jueves, 28 de octubre de 2010

Perdición

Cuando empecé este blog hace ya casi tres años, me propuse que sería un portal independiente al mundo que me ocupa tantas horas, que no es otro que escribir para una pantalla, o al menos intentarlo. Quería tener un lugar donde poder contar historias que no tuviesen relación con mi posible “producción fílmica”. Un lugar donde hablar de cine (especialmente), pero también de libros (cuando surge), de cómics (a veces), de series de TV (en ocasiones) y siempre de la vida en general. Un lugar donde contar pequeñas y grandes historias, reales, inventadas, o una mezcla de ambas. Decir lo que me salga del entrecejo en forma de idea, exabrupto, o relato, con un estilo claro, directo, emotivo, políticamente incorrecto y, por qué no, provocador.

101historias es una especie de confesor sin sotana antediluviana ni aliento a café barato. Una Fortaleza de la Soledad donde refugiarse y reflexionar, o quizás ser irreflexivo, que también. Un lugar lejano donde todos son bienvenidos y ninguno invitado. No es un país para viejos ni un mundo feliz, aunque intenta ser una habitación con vistas. Una frontera en la que no hay restricciones ni aduanas, sólo reflexiones, principios, algún código de honor, y muchas inquietudes.

¿Y cuáles son esas inquietudes? Pues las mismas que un día me movieron a lanzarme de cabeza a esa esta extraña locura que es el cine como oficio. Desde pequeño fui un peliculero que empezó dibujando las historietas de Tintín como si me sintiera el mismísimo Hergé, o copiando historias de guerra de las “Hazañas bélicas”, o recreando “grandes evasiones” y “desafíos de las águilas” con figuritas de plástico, cajas de cartón y un par de dados. Sin darme cuenta, en mi absurda y anhelada inconsciencia infantil, ya estaba contando historias. Sin darme cuenta, me estaba liando con una dama perversa con la que mantengo una impúdica, lujuriosa, pasional y compleja relación desde hace muchos años.

Otras han pasado por mi vida en forma de oficio, intentando convencerme de que ellas eran lo mejor para mí. Me ofrecían estabilidad y un futuro más despejado, y yo las hacía caso, las escuchaba y las seguía en su camino. Luchaba por llevar una vida normal, es decir, tener un horario de oficina, una nómina regular y unas vacaciones pagadas. Todo iba bien, aparentemente, hasta que siempre ocurría lo mismo: un canto de sirena se percibía desde una Ítaca lejana y revolvía mi interior. Como si fuera un zombi sediento de sangre, acababa volviendo a los lascivos brazos de esa misteriosa y oscura dama de mirada felina.

Es ella y sólo ella la que me trae de cabeza, me hace sufrir, me hace vibrar, me lleva al éxtasis pleno. Juega conmigo, me abandona a mi suerte, desaparece sin dejar rastro tras usar mi cuerpo y mi mente, para luego volver traviesa, enfilándome con sus ojos de gata libidinosa, sonriendo con la comisura de sus labios, agarrando con fuerza mis partes, insinuando que “tú no te escaparás nunca”, diciéndome al oído que soy sólo suya y que siempre lo seré.

Cuando creo haber huido, vuelvo a caer en su juego, en su tela de viuda negra, en el perfume de su depravación. Olvido a las demás, sus buenas intenciones de estabilidad, de hacerme hombre de provecho, de tener un futuro más sensato. Pero mi lujuria siempre me vence. Vuelvo a caer en una aventura sin un porvenir definido, sin un claro final.

Hoy estreno el objeto de una libidinosa historia que ha llevado unos años consumar. Ha costado lo suyo, pero ha merecido la pena. No sé adónde me llevará, pero que me quiten lo bailao, que dicen los castizos. Hace cinco años la pérfida dama volvió a visitarme, esta vez con un ajustado vestido negro que definía sus formas hasta el infinito, se había puesto una fragancia especial para la ocasión, una de esas que permanece por siempre en los entresijos de la memoria. Se acercó mirándome fijamente, con esos ojos felinos hipnotizadores, acerco su boca a mi oído y su profunda voz me prometió el éxtasis pleno. Me conduciría al paraíso del placer, pero me advirtió que no sería fácil, que me lo podría más difícil que nunca para poseerla de todas las formas posibles, que jugaría conmigo hasta el final.

Y así fue: he sufrido como un cabrón, arrastrado como un sumiso, pero al final he disfrutado como el peor de los viciosos. He llegado a la cima, estoy con una sonrisilla post-orgasmo de gilipollas, observándola a ella, admirando sus pecaminosas formas que nunca envejecen. Respirando profundamente, empapado en sudor, la veo sonreír como una niña traviesa, mientras me mira con sus ojos de gato. Al final, se ha incorporado, se ha vestido y me ha dicho al oído que lo disfrute, que ahora se marcha, pero que me preparé porque regresará, sin avisar, como siempre, con mayor imaginación, con más perversiones que cumplir.

Estoy tumbado echándola de menos, dudando si regresar con alguna otra que me haga sufrir menos, que me asegure un futuro, que me haga sentir una persona normal. Voy a hacerlo... Aunque sé que soy un hombre débil al que siempre vence una mirada felina.


(Hoy estrenamos Tchang)

lunes, 4 de octubre de 2010

La conjetura de Perelman

Nadie consiguió solucionarlo en cien años. Ni los más sabios, ni los más preparados. Era una de las suposiciones más anheladas de resolver por genios de cada esquina planetaria. Incluso había una recompensa millonaria estilo “western” para aquel ser de otro mundo capaz de deducirlo.

Ayer venía un impresionante reportaje en “El País” sobre un genio indescifrable llamado Gregory Perelman. Hace ya un siglo, otro iluminado de las matemáticas, un francés llamado Henri Poincare, desarrolló una serie de problemas a los que fue dando solución, desarrollando de esta forma una rama de la ciencia conocida como Topología, que es la ciencia que, básicamente, te explica que entre una taza de café y una rosquilla hay pocas diferencias, o llegando más allá, entre un triángulo y una circunferencia, por el hecho de que uno se puede transformar en el otro, sin necesidad de romperse o rasgarse. El caso es que para uno de los problemas, Poincaire no fue capaz de encontrar solución, concretamente para las cuatro dimensiones, es decir, los objetos dotados de un agujero. Para el común de los mortales, entre los que me encuentro, todo esto nos suena a chino, pero al parecer la resolución de este problema de matemática abstracta permite descubrir la forma del universo, y todo lo que ello supone como es ir encontrando una respuesta a este sinsentido en el que un día nacemos, y entonces nos planteamos ¿quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos?

De niño fui un desastre con las matemáticas, sin embargo, admiro a los matemáticos. Si el mundo fuese lógico, Dios sería matemático. La Biblia y El Corán serían un manual de trigonometría lleno de fórmulas, en lugar de cartas a los corintios o yihad enfurruñadas. Lamentablemente eso no ocurre y usamos el lenguaje de la moral, con lo que ello supone de definir si una cosa es blanca o negra, según ponga el culo en dirección a un lugar para orar. Las matemáticas son el único lenguaje universal, da respuestas a las preguntas, no hay blancos ni negros: o es cierto, o no es cierto; no engaña, no es deshonesta, no existe el blanco y el negro, ni circunloquios, ni eufemismos. Es un lenguaje puro. Por este motivo, Gregory Perelman, un iluminado llegado de otra dimensión, decidió mandar a recoger cebollinos a todo el mundo cuando se apropiaron de su trabajo. Lo peor de todo es que quienes lo intentaron fueron sus propios colegas matemáticos, y fue entonces cuando el mundo para Perelman se derrumbó. De golpe y porrazo lo que consideraba el único oasis honesto de una humanidad deshonesta, el mundo de las matemáticas, se fue al traste. Cuando Perelman resolvió el problema y lo colgó en la red de redes en tres fases, fueron otros los que se abalanzaron como hienas a decir que ellos habían sido los listos de turnos. El mundo perfecto en el que se había refugiado no existía como tal.

Dicen que Perelman vive apartado de todo y de todos junto a su madre, que rechaza los premios que le dan, entre ellos un millón de dólares por resolver la conjetura, que no responde a entrevistas, que lleva el pelo largo, barba y pinta de vagabundo. El otrora violinista que no fue un niño prodigio, como le ocurrió a otros genios, y que desarrolló su genialidad poco a poco y con esfuerzo, dicen ahora que sufre el síndrome de Aspergen, es decir, una falta de comunicación total con el mundo, como lo sufrieron Bobby Fisher o J.D. Salinger. Sin embargo, sus vecinos mantienen lo contrario, que el huraño Perelman sale de casa y es cordial con la gente.

Su maestro Ruksín lo explica en el artículo de “El País”: "Para comprender a Perelman, imagínese que el teorema es como su hijo, que en la infancia pasó por una enfermedad grave, durante la cual no sabía si sobreviviría o no. Mientras no has demostrado el teorema, mientras continúa siendo una conjetura, es como tu hijo enfermo. Y Grisha estuvo junto a la cabecera de ese hijo nueve o 10 años, luchando por su vida y cuidándolo día y noche. Por fin, el niño sanó, creció, es fuerte y hermoso; pero te lo quieren robar y te lo secuestran. Para Grisha fue como un secuestro cuando trataron de apropiarse del resultado de su trabajo. No pudo aceptar que un teorema pudiera ser comprado, vendido o robado".

Lo dicho: el único Dios verdadero y puro ya no existe, también lo matamos... por un millón de dólares.



(está en inglés, pero se entienden algunas cosas... espero les ilumine...)

martes, 21 de septiembre de 2010

El mañana me pertenece.

Todos tenemos nuestras lagunas. Yo reconozco no haber leído “El Quijote”. Quizás se me nota mucho, así que algún día resolveré tal afrenta a la literatura. No es el único, algún que otro incunable no ha pasado por mis manos, si bien he devorado mamotretos más grandes e, incluso, debo haber sido de los pocos capaces de leer las más de mil páginas de “Los siete pilares de la sabiduría” de T.H. Lawrence. Les garantizo que es mejor ver la peli de David Lean, o sea “Lawrence de Arabia”. Y hablando de pelis incunables, o clásicos irredentos, también debo decir que alguna se me ha escapado, aunque no voy a dar los nombres para no mostrar mis puntos débiles.

Trato, pues, de recuperar clásicos en ambas facetas y curiosamente acabo de ver una película que nunca me atrajo demasiado, aunque trascurriese durante una época de la que sí he leído mucho, y que no puedo negar me atrae, quizás por lo oscura de ella. Supongo que el hecho de ser un musical no ayudaba para que me resultase atractiva. Además, su protagonista (Liza Minnelli) siempre me produjo cierta grima, pese a los genes que portaba (el gran Vincent Minnelli). Ciertamente son pocos los musicales que me enloquecen, quizás por el hecho de no entender que un tío se ponga de pronto a cantar sin venir a cuento. Me gustó algo “West Side Story”, quizás por el atrevimiento de ser la primera película de este género rodada totalmente en exteriores naturales, como era el caso del Bronx neoyorkino. También disfruté con “Cantando bajo la lluvia”, película que podría considerarse una comedia musical. Me inquietaron, pero no fascinaron, “Chicago” y “Sweeney Todd”, ésta última del freak de Tim Burton, tipo que no me resulta demasiado simpático y del que sólo me gustan “Mars Attack” (por su mala leche) y “Sleepy Hollow” (por su oscuridad).

El caso es que nunca había visto “Cabaret”, y ahora que pasamos por una crisis económica que recuerda a aquellos tiempos convulsos, y que no puedo gastarme un duro en una de mis perversiones favoritas como es comprar cine (las otras son libros y cómics, además de alguna más, claro está, pero éste no es el marco adecuado), me tengo que conformar con revisitar títulos ya vistos, o hacerme con los que hoy en día regalan los periódicos a precio de saldo. Gracias a mi anciana madre, y su diaria compra del periódico conservador de las tres letras, pude hacerme con este clásico que ya tiene 37 años. En su momento ganó ocho Oscars de Hollywood que, aunque pueda sonar a motivo suficiente para lanzarse a ella, ni siquiera me llamaban la atención para echarle un visionado. Pero por fin solventé la pereza de años y me propuse verla.

Debo decir que no me ha disgustado, es más, algunos de sus momentos han quedado impregnados en mi memoria, en especial del que ahora hablaré y que da nombre al "glorioso" título de entrada. Por supuesto, una de las cosas que hacen imperecedera esta obra es la interpretación del inconmensurable Joel Grey como “maestro de ceremonias”. Su personaje irreal, cuyas apariciones sólo son durante los números musicales, y en algunos momentos fantasmales que presagian el oscuro futuro por venir, es lo mejor de la película. Pese a mi grima inicial, hay que reconocer que Lizza Minelli borda el personaje principal de la película, la corista sensible y desinhibida que canta eso de que “la vida es un cabaret desde la cuna hasta la tumba”, y bien que es cierto. El atípico triángulo amoroso sorprende, por lo peculiar y por la época en la que se hizo la película, tiempos en los que la bisexualidad ni siquiera estaba en el diccionario. Los números musicales, universalmente conocidos incluso por los que no han visto la película, ya han pasado a la historia, pero no por sus coreografías espectaculares, sino más bien por lo contrario: por la sencillez de ellas. Es allí donde un notable Bob Fosse demostró tener el culo pelado como coreógrafo. También debo reconocer que me aburren otras tramas secundarias como la historia de la mujer rica judía y su pretendiente, ciertos momentos cuando se aleja la acción del Kit Kat Klub y, por supuesto, Michael York, la nariz más curiosa de la historia del cine.

Pero, temas musicales aparte, lo que me atraía de esta película era el contexto histórico en el que se desarrolla, del que tanto se ha escrito, y que fue el origen del Monstruo, además del fin de una ciudad (Berlín) que, a principios de los años 30, fue ejemplo de liberación y vanguardia. Hay una escena que creo merece un sitio en el museo por los siglos de los siglos, amén. Ya sólo por ese momento de celuloide, el señor Fosse tendrá siempre mi gratitud y mis respetos. Una escena arriesgada, valiente, políticamente incorrecta, como se debe esperar de un GRANDE del cine. De hecho, quizás por ello, esta secuencia estuvo censurada en Alemania durante décadas, porque no había valor para reconocer toda la verdad que contiene. Es una escena que resume todo lo que ocurrió en aquel país, que cuenta en unos minutos la semilla que tuvo como fruto el momento más oscuro de la historia de la humanidad. En ella se nos muestra a gente corriente y moliente uniéndose a cantar por los tiempos gloriosos que perdieron, se nos enseña que el inicio de la sinrazón no es obra sólo de unos pocos locos y malotes tipo Fu-ManChú, sino que parte de gente normal que hace su trabajo, ama a su esposa, besa a su madre, cuida a sus hijos, paga sus impuestos y ayuda a los ancianitos.

Todo transcurre en un día soleado, en un paraje hermoso, verde y fastuoso. En las mesas exteriores de una taberna alemana, la gente pasa un agradable día en el campo. Las familias beben y comen, los niños corretean y juegan. Bryan (Michael York) y el honorable Maximilian (Helmut Griem) beben vino y se desean con la mirada. Es entonces cuando de fondo se oye una dulce voz. En primer plano vemos a un joven rubio, inmaculado, casi angelical, que entona una hermosa melodía. Las gentes dejan de comer y beber, se paran a escuchar, a observar al chico que, con nostalgia y emoción, da voz a las estrofas de la canción. Es una letra que rememora paisajes y lugares perdidos. De pronto, la cámara que nos ha mostrado la plácida forma de cantar del muchacho, baja desde su rostro inocente hasta la camisa parda que viste, junto a una esvástica que envuelve su brazo. La canción, que rememoraba lugares hermosos de su tierra, cobra ahora un tono imperial donde se anhelan glorias invisibles y tormentas por llegar. Poco a poco, al muchacho se le unen jóvenes, adultos, niños y familias enteras. Todos ellos ciudadanos normales que se levantan emocionados para cantar al unísono. Sólo un anciano se revuelve incómodo en su sitio, como si previere en esas estrofas lo que está por llegar. Es una escena hermosa que, incluso, llega a emocionar, lo que la hace más inquietante y, por ende, genial.

El caso es que si a un tipo como yo, al que no le gustan los musicales y las patrias, se le erizan los pelos con este momento, como sería en aquellos tiempos donde la gente corriente buscaba recuperar el mañana que, supuestamente, les pertenece.



(observen, vean, analicen, reflexionen...)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Gente corriente

Hoy me he levantado con el colmillo atravesado. No es que yo sea Mister Simpatía, pero hay días en que la gente me cae especialmente gorda y en la que comprendo los sentimientos de asesinos en serie tipo Lecter o Jason. También me he dado cuenta que llevo tiempo sin escribir por aquí, quizás porque estoy enfangado en un relato enorme que quiero publicar por partes, para aburrir al personal y que luego se quejen y digan que es muy largo. Así que como hoy tengo un día atravesado, y quiero escribir para el blog, y no tengo ideas, voy a hacer algo que me produce especial placer: meterme con la humanidad.

Ayer, en una fiesta de cumpleaños, ya con unas cervezas de más, deseando largarme, aburrido como estaba de decir chorradas absurdas y estériles, en conversaciones absurdas y estériles, hubo un momento en que la cosa se puso un poco interesante, quizás porque aproveché para sacar ese lado oscuro (que uno tiene oculto a lo Hyde), en el que me gusta provocar al contrario palpándole la bolsa escrotal, o lo que comúnmente se conoce como tocar los cojones, vamos. Generalmente la gente rehúye el conflicto, es normal y lógico, estamos acomodados, ya no necesitamos pelear para sobrevivir y lo tenemos todo fácil. Ante todo somos civilizados, políticamente correctos, unas ONUS con patas. Lo civilizado es largar del contrario por la espalda, como Tomahawks preventivos, mientras no nos ensuciemos y quedamos superbién y superguay del Paraguay.

A veces, son muy escasas, hay gresca y te encuentras con la horma de tu zapato, con otro/a que recoge el guante de la provocación, y entonces responde. Algunos lo hacen de manera brillante, otros calentándose, lo que caldea el ambiente. En esas escasas situaciones, los contendientes suelen separarse cuando la cosa llega a extremos, diciendo eso tan manido y políticamente aceptable de “respeto tu opinión, pero no estoy de acuerdo” (¿Y si tu opinión es un coñazo, o una gilipollez, o una mierda, colega?). Pocas veces termina el asunto con violencia física, aunque puede darse el caso, sobre todo si hay alcohol de por medio y el de enfrente tiene una vena poligonera. Así que mi recomendación a los que lleven gafas como yo, y quieran ir provocando por la vida, es quitárselas a tiempo, que el mundo de la Optometría se ha puesto por las nubes. Todo ello salvo que seas de los que golpean primero, algo que no suele ser el caso si eres un gafotudo, y fuíste más bien de los que reciben primero, para lo otro hay que tener mucha calle. Pero como digo, estas situaciones son excepcionales, generalmente todo queda en una gresca dialéctica, más o menos brillante, más o menos caliente, más o menos absurda.

Toda esta cháchara viene a cuento de que ayer saqué el lado provocador en un instante de la noche en el que me aburría. Fue con una chica que en principio no me cayó mal, pero la conversación, por obra de otros, derivó hacia preguntas sobre el mediometraje que estamos a punto de estrenar, y del que he comentado alguna cosa por aquí. Ella me dijo algo que me suelen decir muchos: que es demasiado largo para ser un corto. Yo le respondí que es un mediometraje, porque para eso dura casi media hora, y que todo depende de cómo esté contado: si es un coñazo, entonces la media hora parecerán las cinco horas del “Napoleón” de Gance, una obra indispensable, por otra parte. Ella no entendía bien el concepto mediometraje, e insistía en que había hecho un cortometraje demasiado largo, algo que me suelen decir con frecuencia. Suelo defenderme con un absurdo argumento que evoca nuestra memoria pasada. Siempre hablo de esa obra imperecedera llamada “La cabina”, aquella historia para televisión donde un tipo corriente y moliente se queda encerrado en una cabina. Todos enseguida recuerdan, todos enseguida afirman que era cojonuda, y nadie se acuerda de que era un mediometraje, e incluso película, si uno mira la definición de Wikipedia. El caso es que todo ello nos hizo llegar a otra discusión sobre el cansancio que le provocaban las películas de más de dos horas y que estaba harta de historias tan largas.

Como digo, la chica en cuestión no me cayó mal, pero de pronto soltó ese argumento que ya había escuchado en tantas y tantas ocasiones, un cliché que me sonaba, un Deja Vu dialéctico que ya había vivido, y eso fue la luz roja para buscar la vena, la provocación dialéctica. Argumenté, ya pasado de rosca, que era una pena que ya no se hiciesen películas de cuatro o cinco horas, quizás sólo por el regusto de escuchar a la gente bufar en desaprobación como si fueran búfalos en celo. Le argumenté que ya todo lo queremos trillado, facilón, mascado. Las películas tienen que durar dos horas, o menos, los libros 400 páginas, o menos. Los iPhones, los iPad y el resto de “íes” de la marca de la manzanita, nos lo ponen todo fácil. Curioso mundo éste donde el dedito índice ha cobrado tanto protagonismo, mientras que en el pasado sólo servía para hurgarse la napia en el semáforo o hacer un tacto rectal. Y no digo que estén mal, pero nos pesa el culo para someter a nuestro cerebro a algo más que una pantalla táctil. Básicamente le dije que nos habíamos vuelto una cuadrilla de gilipollas. Ella no estaba de acuerdo, porque si todo el mundo hace lo mismo, eso debe significar que tan malo no es y hay que innovarse. Puede ser, pero si algún día se pone de moda hacernos el tacto rectal en los garitos, espero ser un fugitivo más buscado que Han Solo.

Ya no se escriben libros de 1000 páginas, salvo que seas un loco, y tu editor otro parecido. Por no hablar de películas de más de tres horas, salvo que seas otro pirado, y tu productor un tanto de lo mismo. Todo tiene que ser trillado, convencional, corriente, pero no sólo la ficción, TODO: el trabajo, las hipotecas, las opiniones, las amistades, la familia, los amigos, las vacaciones, los amores, las conversaciones, las casas, los juegos, los principios. Si te sales de la medida (y de la media), si escribes 1000 páginas, si haces una peli de cuatro horas, si mantienes una opinión estrambótica, si nos eres políticamente correcto, si no quieres pareja, familia, hijos, hipoteca, vacaciones, si te sales de la tangente, si polemizas o levantas la voz cuando te pisan la moral, o el callo, eres un freak parecido al de la “Parada de los monstruos”, aquella peli de Todd Browning donde unos pobres enanos de circo eran manipulados por una rubia hija de la gran puta.

Supongo que la chica pensó que tampoco era cuestión de polemizar sobre algo tan banal, quizás pensó que soy un talibán conceptual, algo que suelo escuchar a menudo en boca de gente cercana a mí, quizás porque no merecía la pena discutir sobre ello, el caso es que finalmente concluyó el debate estando de acuerdo conmigo en la estupidez generalizada que nos rodea. Digamos que nunca se convirtió en una pelea dialéctica, sólo fue un intercambio de opiniones para volver a ser corrientes y molientes y empezamos de nuevo a hablar de naderías gilipollescas. Una pena, me volví a aburrir mucho, y al final me acabé marchando.

No sé, quizás los freaks de hoy son las Belén Esteban del mundo, manipuladas por ejecutivos de televisión, rubios o no rubios hijos de la gran puta que, algún día, cuando estén suficientemente forrados, las tirarán al cubo de basura de donde proceden, para buscar algo nuevo que ofrecer a la gente que no quiere complicarse la vida. Quizás en un futuro el dedo índice pasará a la historia, quizás lo táctil sea otra cosa, quizás el tacto rectal se hará con la mente y quizás cagaremos por la oreja, quizás todos estaremos de acuerdo en todo y así no habrá discusiones banales, quizás las películas duren media hora y los libros te los contará una maquina. Quizás sea un mundo feliz. Con seguridad será un mundo lleno de gente corriente.



(No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo...)

miércoles, 4 de agosto de 2010

La playa perfecta

Es una línea del horizonte que se pierde en un mar azul, una playa de arena fina, un cubo de playa color rojo y en medio de todo ese cuadro una niña que escarba en la arena, recoge montoncitos y desliza sus millones de granitos entre sus dedos, como si los contara uno a uno, como si analizase su composición, su forma, su estructura, contenido o composición. Ésta sería la descripción de la playa ideal para Miguel Gallardo, dibujante de cómics. Es el lugar soñado por él, el lugar donde su hija María, que padece autismo, sería siempre feliz, contando la arena, como si sólo ella, en su universo especial, fuera la única que conoce un secreto inalcanzable para el resto de mentes convencionales.

El otro día pude ver por fin el documental, o más bien la película documental, “María y yo”, dirigido por Félix Fernández de Castro, basado en el cómic del mismo nombre, uno de los mejores de los últimos años, premiado en innumerables sitios, y que ratifica esa Edad de Oro por la que pasa el cómic español. No me considero especialista en el tema, pero sí aficionado y debo decir que historias como “Arrugas”, “El arte de volar”, “El vecino” y la ya mencionada “María y yo”, engrandecen este género en el que todos nos adentramos de niños, y en el que unos cuantos nos quedamos, pese a que nos miren raro.

En la película se nos cuentan las peripecias de una peculiar pareja: un dibujante de cómics, que entre otras cosas es autor de “Makoki”, historieta mítica de los ochenta, y su hija autista de 14 años. Uno podría esperar un humanista, dramático y comprometido documental que muestra la tragedia del autismo y el aislamiento social de los que lo padecen. Muy al contrario, si algo sorprende de esta maravillosa historia, que ya lo era en el cómic, es su optimismo vital y su espacial sentido del humor, mostrado sobre todo a través de las animaciones y viñetas del propio Gallardo.

Conmueve escuchar a este hombre decir que en una sociedad avanzada como la nuestra, donde se tiende a la igualdad por decreto, donde todos deben tener las mismas oportunidades y ser igualitos, con su curro, su hipoteca, sus vacaciones, él sólo desea que su hija sea diferente. No quiere que la integren, no quiere que la enseñen a subir folios del cuarto piso al octavo y a decir buenos días, que todos sonrían y pongan cara de políticamente correctos e integradores. Él sólo sueña con que su hija sea feliz tal y como es, con su propio mundo, especial, único, lleno de granitos de arena, de listas interminables de nombres, de papelitos de colores con los que estampar el suelo de los aviones.

María y yo nos cuenta las vacaciones de Gallardo y su hija en un Resort de Canarias, lleno de guiris gordos color salmón que bailan al borde de la piscina y que comen sin parar gracias a pulseritas que evitan “a los peligrosos nativos”. En medio de ese enjambre de vikingos tostados, de manera surrealista, una pareja especial repite cada día una rutina con la que hacer sentirse cómoda a la niña, y que no hay que saltarse ni un milímetro: desayuno, paseo (siempre por los mismos sitios), piscina, buffet, playa, cena y, antes de coger el sueño, repetir nombres y nombres de personas que pasaron por su vida. También nos muestra la red de cariño que Miguel y May (la madre) han tejido alrededor de la niña: familiares, vecinos y amigos de Barcelona y Canarias de los que María recuerda cada uno de sus nombres, sin fallar en ninguno. Su padre les pone cara a todos ellos en cuadernos de alambre donde los dibuja y que sirven de biblia particular al universo de su hija.

Por su profesión, Miguel Gallardo reside en Barcelona, pero son constantes sus viajes a Canarias donde vive María con su madre y el resto de la familia. El documental nos muestra también cómo educan a María en una escuela especial y sus avances desde los dos años. Nos cuenta la angustia inicial de la madre cuando decía, y nadie la creía, que el bebe que habían tenido le ocurría algo, que no daba ni mostraba muestras de cariño alguno, que se escondía en un rincón de la cuna. Pero son momentos solamente ya que toda la historia está contada con un gran sentido del humor y subrayada con una magnífica banda sonora, como el conmovedor baño del padre y la niña en la piscina del Resort, con la música de la banda Antonia Font y su “Batiscafo Katiuscas”.

Imagino que todos ustedes estarán muy ocupados tumbados a la bartola en una playa, o con una sangría en la mano, o un mojito, cogiendo el tono gamba del que luego presumirán en septiembre. Lo entiendo, yo haría lo mismo si pudiera. La peli no está en muchos cines y no tengo ni idea si se ha estrenado en toda Apaña. Pero si tienen la oportunidad de encontrarla y están hasta las cejas de la playa, los niños, la suegra, la abuela, y en especial de su pareja, les animo a ver esta pequeña joya. Además, también sale una playa... y es perfecta.


lunes, 12 de julio de 2010

El Reino de los Cielos

No sé ni qué título poner. Tengo resaca y estoy poco inspirado. Cuarenta años tardé en verlo, casi tantos como aquél tardó en morirse. En el fondo ha costado sangre, sudor y lágrimas. La sangre derramada como consecuencia de los golpes barriobajeros de unos que se hacen llamar futbolistas. Las lágrimas de un portero con vocación de salvador, al que pusieron en duda, olvidando que los héroes de la calle siempre vuelven. Sus lágrimas al final ponían los pelos de punta, por no hablar de ese beso, merecedor de ser el final de una gran película, de un clásico imperecedero. El sudor de una especie de Tarzán que ha corrido y corrido sin parar, como si la vida le fuera en ello. Es su sudor, el de sus compañeros, el de todos, el que he transpirado en este mes, en este día, cuando a cuatro minutos del final pensé que el puñetero azar, destino, o como quieran llamarlo, se lo tenía que devolver a unos holandeses que hubo un tiempo en el que jugaban al fútbol, como si fueran los últimos románticos, pero que hoy sólo han sido once macarras peligrosos.

Creo que el título debería ser “justicia poética”, porque el fútbol ha ganado, porque un pequeño poeta, genial y malabarista ha marcado el gol decisivo, como debía de ser, aunque no le elijan mejor jugador del torneo unos gordos que deciden estas cosas. Da igual, que la chupen, que la sigan chupando, que den el premio a guaperas que les queda mejor el uniforme de una multinacional. El mundo, las empresas, los gobiernos, las multinacionales, están dirigidas por absurdos gilipollas y eso hace tiempo que lo sabemos.

Pero creo que ya sé cómo voy a llamar a esta historia, a estas líneas que tocan el cielo, que nunca pensé que podría escribir. Como en todo momento de gloria, uno debe recordar a muchos, porque para llegar hasta aquí, hay que mirar hacia atrás y recordar a tantos. Quizás nunca tantos debieron tanto a tan pocos.

Así que lo de ayer nos debe hacer recordar a los que ya no están, a los que nos dejaron, a los que no pudieron verlo. A los de aquella otra fecha que también cayó en once, pero que fue un once infame y sangriento, que nos heló el corazón para siempre. A los miles de olvidados en las cunetas de una guerra injusta y cruenta, que rompió un país en dos, cuya brecha nunca pensamos sería salvada. A los cazados por los lobos iluminados, los fanáticos, los del odio, que por ellos también va.

A los que no tienen trabajo, a los humildes, a los que no tienen nada, a los que se arruinaron, a los que robaron un futuro, a los que tienen un destino incierto. A los que desesperan, a los que hacen cola en busca de un trabajo, a los que madrugan, y a los que no, a los que curran con sus manos, con sus mentes, con su espíritu.

A nuestros abuelos, que nunca lo vieron. A nuestros padres, que nunca lo creyeron. A nuestros hermanos, que nunca lo soñaron.

A los que creen que con la belleza también se gana, y si no se gana, al menos se intenta, sin perder un estilo, sin perder una forma de vivir.

A los sensatos, a los que no levantan la voz, a los hombres tranquilos con bigote que, cuando van mal las cosas, se mantienen firmes, serenos, mientras el resto grita.

A los héroes anónimos, a los que caen y se levantan, a los que persisten, a los que en el pasado lo intentaron pero que fueron derrotados, a veintitrés tipos que cuando salen al campo sólo saben y quieren jugar.

A los poetas.

Porque de todos ellos será El Reino de los Cielos.



(Pues ale, recuerden siempre este día, este momento, esta narración, este gol)

martes, 6 de julio de 2010

Fútbol

No tuve nada en común con mi padre. Hablábamos poco, no me gustaban sus ideas políticas, ni su oficio de milico, de aquellos que hicieron que su forma de pensar dividiese a todo un país. Le respeté, pese a las muchas veces que quise mandarle al carajo a él y a los suyos. No me impuso su forma de pensar ni una línea a seguir, si bien nunca estuve seguro de si realmente le interesaba el camino que tomé en la vida, un camino extraño e inhóspito, poco ortodoxo, nunca recorrido por nadie de la familia. Creo que al final lo entendió, o así espero que fuera, aunque no pudo ver los resultados. Sus últimos años fueron tranquilos y apacibles, ya alejado del ejército; sus últimos meses fueron una agonía, rehén de una enfermedad que dejó su cuerpo de armario convertido en guiñapo. Lo único que nos unió durante tantos años, lo único de lo que hablábamos cuando estábamos juntos, lo único que vimos juntos en la sala de estar siendo yo un niño era una sola cosa... fútbol.

El pasado sábado se produjo algo inédito en mi vida, algo de lo que nunca pensé sería testigo, algo que era una especie de quimera que te contaban otros de hablas distintas a la tuya. Tras años llenos de desgracias, gafes, malas fortunas, injusticias, o como se le quieran llamar, tras años de frustraciones, lágrimas infantiles, oportunidades perdidas, por fin, el cielo se abrió y pude ver a una selección española pasar de esa maldita maldición que parecía cosa de vudú: los cuartos de final de un Mundial.

Es algo absurdo, lo sé, mi vida no va a cambiar, no voy a ganar más dinero, no voy a encontrar trabajo, no me voy a ligar a una rubia libidinosa, no me va a llamar Spielberg para preguntarme dónde había estado escondido todos estos años. Es algo inútil, grosero por todo el dinero que mueve, incluso inmoral, si lo quieren ver así. Sin embargo, para millones personas a nivel global es algo único, algo en lo que les va la vida, los sueños, los anhelos, las frustraciones. Quizás porque para entender todo esto hay que entender qué es el fútbol, que es como decir qué es la vida, aunque suene pedante o exagerado.

Noventa minutos en un campo de fútbol representan, a pequeña escala y resumido, los momentos por los que un mortal pasa por la vida: esfuerzo, inteligencia, estupidez, sudor, dolor, frío, calor, barro, violencia, sangre, coraje, cobardía, trabajo, suerte, épica, frustración, alegría, mediocridad, fealdad, belleza, arte, leyenda... seguramente inmortalidad. Siendo como es un deporte antinatural, se juega con los pies, extremidad que sirve para sostenerse lo mejor que se puede al suelo (como para ponerse a hacer virguerías con un balón), resulta aún más admirable que despierte pasión en todo el planeta. Son muchos los que juegan, y otros tantos los que se dejan llevar y, al ver una lata, le dan un puntapié con el mejor estilo posible. Ya lo dijo Bill Shankly, el mítico entrenador del Liverpool: “Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso".

Estos días, en algunas redes sociales en las que me muevo, es decir, personas de las denominadas instruidas, amantes del cine y la cultura, de las lecturas y las reflexiones, han tocado las trompetas de Jericó para declarar lo deplorable, inculto, obsceno y aborregado que es el fútbol. Se excusan en el dinero que mueve, en que los futbolistas son millonarios, en el patrioterismo rancio que despierta en el pueblo.

Yo soy poco o nada de banderas, y menos de camisetas con símbolos o escudos, pero habría que analizar el asunto. En otros tiempos la gente de izquierdas solían despreciar, y con razón, la bandera que les había ganado una guerra. Pasado el tiempo, y aunque durante años el color rojigualda fue la identificación de la derecha más carpetovetónica, ahora se puede ver que, durante un mes de campeonato, esos colores acompañan la indumentaria de personas con ideologías dispares que, con total naturalidad, ven los partidos juntos, se emocionan y sufren unidos ante la adversidad, saltan y dan brincos cada vez que el Espiri González asturiano marca. Incluso ocurre algo inimaginable en otro tiempo, como ver la bandera española compartir lugar con la bandera multicolor del Orgullo Gay, otros de los oprobiados en el pasado por los rancios portadores de la raza ibérica. Todo esto ha sido conseguido por el fútbol, el maldito e inculto fútbol, el opio del pueblo.

El motivo por el que algunos detestan lo que el resto ama, creo pasa por no haber dado nunca una patada a un balón. Por supuesto, hay gente que ha jugado a este deporte alguna vez y eso no significa que obligatoriamente se hagan aficionados, pero quizás por ello no lo desprecian, no tildan de borregos a los que lo siguen. Quizás la pose del rebelde guey que odia el fútbol sigue quedando bien, aunque deberían saber que incluso Albert Camus, un gurú de la intelectualidad europea del s. XX y que escribó "El extranjero", jugó al fútbol, y encima de cancerbero. “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”, llegó a decir el narrador e intelectual francés.

Dan igual los argumentos a favor o en contra, si alguien odia este deporte lo seguirá haciendo, así que no me voy a poner a convencerles, que les den, o mejor, que la chupen, que la sigan chupando, que diría aquél, si bien me jode que me llamen borrego, pese a que admiro su tranquilo modo de vida. En mi caso, hace miles de años que no juego al fútbol, es lo que tiene ser un peculiar gafapasta del cine, pero recuerdo que hasta los 18 años mi mundo giraba en torno a él, a partidos eternos jugados en un campo de tierra, a equipos a los que bautizamos como “buenos” y “mantas”, pero donde los mantas podían ganar, a balones de plástico duro que hacían más daño que un puñetazo de Tyson, a sueños donde tiraba una falta y marcaba el gol decisivo. Todavía hoy, ya adulto, a veces sueño con el tacto de aquellos balones de cuero, con jugadas, con dar patadas a un balón, con tener unas botas de fútbol y el sonido de los tacos antes de salir al campo.

El pasado sábado la gente explotó de alegría, ahora que son malos tiempos para la lírica. No sé qué mal hay en ello y por qué no puede ser compatible con un buen libro, una gran película, una buena música o una mejor reflexión. Como siempre el sectarismo y el odio cainita hacen su aparición. Hubo incluso alguno que lloró, como un buen amigo, enorme y fuerte él, pero emocionado como un niño. Le entiendo completamente, el fútbol es eso, un reflejo de la vida, una metáfora de ella, y cuando un día se alcanza la cima que tanto ha costado subir, y que pensabas que nunca llegaría, las emociones afloran. El fútbol, el destino y la vida a veces son justos, aunque la mayoría de las veces no existe la justicia poética. En mi caso, curiosamente, tras los botes iniciales y las cervezas bebidas, tuve un pensamiento: mi padre nunca llegó a ver esto.



Es probablemente el mayor gilipollas planetario, sin embargo de futbolista fue capaz de hacer esto, algo que explica qué es el fútbol... Baudelaire estaría de acuerdo)