domingo, 28 de septiembre de 2008

Veredicto final

Un hombre juega a la maquina entre las sombras de un bar. Bebe cerveza y fuma, bola tras bola. A través de la ventana, entre los adornos navideños, vemos un paisaje apagado, gris, invernal. Falla la última bola. El hombre se queda pensativo, mirando al vacío. No es que haya perdido una bola ni una partida, es que su vida entera es una derrota.

Éste es el arranque de una de las películas de siempre. La adaptó de una novela de Barry Reed uno de los mejores guionistas contemporáneos (Mamet), la dirigió uno de los más grandes de siempre (Lumet), la interpretó el mejor de todos (Newman).

Es la historia de un abogado alcohólico derrotado por la vida, que se gana el sustento dejando su tarjeta en velatorios y contando de noche, entre copa y copa, chistes malos a los colegas en la taberna. Va a tener su última oportunidad de redimirse, de hacer algo grande, de poder levantarse por la mañana con algo más que una mala resaca.

Es una historia de connotaciones épicas, en la que uno se enfrenta a todos: a un juez cabrón y soplapollas (qué raro) que hace lo imposible porque pierda el caso, a unos curas repugnantes, dueños de un hospital, preocupados por su reputación moral antes que por la vida de sus pacientes (qué raro), a un abogado ladino y sin escrúpulos capaz de hacer lo que sea por ganar (otro monstruo llamado James Mason), a los familiares de la chica que han dejado en coma los médicos de los curas y que sólo quieren cobrar el dinero y marcharse, a su pasado de ingenuo abogado idealista, al sistema que todo lo puede.

Sólo le apoya un viejo amigo que le cura las borracheras y que hace de investigador para él (grande, muy grande Jack Warden), y una misteriosa y bella mujer de la que se enamora en una noche de copas, y que le va a traicionar porque no quiere más perdedores en su vida.

Fue su última interpretación genial después de muchas otras. Ya anciano realizó un último recital como padre de Caín y Abel en la crepuscular, oscura y hermosa “Camino a la perdición”. Pero si me tengo que quedar con una imagen de él, es en esta película como abogado derrotado por la vida, jugando a solas con la máquina del bar, escuchando a solas en su despacho el teléfono que suena y suena, y al que no quiere dar respuesta.

Hay gente que debería ser eterna. Y ése es mi veredicto final.


miércoles, 24 de septiembre de 2008

Un tío grande

-Y a continuación el programa de cine de Ángel Martín. Hoy voy a hacer por primera vez la crítica de una película española: “La mala educación”.

-¿Y qué te parece?, pregunta Patricia.

-Pues un montón de mierda, eso es lo que me parece.

-Pero Ángel, ¡que es Almodóvar!

-No, si yo estoy seguro de que él opina lo mismo.

Y así, el tío más grande (nunca mejor dicho) que ha surgido en nuestra infame televisión en muchos años, remata sin pelos en la lengua semejante sentencia políticamente incorrecta, y encima tiene razón, que quieren que les diga. Unos días después hizo la crítica de una pretérita y horrible peli (“Policía”) que protagonizó su jefe actual (Milikito) porque decían algunos, cómo no, que no tenía huevos para hacerlo. Y le pareció lo mismo, un montón de mierda, aunque Emilio Aragón estaba cojonudamente bien, puntualizó.

Resulta gratificante encontrarse con alguien que no tiene ningún reparo en descojonarse de unos u otros, desde la cochambrosa Tele 5 hasta los superguays de Prisa-Cuatro, desde el demagogo Enric Sopena, que no se pierde una tertulia, hasta el plasta de Peñafiel, experto de la Casa Real. Y lo mejor es hacerlo con semblante serio, sin apenas reírse, manejando los tiempos, las pausas y la mala leche con ironía, como creo que deben hacer los grandes cómicos, y este señor bajito lo es, además de un gran guionista.

Lo triste es que todavía algunos se encabronen con esta genialidad llamada “Sé lo que hicisteis...”, y que no se den cuenta de que es el mejor programa de ficción que hay ahora mismo en la televisión. Sí, ficción. ¿Y por qué? Pues porque hay un guión espléndidamente escrito (además a diario, con lo que ello supone) y estructurado por un equipo de guionistas inmejorable (con sus defectos, que los tiene, en Globomedia hay algunos de los mejores talentos creativos del audiovisual patrio, lo que pasa es que al no hacer cine, parecen algo menos), y porque los personajes que lo pueblan son interpretados por una gama de actores cómicos que recuerdan al mejor “Saturday Night Live”. Lo del zapping es lo de menos, es la mera excusa argumental que utilizan para hacer la mejor comedia en mucho tiempo, superando a ficciones que se hacen llamar ficciones. Y además, algunos agradecemos la caña que dan a la peor basura catódica que campa por la parrilla televisiva. Como Pike Bishop y su cuadrilla de hijo putas fronterizos no pueden aniquilarlos a balazos, a mí me queda el consuelo de que Ángel Martín y compañía les den hasta en el carnet de identidad a tanto montón de mierda.

El otro día un señor (¿?) juez les ha prohibido usar de ahora en adelante la línea argumental de los zapeos de la tele amiga, con la excusa del uso indebido de la propiedad intelectual. Y me parece bien que los desesperados jefazos de Telecinco, por el culo te la hinco (chiste facilón), ahora se acuerden del derecho o el uso de la propiedad intelectual, cuando ellos se pasan por el orto tantos otros derechos, entre ellos el del respeto a la intimidad.

No sé si esto significará el fin de un programa (yo creo que no, porque insisto en que es un programa de ficción) que me hace estar a eso de las tres y media (siempre que estoy en casa)clavado ante la pantalla de televisión, como en otros tiempos televisivos más felices no me perdía ni un instante de las tropelías de Angela Channing y las camisas de rayas de Chase Gioberti.

Y leía el otro día a un conocido crítico de “El país”, que tiene blog propio, comentando el intento desesperado de TeleBerlusconi por contrarrestar el éxito de estos pistoleros vespertinos, programando un programa del corazón desde la perspectiva del humor (todavía me descojono) con un gafapasta graciosete y una rubia buenorra al frente. Y mencionaba sabiamente Hernán Casciari, en ese mismo artículo, que todavía no se habían dado cuenta los ejecutivos telecinqueros que uno de los principales motivos del éxito del programa de la Sexta, es la química que existe entre ese hombre de gesto imperturbable y esa hermosa (y espléndida) actriz de comedia que, además, domina la escena y la improvisación como nadie.

Así que, mientras el juez se decide a meterles en la cárcel (con toda la mala ralea que tendría que entrar antes), yo seguiré disfrutando de esta ficción genial, con las salidas de tono de un cómico como Miki Nadal, que vuelve a ser aquel del gran Informal; o Dani Mateo, el hombre de la voz cavernosa y las comparaciones imposibles; o esos paparazzis de segunda mano, con ese cámara andaluz lleno de retranca y pasotismo; o esas reporteras buenorras que, al contrario que otros, abordan al famoso con gracia y respeto. Pero sobre todo seguiré disfrutando de una pareja de presentadores perfecta, o mejor, de dos cómicos que, tras observarlos sólo un poquito, te percatas enseguida de las miradas complicidad y respeto que se echan el uno al otro... igualito que el tirantes y la otra.

(Por cierto, todo lo que he escrito aquí, también es ficción, pero mala)

viernes, 19 de septiembre de 2008

La mirada

La conocí en una boda hace muchos años y enseguida me quedé prendado de su mirada, que parecía hablar. Fue en Inglaterra, y por aquellos tiempos ella estaba enamorada de un gilipollas que no le hacía demasiado caso. Coincidimos en otras tres bodas, allá en la campiña inglesa, incluida la de un engreído escocés con castillo propio. Ni siquiera el exceso de sombra de ojos, lo que le daba un aire aristocrático y misterioso, podía distraer la atracción hacia esos ojos verdes gatunos que ocultaban todo un mundo de ironía y amargura ante el amor no correspondido. Más triste fue nuestro encuentro en el funeral de su amigo gay, donde se nos puso un nudo en la garganta ante la emotiva despedida de su pareja, recitando aquel poema de W.H. Auden, donde pedía que los relojes se parasen ante el vacío de una ausencia.

El caso es que ella se sinceró ante el gilipollitas de los gestos y el flequillo, y le dijo con un par lo que sentía, pero el gafapasta con cara de despistado estaba colado por una americana cursi, que iba y venía de boda en boda. Le rompió el corazón el muy cabrón, hay que estar muy ciego para desperdiciar semejante mujer de carácter, sentido del humor y fina ironía. Da igual porque salió airosa del desengaño.

No supe de ella hasta pasados un par de años. Entonces la reencontré en un lugar exótico e insospechado, en tiempos más difíciles que los de las bodas, en tiempos donde la gente se mataba en cada rincón del planeta. Ella era entonces la mujer de un miembro de la Real Sociedad Geográfica Británica. Esperaba paciente el regreso de un marido que, en lugar de hacer mapas para descubrir horizontes perdidos, se dedicaba a espiar y buscar las huellas de un zorro del desierto que traía en jaque a los suyos.

Ya no era morena sino rubia, con el pelo más largo y suelto. Ya no había exceso de sombra en los ojos y el único maquillaje lo impregnaba la arena de la tormenta. Y como se sentía sola y abandonada, se cruzó en su camino un tipo solitario cuya única vida eran las dunas del desierto, sus habitantes nómadas y unas cuevas con nadadores prehistóricos en sus paredes. A pesar de su voluntaria soledad, nada pudo hacer el peculiar eremita ante aquella mirada. Una noche, bajo el limpio cielo del Sahara, jugando a la botella, a ella le tocó pagar prenda, y como cantaba muy mal, prefirió contar, con ese acento suyo tan perfecto y tan inglés, la trágica historia de un rey que una vez para presumir de la belleza de su esposa, retó a uno de sus súbditos a que la espiase desnuda para comprobarlo. La consecuencia de semejante insensatez fue la infidelidad de la reina, y que ésta pidiese al súbdito que matase al rey y se fuera con ella. Y al terminar la historia, todavía lo recuerdo nítidamente como si fuera ayer, vi esa mirada penetrante que no necesitaba más palabras para turbar al azorado aventurero.

Y ese fue el principio del fin de aquel conde húngaro que traicionó a su mejor amigo y a sus colegas, atrapado por aquella mirada que derrumbó los cimientos de su vida. Y la cosa acabó mal, como acaban siempre estas historias de amores prohibidos. Y más tarde fue confundido con un inglés, tras encontrar unos nómadas su cuerpo carbonizado entre los restos de su avioneta. Y pasó lo que le quedaba de vida entre dolores, cuidado en una Villa de la Toscana por una paciente y bondadosa enfermera, pero con el dolor más profundo que supone el recuerdo de una mujer que le esperó paciente en una cueva a que un día regresara a por ella.

Paso el tiempo, y a veces pensaba en ella, en su mirada, en aquella trágica historia de otros tiempos. Supe que merodeó una granja allá por el Oeste profundo, donde un tipo que susurraba a los caballos le ayudó a curar a su hija herida. Pero poco más, ya la imaginaba retirada, feliz, con hijos tras tantos palos que da la vida.

Fue el otro día. La intuí de lejos, en un museo, aunque tenía dudas si era ella. Contemplaba un cuadro terrible en el que unas mujeres de negro mostraban sin pudor el mayor de los sufrimientos ante una fosa sin cubrir. El pintor, una tal Emile Friant, un desconocido para el gran público, quiso mostrar el dolor como si fuese una fotografía. Al volverse la mujer, descubrí que era ella, pero su mirada, esa mirada que parecía hablar con sólo un parpadeo, no era la misma.

Y entonces descubrí que ahora estaba en Francia, en una ciudad del Norte, y que apenas hablaba, y que su mirada reflejaba la peor de las tragedias, el mayor de los desconsuelos. Y todos los que la conocen se preguntan dónde había estado todo ese tiempo. Y en una fiesta, ante las impertinencias de un listillo pasado de frasca, que no dejaba de acosarla sobre su misterioso pasado, ella le soltó con total naturalidad que había estado quince años en la cárcel por asesinato. Y todos se rieron pensando que bromeaba, pero su hermana y unos pocos sabían que no era así.

No es fácil cargar con la culpa de una muerte, más si es la de un niño, más si es la de tu propio hijo. No es fácil expresar con tan poco, tanto dolor, tanta soledad. Esa mirada verde que antaño mostró a una mujer apasionada, llena de vida, ahora mostraba a una mujer muerta, acabada. Pero al igual que en el pasado, ella salió adelante, recuperó las ganas de vivir ayudada por una hermana vitalista que apuntó en una libreta cada día que no estaba, ayudada por un policía abandonado y desgraciado que sólo desea conocer las fuentes del Orinoco, ayudada por un profesor solitario que, al igual que otros en el pasado, se quedó prendado de esa mirada llena de matices.

No sé si la volveré a ver, uno nunca sabe lo que el caprichoso y bromista destino puede deparar, pero si no volviese a cruzarme con esos ojos grandes, verdes, gatunos, siempre recordaré lo que ella le cuenta a un abuelo polaco, recordando sus años en la cárcel donde apilaba libros junto a su almohada como si fuera una muralla, como separación del mundo... un mundo sin ella.


domingo, 31 de agosto de 2008

Madurando

Leía el otro día en una entrevista a ese cachondo mental llamado Joaquín Reyes, cabeza pensante del humor surrealista de “Muchachada Nui", que se buscó en su vida una maestra de educación infantil porque era la única que le entendía perfectamente.

Arranco esta absurda historia con este comentario por eso de las cosas del madurar, algo que le pasa a la gente obligatoriamente, pero que es un coñazo, la verdad. Se supone que llegado cierto momento en la vida, uno debería traer al mundo una progenie con la que perpetuar la especie, y seguir dominando el mundo, en plan malévolo del mal que te cagas sonriendo a mandíbula batiente, jajajaja.

En mi caso, todavía estoy procesando el asunto, digamos que voy con retraso, aunque uno va teniendo ya unos años, pero es que a mí me cuesta un mundo no pararme en los escaparates de las jugueterías, y tener todavía ensoñaciones con el portaviones de Tente. Así que, a falta de encontrar una maestra de educación infantil que me comprenda, temo que mi progenie se va a quedar donde está, lo cual me jode porque era mi última esperanza de encontrar a alguien con quien jugar al scalextric y a los juegos de tablero de estrategia.

El caso es que los amigos se han dejado de tontunas, y van trayendo hijos al mundo, y todos te cuentan que es una sensación única e irrepetible. Yo desde luego no lo pongo en duda, pero me sigue pareciendo ciencia ficción, al mejor estilo Bradbury, el verme de padre. No sé, supongo que el truco, por lo que dicen los que saben de esto, es encontrar a alguien que desee hacerte padre, pero para eso debería dejar de pararme en los escaparates de jugueterías cuando vas acompañado, no se puede ser tan sincero de primeras, que me dice sabiamente alguna amiga.

Así que, mientras arreglo lo mío y hago un Master titulado “Madurando que es gerundio”, no está de más acordarse de aquellos que, teniendo alma infantil, consiguen madurar más y mejor para traer nuevos clientes a este mundo. Por ello quería dedicar esta pequeña y absurda historia gambitera, por citar otro palabro del Joaquín Reyes, a un buen amiguete al que admiro desde hace miles de años, con el que me he bebido la mitad de las barras de este país, y también de otros, pero siempre con calma y sin incordiar al vecino, y compartido muchos momentos en este país, y también en alguno lejano. Un tipo que se hace notar por su calma, su silencio, su educación, su paciencia, su inteligencia, su aspecto de señor serio que no se inmuta, capaz de ir al festival de Benicasim con sus camisas de cuadros de toda la vida y sus naúticos, y al que me hubiera gustado parecerme en infinitas ocasiones. Ahora, en estos momentos, le imagino mirando a través de sus eternas gafas de metal (ni siquiera ha caído en la moda de gafapasta de soplapollas creativo estilo yo), con cara de pánfilo y eterna pinta de distraído, al pequeño vástago con el que ha perpetuado la especie que seguirá dominando el mundo en plan malévolo del mal que te cagas, por los siglos de los siglos, amén.


(Aquí va la gran Natalie Merchant y sus 10.000 Maniacos con esa joya llamada "These are days", que precisamente va sobre eso... sobre traer retoños a este valle de lágrimas)

viernes, 22 de agosto de 2008

Madrid

Dicen de ella que no tiene alma, ni es hermosa, que es dura, agobiante e invivible.

Dicen que es seca y fría, calurosa e irrespirable, ruidosa y violenta, de noches sin final y amaneceres lentos.

Todos los que se van la critican cuando están lejos, pero ella siempre tiene mala memoria cuando regresan.

Todos los que llegan se preguntan cuándo partirán de nuevo, pero ella tan sólo quiere que te quedes cuanto quieras.

Si la observas bien, nunca encontrarás un mar donde perderte, ni un gran río donde bañarte.

Pero si la observas un poco mejor, encontrarás un cielo azul que no tiene fin.

Al no ser la más hermosa, ni la más admirada, ni la más deseada, algunos pensaron que sería la más fácil.

Por eso, aquellos que decían poseer la luz frente a la oscuridad, pensaron que la podrían tomar sin respetarla. No imaginaron, incrédulos, que los que hablaban mal de ella por no ser la más hermosa, ni la más admirada, ni la más deseada, se levantarían ofendidos para defenderla.

Por eso, aquellos que traían la oscuridad para imponerla de nuevo, pensaron que la podían someter sin esfuerzo. No imaginaron, incrédulos, que los que hablaban mal de ella por no ser la más hermosa, ni la más admirada, ni la más deseada, se juntarían para decirles que no pasarían.

Los hay que la odian por ser quien es, o simplemente por estar donde está.

Por eso, cuando esos mismos la golpean a traición, pensando que se derrumbará como una niña llorosa, olvidan que las niñas ya no quieren ser princesas.

Por eso, cuando el destino se lleva a sus hijos sin avisar, olvida que ella los llorará de nuevo, para luego reírse de él en sus narices.

Seguirá sin tener alma, sin ser hermosa, ni deseada, ni admirada.

Seguirá siendo seca y fría, calurosa e irrespirable, ruidosa y violenta.

Sin embargo, sus noches seguirán sin tener final, y sus lentos amaneceres darán paso a un cielo azul que no tiene fin.

In memoriam.

http://diegocg.googlepages.com/Pongamos_que_hablo_de_Madrid.mp3


domingo, 17 de agosto de 2008

El sonido de la tristeza

Era un mes de marzo de hace cuatro años, cuando regresaba de pasar un agradable fin de semana en Sevilla. Aparte de reconocer la belleza de esa hermosa y calurosa ciudad, uno, que es más profano y simple que nadie, sólo recuerda el baño en cerveza fría que me di todo el tiempo que estuve allí, esa cerveza helada que tiran como nadie y que entra como nada.

El domingo por la noche, montado en el coche de unos amigos, regresábamos todos en silencio, durmiendo en algunos casos, jodidos por tener que volver al trabajo al día siguiente en otros, o sumidos en sus pensamientos, como era mi caso. Más que pensamientos, lo que me acompañaba en la oscuridad del paisaje era una nostalgia perdida, en este caso por una mujer que por aquellos tiempos pudo ser y no fue. De fondo, se escuchaban canciones, algo normal siendo el coche de un buen amigo (el hombre que más sabe de música del mundo) cuya vida es la música, capaz de tragarse festival tras festival y de conocer a bandas pequeñas a las que sólo escuchan los padres de los componentes. Yo no le prestaba demasiada atención a lo que el amigo nos había puesto, seguía recordando en medio de la oscuridad, cuando de pronto, poco a poco, una suave melodía y una voz que parecía una mezcla de llanto y susurro me fueron sacando del letargo, y se fundieron a mi nostalgia y mi tristeza. De hecho, por un momento, esa música se había convertido en la banda sonora de mis pensamientos. Enseguida le pedí a mi amigo que volviese a poner la canción. Y se lo pedí unas cuantas veces más. La canción consiguió acompañar mis absurdas y estúpidas fantasías sobre aquella mujer, a imaginar historias de encuentros y desencuentros, de finales felices o infelices.

Proceden de Islandia, el último lugar del mundo donde dicen que merece la pena perderse. No son una banda que llena estadios, tampoco lo buscan, ni lo necesitan, pero con el paso de los años, son conocidos y respetados en medio mundo. Cantan en su idioma natal, a veces en inglés, pero la mayoría de las veces usan un lenguaje inventado (hopelandic) que acompaña a sus emotivas y largas melodías. Alguno de sus discos no tiene título -()-, ni las canciones tampoco, simplemente números. De hecho, el álbum viene acompañado de un cuadernillo en blanco para que cualquier persona, de cualquier lugar, escriba lo que quiera en función de lo que le haga sentir la música de unos genios conocidos como Sigur Ros. En mi caso, desde la primera vez que les escuché, aquella noche negra de regreso a Madrid, su música la identifico con la tristeza.

Cuatro días después de regresar de Sevilla, en una mañana soleada y extraña de jueves, al introducirme en mi coche para ir a trabajar como otro día cualquiera, al encender la radio como otra mañana cualquiera, de repente, sin avisar, la realidad más trágica llamó a la puerta, sólo que lo hizo a golpes.

De pronto, mis absurdas tristezas con las que venía en el coche desde Sevilla pasaron a mejor vida. Hay cosas que superan cualquier egoísmo propio. Nos creemos miserables por algo como el amor, cuando éste pasa, como pasan los amigos, los lugares en los que uno ha estado, los momentos que ha vivido. Sin embargo, algunas tragedias siempre estarán en el recuerdo, nos dan un toque de atención, nos muestran lo ridículo de nuestras quejas, lo absurdo de nuestros enfados, lo insignificante de nuestras vidas.

Me costó, pero conseguí hacerme con prácticamente todos los discos de estos islandeses, aunque fuera a precio de oro. Es curioso, el recuerdo de aquella mujer que ocupó mi nostalgia de aquella noche oscura de viaje desapareció por completo, pero ellos y su música se quedaron para siempre. Durante año y medio de mi vida, me acompañaron como melodía de fondo mientras escribía varias historias de gente corriente que, una mañana de marzo, tomaron cuatro trenes de cercanías.


(Heima es su último trabajo. Una película que muestra conciertos improvisados en cada rincón de su hermoso país)

martes, 12 de agosto de 2008

Viaje con nosotros

A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía.

Toda mi vida he deseado poder escribir algo así, pero no lo he conseguido, de hecho no son mis palabras ni, obviamente, soy yo. Las usa Amin Maalouf para comenzar a relatar las aventuras de “León el Africano”, ese nómada errante que vio caer en manos cristianas, siendo todavía un niño, su añorada Granada, y que luego se instaló en la no menos mítica Fez con su familia y que, más tarde, viajó por horizontes conocidos y desconocidos de medio mundo, incluida la misteriosa y legendaria Tombuctú.

Aquellos viajeros de antaño en nada se parecen a los de ahora, aunque supongo que viajar sigue siendo una necesidad en muchos seres humanos. La mayoría lo ven como una forma de huir de la rutina de todo un año, como unas vacaciones; otros muchos lo ven como una forma de visitar una serie numerada de monumentos y paisajes que se convierten en una serie numerada de fotos, o vídeos, con las que castigar a los amiguetes que se han quedado sin vacaciones; otros lo ven como una manera de conocer gente de otros países y culturas e, incluso, ya puestos, de ligar con ellos, por qué no, oiga; unos pocos siguen viendo en el viaje una forma de aventura, del manido descubrirse a sí mismo, de decir “yo estuve allí”. Todas ellas son válidas, mientras que lo importante sea ponerse en marcha, hacer el petate, levantar velas, partir, pirarse. No recuerdo cuál era el libro porque mi memoria es pésima para citas y textos, así me fue en la escuela, pero una vez leí en algún sitio lo que un padre le contaba a su hijo sobre el significado que tiene para una persona el hecho de conocer otras tierras: la vida es como un libro, si no has viajado, es como si no hubieses pasado del primer capítulo.

En mi caso he alzado el vuelo por una mezcla variada de lo que he detallado anteriormente, aunque la mayoría de las veces me ha movido el imaginario de ir a sitios donde transcurrieron grandes historias, a la búsqueda de personajes o personas reales, ya fuesen León el Africano, D.H. Lawrence (Lawrence de Arabia) o Dean Moriarty. De hecho, puedo decir que al igual que el primero, yo también llegué a Tombuctú, la ciudad que perturbó la fantasía de tantos exploradores del diecinueve, que se dejaron el pellejo en pos de llegar a sus puertas, la ciudad de la que hablaba Herodoto en sus relatos, la ciudad que gobernaron poderosos reyes negros en medio del desierto y a la orilla del río Níger y que, según contaba la leyenda, estaba llena de riquezas. Yo no fui hasta allí por motivos pecuniarios, sino por algo más absurdo y vulgar como la lectura de un libro, o mejor una novela, de un escritor catalán llamado Pep Subirós, que hace unos años escribió uno de los mejores relatos de viajes que yo recuerdo. Se llama “Cita en Tombuctú”, una historia al estilo de “El paciente inglés”, que nos cuenta la peculiar aventura de una pareja contemporánea cuya relación se encuentra en descomposición, y que deciden buscarse de nuevo camino de Tombuctú, tras los pasos de aquellos exploradores legendarios. Una historia de amores acabados, que tanto molan a la gente, quizás porque nuestras historias de amor suelen acabar en un bar con olor a fritanga, o vía mail.

Siempre procuro viajar con un libro bajo el brazo (nunca una guía, me aburren mucho aunque no dudo de su utilidad, pero no puedo con ellas), un libro que siempre lleno de postales, mapas, recortes, billetes de metro, de autobús, de avión. No suelo llevar cámara de fotos, aunque mi excusa es que soy un vago de cojones y me aprovecho de las fotos de los demás. De todas formas creo que los viajes, en el fondo, son una colección de momentos que no tienen por qué ser lugares espectaculares, atardeceres de postal o monumentos milenarios. Generalmente recuerdo los pequeños momentos, los momentos mientras se viaja, los momentos del camino. En mi caso van de una partida de póquer en un campamento sin luz de una región inhóspita, a jugar a las películas en un viaje dentro de una canoa remontando un río sin fin; de unas cervezas en una noche brumosa de calor insoportable recordando novias pasadas, a unas tortitas con nata y arándanos en un bar de carretera en una mañana despejada de un país de película; del silencio de una noche llena de estrellas en un desierto con nombre de muerte, a una noche de fiesta popular con piratas de pega en una bella isla rodeada de un mar transparente; de las risas con un viejo amigo que se perdió en un país lejano, a las risas con nuevos amigos que surgen en países más cercanos. Todos esos momentos se quedan ahí para siempre, grabados en el disco duro, en las gigas de la memoria digital que llevo siempre conmigo: mi absurda cabeza.


(Disfruten del montaje de las imágenes y de la música de Gustavo Santaolalla)