miércoles, 4 de agosto de 2010

La playa perfecta

Es una línea del horizonte que se pierde en un mar azul, una playa de arena fina, un cubo de playa color rojo y en medio de todo ese cuadro una niña que escarba en la arena, recoge montoncitos y desliza sus millones de granitos entre sus dedos, como si los contara uno a uno, como si analizase su composición, su forma, su estructura, contenido o composición. Ésta sería la descripción de la playa ideal para Miguel Gallardo, dibujante de cómics. Es el lugar soñado por él, el lugar donde su hija María, que padece autismo, sería siempre feliz, contando la arena, como si sólo ella, en su universo especial, fuera la única que conoce un secreto inalcanzable para el resto de mentes convencionales.

El otro día pude ver por fin el documental, o más bien la película documental, “María y yo”, dirigido por Félix Fernández de Castro, basado en el cómic del mismo nombre, uno de los mejores de los últimos años, premiado en innumerables sitios, y que ratifica esa Edad de Oro por la que pasa el cómic español. No me considero especialista en el tema, pero sí aficionado y debo decir que historias como “Arrugas”, “El arte de volar”, “El vecino” y la ya mencionada “María y yo”, engrandecen este género en el que todos nos adentramos de niños, y en el que unos cuantos nos quedamos, pese a que nos miren raro.

En la película se nos cuentan las peripecias de una peculiar pareja: un dibujante de cómics, que entre otras cosas es autor de “Makoki”, historieta mítica de los ochenta, y su hija autista de 14 años. Uno podría esperar un humanista, dramático y comprometido documental que muestra la tragedia del autismo y el aislamiento social de los que lo padecen. Muy al contrario, si algo sorprende de esta maravillosa historia, que ya lo era en el cómic, es su optimismo vital y su espacial sentido del humor, mostrado sobre todo a través de las animaciones y viñetas del propio Gallardo.

Conmueve escuchar a este hombre decir que en una sociedad avanzada como la nuestra, donde se tiende a la igualdad por decreto, donde todos deben tener las mismas oportunidades y ser igualitos, con su curro, su hipoteca, sus vacaciones, él sólo desea que su hija sea diferente. No quiere que la integren, no quiere que la enseñen a subir folios del cuarto piso al octavo y a decir buenos días, que todos sonrían y pongan cara de políticamente correctos e integradores. Él sólo sueña con que su hija sea feliz tal y como es, con su propio mundo, especial, único, lleno de granitos de arena, de listas interminables de nombres, de papelitos de colores con los que estampar el suelo de los aviones.

María y yo nos cuenta las vacaciones de Gallardo y su hija en un Resort de Canarias, lleno de guiris gordos color salmón que bailan al borde de la piscina y que comen sin parar gracias a pulseritas que evitan “a los peligrosos nativos”. En medio de ese enjambre de vikingos tostados, de manera surrealista, una pareja especial repite cada día una rutina con la que hacer sentirse cómoda a la niña, y que no hay que saltarse ni un milímetro: desayuno, paseo (siempre por los mismos sitios), piscina, buffet, playa, cena y, antes de coger el sueño, repetir nombres y nombres de personas que pasaron por su vida. También nos muestra la red de cariño que Miguel y May (la madre) han tejido alrededor de la niña: familiares, vecinos y amigos de Barcelona y Canarias de los que María recuerda cada uno de sus nombres, sin fallar en ninguno. Su padre les pone cara a todos ellos en cuadernos de alambre donde los dibuja y que sirven de biblia particular al universo de su hija.

Por su profesión, Miguel Gallardo reside en Barcelona, pero son constantes sus viajes a Canarias donde vive María con su madre y el resto de la familia. El documental nos muestra también cómo educan a María en una escuela especial y sus avances desde los dos años. Nos cuenta la angustia inicial de la madre cuando decía, y nadie la creía, que el bebe que habían tenido le ocurría algo, que no daba ni mostraba muestras de cariño alguno, que se escondía en un rincón de la cuna. Pero son momentos solamente ya que toda la historia está contada con un gran sentido del humor y subrayada con una magnífica banda sonora, como el conmovedor baño del padre y la niña en la piscina del Resort, con la música de la banda Antonia Font y su “Batiscafo Katiuscas”.

Imagino que todos ustedes estarán muy ocupados tumbados a la bartola en una playa, o con una sangría en la mano, o un mojito, cogiendo el tono gamba del que luego presumirán en septiembre. Lo entiendo, yo haría lo mismo si pudiera. La peli no está en muchos cines y no tengo ni idea si se ha estrenado en toda Apaña. Pero si tienen la oportunidad de encontrarla y están hasta las cejas de la playa, los niños, la suegra, la abuela, y en especial de su pareja, les animo a ver esta pequeña joya. Además, también sale una playa... y es perfecta.


lunes, 12 de julio de 2010

El Reino de los Cielos

No sé ni qué título poner. Tengo resaca y estoy poco inspirado. Cuarenta años tardé en verlo, casi tantos como aquél tardó en morirse. En el fondo ha costado sangre, sudor y lágrimas. La sangre derramada como consecuencia de los golpes barriobajeros de unos que se hacen llamar futbolistas. Las lágrimas de un portero con vocación de salvador, al que pusieron en duda, olvidando que los héroes de la calle siempre vuelven. Sus lágrimas al final ponían los pelos de punta, por no hablar de ese beso, merecedor de ser el final de una gran película, de un clásico imperecedero. El sudor de una especie de Tarzán que ha corrido y corrido sin parar, como si la vida le fuera en ello. Es su sudor, el de sus compañeros, el de todos, el que he transpirado en este mes, en este día, cuando a cuatro minutos del final pensé que el puñetero azar, destino, o como quieran llamarlo, se lo tenía que devolver a unos holandeses que hubo un tiempo en el que jugaban al fútbol, como si fueran los últimos románticos, pero que hoy sólo han sido once macarras peligrosos.

Creo que el título debería ser “justicia poética”, porque el fútbol ha ganado, porque un pequeño poeta, genial y malabarista ha marcado el gol decisivo, como debía de ser, aunque no le elijan mejor jugador del torneo unos gordos que deciden estas cosas. Da igual, que la chupen, que la sigan chupando, que den el premio a guaperas que les queda mejor el uniforme de una multinacional. El mundo, las empresas, los gobiernos, las multinacionales, están dirigidas por absurdos gilipollas y eso hace tiempo que lo sabemos.

Pero creo que ya sé cómo voy a llamar a esta historia, a estas líneas que tocan el cielo, que nunca pensé que podría escribir. Como en todo momento de gloria, uno debe recordar a muchos, porque para llegar hasta aquí, hay que mirar hacia atrás y recordar a tantos. Quizás nunca tantos debieron tanto a tan pocos.

Así que lo de ayer nos debe hacer recordar a los que ya no están, a los que nos dejaron, a los que no pudieron verlo. A los de aquella otra fecha que también cayó en once, pero que fue un once infame y sangriento, que nos heló el corazón para siempre. A los miles de olvidados en las cunetas de una guerra injusta y cruenta, que rompió un país en dos, cuya brecha nunca pensamos sería salvada. A los cazados por los lobos iluminados, los fanáticos, los del odio, que por ellos también va.

A los que no tienen trabajo, a los humildes, a los que no tienen nada, a los que se arruinaron, a los que robaron un futuro, a los que tienen un destino incierto. A los que desesperan, a los que hacen cola en busca de un trabajo, a los que madrugan, y a los que no, a los que curran con sus manos, con sus mentes, con su espíritu.

A nuestros abuelos, que nunca lo vieron. A nuestros padres, que nunca lo creyeron. A nuestros hermanos, que nunca lo soñaron.

A los que creen que con la belleza también se gana, y si no se gana, al menos se intenta, sin perder un estilo, sin perder una forma de vivir.

A los sensatos, a los que no levantan la voz, a los hombres tranquilos con bigote que, cuando van mal las cosas, se mantienen firmes, serenos, mientras el resto grita.

A los héroes anónimos, a los que caen y se levantan, a los que persisten, a los que en el pasado lo intentaron pero que fueron derrotados, a veintitrés tipos que cuando salen al campo sólo saben y quieren jugar.

A los poetas.

Porque de todos ellos será El Reino de los Cielos.



(Pues ale, recuerden siempre este día, este momento, esta narración, este gol)

martes, 6 de julio de 2010

Fútbol

No tuve nada en común con mi padre. Hablábamos poco, no me gustaban sus ideas políticas, ni su oficio de milico, de aquellos que hicieron que su forma de pensar dividiese a todo un país. Le respeté, pese a las muchas veces que quise mandarle al carajo a él y a los suyos. No me impuso su forma de pensar ni una línea a seguir, si bien nunca estuve seguro de si realmente le interesaba el camino que tomé en la vida, un camino extraño e inhóspito, poco ortodoxo, nunca recorrido por nadie de la familia. Creo que al final lo entendió, o así espero que fuera, aunque no pudo ver los resultados. Sus últimos años fueron tranquilos y apacibles, ya alejado del ejército; sus últimos meses fueron una agonía, rehén de una enfermedad que dejó su cuerpo de armario convertido en guiñapo. Lo único que nos unió durante tantos años, lo único de lo que hablábamos cuando estábamos juntos, lo único que vimos juntos en la sala de estar siendo yo un niño era una sola cosa... fútbol.

El pasado sábado se produjo algo inédito en mi vida, algo de lo que nunca pensé sería testigo, algo que era una especie de quimera que te contaban otros de hablas distintas a la tuya. Tras años llenos de desgracias, gafes, malas fortunas, injusticias, o como se le quieran llamar, tras años de frustraciones, lágrimas infantiles, oportunidades perdidas, por fin, el cielo se abrió y pude ver a una selección española pasar de esa maldita maldición que parecía cosa de vudú: los cuartos de final de un Mundial.

Es algo absurdo, lo sé, mi vida no va a cambiar, no voy a ganar más dinero, no voy a encontrar trabajo, no me voy a ligar a una rubia libidinosa, no me va a llamar Spielberg para preguntarme dónde había estado escondido todos estos años. Es algo inútil, grosero por todo el dinero que mueve, incluso inmoral, si lo quieren ver así. Sin embargo, para millones personas a nivel global es algo único, algo en lo que les va la vida, los sueños, los anhelos, las frustraciones. Quizás porque para entender todo esto hay que entender qué es el fútbol, que es como decir qué es la vida, aunque suene pedante o exagerado.

Noventa minutos en un campo de fútbol representan, a pequeña escala y resumido, los momentos por los que un mortal pasa por la vida: esfuerzo, inteligencia, estupidez, sudor, dolor, frío, calor, barro, violencia, sangre, coraje, cobardía, trabajo, suerte, épica, frustración, alegría, mediocridad, fealdad, belleza, arte, leyenda... seguramente inmortalidad. Siendo como es un deporte antinatural, se juega con los pies, extremidad que sirve para sostenerse lo mejor que se puede al suelo (como para ponerse a hacer virguerías con un balón), resulta aún más admirable que despierte pasión en todo el planeta. Son muchos los que juegan, y otros tantos los que se dejan llevar y, al ver una lata, le dan un puntapié con el mejor estilo posible. Ya lo dijo Bill Shankly, el mítico entrenador del Liverpool: “Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso".

Estos días, en algunas redes sociales en las que me muevo, es decir, personas de las denominadas instruidas, amantes del cine y la cultura, de las lecturas y las reflexiones, han tocado las trompetas de Jericó para declarar lo deplorable, inculto, obsceno y aborregado que es el fútbol. Se excusan en el dinero que mueve, en que los futbolistas son millonarios, en el patrioterismo rancio que despierta en el pueblo.

Yo soy poco o nada de banderas, y menos de camisetas con símbolos o escudos, pero habría que analizar el asunto. En otros tiempos la gente de izquierdas solían despreciar, y con razón, la bandera que les había ganado una guerra. Pasado el tiempo, y aunque durante años el color rojigualda fue la identificación de la derecha más carpetovetónica, ahora se puede ver que, durante un mes de campeonato, esos colores acompañan la indumentaria de personas con ideologías dispares que, con total naturalidad, ven los partidos juntos, se emocionan y sufren unidos ante la adversidad, saltan y dan brincos cada vez que el Espiri González asturiano marca. Incluso ocurre algo inimaginable en otro tiempo, como ver la bandera española compartir lugar con la bandera multicolor del Orgullo Gay, otros de los oprobiados en el pasado por los rancios portadores de la raza ibérica. Todo esto ha sido conseguido por el fútbol, el maldito e inculto fútbol, el opio del pueblo.

El motivo por el que algunos detestan lo que el resto ama, creo pasa por no haber dado nunca una patada a un balón. Por supuesto, hay gente que ha jugado a este deporte alguna vez y eso no significa que obligatoriamente se hagan aficionados, pero quizás por ello no lo desprecian, no tildan de borregos a los que lo siguen. Quizás la pose del rebelde guey que odia el fútbol sigue quedando bien, aunque deberían saber que incluso Albert Camus, un gurú de la intelectualidad europea del s. XX y que escribó "El extranjero", jugó al fútbol, y encima de cancerbero. “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”, llegó a decir el narrador e intelectual francés.

Dan igual los argumentos a favor o en contra, si alguien odia este deporte lo seguirá haciendo, así que no me voy a poner a convencerles, que les den, o mejor, que la chupen, que la sigan chupando, que diría aquél, si bien me jode que me llamen borrego, pese a que admiro su tranquilo modo de vida. En mi caso, hace miles de años que no juego al fútbol, es lo que tiene ser un peculiar gafapasta del cine, pero recuerdo que hasta los 18 años mi mundo giraba en torno a él, a partidos eternos jugados en un campo de tierra, a equipos a los que bautizamos como “buenos” y “mantas”, pero donde los mantas podían ganar, a balones de plástico duro que hacían más daño que un puñetazo de Tyson, a sueños donde tiraba una falta y marcaba el gol decisivo. Todavía hoy, ya adulto, a veces sueño con el tacto de aquellos balones de cuero, con jugadas, con dar patadas a un balón, con tener unas botas de fútbol y el sonido de los tacos antes de salir al campo.

El pasado sábado la gente explotó de alegría, ahora que son malos tiempos para la lírica. No sé qué mal hay en ello y por qué no puede ser compatible con un buen libro, una gran película, una buena música o una mejor reflexión. Como siempre el sectarismo y el odio cainita hacen su aparición. Hubo incluso alguno que lloró, como un buen amigo, enorme y fuerte él, pero emocionado como un niño. Le entiendo completamente, el fútbol es eso, un reflejo de la vida, una metáfora de ella, y cuando un día se alcanza la cima que tanto ha costado subir, y que pensabas que nunca llegaría, las emociones afloran. El fútbol, el destino y la vida a veces son justos, aunque la mayoría de las veces no existe la justicia poética. En mi caso, curiosamente, tras los botes iniciales y las cervezas bebidas, tuve un pensamiento: mi padre nunca llegó a ver esto.



Es probablemente el mayor gilipollas planetario, sin embargo de futbolista fue capaz de hacer esto, algo que explica qué es el fútbol... Baudelaire estaría de acuerdo)

viernes, 25 de junio de 2010

El arte de volar

Es el nombre de un tebeo, bueno de un cómic, o lo que ahora se conoce en plan culto como novela gráfica. Probablemente es la historia más desgarradora que he leído en los últimos tiempos. Es la obra de un veterano guionista llamado Antonio Altarriba, pero también es la obra de un hijo llamado Antonio Altarriba, que resultan ser la misma persona. Y digo esto porque, presentado como un cómic, se nos cuenta la vida del padre de Altarriba que, a la edad de 91 años, decidió tirarse desde la ventana del cuarto de piso de la residencia geriátrica donde estaba internado. El propio autor lo narra en el prólogo de su obra: “mi padre tardó 90 años en caer de la cuarta planta”.

¿Qué lleva a un anciano al que apenas le queda un suspiro de vida a tomar tan drástica decisión? Si quieren descubrir la respuesta, sólo tienen que leer “El arte de volar”, probablemente el cómic, yo diría el libro, que mejor ha retratado el último siglo de la triste historia de un país al que muchos llaman España, y yo la conozco como Apaña.

Los dibujos de esta pequeña obra de arte han sido realizados por Kim, al que todos reconocerán como el cachondo mental creador de “Martínez el facha”, el facineroso bigotudo malhumorado con cara de Sazatornil, que desde hace años hace reír a los seguidores de esa joya satírica conocida como “El jueves”. Aquí se ha puesto serio, sino lo ha sido siempre. Por sus trazos descubrimos la época de la Dictadura de Primo de Rivera, el auge de la Segunda República, la Guerra Civil Española, el exilio a Francia, la Segunda Guerra Mundial, los oscuros años del Franquismo, y la nueva democracia. Todo un siglo visto a través de los ojos de una persona que, como dice en un momento del cómic, sólo quiere trabajar y vivir en paz. Es la crónica de un hombre que resulta ser víctima de las circunstancias sociales e históricas que le tocaron vivir.

Algunos pensarán que es la típica historia sobre la Guerra Civil, con su carga política, su rollo ideológico, su carácter maniqueo. Y aunque hay de todo ello un poco, no se puede negar que la historia de este país siempre ha tenido un poco, o un mucho, de todos estos aspectos, pero ante todo es la historia de un fracaso absoluto, de los sueños arruinados de alguien que una vez pensó que otro mundo era posible.

Casi siempre he rehuido de este tipo de historias. Cada vez que sale una película, o un libro, que tiene como contexto la Guerra Civil, o el Franquismo, huyo con pies ligeros. Como si no quisiera saber nada, aunque el motivo muchas veces se encuentra en la calidad de obras que suelen dejar mucho que desear (un ejemplo la adaptación de “Los girasoles ciegos”, un inmenso libro y una patética película), más preocupadas en soltar el mensaje o la perorata, que en contar algo que guste a un público general, pese a lo peliagudo que supone siempre enfrentarse a esa parte de nuestra historia.

En mi caso el motivo de huida es sencillo, vengo de los vencedores. Mi familia, no toda, pero una parte importante, son de los que presumieron de eso que se llamó “La Gran Cruzada Española”. Quizás por ello, quizás por el rechazo a lo que vi y me contaron de niño, quizás por mirar hacia otro lado, huyo de esas historias. Todavía recuerdo con apenas 15 años mi primer viaje transoceánico, una de mis obsesiones con las que martilleaba a mis padres con la excusa de estudiar inglés, pero cuyo objetivo era viajar al lugar de donde procedían esas películas que alumbraban mis sueños, conocer esas calles, esos coches enormes, esos billetes de dólar que, después de dos siglos, son iguales a los que manejaban los pistoleros. Y fue allí, en concreto en la Costa Oeste, donde me di de bruces con la realidad de un pasado que yo desconocía, o del que no quería saber.

Para mí los rojos fueron los malos, los pérfidos que quemaban iglesias, los de la matanza de Paracuellos, los que querían hundir España. Fue allí donde la familia americana que me acogía me llevó a pasar un día con una comunidad de españoles que vivían en esa parte de California. Y fue allí donde descubrí a unos ancianos que añoraban su tierra, su sol, incluso el hambre que pasaron. Fue allí donde oí por primera vez a alguien mentar a la madre del cabrón de Franco. No lo podía creer, pero era así. Esos eran los perdedores de aquella guerra que nunca me interesó, a la que no presté atención salvo en un antiguo juego de tablero que me hizo pasar tardes gloriosas, el preámbulo de la Segunda Guerra que inundó mis lecturas.

Muchas veces he pensado en ese momento, en ese encuentro con exiliados. Y con los años uno imagina la nostalgia que tuvieron que arrastrar todos esos que huyeron. Sin embargo, hubo otros muchos que se quedaron, que durante cuarenta años permanecieron callados, que vivieron una vida que no fue la suya. De eso trata “El arte de volar”, de la historia de un hombre que nunca pudo vivir la vida que quiso. Es una historia dura, triste, muy triste, que, al terminar de leerla, te hace sentir un vacío enorme. Y uno entiende el homenaje de Altarriba a su padre y las preguntas que le debieron surgir para intentar comprender el suicidio de su progenitor. Son las mismas dudas que yo sigo teniendo para entender el maldito odio cainita que, a fecha de hoy, sigue existiendo en este país. Me cansan las posturas inflexibles de unos y otros, me da igual que unos piensen que tenían más razón que los otros, esa verdad absoluta es algo que no existe, es tan real como Obi Wan Kenobi con el sable láser. La única verdad absoluta fueron años de penuria, de oscuridad, de familias divididas, de hijos y nietos que todavía intentan averiguar dónde están los suyos, de cómo se pudo llegar a esa locura, de cómo un anciano con 91 años decidió echar a volar.





miércoles, 16 de junio de 2010

Greatest hits

Pues nada, se acabó la Feria del Libro, empieza el Mundial, la hemos cagado en el primer partido, como siempre, quizás por tanto bocas que nos daba campeones antes de tiempo, así que he decidido hacer escapismo y recordar los grandes momentos de la Feria del Libro 2010. El cuarto año que trabajo en ella para ganarme unos cuartos mientras sigo peleando por ser cuentista algún día, aunque debería meditar ser trompetista. Pero bueno, mientras ello llega, aquí les dejo con los grandes momentos, los grandes personajes, las grandes preguntas, las grandes afirmaciones, las grandes respuestas de un lugar incomparable y privilegiado de Madrizz que, durante 17 días, está lleno de libros:

Grandes personajes de ayer y hoy en la Feria del Libro: un señor viejuno, montando una bicicleta, con un uniforme mezcla guardabosques y militar de los 70, una gran bandera de Apaña, un megáfono y un cartel "Antonio es necesario"... su lema al megáfono: Cataluña es Apaña... y algo más que decía, pero al alejarse sólo pillé lo de “hubo un tiempo...

Grandes sorderas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Espero que tengas "Nuestro tiempo"...
-Sí, bueno, la verdad es que si llueve es una putada...
-Eh, no, si yo me refiero a la revista.
-Ya, ya.

Grandes búsquedas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Oígame, ¿tiene números atrasados de Dirigido por?...
-Sí, creo que tengo alguno...
-Verá, es que yo busco de los primeros, concretamente de 1938...
-Eeeeeeh, así media hora.

Citas bíblicas de ayer y hoy en la Feria del Libro: y los cielos se abrieron y la furia del Señor se desató, diluviando durante siete días con sus sietes noches. El agua lo cubrió todo sofocando el terrible calor. Todo quedó arrasado, salvo una caseta con revistas indescifrables y un hombre con barba y gafas que exclamó: ¡¡¡gracias, coño, ya era hora!!!

Grandes imbéciles de ayer y hoy en la Feria del Libro: un individuo desconocido se acerca y entonces...
-Hola, qué tal, ¿me guardas el casco en tu caseta?
-No.
-Es por no tener que cargar con él por toda la Feria...
-Si te suscribes a una revista, entonces... quizás.

Grandes utopías de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Verá, buscamos una revista para regalar a un amigo...
-¿De qué tipo?
-De política...
-De esas hay muchas, verá tiene El viejo topo, Utopías...
-No, no, una que enseñe a ser un buen político...
-Eeeeeeeeeeeeeh... y así dos días.

Grandes reflexiones de ayer y hoy en la Feria del Libro: "¡¡cómo coj... se cambia el pu... rollo de la mie... del datáfono de los co...es ¿¿¿Por qué no entras puñ...ro ca... azo malp...ido??? ¡¡¡Me ca... en la pu... madre del bas... hijo pu... que lo inventó!!!

Grandes momentos de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-¡Mire, usté!, yo soy el mejor poeta y cantante de Apaña, mejor que el Miguel Bosé ése...
-Sí, bien, ¿pero le interesa alguna revista?

Grandes anarquías de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Oye, perdona, ¿tenéis alguna revista sobre el caos en general??
-Eeeeeeeeh... así una hora.

Grandes preguntas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
-Oyeees, ¿tienes revistas de hip hop?
-Nop, tengo de música barroca, motherfucker.

Grandes respuestas de ayer y hoy en la Feria del Libro:
- Oiga, ¿la Feria hasta cuándo está?
- La Feria es eterna, señor mío.



jueves, 27 de mayo de 2010

Gracias

En la madrugada del pasado lunes 24 de mayo de 2010 ocurrieron dos cosas:

Empecé el que era mi último día de rodaje de Tchang, tras tres largos meses de rodajes espaciados, con sus respectivas pre-producciones y lo que ello supone de trabajo.

Terminó la que ha sido y será por el momento la madre de todas las series. Sí, Los Soprano, Battlestar Galáctica, The wire y Band of brothers son obras maestras incontestables, pero para mí hay un antes y un después de Lost. Y también sé que la turba cabreada busca a Lindelof y Cuse guadaña en mano para hacer justicia por no dar respuestas a tantas incognitas, respuestas que, por otra parte, nunca hubieran estado a la altura si hubiesen decidido intentarlo. A pesar de todo ello, imagino que conseguir hacer del final de una serie un momento global en términos de emisión, convirtiéndose en un hito sin precedentes, debe significar algo.

No podía dejarlo pasar. Ya he escrito aquí sobre ella y ahora que ha terminado y me ha dejado un poco huérfano, no podía pasar la ocasión de despedirme, como toda gran amante se merece. Uno siente una especie de vacío, y como dice el gran Hernán Casciari, suena al final de una relación al que se le fue el amor de tanto usarlo. Uno siente esa misma nostalgia del amor terminado, apagado, roto. La melancolía te invade, te arrastras por los lugares, te mueves por tu rutina como si fueras un muerto viviente, todo lo que ves y que te rodea, te recuerda a ella.

Casciari, en su último artículo sobre esta serie que ya es parte historia de la ficción de todos los tiempos, menciona ocho tipos de espectadores que han surgido tras la visión de “The end”. Por supuesto, un porcentaje muy alto es de los escépticos y cabreados, pero también hay un grupo, entre los que yo creo encontrarme, que desde hace cinco años se baja puntualmente cada episodio por internet (gracias al inmejorable trato con el que nuestra inefable televisión pública emitió la serie al principio... tampoco es que los guays de Cuatro la hayan tratado bien en su emisión, pero al menos la han promocionado bien) y que la he visto en inglés, con sus subtítulos, como debe ser. Contando los días para la premiere de cada final de enero, sintiéndome solo con cada finale de mediados de mayo. Somos el grupo de los agradecidos, de gente también escéptica con todo, que le vemos defectos y problemas, que somos conscientes de que una serie no puede cambiar el mundo, pero que también sabemos del poder de la ficción y que, en este caso, ha sido capaz de paralizar el planeta, crear foros de opinión, aparte de amigos y enemigos que se suman a uno u otro bando de la misma manera que el humo negro y Jacob se ganan adeptos.

Me enganché a ella por casualidad, como casi siempre con estas cosas, una tarde en el que estaba tirado en el salón de la casa de mi madre, mientras mi hermana planchaba con la compañía de la televisión. Recuerdo que era un domingo de principios de verano y emitían un episodio de la primera temporada. Había oído hablar de su estreno y el impacto que había causado en USA el episodio piloto dirigido por un tal JJ Abrams. Pero la historia de unos náufragos en una isla perdida, recordando la película de Tom Hanks, se me hacía imposible para una serie de larga duración, por no decir cansino. Craso error el mío.

Fue un momento, un personaje, lo que me atrapó. Ese personaje era un calvo que en sus flashbacks iba en silla de ruedas y al que la vida había tratado a patadas. Un tipo gris y solitario que se quería valer por sí mismo y que odiaba que le dijesen lo que podía hacer. Un hombre dispuesto a demostrar su valía y que tenía un destino y un motivo por el que había venido al mundo. Y ya con eso me ganó y conquistó la muy golfilla. No necesitó una caída de ojos, ni una sonrisa picarona. Se valió de John Locke, el hombre de fe, el hombre que le contaba a un niño al principio de la serie la clave de todo, resumida en las piezas de un juego más antiguo incluso que el ajedrez, conocido como Backgammon. Decidí ver más episodios, y ya enganchado a ella, volví a los primeros.

Entonces descubrí una serie de aventuras, con personajes ambiguos, todos ellos con pasados oscuros; descubrí una serie que se atrevía a romper el ritmo narrativo televisivo con constantes flashbacks; descubrí innumerables claves, secretos y misterios que recuperaban los mejores folletines clásicos de aventuras, como si hubiera vuelto a Tintín, a Sandokan, a Verne; descubrí que los guionistas eran capaces de acabar con sus protagonistas y que los finales no eran felices; descubrí la inmensa y conmovedora música de Michael Giachinno.

Había sido un flechazo, ahora sólo se podía esperar pasión y más pasión. Luego llegaron los altibajos, los cabreos, las pequeñas rupturas, los celos, las envidias porque también veía otras series, pero al final siempre volvía a ella, la muy ladina de mirada misteriosa. La cosa terminaba con más pasión, si cabe. Las otras eran tentadoras, pero no desprendían el misterio que ocultaba esa mirada. Vivimos nuestro amor al límite, sabiendo que un día no muy lejano, todo ello se acabaría.

Y así ha sucedido. Tras una irregular temporada con una trama temporal alternativa que a mí, particularmente, me ha parecido fascinante, como todos los flashbacks y flashforward de anteriores temporadas, con una trama isleña que se emponzoñó al principio con un ridículo Fumanchu en un templo de cartón de piedra, por fin llegó la esperada finale. Algunos estaban al acecho, cuchillo en mano, esperando sus puñeteras respuestas. Por mi parte, yo me acerqué a ella con la misma sonrisa de bobalicón enamoradizo, como cada noche que me bajaba un episodio.

Era la última noche que íbamos a pasar juntos, y ahora que iba ser el final, no podía ser menos. Creo que no me ha decepcionado, pese a los limbos y al tapón en el centro de la isla. La forma en que cada uno de los personajes ha recordado su pasado, me parece un momento cumbre en la historia de la televisión; y el final del héroe moribundo, que tantas veces ha llenado el cine y la literatura universal, cayendo muerto pero con la misión cumplida, terminando igual que empezó, con ese ojo que se cierra, son dignos de recordar para siempre.

Y las respuestas, qué pasa con las respuestas. Ni idea, hace tiempo que dejé de buscarlas, aquí y en la vida en general. Todos aquellos que buscan tantas respuestas son los mismos que no desean el viaje. Quieren llegar a destino sin saber que el verdadero puerto es el camino a él. Como ya han apuntado algunos, la propia vida, el misterio por el que estamos aquí, es una gran pregunta sin respuesta que probablemente nunca llegaremos a descubrir. Lo importante es el camino. Y eso es Lost. Por encima de una excepcional historia de aventuras y supervivencia, de una vuelta a la ciencia ficción clásica, de una historia sobre la oscuridad y la luz, el bien y el mal, la ciencia y la fe, Lost es el viaje de unos personajes en busca de su destino, sin saber que ese destino es precisamente eso: el propio viaje, la isla. Pero además es una historia de redención, quizás uno de los temas más grandes tratado desde siempre por los trovadores de todos los sitios. Es la historia de gente perdida, sin rumbo fijo, atados a un pasado, a unos errores. Es la purgación de sus pecados, la de ellos, la del resto del mundo. En definitiva, la historia de todos nosotros.

Gracias.




(Hasta siempre)

miércoles, 12 de mayo de 2010

El camino

¿Sabían ustedes que soy huérfano? No, no vayan a pensar que no tuve padres. Sí, eso sí tuve, como casi todo el mundo. Prefiero no imaginar lo duro que debe ser crecer con ese sentimiento orfandad, aunque también es cierto que dependiendo del tipo de progenitores que te toque en suerte, es casi mejor ser huérfano. Pero en líneas generales nadie desea crecer en el mundo de forma tan desvalida. Debo matizar: simplemente he sido un huérfano intelectual, o emocional, o espiritual, que queda menos pretencioso. Me explico: digamos que nunca tuve un referente, un guía al que seguir, un ejemplo que me inspirase. Hablo de alguien de carne y hueso.

Suele ser habitual encontrar un ejemplo inspirador, una persona que te ayudó en un momento crucial, o te enseñó el camino que tomar, o te resolvió ciertas dudas existenciales. Alguien al que admiraste. En ocasiones ese ser inspirador puede tener forma de padre (o madre), de amigo, de compañero, de maestro. Éste último suele poblar el subconsciente emocional de mucha gente. La gente recuerda profesores que le sirvieron de inspiración para elegir un camino en la vida. Alguien cuyas enseñanzas despejaron la espesa selva que es el recorrido de la vida. Maestros, profesores, personas que te recogen en el momento crucial, cuando sólo eres un saco de hormonas lleno de dudas y miedos.

Sin embargo, en ocasiones, esa inspiración no llega, esa guía no se encuentra, esa mano amiga no aparece. Uno va a ciegas, no conoce el camino, no hay una luz amiga que te diga “por aquí sopla”. Dudas si te equivocarás, si elegirás bien, si no la cagarás. ¿Qué haces en esos casos? Lo más fácil es seguir a la manada. Si ellos van por allí, yo debo ir por ahí porque será lo correcto, lo suyo, lo marcado, lo normal.

No tuve ejemplos inspiradores que yo recuerde, nadie del que a día de hoy pueda decir: “joder, recuerdo a este tipo y lo que decía”. Me siento como un discapacitado de la nostalgia. Nadie me guió y por tanto seguí un extraño camino. Sabía lo que quería hacer, pero no me atrevía a expresarlo, supongo que como tantos otros. Quería contar historias en imágenes, pero cómo se lo dices a un padre con forma de armario y que viste de militar de otra época. También comprendo que debe ser complejo para alguien que desea lo mejor para su vástago que te llegue y te diga: “quiero hacer cine”. Yo ni siquiera me atreví a decirlo directamente, sino que usé el eufemismo de querer estudiar imagen y sonido, una extraña carrera donde se supone empiezan todos los que desean hacer algo parecido a cine.

Mi padre no me dio un “no” por respuesta a tan peculiar forma de ganarse la vida. Curiosamente fue el sistema, o mejor las notas, los que me dijeron “va a ser que no, chaval”. Luego, frustrado por no obtener la media necesaria, busqué otras opciones privadas, pero al ver los precios fue entonces cuando mi padre sacó a relucir esa frase tan universal y que revolotea por ciertas familias en las que los polluelos empiezan a caminar: “estudia una carrera seria y ya tendrás tiempo para esas cosas”.

Esas cosas, tiene gracia. Es lógica la respuesta. No justifico la ceguera de mi padre, se entiende ese tipo de reacción, sobre todo viviendo en otros tiempos pretéritos. Luego, de una forma o de otra, uno acaba haciendo lo que quiere si realmente lo quiere y lo desea. Pero de aquel periodo, de aquella decisión, de aquel camino que tomé en el bosque, eché de menos un guía, una inspiración, un farol al que seguir. Ni siquiera sé por qué me empezó a gustar tanto el cine, ni el catalizador, ni cómo llegué a ello, pero sí el día que me dije a mí mismo “a la mierda con todo, tengo que intentarlo”.

Cuento todo esto porque el otro día volví a ver “El club de los poetas muertos”. Peli de finales de los ochenta, inspiradora para tanta gente, pero que también es denostada por unos cuantos, que es lo que suele ocurrir cuando se ha hecho algo grande. Hacía tiempo que no la veía. Ese épico final del “¡oh, capitán, mi capitán! (de los que se suben a la mesa me sentí orgulloso del gafotas que moquea y que es objeto de burla durante toda el metraje, ¡¡con dos eggs!!) me sigue emocionando igual que cuando era jovencillo, lo mismo que me pone la carne de gallina la música de gaitas del gran Maurice Jarre y la despedida de Keating (Thank you, boys... Thank you). Creo que la película no envejece y por lo que leí en internet sobre ella, en comentarios y críticas, sigue resultando inspiradora para generaciones que desconocían su existencia. Particularmente creo que por eso la película del gran Peter Weir es ya un clásico, una especie de leyenda del celuloide.

Hay muchos momentos reconocibles y que todos recordamos, del carpe diem del principio a Todd (Ethan Hawke) superando su timidez y mostrando su alma de poeta frente a toda la clase. Para mí hay dos instantes (aparte del final, obviamente) que me dejaron ciertamente marcado y que no sé si a los demás les llama tanto la atención. El primero es ese Todd (el personaje con el que me identifiqué enseguida porque yo también fui una ameba de joven) sentado en el suelo con un juego de escritorio que le han regalado sus padres por su cumpleaños. El mismo regalo que le hicieron el año anterior. Es cuando Neil (Robert Sean Leonard) le ayuda a lanzarlo al vacío. Digamos que es el momento catarsis de un gran personaje, acomplejado bajo la sombra de su hermano, un tímido irredento.

El otro momento es cuando Keating (un inmenso Robin Williams, en forma tras “Good morning, Vietnam”) se lleva al patio a todos sus alumnos y les enseña eso tan difícil de entender y llevar a cabo: tener voz propia, pensar por sí mismos, aunque eso suponga alterar la voz dominante de la manada. “Dos caminos divergían en un bosque y yo tomé el menos transitado de los dos. Y aquello fue lo que cambió todo”. Keating menciona a Robert Frost, un poeta americano del XIX, que le sirve de apoyo para que sus alumnos comprendan lo que es seguir un camino diferente al que sigue la masa, ser un librepensador, algo que resulta difícil de reconocer en ciertos ambientes donde todos balan hacia el mismo lugar.

Así que, a falta de una guía de carne y hueso, me valí de lo único que tuve a mano: todo el cine que pude ver. Probablemente me he nutrido de gente irreal, de pura ficción, pero lo preferí a cierta realidad poco recomendable. Llegué al bosque y vi la encrucijada. Dudé, pensé, tuve miedo. Nadie va por allí, reflexioné. Entonces recordé a Keating y su cita de Frost. Da igual si el camino es oscuro y ni dios pasa por ahí. Si uno siente que hay que tomarlo, no debe dudar un instante porque la peor nostalgia que uno puede padecer es aquella de todo lo que se pudo hacer y ni siquiera se intentó. Y sólo porque el camino era el menos transitado.