domingo, 19 de octubre de 2008

La rosa de los vientos

(Hace un año por estas fechas escribí un texto con motivo de la repentina muerte de Juan Antonio Cebrián, el conductor de ese fascinante programa llamado "La rosa de los vientos", que se emite en las madrugadas de los sábados y domingos en Onda Cero. Creo que era necesario que estuviese aquí porque, en parte, gracias a él puse en marcha estas 101historias. Espero les mole)

Interrumpimos la emisión.

Para el que no lo sepa, La Rosa de los Vientos es un círculo que tiene marcados alrededor los rumbos en los que se divide la circunferencia del horizonte. Su sola observación invita a viajar, o soñar con viajar, hacia ese horizonte, siguiendo la estela de aventureros pasados.

El sábado regresé a casa algo cansado tras una noche previa algo turbulenta, y tras tres semanas de no parar ni un minuto, así que mi única intención era tumbarme en la cama, pillar un libraco, encender el trasto de radio que heredé de mi anciana madre, y esperar para agarrar desprevenido a mi viejo amigo el sueño. Entonces dieron una noticia que me sobresaltó, me impresionó, me dejó mal cuerpo hasta el día de hoy.

La radio es y será, aparte de muchas cosas, un recurso para los insomnes de mi calaña, gente rarita que se tumba en la cama y no consigue cerrar un ojo; los libros, los cómics, las pelis, pero muy en especial la radio, son el sostén que evitan sentirte el tipo más solitario del mundo cuando el resto duerme a pierna suelta. A veces es simplemente una melodía, o un run run de fondo, que te hace coger el compás del sueño, pero otras veces, demasiadas seguramente, llega a hacerte olvidar ese padecimiento y se convierte en disfrute, por la simple magia que sale del milagroso transistor. La radio, en especial la radio nocturna, se inventó para hablar bajito, acurrucarse en la cama, soñar despierto. Siempre detesté la radio vespertina, acompañada de desgracias, malas noticias y crispación, mientras en la noche uno podía imaginar: un pequeño estudio lleno de humo, un locutor con una lámpara, un guión, un micro, la magia de su voz mientras, afuera, el invierno y el frío acechan las calles solitarias. Si no fuese por el cine, mi mundo sería la radio nocturna.

He escuchado todo tipo de programas nocturnos, de todo tipo de cadenas, desde las comerciales hasta las piratas, de los deportivos hasta los de confidencias, de los concursos hasta los de terror. Hace unos años, un buen amigo que se perdió por amor en un país lejano y exótico, me hablaba con pasión de “Los pasajes de la historia”, unos relatos radiofónicos que narraban distintas épocas de la Historia, o de personajes que la poblaron. Este amigo se los bajaba de Internet (un avanzado) y los llevaba camino del trabajo, mientras otros iban al compás del mejor ritmo. No era un amigo que necesitase más cultura, porque siempre la tuvo, pero la voz del hombre que contaba esas historias, y la forma como lo hacía, le tenían subyugado. Ese hombre se llamaba Juan Antonio Cebrián, tenía un programa nocturno que se llama “La Rosa de los Vientos”, donde se habla de muchos y variados temas, entre ellos esos pasajes de la historia. Con semejante presentación, una rapaz nocturna como yo buscó con afán por el dial hasta que una noche, por fin, lo encontré, en la frecuencia de Onda Cero; entonces me convertí en esposo fiel.

Los pasajes eran pequeñas historias contadas por este tipo de voz serena, cálida y cercana, que con una melodía de acompañamiento y algún efecto de sonido, te hacía encontrarte en el Paso de las Termopilas luchando junto a Leónidas y sus 300 a la sombra de las flechas persas; o yéndote de putas, bebiendo y pintando junto a Toulouse Lautrec en el París Bohemio de mitad del XIX; o acompañando en su último delirio a Poe, acechado por los fantasmas a los que sólo él supo poner verso; o volar con el Barón Rojo, o conquistar junto al gran Alejandro, o navegar con el cruel Barba Azul, o aguantar junto a William Wallace la embestida inglesa, o componer con Janis Joplin, ya muerta de tristeza, o descubrir las Montañas de la Luna, o sufrir el Holocausto... Todas esas historias acudían a tu cama, no tenías que salir de ella, sólo imaginar que estabas a tiempo de embarcarte en el barco donde el timonel era la voz de Juan Antonio Cebrián, porque, como él mismo decía, de noche no se oye la radio, se escucha.

Los domingos a la una comenzaba esa música de cabecera, que no era otra que la de la película “El inglés que subió a la colina”, para anunciar varias horas del mejor entretenimiento, la mejor cultura. No había nada mejor para comenzar la jodida semana que la tertulia de las 4C, donde Juan Antonio Cebrián, Jesús Callejo, Bruno Cardeñosa y Carlos Canales debatían apasionadamente sobre conspiraciones, ovnis, inventos científicos, cambio climático, misterios, o lo que se terciara. Luego venía el mencionado pasaje de la historia, para después dar paso al cine, donde José Antonio Escribano daba un repaso a los últimos estrenos; allí él y Cebrián adoraban a Kaurismaki y sus rarezas, o la última de Michael Mann. También había tiempo para los cómics (los sábados por la noche), donde Raúl Shogún, al que hace pocos días reconocí en una tienda de cómics por su voz, le contaba las últimas novedades a este hombre que no podía ver, de hecho, a pesar de esa limitación, parecía una especie de superhéroe capaz de conocer al detalle todo sobre Spiderman, Batman o Hulk, o bien la línea clara de Tintín, o las genialidades de Alan Moore o Frank Miller. Al final de la noche, cuando ya el sueño te daba igual, quedaba tiempo para la música donde repasaba del rock más alternativo a la rareza más peculiar: de Héroes del Silencio, Cranberries o Radiohead a alguna locura de baile hortera, pero sobre todo y por encima de todo, ensalzaba la música épica e intimista, propia del mejor cine, donde Lisa Gerard y su voz acompañaban al general romano que acariciaba el trigo recordando su casa antes de la batalla, cuyo lema era la frase favorita de Cebrián: ¡Fuerza y honor! Ése era el programa “La Rosa de los Vientos”, la que nos guió a muchos en las noches en blanco.

Cuando el pasado sábado dijeron por la radio que Juan Antonio Cebrián había muerto de un infarto, primero pensé que era una broma, porque este tipo de personajes nunca se pueden (deben) morir, a ellos no les puede pasar eso, ellos deberían estar siempre ahí, pero parece ser que no es verdad, todo es mentira, o todos mienten, que diría House. Y sientes que somos demasiado frágiles, sientes que no somos ná, que diría aquél, sientes que la Parca, cruel y caprichosa, no tiene reparos, ni escrúpulos, ni conciencia, ni agenda. Ya lo decía William Munny, el ex asesino de niños y mujeres, que sobrevivía criando cerdos en la eterna “Sin perdón”: “Cuando matas a un hombre le quitas todo lo que tiene y todo lo que podía a tener”. A Juan Antonio Cebrián, con tan sólo 41 años, le han quitado un hijo pequeño, una mujer, 17 libros escritos, miles de oyentes y, por lo que dicen de él, múltiples amigos. A nosotros, a los noctámbulos, a los del otro lado, nos han quitado la mejor voz de la radio, pero sobre todo, nos han quitado todos los pasajes de la historia que nos quedaban por descubrir, aquellos con los que ya no podremos navegar de noche. A partir de hoy mis insomnios serán más tristes.

Devolvemos la emisión.

Espartaco Vs. Craso


(Aquí les dejo dos de sus inmortales pasajes, dos grandes historias: Espartaco y Ana Frank. Disfruten de este señor único)

miércoles, 8 de octubre de 2008

El hombre tranquilo

Se llama Antonio y es el hombre tranquilo. Los que no le conocen les sonará a chino. Normal, no es ningún personaje de película, tampoco es un héroe, ni un escritor, ni un músico, ni un actor conocido. Es simplemente un hombre corriente, pero él tenía que estar en estas 101 historias, porque él es una historia, mejor que ninguna otra.

Le conozco desde hace miles de años, y desde ese mismo tiempo le admiro, y cualquiera de ustedes lo harían si le conocieran. ¿Y por qué? Fácil, por su forma sosegada, calma y justa de ver la vida, lo contrario de lo que representa mi absurdo ser, tendente al calentón, a la ira, a la gresca, a la pelea. A lo mejor él admira de mí precisamente eso, pero lo dudo, es demasiado juicioso.

Todas mis historias, o las que me salen, o las que quiero que me salgan, siempre tienen un personaje así: discreto, abstraído, cuyos silencios hablan y cuyas miradas callan, que abre la boca para decir lo justo, lo correcto, lo necesario, lo que todos estaban esperando que alguien diga. Un héroe callado en un mundo lleno de gritos. Si volviésemos al tiempo de los griegos, sería un hombre sabio. Si volviésemos a cualquier tiempo, sería un hombre justo.

Con él he viajado bastante, con él he visto amaneceres en lugares remotos, con él bebido mucho, con él he hablado de amores y desamores, con él me he desahogado, con él he sido sincero, y con él siempre obtuve la misma respuesta sensata, la misma paciencia para escuchar, esa virtud propia del carácter de un hombre templado.

Él siempre estuvo allí, pasaran los años, los amigos, los lugares, las tormentas en el desierto. Sus eternas gafas de metal, sus eternos náuticos, sus eternas camisas de cuadros y su eterno aspecto despistado, nunca necesitaron ni de la moda ni de las tendencias para conquistar, su tranquilidad y sensatez bastaban para seducir.

Para que puedan poner una imagen, o que se hagan una idea de cómo representarle, él sería Atticus Finch (Gregory Peck) diciendo a sus hijos que no se puede matar a un ruiseñor, porque eso es lo mismo que matar a la inocencia; él sería Graco (Charles Laughton), el sabio senador romano que elige con calma un cuchillo con el que acabar su justa vida, antes de caer en manos de los iluminados de siempre, en “Espartaco”; él sería el juez Dan Haywood (Spencer Tracy) intentando comprender en Nuremberg por qué el hombre es un lobo para el hombre, en “Vencedores y Vencidos”; él sería Eddie “Scrap Iron” Dupris (Morgan Freeman), golpeando con una sola mano al chuloputas que abusa de un pobre idiota en “Million Dólar Baby”; pero sobre todo, él siempre será Sean Thorton (John Wayne), el hombre sereno y pacífico que regresa a Innisfree.

Cuando las cosas se joden, cuando sólo vale el ¡sálvese quien pueda!, cuando ruge la jauría, cuanto todos huyen, cuando muchos gritan, cuando nadie escucha, cuando vienen mal dadas, cuando se acerca el abismo, cuando no hay nada más por decir, cuando la violencia asoma, cuando apenas queda sensatez, ahí está el hombre tranquilo.


En estos momentos difíciles y duros para el hombre tranquilo, sirva de homenaje la nana que Javier Navarrete compuso para la BSO de la oscura y luminosa “El laberinto del Fauno”, que encaja con su forma de ser.

sábado, 4 de octubre de 2008

Yo soy Kong

“Y entonces la bestia miró el rostro de la bella. Y detuvo su mano asesina. Y desde ese día, estuvo destinado a morir”.
(Proverbio árabe)

Yo era un rey en mi mundo hasta que la conocí a ella. Vivía en una isla perdida rodeado de criaturas olvidadas que me temían. Vivía tras un muro que los habitantes de la isla construyeron huyendo de mi ira. Y bien que hicieron al construirlo esos innobles cobardes que cada cierto tiempo me ofrecían a alguien de los suyos en sacrificio. Me temían porque vivía sin ataduras y sin normas, me temían porque era libre de elegir cómo vivir y cómo morir.

Yo era un rey en mi mundo hasta que un día un barco de un país lejano atracó en la bahía, y ése fue el principio del fin. Acudí al sonido de los tambores y extendí mi poderoso brazo buscando la presa, cuando entonces me encontré con ella, con su pelo rubio, con su piel pálida, con su hermosa mirada, y enseguida mi corazón se estremeció. Entonces empezó una persecución temeraria por toda la isla. Me intentaron atrapar, pero acabé con casi todos ellos, sino lo hizo la isla antes.

La llevé conmigo a mi guarida, soñando que la convencería, que se quedaría para siempre, que nunca más estaría solo, pero su mirada era de terror y me rechazaba. Fue entonces cuando huyó de mí y se encontró con dos dinosaurios feroces que decidieron probar su carne delicada. Mi ira estalló y me enfrenté a los dos. Les destrocé sus poderosas mandíbulas, les machaqué, les trituré y lamentaron la osadía de hacerle algo a ella, de haberme desafiado. Y fue entonces cuando ella intentó complacerme, pero estaba demasiado agotado, necesitaba curar mis heridas. Y mientras dormía, uno de ellos, uno de los cobardes que había sobrevivido, se acercó sigilosamente a mi guarida, y la arrebató de mis manos.

Les perseguí desesperado por toda la selva, destrocé el muro a puñetazos, me enfrenté de nuevo a ellos que me esperaban con sus cobardes armas, pero caí en la trampa, estúpido de mí. Cuando huían en sus botes, me durmieron con un veneno que tenían preparado, y entonces me llevaron a su mundo y me convirtieron en una atracción de feria.

Allí, delante de miles de personas que me miraban entre asustados y divertidos, comprendí que nunca más volvería a mi isla, pero me daba igual, yo sólo quería estar con ella. Y entonces la volví a ver, volví a ver su pelo dorado, su piel blanquecina, su mirada transparente, y destrocé las cadenas, destrocé su teatro, y conseguí recuperarla para llevarla al lugar más alto del mundo.

Pudimos estar solos nuevamente, y contemplamos juntos un último amanecer, y vimos los confines del mundo, y ella me sonrío por fin, antes de que me atacasen de nuevo, ahora con inventos voladores que me mordían por todo el cuerpo y que fueron mermando mis fuerzas poco a poco. Pude acabar con algunos de ellos, pero apenas podía aguantar, apenas podía sostenerme, ya no podía luchar más. La miré por última vez, observé que se la llevaba el mismo que la arrebató de mis manos, allá en mi guarida. Y entonces caí al vacío para siempre.

Yo era un rey en mi mundo hasta que la conocí a ella. Yo soy Kong.



Ya sé que no es el Kong ni la selva a la que están ustedes habituados, pero es el que tengo más a mano y, además, cuando das una palmada, canta "la Macarena", así que...

domingo, 28 de septiembre de 2008

Veredicto final

Un hombre juega a la maquina entre las sombras de un bar. Bebe cerveza y fuma, bola tras bola. A través de la ventana, entre los adornos navideños, vemos un paisaje apagado, gris, invernal. Falla la última bola. El hombre se queda pensativo, mirando al vacío. No es que haya perdido una bola ni una partida, es que su vida entera es una derrota.

Éste es el arranque de una de las películas de siempre. La adaptó de una novela de Barry Reed uno de los mejores guionistas contemporáneos (Mamet), la dirigió uno de los más grandes de siempre (Lumet), la interpretó el mejor de todos (Newman).

Es la historia de un abogado alcohólico derrotado por la vida, que se gana el sustento dejando su tarjeta en velatorios y contando de noche, entre copa y copa, chistes malos a los colegas en la taberna. Va a tener su última oportunidad de redimirse, de hacer algo grande, de poder levantarse por la mañana con algo más que una mala resaca.

Es una historia de connotaciones épicas, en la que uno se enfrenta a todos: a un juez cabrón y soplapollas (qué raro) que hace lo imposible porque pierda el caso, a unos curas repugnantes, dueños de un hospital, preocupados por su reputación moral antes que por la vida de sus pacientes (qué raro), a un abogado ladino y sin escrúpulos capaz de hacer lo que sea por ganar (otro monstruo llamado James Mason), a los familiares de la chica que han dejado en coma los médicos de los curas y que sólo quieren cobrar el dinero y marcharse, a su pasado de ingenuo abogado idealista, al sistema que todo lo puede.

Sólo le apoya un viejo amigo que le cura las borracheras y que hace de investigador para él (grande, muy grande Jack Warden), y una misteriosa y bella mujer de la que se enamora en una noche de copas, y que le va a traicionar porque no quiere más perdedores en su vida.

Fue su última interpretación genial después de muchas otras. Ya anciano realizó un último recital como padre de Caín y Abel en la crepuscular, oscura y hermosa “Camino a la perdición”. Pero si me tengo que quedar con una imagen de él, es en esta película como abogado derrotado por la vida, jugando a solas con la máquina del bar, escuchando a solas en su despacho el teléfono que suena y suena, y al que no quiere dar respuesta.

Hay gente que debería ser eterna. Y ése es mi veredicto final.


miércoles, 24 de septiembre de 2008

Un tío grande

-Y a continuación el programa de cine de Ángel Martín. Hoy voy a hacer por primera vez la crítica de una película española: “La mala educación”.

-¿Y qué te parece?, pregunta Patricia.

-Pues un montón de mierda, eso es lo que me parece.

-Pero Ángel, ¡que es Almodóvar!

-No, si yo estoy seguro de que él opina lo mismo.

Y así, el tío más grande (nunca mejor dicho) que ha surgido en nuestra infame televisión en muchos años, remata sin pelos en la lengua semejante sentencia políticamente incorrecta, y encima tiene razón, que quieren que les diga. Unos días después hizo la crítica de una pretérita y horrible peli (“Policía”) que protagonizó su jefe actual (Milikito) porque decían algunos, cómo no, que no tenía huevos para hacerlo. Y le pareció lo mismo, un montón de mierda, aunque Emilio Aragón estaba cojonudamente bien, puntualizó.

Resulta gratificante encontrarse con alguien que no tiene ningún reparo en descojonarse de unos u otros, desde la cochambrosa Tele 5 hasta los superguays de Prisa-Cuatro, desde el demagogo Enric Sopena, que no se pierde una tertulia, hasta el plasta de Peñafiel, experto de la Casa Real. Y lo mejor es hacerlo con semblante serio, sin apenas reírse, manejando los tiempos, las pausas y la mala leche con ironía, como creo que deben hacer los grandes cómicos, y este señor bajito lo es, además de un gran guionista.

Lo triste es que todavía algunos se encabronen con esta genialidad llamada “Sé lo que hicisteis...”, y que no se den cuenta de que es el mejor programa de ficción que hay ahora mismo en la televisión. Sí, ficción. ¿Y por qué? Pues porque hay un guión espléndidamente escrito (además a diario, con lo que ello supone) y estructurado por un equipo de guionistas inmejorable (con sus defectos, que los tiene, en Globomedia hay algunos de los mejores talentos creativos del audiovisual patrio, lo que pasa es que al no hacer cine, parecen algo menos), y porque los personajes que lo pueblan son interpretados por una gama de actores cómicos que recuerdan al mejor “Saturday Night Live”. Lo del zapping es lo de menos, es la mera excusa argumental que utilizan para hacer la mejor comedia en mucho tiempo, superando a ficciones que se hacen llamar ficciones. Y además, algunos agradecemos la caña que dan a la peor basura catódica que campa por la parrilla televisiva. Como Pike Bishop y su cuadrilla de hijo putas fronterizos no pueden aniquilarlos a balazos, a mí me queda el consuelo de que Ángel Martín y compañía les den hasta en el carnet de identidad a tanto montón de mierda.

El otro día un señor (¿?) juez les ha prohibido usar de ahora en adelante la línea argumental de los zapeos de la tele amiga, con la excusa del uso indebido de la propiedad intelectual. Y me parece bien que los desesperados jefazos de Telecinco, por el culo te la hinco (chiste facilón), ahora se acuerden del derecho o el uso de la propiedad intelectual, cuando ellos se pasan por el orto tantos otros derechos, entre ellos el del respeto a la intimidad.

No sé si esto significará el fin de un programa (yo creo que no, porque insisto en que es un programa de ficción) que me hace estar a eso de las tres y media (siempre que estoy en casa)clavado ante la pantalla de televisión, como en otros tiempos televisivos más felices no me perdía ni un instante de las tropelías de Angela Channing y las camisas de rayas de Chase Gioberti.

Y leía el otro día a un conocido crítico de “El país”, que tiene blog propio, comentando el intento desesperado de TeleBerlusconi por contrarrestar el éxito de estos pistoleros vespertinos, programando un programa del corazón desde la perspectiva del humor (todavía me descojono) con un gafapasta graciosete y una rubia buenorra al frente. Y mencionaba sabiamente Hernán Casciari, en ese mismo artículo, que todavía no se habían dado cuenta los ejecutivos telecinqueros que uno de los principales motivos del éxito del programa de la Sexta, es la química que existe entre ese hombre de gesto imperturbable y esa hermosa (y espléndida) actriz de comedia que, además, domina la escena y la improvisación como nadie.

Así que, mientras el juez se decide a meterles en la cárcel (con toda la mala ralea que tendría que entrar antes), yo seguiré disfrutando de esta ficción genial, con las salidas de tono de un cómico como Miki Nadal, que vuelve a ser aquel del gran Informal; o Dani Mateo, el hombre de la voz cavernosa y las comparaciones imposibles; o esos paparazzis de segunda mano, con ese cámara andaluz lleno de retranca y pasotismo; o esas reporteras buenorras que, al contrario que otros, abordan al famoso con gracia y respeto. Pero sobre todo seguiré disfrutando de una pareja de presentadores perfecta, o mejor, de dos cómicos que, tras observarlos sólo un poquito, te percatas enseguida de las miradas complicidad y respeto que se echan el uno al otro... igualito que el tirantes y la otra.

(Por cierto, todo lo que he escrito aquí, también es ficción, pero mala)

viernes, 19 de septiembre de 2008

La mirada

La conocí en una boda hace muchos años y enseguida me quedé prendado de su mirada, que parecía hablar. Fue en Inglaterra, y por aquellos tiempos ella estaba enamorada de un gilipollas que no le hacía demasiado caso. Coincidimos en otras tres bodas, allá en la campiña inglesa, incluida la de un engreído escocés con castillo propio. Ni siquiera el exceso de sombra de ojos, lo que le daba un aire aristocrático y misterioso, podía distraer la atracción hacia esos ojos verdes gatunos que ocultaban todo un mundo de ironía y amargura ante el amor no correspondido. Más triste fue nuestro encuentro en el funeral de su amigo gay, donde se nos puso un nudo en la garganta ante la emotiva despedida de su pareja, recitando aquel poema de W.H. Auden, donde pedía que los relojes se parasen ante el vacío de una ausencia.

El caso es que ella se sinceró ante el gilipollitas de los gestos y el flequillo, y le dijo con un par lo que sentía, pero el gafapasta con cara de despistado estaba colado por una americana cursi, que iba y venía de boda en boda. Le rompió el corazón el muy cabrón, hay que estar muy ciego para desperdiciar semejante mujer de carácter, sentido del humor y fina ironía. Da igual porque salió airosa del desengaño.

No supe de ella hasta pasados un par de años. Entonces la reencontré en un lugar exótico e insospechado, en tiempos más difíciles que los de las bodas, en tiempos donde la gente se mataba en cada rincón del planeta. Ella era entonces la mujer de un miembro de la Real Sociedad Geográfica Británica. Esperaba paciente el regreso de un marido que, en lugar de hacer mapas para descubrir horizontes perdidos, se dedicaba a espiar y buscar las huellas de un zorro del desierto que traía en jaque a los suyos.

Ya no era morena sino rubia, con el pelo más largo y suelto. Ya no había exceso de sombra en los ojos y el único maquillaje lo impregnaba la arena de la tormenta. Y como se sentía sola y abandonada, se cruzó en su camino un tipo solitario cuya única vida eran las dunas del desierto, sus habitantes nómadas y unas cuevas con nadadores prehistóricos en sus paredes. A pesar de su voluntaria soledad, nada pudo hacer el peculiar eremita ante aquella mirada. Una noche, bajo el limpio cielo del Sahara, jugando a la botella, a ella le tocó pagar prenda, y como cantaba muy mal, prefirió contar, con ese acento suyo tan perfecto y tan inglés, la trágica historia de un rey que una vez para presumir de la belleza de su esposa, retó a uno de sus súbditos a que la espiase desnuda para comprobarlo. La consecuencia de semejante insensatez fue la infidelidad de la reina, y que ésta pidiese al súbdito que matase al rey y se fuera con ella. Y al terminar la historia, todavía lo recuerdo nítidamente como si fuera ayer, vi esa mirada penetrante que no necesitaba más palabras para turbar al azorado aventurero.

Y ese fue el principio del fin de aquel conde húngaro que traicionó a su mejor amigo y a sus colegas, atrapado por aquella mirada que derrumbó los cimientos de su vida. Y la cosa acabó mal, como acaban siempre estas historias de amores prohibidos. Y más tarde fue confundido con un inglés, tras encontrar unos nómadas su cuerpo carbonizado entre los restos de su avioneta. Y pasó lo que le quedaba de vida entre dolores, cuidado en una Villa de la Toscana por una paciente y bondadosa enfermera, pero con el dolor más profundo que supone el recuerdo de una mujer que le esperó paciente en una cueva a que un día regresara a por ella.

Paso el tiempo, y a veces pensaba en ella, en su mirada, en aquella trágica historia de otros tiempos. Supe que merodeó una granja allá por el Oeste profundo, donde un tipo que susurraba a los caballos le ayudó a curar a su hija herida. Pero poco más, ya la imaginaba retirada, feliz, con hijos tras tantos palos que da la vida.

Fue el otro día. La intuí de lejos, en un museo, aunque tenía dudas si era ella. Contemplaba un cuadro terrible en el que unas mujeres de negro mostraban sin pudor el mayor de los sufrimientos ante una fosa sin cubrir. El pintor, una tal Emile Friant, un desconocido para el gran público, quiso mostrar el dolor como si fuese una fotografía. Al volverse la mujer, descubrí que era ella, pero su mirada, esa mirada que parecía hablar con sólo un parpadeo, no era la misma.

Y entonces descubrí que ahora estaba en Francia, en una ciudad del Norte, y que apenas hablaba, y que su mirada reflejaba la peor de las tragedias, el mayor de los desconsuelos. Y todos los que la conocen se preguntan dónde había estado todo ese tiempo. Y en una fiesta, ante las impertinencias de un listillo pasado de frasca, que no dejaba de acosarla sobre su misterioso pasado, ella le soltó con total naturalidad que había estado quince años en la cárcel por asesinato. Y todos se rieron pensando que bromeaba, pero su hermana y unos pocos sabían que no era así.

No es fácil cargar con la culpa de una muerte, más si es la de un niño, más si es la de tu propio hijo. No es fácil expresar con tan poco, tanto dolor, tanta soledad. Esa mirada verde que antaño mostró a una mujer apasionada, llena de vida, ahora mostraba a una mujer muerta, acabada. Pero al igual que en el pasado, ella salió adelante, recuperó las ganas de vivir ayudada por una hermana vitalista que apuntó en una libreta cada día que no estaba, ayudada por un policía abandonado y desgraciado que sólo desea conocer las fuentes del Orinoco, ayudada por un profesor solitario que, al igual que otros en el pasado, se quedó prendado de esa mirada llena de matices.

No sé si la volveré a ver, uno nunca sabe lo que el caprichoso y bromista destino puede deparar, pero si no volviese a cruzarme con esos ojos grandes, verdes, gatunos, siempre recordaré lo que ella le cuenta a un abuelo polaco, recordando sus años en la cárcel donde apilaba libros junto a su almohada como si fuera una muralla, como separación del mundo... un mundo sin ella.


domingo, 31 de agosto de 2008

Madurando

Leía el otro día en una entrevista a ese cachondo mental llamado Joaquín Reyes, cabeza pensante del humor surrealista de “Muchachada Nui", que se buscó en su vida una maestra de educación infantil porque era la única que le entendía perfectamente.

Arranco esta absurda historia con este comentario por eso de las cosas del madurar, algo que le pasa a la gente obligatoriamente, pero que es un coñazo, la verdad. Se supone que llegado cierto momento en la vida, uno debería traer al mundo una progenie con la que perpetuar la especie, y seguir dominando el mundo, en plan malévolo del mal que te cagas sonriendo a mandíbula batiente, jajajaja.

En mi caso, todavía estoy procesando el asunto, digamos que voy con retraso, aunque uno va teniendo ya unos años, pero es que a mí me cuesta un mundo no pararme en los escaparates de las jugueterías, y tener todavía ensoñaciones con el portaviones de Tente. Así que, a falta de encontrar una maestra de educación infantil que me comprenda, temo que mi progenie se va a quedar donde está, lo cual me jode porque era mi última esperanza de encontrar a alguien con quien jugar al scalextric y a los juegos de tablero de estrategia.

El caso es que los amigos se han dejado de tontunas, y van trayendo hijos al mundo, y todos te cuentan que es una sensación única e irrepetible. Yo desde luego no lo pongo en duda, pero me sigue pareciendo ciencia ficción, al mejor estilo Bradbury, el verme de padre. No sé, supongo que el truco, por lo que dicen los que saben de esto, es encontrar a alguien que desee hacerte padre, pero para eso debería dejar de pararme en los escaparates de jugueterías cuando vas acompañado, no se puede ser tan sincero de primeras, que me dice sabiamente alguna amiga.

Así que, mientras arreglo lo mío y hago un Master titulado “Madurando que es gerundio”, no está de más acordarse de aquellos que, teniendo alma infantil, consiguen madurar más y mejor para traer nuevos clientes a este mundo. Por ello quería dedicar esta pequeña y absurda historia gambitera, por citar otro palabro del Joaquín Reyes, a un buen amiguete al que admiro desde hace miles de años, con el que me he bebido la mitad de las barras de este país, y también de otros, pero siempre con calma y sin incordiar al vecino, y compartido muchos momentos en este país, y también en alguno lejano. Un tipo que se hace notar por su calma, su silencio, su educación, su paciencia, su inteligencia, su aspecto de señor serio que no se inmuta, capaz de ir al festival de Benicasim con sus camisas de cuadros de toda la vida y sus naúticos, y al que me hubiera gustado parecerme en infinitas ocasiones. Ahora, en estos momentos, le imagino mirando a través de sus eternas gafas de metal (ni siquiera ha caído en la moda de gafapasta de soplapollas creativo estilo yo), con cara de pánfilo y eterna pinta de distraído, al pequeño vástago con el que ha perpetuado la especie que seguirá dominando el mundo en plan malévolo del mal que te cagas, por los siglos de los siglos, amén.


(Aquí va la gran Natalie Merchant y sus 10.000 Maniacos con esa joya llamada "These are days", que precisamente va sobre eso... sobre traer retoños a este valle de lágrimas)