miércoles, 25 de junio de 2008

101 años

Se llama Trini y tiene 101 años. El mismo número que mis 101 historias, sólo que sus años tienen más dignidad que mis historias. Dice con sorna que ni ella misma se lo cree, es decir, que no alcanza a comprender haber alcanzado el siglo y un año de vida. Vive sola, como muchos otros ancianos, en un cuarto piso sin ascensor que no es obstáculo para ella, ya que los sube con paciencia y tino, ayudándose de su bastón, sin prisa, por qué iba a tenerla. Sólo se lamenta de tener “un ojo malito”, por el que no puede ver nada, pero presume de no tomar una sola píldora. Su hijo y sus nietos viven en Londres. Su único objetivo y anhelo es no morirse todavía, ir a esa ciudad y poder conocer a sus biznietos. Y leo en el periódico ABC, en la sección de Madrid, la historia de Trini, y cuenta que el mejor momento de la semana para ella es cuando recibe la visita de Lolita, la auxiliar de ayuda a domicilio que pone el Ayuntamiento de Madrid, y que acude a casa de la anciana tres días a la semana para asistirla durante dos horas. Y entonces Trini aprovecha para desahogarse con ella y charlar. Luego la acompaña al centro donde hace fisioterapia y manualidades. Y el regalo que hace más feliz a Trini es que la inviten a un café con churros para merendar.

Y pienso en Trini, la única superviviente de doce hermanos, y pienso en otros ancianos con los que me cruzo por la calle, y que siempre me hacen volver la cabeza, mientras son ignorados por el resto del mundo, inconscientes ellos de las gestas que se viven todos los días en la calle, donde esos mismos ancianos avanzan en una épica lucha, metro a metro, por terminar de recorrer una pequeña distancia, por llegar a una esquina, a un portal, a una parada de autobús... esos héroes encorvados. Y me sale el alma de cuentista y no puedo evitar fantasear con que Trini, cuando tiene esas charlas vespertinas con Lolita, puede decir aquello de “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Hundirse un barco gigante que desafió a Dios y a la naturaleza. He visto a hermanos luchar entre sí en una guerra cruenta y salvaje. He visto el odio de frente, capaz de exterminar a todo un pueblo. He visto muros levantarse y los he visto caer. He visto al hombre surcar los cielos y llegar a la luna. He visto a un genio pintar la barbarie, y a otros como él crear imágenes que se mueven y te muestran la vida. He visto caer a crueles dictadores y a gente llorar de alegría. He visto caer unas torres y guerras que nunca acaban, pero también he visto a mis nietos hablar por una pantalla pequeña... Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia".

Ya saben, si un día se cruzan con una anciana de 101 años por la calle, si la reconocen y la ven avanzando con su bastón lentamente, no duden en invitarla a un café con churros... le harán feliz y tendrá mucho que contarles.




(Creo que Morricone y su "Deborah's theme" de "Once upon a
time in America" es lo más adecuado para esta historia)

martes, 24 de junio de 2008

Sin historia

Mmmmmm, no tengo ninguna historia. Casi un mes seguido currando sin parar y me he quedado sin historias. Soy un hombre sin historias, que no sin historia, o quizás también. Soy como “el hombre sin nombre” que interpretaba el gran Eastwood, ése que iba repartiendo justicia ante tanto cabrón, sólo que yo tengo nombre, pero no historia. No sé que contar. ¿Mis dieciséis días en la Feria del Libro y descubrir que Aída Nizar firmó mogollón de ejemplares? Pues no, menuda mierda, no lo de Aída Nizar, por supuesto, sino lo de estar dieciséis días en una caseta semivacía explicando el contenido de revistas de literatura, de cine, de arte... Qué gracioso el Ruiz Zafón en sus declaraciones previas a firmar su último libro en la Feria, afirmando que la gente pasea por el Retiro tranquilamente y de repente dice: “¡Mira, Ruiz Zafón!, vamos a acercarnos a que nos firme su libro, el hombre, que está muy solico allá en la caseta”. Y como esa gente, a la que cita Zafón como ejemplo, me parece que también pensaron así unas ¿dos mil?, ¿tres mil personas? No sé, me pierdo con los números, con las personas, y con Aída Nizar, pero está claro que paseaban casualmente por el Retiro, y tranquilamente hicieron cola, y con mucha tranquilidad Ruiz Zafón firmó dos o tres mil ejemplares, rodeado de tranquilos guardias de seguridad.

No, no es interesante, falto de contenido, mmmmmmmm, pues hablo de lo que he leído estos días, del último libro de Vila Matas, “El viento ligero sobre Parma”, prolongación de aquellos Bartlebys y compañía, esos escritores del “no”, que tras escribir una obra, un día decidieron decir: “¡hasta aquí hemos llegado!, ¡que escriba su ilustre madre, o su ilustre padre, que yo paso...!” No, tampoco, no podría convertirme en un escritor del “no”, soy muy facilón y siempre digo sí a estas cosas del contar, aunque sean dirigidas a las cajeras del Dia, que me acusan por ahí.

Puedo escribir sobre unos preciosos ojos verdes que me tienen cautivado últimamente; o sobre la guapa morena alternativa que pasaba en bici por delante de mi caseta cada día, camino de la suya, y a la que sólo fui capaz de decir “hola” cuando me crucé con ella al salir del baño; o podría hablar de una rubita que estaba en la caseta de enfrente y a la que contemplé durante dieciséis días, ciento dieciséis horas, seis mil novecientos sesenta minutos y cuatrocientos diecisiete mil seiscientos segundos, sin respuesta o cruce de mirada alguna por su parte. No, no, también falto de contenido, sobre todo por la otra parte que no me hizo ni puto caso. Mmmmmmmmm, sigo sin historia.

Y si hablo de una entrevista que acabo de leer al gran Fernando Savater, donde cita al gran Guillermo Cabrera Infante que, a su vez, cita al gran Lewis Carroll que, una vez, dijo una frase de esas que quedan y quedan: “Me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. Y viniendo del señor que una vez dijo que siguiéramos al conejo blanco, pues es toda una frase. No, no, ni puta idea de cuál es el color de una vela cuando está apagada, eso es para mentes elevadas.

Podría hablar de mi gozosa relectura de uno de los cómics de siempre, de la historia de superhéroes decadentes, de la historia apocalíptica que idearon Allan Moore y Dave Gibbons, y que cambió el concepto del héroe. Estoy hablando de “Watchmen”. Quis custodiet ipsos custodes (¿Quién vigila a los vigilantes?). Y me he vuelto a encontrar con esos superhéroes oscuros, con Rorschach, el violento Rorschach, de principios éticos cuestionables, pero que al adentrarse en las sombras, sabedor de su destino, lo hace sin queja alguna, sin arrepentirse de haber vivido su vida según sus principios; y el Doctor Manhattan, harto de los asuntos mundanos, de una humanidad que no merece salvación alguna, cansado de todo; y con Ozymandias, el hombre más listo del mundo, que desea salvar a éste emulando a su ídolo, el gran Alejandro. ¡Qué cómic más cojonudo, oigan!

Bueno, pues ya que estamos aquí hablaré de lo de ayer, vamos, del fútbol, y es que en el fondo lo de ayer va de superhéroes, o mejor, de un superhéroe. Fue como un cómic, o mejor, como un buen western, frente a los peores pistoleros que te pueden tocar, los italianos, y en el peor pueblo donde batirse, una tanda de penaltis. Y es que toda la frustración acumulada desde la infancia, por fin fue vencida. Lo viví a solas, acojonado, tapándome los oídos para no oír los gritos de los vecinos que lo veían antes, por no sé qué hostias de retardo. Y tras el partido, me acordé de eso, de superhéroes, o de pistoleros solitarios que acuden al rescate. Y es que lo de este país y el fútbol de selección me hizo pensar en una película del gran Eastwood, en concreto de una que servía como prólogo a esa obra oscura e inmortal llamada “Sin perdón”. La peli era “El jinete pálido” (The pale rider) y era una remake de “Shane” (Raíces profundas”). Por resumir, ambas pelis van de un grupo de granjeros a los que acosan unos terratenientes cabrones que quieren echarles de sus tierras ante la posibilidad de encontrar oro en la zona. Y les joden, y les pegan, y les humillan, y les matan. Y en la versión de Eastwood, una niña se pone a rezar tras la última barbarie sufrida, y le pide a Dios que les ayude, que mande una señal, que escuche sus plegarias. Y entonces, de las montañas heladas, surge un jinete fantasmal, montando un caballo blanco, de mirada fría, de pocas palabras, pero rápido, muy rápido con el revólver. Y ayer, cuando todo un país estaba acojonado, confirmando que las sombras del pasado regresaban, que en la portería contraria había un gigante enorme e imbatible, entonces, antes las plegarias de millones personas, del sur obrero de Madrid, llegó un jinete con camiseta negra, de mirada fría y maneras calmadas, rápido, muy rápido parando. Y se dirigió solo hacia la portería, y solo venció al gigante italiano, y solo se cargó a 88 años de historia, a frustraciones y lágrimas pasadas. Y todos, como los granjeros de la peli, dimos las gracias a ese tipo tímido, humilde, callado y genial, que se quitaba importancia, y que volvió a las montañas, a jugarse con sus colegas a los penaltis una caña y un pincho.

Bueno, al fin tengo una historia.





(No he encontrado ninguna parte en inglés, pero sí en francés, que tiene su aquel. También la hay en japonés, pero mejor en francés, suena mejor)

jueves, 29 de mayo de 2008

El perro

Era un perro noble y valiente. Un pastor alemán de mirada clara que llamaba la atención a todo el mundo, al igual que sus saltos imposibles franqueando las vallas del parque. Mi padre lo trajo cuando sólo era un montón de pelo oscuro que resbalaba en el parquet. Luego, durante años, la esquina de la sala de estar se convirtió en el hogar de aquel animal que nos observaba a la familia mientras veíamos la televisión, atento a que nada malo ocurriese, emulando a esos antepasados que defendían el ganado de los lobos más fieros. No perdía detalle de ninguno de nosotros, dispuesto a impedir cualquier peligro, con su respiración profunda y su larga lengua colgando de aquel morro lleno de babas. Se llamaba Yako, y un día desapareció, o mejor dicho, se lo llevaron. Y sólo me quedó el recuerdo de su silueta en aquella esquina de la sala de estar.

Me diagnosticaron un asma crónico con tan sólo diez años. Durante un mes sólo escuchaba los pitidos sibilantes que hacían de mi respiración todo un concierto de graves y agudos. Respirar se convertía en algo obligatorio, como si de los odiosos deberes de verano se tratase: inspirar-espirar, inspirar-espirar, y así hasta el amanecer. El médico de cabecera me recetó un jarabe pensando que era una simple bronquitis. Pero los pitos continuaron y ya el asunto pasó a ser todo un dilema: ¿dormir o respirar? Obviamente, opté por respirar.

Entonces mi padre me llevó al hospital, consciente de que esto era algo más que una simple bronquitis. Tras pasar por varios médicos, a uno se le ocurrió que el asunto podría ir sobre alergias, así que me pincharon durante días, colocando toda clase de líquidos sobre los pequeños puntos de sangre que manaban de mi antebrazo. Durante varios minutos la piel se convertía en una hilera de ronchas, a cada cual producía más picor, que hacía del simple roce del algodón para retirar los dichosos líquidos, en un goce que lindaba con el éxtasis. Los resultados dieron positivos en todo lo que estuviese relacionado con el polen, estaba claro que la primavera me sentaba muy mal, pero el caso es que el asma me empezó en pleno invierno, así que no tenía demasiado sentido y decidieron también pincharme para probar el pelo de los animales. El resultado fue definitivo: el pelo de Yako era el causante de mi asma, y entonces el médico fue tajante: o el perro o el chaval. Y mi padre lo tuvo claro.

Trataron de explicarme que Yako se tenía que ir de casa por mi bien, que de esa forma mis noches dejarían de ser un esfuerzo constante de respiración, que dejaría de oír esas notas agudas que producían mis bronquios, que dejaría de escupir mucosa con forma de lombrices transparentes. Pero a mí todo eso me daba igual, el perro era uno más de la familia. Lloré, berreé, pateé..., pero de nada me sirvió. Un día, cuando regresé del colegio, Yako había desparecido.

Mi padre, que era hombre de pocas palabras, se acercó y me dijo que yo era su único hijo, y que por mucho que quisiera a Yako, no quería poner en peligro mi vida. De hecho, se sentía responsable por traerlo, y si había alguien que quisiese al chucho, ése era él. Aun así, me prometió que había dejado el perro en buenas manos, que se había asegurado de regalárselo a alguien de confianza, a alguien que le quisiera tanto como nosotros. Por supuesto, no creí a mi padre.

Durante una semana apenas dije un par de palabras. Odiaba a mi padre y a mi madre, pero en especial a mi padre. Intuía que al perro le había pasado algo malo. Entonces, un día, mientras hojeaba con desgana un Superhumor, mi padre entró en la habitación con un sobre en las manos. Era una carta. Me la entregó y me animó a leerla, informándome que traía noticias de Yako. Todavía recuerdo aquellas primeras palabras.

Estimado Paco (que así se llamaba mi padre):

Te escribo tal y como te prometí para darte cuenta del estado de ese hermoso perro que has tenido a bien regalarme. Sé que tu hijo anda preocupado por el destino de Yako, pero espero que estas líneas sirvan para tranquilizarle. El perro está bien y se ha adaptado a la finca perfectamente. En breve comenzaremos con el adiestramiento. Tenías razón, tiene madera para ser un gran perro policía. Dile a tu hijo que no se preocupe, que estará orgulloso de él.

Me quedé sorprendido, casi boquiabierto, pero no terminaba de creer a mi padre. Yo quería pruebas. Entonces sacó del bolsillo de su chaqueta una foto. En ella, un tipo grande con boina tenía sentado a sus pies a un pastor alemán, orgulloso, mirando de frente a la cámara, con esa enorme lengua sobresaliendo del morro afilado. No había duda alguna, allí estaba Yako, convertido, de repente, en todo un héroe de acción. Y ahí comenzó todo.

A la semana siguiente, mi padre entró en casa con una carta en sus manos. Yo esperaba ese momento con ansiedad, estaba nervioso sobre cómo le habría ido al perro en su primera misión, y ese sobre contenía la respuesta. Y el amigo de mi padre nos relató que en su primera misión habían decomisado, gracias a su olfato y arrojo, un alijo de drogas que unos narcos intentaban pasar por barco. Y adjuntaba la carta con varios recortes del periódico, y en él se veía la foto de un policía que abría un contenedor, y junto a él un pastor alemán. Y supe que Yako había pasado su prueba de fuego y se había convertido en un k-9, la élite de los perros policía.

Y entonces, cada semana, puntualmente, mi padre me traía noticias de las hazañas de nuestro perro, como si fuese aquel tío aventurero que había recorrido medio mundo, y que te enviaba puntualmente una postal de cada puerto que pisaba. Y el amigo de mi padre nos informaba de las misiones que cumplía como servidor público: unas veces eran unos terroristas, otras unos contrabandistas, incluso misiones de rescate. Y entonces, un día, mi padre llegó con una gran sonrisa en los labios. Leyó emocionado el contenido de otra carta, en la que su amigo nos contaba que se habían llevado a Yako a un país lejano, donde un terremoto había arrasado toda una ciudad y mucha gente había quedado atrapada. Y se llevaron a los mejores perros del mundo, entre los que se encontraba, por supuesto, el nuestro. Y junto a la misiva había un recorte de prensa en el que se informaba, con todo lujo de detalles, del rescate con vida de un niño que aguantó durante dos días bajo los escombros. Y gracias a los perros, se pudo llegar hasta él. Y en la foto salía la gente exultante que sacaba al niño en camilla, y al fondo, en segundo plano, yo pude apreciar una mancha oscura y peluda, con su inconfundible lengua colgante, mirando al frente, orgulloso. Y luego vinieron más rescates, si no era en edificios derrumbados, era en montañas, o si no en cuevas.

Pasaron los meses. Ya me había acostumbrado a la marcha del perro, y todos los recortes con las hazañas de Yako cubrían el corcho que adornaba la pared de mi habitación. Fue un martes, lidiaba aburrido con el libro de literatura, preparando el examen del día siguiente, pero con un ojo en la última novela de Sandokán. Mi padre entró muy serio y me pidió que le acompañase al salón. Allí estaba mi madre, también muy seria. Entonces vi que en la mesa del salón había un sobre, ya rasgado. Mi padre me sentó en una silla y se agachó junto a mí. Conteniendo su emoción me comunicó que algo muy triste había sucedido. Y entonces me dijo que Yako había muerto. Me quedé callado, incapaz de hacer un gesto, incapaz de hablar. Y me leyó la carta de su amigo que, con palabras solemnes, nos contaba que nuestro perro había caído en combate en un país muy lejano, del que yo ni siquiera había oído hablar. Gracias a él se salvaron las vidas de varios soldados que patrullaban una zona muy peligrosa. Al parecer, Yako se topó con una mina, la detectó con su olfato, pero él no se pudo librar. Le despidieron con honores, y en una tumba anónima de un país remoto, descansaba el bueno de Yako. No pude llorar.

Pasaron los años. Mi asma remitió, pero el cáncer se cebó con mi padre. Resultaba desalentador comprobar cómo un hombre poderoso se quedaba convertido en nada. Pasé con él su última noche. Y recordé entonces aquellas noches en blanco siendo niño, luchando contra aquellos malditos pitos, sintiendo como nadie el padecimiento de mi padre. Unas semanas después de su entierro, mi madre me pidió que le ayudase a limpiar su armario, que ella se sentía incapaz de hacerlo. Me pidió que me quedara con la ropa de mi padre que me pudiese venir bien. Le dije a mi madre que no se preocupase, que así lo haría, aunque la realidad es que llevé la ropa a un hospicio, quizás por algún tipo de aversión a eso de heredar la ropa de los difuntos. Mientras vaciaba el armario de mi padre, en cuyo interior se encontraba una notable colección de sellos, descubrí un pequeño arcón de madera. Estaba cerrado con llave, así que desistí de abrirlo allí mismo y me lo llevé a mi casa. No quise decirle nada a mi madre, ya bastante preocupada en olvidar todo lo que le recordase a mi padre.

Ya en casa, me hice con un destornillador y forcé la cerradura. Al abrirse, también se abrió una ventana al pasado, o mejor, un golpe seco que me iba a hacer despertar. Todo estaba lleno de papeles, de periódicos y de revistas, pero al observarlos con más atención, descubrí que esos papeles contenían informaciones relacionadas con rescates en países lejanos, donde habían ocurrido terremotos, o cualquier otra desgracia natural. Recortadas, y cuidadosamente seleccionadas, había noticias sobre guerras, sobre rescates en montaña, sobre operaciones antidroga. Y en todos los artículos, sólo una palabra aparecía subrayada: perro. Y abrí y cerré los ojos varias veces porque no creía lo que estaba viendo. Y al fondo del arcón, en un pequeño portafolios, descubrí un fajo de sobres atados por varias gomas. Todos tenían como destino nuestra dirección, y los remitentes eran de lugares lejanos. Al sacar las cartas, observé que los folios estaban llenos de correcciones y tachaduras, de alguien que se lo había pensado muchas veces. Y la letra me resultaba familiar porque ya la había leído en el pasado. Y entonces recordé aquellas palabras solemnes del amigo de mi padre que se llevó a Yako. Y me fijé en su letra que, tras el paso de los años, tras verla mil veces ya siendo adulto, comprobé que no era la letra del amigo de mi padre, sino la letra de mi propio padre. Y finalmente vi la foto, aquella que mi padre sacó del bolsillo de la chaqueta, con aquel tipo grande con boina que tenía sentado a sus pies a un pastor alemán. Pero al mismo tiempo también descubrí una revista donde hablaban del adiestramiento de los perros, y allí había más fotos del amigo de mi padre que, en realidad, no era policía, sino un soldado americano sonriente. Y si te fijabas bien, descubrías que había algo raro en la foto: si la rasgabas con la uña, comprobabas que debajo del pastor alemán, había un perro de otra raza, mucho más pequeño. Y entonces sí, muchos años después, por fin me eché a llorar como un niño.

Cuando visito la vieja casa y me siento en la sala de estar junto a mi madre, ya anciana, y vemos la televisión juntos, siempre tengo la misma sensación: noto una respiración profunda, y entonces vuelvo la cabeza hacia la esquina de la habitación y, por unos instantes, creo percibir la silueta de un perro que nos observa vigilante, atento, orgulloso, por si vienen los lobos.


(Sirva el presente relato como despedida durante unas semanas por motivos laborales...)



martes, 27 de mayo de 2008

La cabeza de un genio

Es inevitable, debo hablar de ello, debo hablar de él. Por este blog ha pasado la mejor serie de todos los tiempos, Lost, y el gran John Locke, el hombre de fe (ayyyyyy, que esta semana se acaba). Y también he escrito sobre el gran Tony Soprano. Y he mencionado a Aaron Sorkin, probablemente uno de los mejores guionistas de siempre en la tele, y su Ala Oeste de la Casa blanca. Y algún día hablaré de otra gran serie llamada Battlestar Galactica: sí, basada en aquella serie tan hortera de los ochenta, con Starbuk y sus cortes de pelos imposibles; sí, pero que ahora es probablemente una de las mejores metáforas sobre la situación mundial que vivimos y contada con un realismo increíble, teniendo en cuenta que su género es la ciencia ficción (recomendable el episodio de la primera temporada que trata de la tortura de un Cylon). Pero hoy debo hablar de otro de mis héroes de ficción favoritos, de una serie que, probablemente por su estructura, no llama la atención, y sí lo hace por el carácter iconoclasta de su protagonista. Sí, señores, hablo de House (genial interpretación de Hugh Laurie, un tipo que toca la guitarra, el piano, escribe, conduce motos, en fin...), el cabronazo más grande de la tele, el drogata misántropo e insoportable, pero con un don propio de privilegiados, vamos, un tipo genial.

Y tengo que hablar de él, o mejor de la serie, porque el otro día se emitió en USA el final de la cuarta temporada, mermada de episodios, al igual que otras series, por la huelga de guionistas. Como otras veces, el capítulo fue doble, y debo decir que es una genialidad igualable al final de la primera temporada, con aquel episodio titulado “Tres historias”, donde descubríamos por qué House cojea (un recurso narrativo facilón para definir a un personaje, pero que en este caso encaja a la perfección), y que fue elegido por algunos expertos como uno de mejores episodios de televisión de todos los tiempos, de hecho se llevó un Globo de oro al guión. Si hay justicia divina, que no, pero bueno yo la exijo porque soy así de chulo, tendrán que darle de nuevo un premio al guión de este episodio doble, cuya primera parte roza lo sublime.

Y es que, como sabrán los que sigan esta serie, la estructura dramática es bastante sencilla: cada historia empieza con un enfermo que tiene algo muy raro, House y su equipo (emulando a Holmes y Watson, que es una de las inspiraciones de esta serie; la otra son unos artículos del New York Times sobre enfermedades raras) investigan y husmean para encontrar la causa, House reparte leña a diestro y siniestro, el enfermo está a punto de palmarla en el último tercio del episodio, y en un giro de guión le viene la inspiración al gruñón incorregible, cual Da Vinci galeno, y salva al enfermo. Todo se salpica con alguna sub-trama personal, generalmente con Wilson, el amiguete, o Cuddy, la directora del hospital, como protagonistas.

Pues bien, en esta “finale”, el capítulo arranca con House en un local de striptease: sangrando, borracho, y sin recordar por qué llego hasta allí. Sólo sabe que alguien va a morir pero no recuerda quién. Y House sabe que va a morir alguien porque tiene flashes en los que recuerda haber visto a esa persona con un síntoma mortal. Y entonces el médico sale del local y se encuentra con el caos de un autobús volcado en plena calle, y heridos en la acera, y ambulancias que llegan. Y es que se ha producido un accidente y House iba en ese autobús. ¿Por qué? Pues la respuesta a esa pregunta se puede encontrar en este episodio doble y garantizo, palabrita de guionista, que les va a dejar con la boca abierta como a mí. ¿Por qué? Pues porque al igual que con “Tres historias”, el episodio empieza con bastante humor y grandes dosis del cinismo que caracteriza a este cabrón genial, pero a medida que avanza la historia, aumenta el dramatismo, llegando a algún momento ciertamente emocionante. Además, los giros del guión son imprevisibles, como en aquel caso de “Tres historias”, y es un episodio que juega con temáticas tan atractivas y cinematográficas como los recuerdos, la hipnosis, las fantasías, los sueños. Temas que muy pocos saben abordar bien desde un punto de vista dramático.

Todo el episodio vale la pena, pero hay dos secuencias (una de humor y otra dramática) digna del mejor cine de siempre. La primera es un striptease, amigos, y si son listos se imaginan de quien y en las fantasías de quien. El otro es la secuencia del accidente: genial, dramática, hiperrealista y emotiva.

Pues nada más, David Shore y los suyos lo han vuelto hacer, y, además, el título del episodio le viene como anillo al dedo: “House’s head”... Y es que las cabezas de los genios, son indescifrables.


domingo, 25 de mayo de 2008

El sombrero

Por una carretera polvorienta el convoy se detiene en la entrada de unas instalaciones militares. Un grupo de soldados, con cara de pocos amigos, se bajan de los camiones. Los vigilantes de la puerta dicen que las instalaciones están en desuso y no se puede pasar. Un tipo rocoso se baja y hace que se cuadren, luego se agacha, y sus soldados acribillan a los vigilantes. El convoy llega junto a un hangar enorme. Del coche principal se apea el tipo rocoso y un par de tipos más. De otro vehículo se baja una mujer de ojos azules y rasgos felinos. Un par de tipos abren el maletero. Sacan a un tipo gordo que se queja del trato recibido. Después, del mismo maletero, extraen un sombrero arrugado y lo tiran al suelo con desprecio. Finalmente sacan a otro tipo, con chupa de cuero, al que tiran al suelo. Un montón de soldados armados rodean precavidos al tipo de la chupa, que se incorpora, al mismo tiempo que recoge el sombrero del suelo. Entonces vemos su sombra proyectada sobre la puerta del vehículo, y el misterioso individuo se coloca el sombrero mientras los soldados le apuntan desconfiados, y entonces oímos unas notas musicales familiares que te hacen regresar a tu infancia, y ya sabes una cosa segura: vas pasar dos horas de tu vida cojonudas.

Y es que Henry Jones Jr. ha regresado, veinte años después, algo cascado, pero manejando el látigo como nadie y repartiendo hostias como panes. Y con él ha regresado algo lejano, olvidado en estos tiempos de Internet: volver a ver las salas de cine repletas de gente, ansiosas por recuperar la infancia perdida, o deseosas de descubrir aquel mito del que hablaron sus mayores. Y regresa el cine de aventuras con aires tintinescos (en especial en esta entrega donde vemos “El templo del Sol”, o recordamos “Vuelo 714 para Sidney”), y vemos persecuciones imposibles, y peleas de puños, y combates a espada, y tumbas llenas de telarañas, y bichos de todo tipo, y malos malotes de una pieza que te cagas, y humor en cada esquina, y guiños a tanto cine y a tanto cómic, y diversión en estado puro. Porque el cine es un arte, pero se inventó para que las masas se entretuvieran en este valle de lágrimas, y cuando se consigue, es la cosa más cojonuda del mundo.

Y sólo dos tipos pueden conseguir algo así. Ellos, junto a Coppola y Scorsese, cambiaron este invento allá por los 70. Uno creó este personaje, después de reinventar los mitos clásicos y crear una trilogía de cine mítica que hubiese aplaudido Homero si chateara por estos tiempos. El otro, lo dirigió en las tres primeras entregas, y en ésta de ahora, y es el director más importante de todos los tiempos. Y no lo digo yo, que lo pienso, lo dijo hace tiempo un señor mayor que dirigió y escribió tantas obras maestras que necesito dedos extras para contarlas. Era un señor austriaco, ácido, agudo, cínico, cabroncete y genial, que un día vio la primera película de un chaval de 20 años, capaz de hacerla con dos duros y donde nos contaba que en la vida se te puede cruzar el mismo diablo en cualquier esquina, aunque fuese en forma de camión. Y después, el anciano director vio que ese mismo chaval, con 23 años, acojonaba a medio mundo consiguiendo que nuestros bañitos en la playa no volvieran a ser los mismos. Y eso que este señor austriaco dijo aquello cuando aquel chaval todavía no había posado su mirada sobre el holocausto, ni había mostrado la pérdida de la inocencia en un cruel campo de concentración japonés, ni mostrado el horror de la guerra en primer plano, en una carnicería brutal de una playa normanda, ni mostrado las vergüenzas de la esclavitud, ni las consecuencias de la venganza calculada a las afrentas recibidas. Hasta ese momento, el chaval simplemente se dedicó a recordarnos a Melville, con tiburón en vez de con ballena, a emocionarnos con un extraterrestre cabezón, a divertirnos con un tío con sombrero y látigo, a sorprendernos con un parque lleno de dinosaurios, o mostrarnos un futuro temible donde la ley se adelanta a los asesinos.

Cuenta Eleanor Coppola en “Con el corazón en tinieblas”, el genial diario sobre el rodaje de “Apocalipsis Now”, que tras la exhausta experiencia del rodaje que casi acaba con su matrimonio, iban en el mismo avión Francis Ford Coppola, George Lucas y Steven Spielberg. Los tres no superaban los treinta años, y sus respectivas películas, “El padrino”, “La guerra de las galaxias” y “Tiburón”, habían batido todos los records de taquillas. Y los tres hablaban de la depresión que sufrieron tras sus éxitos. Y cuentan que Spielberg quería dejar esto de contar historias, y que estuvo un año viajando por el mundo, y que su objetivo al volver era hacer un culebrón en directo para la televisión. Por suerte para el mundo, ese avión nunca se estrelló. Por suerte para mí, este tipo nunca hizo culebrones. Si no, yo no estaría escribiendo aquí.


miércoles, 21 de mayo de 2008

Momentos

La vida son momentos. Todos los deseamos, todos los recordamos: un instante fugaz, una mirada perdida, una alegría inesperada, una derrota dulce, una victoria amarga, un juego infantil, un beso anhelado, una sonrisa fugaz, la cima de la montaña, el abismo más profundo, un destino lejano, una soledad cautiva, una huida hacia delante, un amigo perdido, un amor añorado, una caricia equivocada, una caricia acertada, un golpe bajo, un grito de dolor, un llanto desgarrador, una frase oportuna, una respuesta inoportuna, la nostalgia de lo perdido, la nostalgia de lo que deseamos y nunca conseguimos. Toda historia tiene momentos inolvidables. Éstos son unos cuantos, también de cine, claro. De nuevo elijan los que más les gusten, pero eso sí, adivinen cuáles son:

Es usted un loco, señor Baxter, le dijo la ascensorista al trepa solitario y digno.

¡Milana bonita!, ¡milana bonita!, gritaba desesperado el loco, que comentaba que ella no estaba a gusto con él. Y el cuervo, apostado en el campanario, oyó que el viejo loco la llamaba. ¡Quiá!, ¡quiá! Y entonces el pájaro voló hasta su hombro. Milana, bonita. Milana, bonita, sonreía satisfecho el viejo loco.

La mujer rubia espera, tranquila, fumando un cigarrillo, contemplando la mañana, mientras, a sus espaldas, poco a poco, los pájaros se van posando en los columpios para niños.

El detective miró una y otra vez... era ella, su pelo era distinto, ya no era rubia, pero era ella, había vuelto de entre los muertos.

Y entre la sangre y los cuerpos destrozados, testigo de la carnicería, el capitán sólo es capaz de oír el silencio, y ver a los hombres morir, y gritar, y llamar a sus madres, y todos acuden a él para que les saque de ese horror, y el agua de mar ensangrentada corre por su frente... y su mano nunca pudo dejar de temblar.

¿Qué es lo que viste, Clarice? ¿Qué es lo que viste?... Corderos. Y estaban gritando..., le responde la mujer a la mente diabólica que comprende, mejor que nadie, el sentido de los terribles gritos de los corderos.

Y la bestia agarró a la bella y trepó a lo más alto, para enfrentarse a todos.

Nadie creía en él, nadie confiaba que saliera con vida, nadie le apoyó... Y el hombre avanzaba por una calle solitaria, de un pueblo desierto y cobarde que le abandonó, y le sudaban las manos, y se le secaba la garganta... Y el tren llegó, y de él bajaron tres hombres, tres asesinos... para matarle.

El gran explorador observa que desde la línea del horizonte del infinito desierto, un jinete se acerca poco a poco hacia el pozo.

Cabalgar a su lado ha sido un honor, señora, le dijo el general a su esposa antes de partir hacia su destino.

La esposa se acerca a la máquina de escribir, donde el marido llevaba trabajando semanas. Y horrorizada descubre que una sola frase se repite en todas las páginas: No por mucho madrugar, amanece más temprano.

La hermosa mujer se ducha, tranquila, triunfante por el dinero conseguido, cuando no sabe que al otro lado de la cortina... una sombra le acecha.

Y el tipo enamorado sale a la calle, y bajo la lluvia, comienza a cantar y a bailar.

Miss Kenton le pregunta al inalterable mayordomo qué libro lee. Y él no quiere responder. Y ella se acerca a él, deseosa de averiguarlo. Y le arrincona, sin escapatoria. Y ella se lo quita de sus manos, despegando uno a uno los dedos que se aferran al libro. Y descubre que el mayordomo lee una novela romántica.

Recuerdo cada detalle de aquel día: los alemanes iban de gris y tú ibas de azul.

Y la mujer desesperada corre tras el camión, donde se llevan a los hombres, y los alemanes la disparan, y el niño, vestido de monaguillo, corre a abrazarse a ella.

¿Por qué estás deprimido Alvin?, le pregunta el médico al niño gafotas... He leído que el universo se expande, le responde el niño. Y la madre cabreada le cuenta al médico que ha dejado de hacer los deberes. Y el niño, con lógica aplastante, le cuenta que si el universo se expande, y el universo lo es todo, un día se romperá y eso será el final... ¿Y qué tiene que ver el universo? ¡Estás aquí, en Brooklyn! ¡Brooklyn no se está expandiendo!, le regaña de nuevo la madre.

¡No soples! ¡Chupa! ¡Chupa!, le decía la oronda mujer al adolescente ahogado.

El abogado, derrotado por una sentencia injusta y caprichosa, recoge sus cosas entre los asientos vacíos de la sala, mientras, arriba, los negros permanecen en pie, y la hija observa curiosa. Entonces el hombre negro se dirige a la niña: “Señorita Jean Luise, póngase en pie... su padre sigue ahí”. Y el padre que todos hubiésemos deseado tener, abandona la sala.

No, Luke... Yo soy tu padre.

Y el padre, con la cara magullada y sangrando como un cerdo, pide un cigarrillo. Y entonces le cuenta al mafioso lo siguiente: ¿usted es siciliano? Sabe, yo leo mucho, me resulta fascinante la historia. Y hay un hecho que no sé si usted conoce... Los sicilianos vienen de los negros... Hace cientos de años, los moros conquistaron Sicilia, y los moros eran negros... Antes, los sicilianos eran como los italianos del norte. Ellos eran rubios y con los ojos azules, pero los moros cambiaron el país entero. Follaron tanto con las mujeres sicilianas que cambiaron la línea sanguínea. Así que el pelo rubio y los ojos azules se convirtieron en pelo negro y piel oscura... Y cientos de años después siguen llevando genes negros. Está escrito. Es un hecho...

Me rompiste el corazón, Fredo, me rompiste el corazón.

Tú me desprecias, ¿verdad?, le pregunta el hombrecillo. Si tuviese un pensamiento al respecto, probablemente lo haría, le responde el dueño del bar.

Recuerda lo que dijo no sé quién. En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas. Pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz ¿y cuál fue el resultado?... el reloj de cuco.

Y el sacerdote se bajó del coche a la neblina de la noche. Y miró a la casa y sintió que su viejo enemigo le esperaba ansioso para el enfrentamiento final.

La mujer se acerca a la cuna negra, mientras sus agradables vecinos toman el té y departen tranquilamente. Y la madre se asoma para ver a su hijo, y sólo pudo ver esos ojos.

El hombre se viste y observa a la puta que le mira. En la cama de contigua un niño duerme. En la otra habitación, oímos a una segunda puta se queja de que los dos hermanos no le han pagado lo justo. Y el hombre mira a la mujer y le paga. Luego pasa a la habitación de al lado y no necesita decir nada. Ellos le comprenden. Los tres salen afuera donde el cuarto integrante del grupo les espera, afilando una rama con su navaja. Y los cuatro se miran, y el hombre del bigote dice una sola palabra: Vamos... Y los cuatro cogen sus armas en busca de su camarada, en manos de todo un ejército.

Ego sum Spartacus!, dijeron todos.

En el horizonte, un grupo de helicópteros avanzan en formación. Es una mañana tranquila y soleada. Se dirigen hacia un pacífico pueblo. Y el coronel Kilgore da la orden. Y por los altavoces empezamos a oír la Cabalgata de las Walkirias.

Un hombre espera en una carretera solitaria, y espera, y espera, mientras una avioneta fumiga unos campos.

El prisionero tenaz se acerca al jefe del campo, al que se lo lleva la Gestapo. “Después de todo, usted verá Berlín antes que yo”. Y al prisionero tenaz se lo llevan a la nevera, y escuchamos el sonido de la pelota chocando contra la pared, una y otra vez.

El aventurero indómito busca desesperado a la mujer que ama en plena kasbah, cuando un gigante que domina una espada le amenaza... y el aventurero, agotado, simplemente desenfunda y le dispara.

¿Estás hablando conmigo?

Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar.

Y el vagabundo hambriento, antes de comer, baila con los panecillos, como si fueran dos piernas.

Y un grupo de locos se mete en un camarote, y va entrando gente, y más gente, y dos huevos duros.

Y ella para demostrar lo incautos que pueden llegar a ser los hombres, empieza a gemir y a gemir en pleno restaurante... Y la señora de al lado pide lo mismo al camarero.

Y el pesao pontificando sobre Fellini y Marshall McLuhan. Y el tipo de gafas se acuerda de la familia del pesao; y éste dice que es un país libre para opinar lo que quiera y que él es profesor en la universidad y sabe mucho sobre el tema. Y entonces el tipo de gafas se acerca a un cartel, tras el que aparece Marshall McLuhan, que le suelta al pesao que no tiene ni idea de lo que está hablando y que cómo puede dar clases de algo que no entiende. Y el hombre de gafas mira al espectador y nos dice lo que todos nosotros hemos deseado decir alguna vez... Amigos míos, si la vida fuese así.

Matar a un hombre es la hostia. Le quitas todo lo que tiene... y todo lo que pudiera tener, le dijo el asesino al chico.

Me gusta pensar en la vida del vino, en que es una cosa viva. Me gusta pensar en qué pasaba el año en que crecían las uvas, en cómo brillaba el sol, o si llovía. Me gusta pensar en toda la gente que cuidó y recogió las uvas. Y si es un vino añejo, en cuántos de ellos ya deben estar muertos. Me gusta ver cómo un vino sigue evolucionando. Por ejemplo: si abro una botella hoy, sabrá distinto si lo hubiera abierto cualquier otro día. Porque un vino embotellado en realidad está vivo y evoluciona y adquiere complejidad constantemente... hasta alcanzar su punto álgido, como el tuyo del 61, y entonces comienza su constante e inevitable declive... y sabe jodidamente bien. Y dicho esto, ella puso su mano sobre la de él..., y él no se atrevió a besarla.


jueves, 15 de mayo de 2008

Homenaje a Haddock

Ufff, vengo caliente, algo pedo, pelín drogado, y voy y leo las noticias que no he visto en todo el día, y me sale la primera persona que no deseo para este blog, pero a veces me sale.

A ver, la entrada que iba a hacer se llamaba "Momentos", y será la siguiente entrada, efectivamente, ya la pondré. Pero hoy toca lado oscuro, el que me ha metido en tantos líos en mi vida y en los que me sigo metiendo. Es mi naturaleza, decía el escorpión, y yo admiro a la gente serena, cilivilizada, sensata, coherente, que son la gran esperanza de este mundo, pero yo no puedo... No soy James Steward en "El hombre que mató a Liberty Valance", el hombre que trajo la democracia, el orden, la lectura al salvaje oeste para que se acabaran los Liberty Valance. Lo siento, yo soy Tom Doniphon, el que le vuela la cabeza al hijo de puta de Liberty Valance, el que es consciente de que su tiempo se acabó, que es necesario que venga Steward, pero antes, antes, este hijo de puta de Valance va a saber quién soy yo.

Voy a hacer una entrada que, como ya me pasó hace semanas, provocan 0 comentarios, porque es poco guay, pero como soy así de raro, y como he sufrido a los matones de un lado y de otro, y porque de niño era orejón, callado y un tirillas, pero ahora, en caliente, gasto malas pulgas, y porque cuando era pequeño me callaba y me volaban las gafas, y ahora me pueden volar las gafas igualmente, pero inténtalo, cabrón; pues eso, que hoy me sale esa vena personal, cabrona, violenta, oscura y que hace pocos amigos, pero me la pela.

Esto es mi particular homenaje al gran capitán Haddock, voy a ejercer de él, pero dedicado a los iluminados que hoy han hecho lo que mejor saben hacer: en fin, dedicado a ellos, sois unos... hijos de la gran puta malparidos, anacolutos de entrecejos imposibles, atravesados de mierda, malfollados de VH negativo, moscardones que acudís a la mierda, cabezones entxapelados, palurdos de gatillo fácil, chafalotodos anacrónicos, ku kus klanes euskaldunes, comeniños, fantasmas de labia imposible, feos, papus de mil diablos, macrocéfalos sin ideas, galápagos norteños, babosas sin trainera, mataperros, mataniños, matagentes, matones de mierda, miserables, revientafiestas, sátrapas, lameortos malolientes, mercaderes de ideas, tocahuevos, Mussolinis de pueblo, basura, momias, bastardos, bebe-sin-sed, esperpentos de otras épocas, franquistas, fascistas... y lo que más os jode... cretinos muy españoles.


Dedicado, como siempre, a las víctimas de los putos iluminados.

Nota: la mayoría de los insultos están inspirados en el gran Haddock, pero algunos son de factura personal.

Pues eso