siempre de la misma manera: mientras la gente permanece en silencio, o gimoteando, con las cabezas gachas, tras las gafas oscuras, ella se acerca decidida hacia los familiares de turno que les toca estar destrozados, les posa una mano en el hombro y les dice siempre las mismas palabras: “Soy la hija de Isaías Carrasco, asesinado por ETA. Te acompaño en el sentimiento”.

Ahora que estamos en Navidad, que no encuentro una historia típicamente navideña, que Harvey Keitel no viene a rescatarme, he decidido, como el humilde tamborilero que se acerca a Belén a tocar lo único que tiene (su viejo tambor), hacer algo parecido. En mi caso sólo puedo ofrecer en honor a Sandra lo único que sé hacer medianamente regular: escribir unas líneas, su historia, mi cuento de Navidad.


(Quería poner a Raphael y su inmortal Tamborilero, pero no hay forma de encontrar algo sin sus excesos de gestos. Por tanto, dejo el tamborilero que canta un coro al final de un episodio de esa otra obra de arte televisiva llamada "The West Wing", donde el gran Toby se hace cargo del cadáver de un mendigo que luchó en la Guerra de Corea... Pues eso, felicidades y esas cosas que se dicen)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La grandeza del enemigo

Decía alguien por ahí que la talla de un hombre se mide por la grandeza de sus enemigos. Y creo que algo de razón tenía quien enunció la frase de marras.

Soy madridista, con lo que ello implica. No sé bien el motivo, probablemente por obligación ya que mi difunto padre me hizo socio siendo yo pequeño. El caso es que, de todo que tenía que haber heredado de mi ancestro, y sin embargo no hice (no sé si por rebeldía, o por no repetir actitudes que no me gustaban un pelo), sólo hubo una cosa en la que le seguí: ser madridista.

No debería ser aficionado de este club por ciertas cuestiones, empezando quizás por los patéticos dirigentes que se asoman a su poltrona, y terminando por la casposidad que desprenden algunos de sus aficionados con los que me cruzo. De los ultras, ya ni mentarlo, porque se me ocurren un par de sitios estupendos donde tirarlos. Pero soy madridista, qué se le va a hacer, y además acudí al estadio durante muchos años (luego, me volví comodón). Ahora ya no soy socio, quizás por mi alergia a los carnets, y a la obligación de hacer algo o acudir a un sitio, por eso tampoco soy socio de un gimnasio, ni del Vips, ni de la Fnac, y mira que me dejo pasta en ellos.

Olvidemos mis absurdas disquisiciones, y sigamos con el tema de mi historia. Fue a mediados de los ochenta cuando realmente me hice madridista. La culpa fue de un grupo genial de jóvenes jugadores que acudieron al rescate de un equipo de leyenda que se hundía en la mediocridad. Fue el mejor fútbol que he visto y veré, y los lideraba un tipo rizoso, tímido y algo tartamudo que paraba el tiempo cuando entraba en el área, silenciando un estadio de 100.000 almas. Fue una especie de Mesías, arropado por sus discípulos de generación, y acompañados de un grupo de veteranos jugadores que, al igual que los forajidos de leyenda, tenían unos códigos éticos de otros tiempos, principalmente el de no rendirse nunca.

Fui testigo de las grandes remontadas del Bernabeu, donde los equipos europeos, o el gran Barça de Cruyff, salían con tembleque en las piernas, y al que un cultivado jugador argentino, que demuestra que el fútbol es totalmente compatible con la mejor cultura, dio a conocer como “el miedo escénico”. Tras aquellos años gloriosos, ya tenía claro que no podría claudicar a ser aficionado de este club que ha sabido combinar a lo largo de su historia, el fútbol como espectáculo con la épica más pura. Y como lo facilón es ir con el viento y ser del equipo que mejor juega, pero como detesto profundamente a los conversos, pues sigo y seguiré siendo del Madrí, aunque vengan mal dadas.

He contado todo este rollo introductorio para definirme porque, obviamente, mucha gente no pensará lo mismo. Pero lo he hecho porque de lo que realmente quiero hablar no es de mi afición por el Real Madrid, más bien de su contrario, del gran enemigo, de la otra cara de la moneda, de su Némesis, del lado oscuro, de Vader (con lo que me gusta Vader, suspiro): el Barcelona, ese club que es mes que un club.

Durante años, en especial con el mandato de Núñez, pensaba que el Barça no era un rival digno, ni grande, ni un enemigo a la altura del Madrizzz. Presidido por un señor bajito bastante acomplejado, que siempre gimoteaba por las derrotas, que se quejaba de las ayudas al equipo de la Capital, que siempre tenía en la boca la palabra “Madrí”, que lloraba como un niño (ya saben aquello de Boabdil) cuando ganaba, que siempre salía en todas las fotos, y que salió a malas con todos los artistas que tuvo bajo su mando. Reconozco que sonreía maliciosamente con las desgracias y folletines que montaba aquel señor, o el desequilibrado de su Vicepresidente.

El caso es que me sigue saliendo la sonrisilla malévola cuando al Barça le van mal las cosas (¡al loro, eh!). Algunos verán en esto el típico rollo coñazo de la rivalidad entre las dos ciudades y su dimensión política. Como mi sentido nacionalista es parecido al que tenía el malvado Liberty Valance, “vivo allá donde cuelgo mi sombrero”, y como me gusta esa hermosa ciudat por muchas cosas, tanto de noche como de día, pues así saco de dudas a los que piensen en el tema étnico-patriótico. Lo mío es simplemente provocar de vez en cuando a algún culé descuidado con el que me cruzo, que si es bella y sin compromiso, pues mucho mejor.

Sin embargo, hay que reconocer las cosas de vez en cuando. Y yo últimamente sí que veo en el Barça al gran rival que buscábamos, al enemigo que uno desea tener, donde mirarse al espejo. De hecho, a veces es mejor tener grandes enemigos que ciertos amiguetes. ¿Y por qué es ahora el gran enemigo? Pues porque, para bien o para mal, durante años ha mantenido un estilo de jugar al fútbol, que es como decir un estilo de vida, unido casi siempre al espectáculo, y eso le hace grande. Y porque en los últimos años (al contrario que nosotros) ha tenido la sensatez de tener al frente del equipo a dos personas coherentes, sensatas y educadas, en especial quien lo dirige ahora mismo, un tipo al que siempre admiré por su forma de jugar al fútbol, como por su forma de entender la vida, además de ser un tío elegante y todo un caballero.

Pero sobre todo hay algo que ocurrió ayer, y que vi en los telediarios, que me ha convencido aún más en mi argumento de esta historia. Algo que incluso me emocionó, teniendo en cuenta mi alergia a esos colores. Fue el minuto de silencio que guardaron Guardiola y los suyos por la muerte de un humilde aficionado que acudía todos los días a verles, y al que, durante bastante tiempo, le estuvieron ayudando a salir adelante, teniendo en cuenta que era uno de los muchos que penan por este Valle de Lágrimas. Por este motivo, hoy más que nunca, puedo decir bien alto que con enemigos así, uno puede medir su grandeza.


(Les dejo con el genial sketch de Crackovia, el gran programa de humor de la TV3 -algo que se desconoce en TeleEspe, o telecalcetines... el humor, quicir, que diría Núñez- Observen la imitación de Guardiola y lo del crítico de cine y su "Bon dia. Spielberg caca")

martes, 9 de diciembre de 2008

Road to nowhere

Algunos no pueden andar, a otros les cuesta levantarse de la silla, la mayoría necesitan bastón para desplazarse. A uno de ellos le acompaña un respirador artificial, otra necesita una lupa de aumentos para ver las letras de las canciones, al más enfermo le han dado la extremaunción en cuatro ocasiones. Todos ellos saben que apenas les queda muy poco, que se acerca el final de la función, que ya han vivido demasiado y que deben dejar paso. Todos lo saben, pero cuando salen al escenario a cantar el mejor rock, punk y pop que se ha hecho jamás, olvidan por un momento su inmediato destino y se convierten en unos artistas únicos y excepcionales.

Debo ser yo, debe ser esta lluvia, o este frío, debe ser tanta película absurda, vacua, aburrida y pretenciosa que me he tragado últimamente. Tanto artista y tanto listo de los cojones, tanto realismo comprometido y tanta acción inútil. O puede ser que me haya vuelto loco, que seguramente será eso, pero el caso es que al final, tras semanas sin ver algo decente, han sido un grupo de ancianos que ya están más allá que acá, dirigidos por un exigente y humanista director, que se ha propuesto darles un objetivo cuando el resto del mundo les aparca a un lado, quienes me han hecho pasar dos horas únicas, olvidándome de todo lo que había a mi alrededor.

Se llama “Corazones rebeldes” (el original es Young@Heart, y no me pregunten el porqué de la traducción). Seguramente no es la mejor película documental de la historia, y seguramente lean alguna crítica que la ponga a caldo, pero si alguien no reconoce haberse reído o emocionado con ella en algún momento, o si no sale del cine con una media sonrisilla, olvidando por un momento todo lo oscuro de este mundo, es que le falla algo en el mecanismo interno.

Son un grupo de ancianos entre los 70 a los 90, e incluso más allá, que no tienen ni idea de lo que es el rock’n roll, el punk, o el pop más alternativo, pero que, animados por un visionario director del coro, cantan a su manera la mejor música del s. XX: Clash, Sonic Youth, Jefferson Airplane, Ramones, Jimmie Hendrix, James Brown, Dylan, Talking Heads, Doors o Coldplay, formando un repertorio variado que es interpretado de una forma que hasta ahora ninguno de ustedes habrán visto.

Ni siquiera lo calificaría como documental, ya que me parece un peculiar musical, que se pasa volando, que entretiene, que divierte (el anciano que no consigue coger el ritmo al “I feel good” de Brown y su grito de entrada, o la versión del Should I stay or should I go? cantada por una anciana de 92 años), que conmueve (la muerte de varios componentes durante los ensayos), y que tiene dos momentos memorables para recordar: el concierto que dan en una cárcel, donde los presos se acercan al final del mismo a saludarles y abrazarles agradecidos; y el concierto final, con la actuación de uno de sus componentes, Fred Knittle, un octogenario con forma de barril, que debe ir a todos sitios con un aparato que le proporciona oxígeno a su encharcado pulmón, pero que posee una voz de barítono y un sentido del humor irónico festivo que les hará preguntarse, como hice yo, de qué huevos me quejo en la vida.

No sé si se habrá estrenado en toda España, porque de los que llevan el negocio de la distribución espero menos que de un político en campaña, pero en Madrid la encontrarán en Versión Original (como debe ser) en tres salas. Así que ya saben, dejen las mierdas que estén haciendo y háganse un favor así mismos, corran a los cines para subirse al autobús de unos ancianos que, al final de sus días, han decidido que van cantando canciones, camino a ninguna parte.


(Les dejo con la interpretación que Fred Knittle, el anciano barrilete, hace de la conmovedora Fix you de Coldplay... en el cine mola mucho y emociona, lo garantizo)