sábado, 17 de abril de 2010

Adiós, Michael


El crítico, un famoso comentarista de la revista Life, se acercó durante la cena al director. En tono chulesco y provocador le inquirió algo que le dejó marcado para el resto de su carrera: ¿Cómo el hombre que hizo “Breve encuentro” puede haber hecho una mierda como “La hija de Ryan”?

A veces me gustaría tener una máquina del tiempo para viajar hacia atrás y ajustar cuentas con algunos tipos. Supongo que ustedes elegirían el Munich de los años 20 para dar matarile al del bigotito. Yo, como apunto más bajo, y encima no me gusta jugar con la historia no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad, haría pequeños actos de justicia, justicia pildorita podríamos llamarla. Me trasladaría en mi peculiar Delorian (obviamente en una máquina como la de Rod Taylor en “El tiempo en sus manos”) a los años 70, a la cena en la que La Asociación de la Crítica Norteamericana invitó al director de cine David Lean, tras el estreno de “La hija de Ryan”. Entraría por la puerta con mi smoking, mi camisa de chorreras, y me acercaría al comentarista de Life, justo antes de acercarse a la mesa donde cenaba el director británico. Entonces, mis desaforadas chorreras se estropearían aplicando algo de justicia a este mundo cruel.

¿Y por qué tanta agresividad ante semejante cretino? Supongo que les parecerá una chorrada lo que les voy a contar (lo cierto es que las chorradas son lo que me dan vida), pero la chulería, arrogancia y mala educación de aquel imbécil significó el principio del fin de uno de los directores más grandes de toda la historia. El aluvión de palos descarnados hacia su película, y su persona, tras el estreno de “La hija de Ryan” tuvo como consecuencia que abandonase su carrera cinematográfica durante 14 años. Ya anciano, Lean nos regaló su testamento cinematográfico con irregular “Pasaje a la India”. Sin embargo, todos tenemos la sensación de que la historia del cine se perdió algo grande durante años.

Ya nadie hace películas como “La hija de Ryan”. Sólo tipos como el genio esquizoide danés se mete en esos berenjenales. “Rompiendo las olas” (esa obra de arte vestida de cuento celestial) bebe, come y respira de la película de Lean. Pero no sólo el tarao danés se ha dejado influir por su obra. El gorrillas genial de los dinosaurios lo cita siempre que puede. De hecho Lean siempre decía que hacía el cine que quería ver en la pantalla, justo la frase que ha inspirado la vida del autor de “Tiburón”, y unas cuantas obras maestras más. Incluso servidor, en su pequeño rincón en el mundo, cree que está haciendo Tchang inspirado por el cine de este gran hombre al que siempre olvidan mencionar entre los Welles, Wilder, Ford, Hawks, Kubrick, Hitchcock, etcétera. De hecho, hoy en día, cuando dices su nombre, la gente siempre piensa que citas al otro paranoide del cine actual. El propio David Lynch bebió de él para hacer “Una historia verdadera” (The straight story), por no hablar de “El hombre elefante”

Ya nadie muestra en el cine planos donde la naturaleza se come al individuo, que le hace sentirse poca cosa frente a ella. Ya no se ruedan estepas rusas (rodadas en la sierra de Madrid) donde se producen cargas de la caballería de los rusos blancos, ni marchas imposibles por desierto infernales para conquistar la inexpugnable Aqaba.
Ya nadie hace películas de cuatro horas, con overtura, intermedio y epílogo. ¿Quién se atreves a hacer eternos planos de acercamiento de un jinete desde lo más lejano del horizonte?

Ya nadie utiliza el formato panorámico de la manera en que este culto y viajado británico lo empleaba, ni el color con el que dibujaba sus historias. ¿Conocen a algún director capaz de rodar una tormenta auténtica, esperando días para conseguir los planos perfectos, alterando el ánimo de sus productores?

Ya nadie cuenta historias intimistas en el escenario de grandes hechos que marcaron la historia del hombre. Ni historias de amor imposibles con finales duros y amargos. Ese plano inclinado final de Tara, aquella mujer de ojos azules infinitos, calle abajo, con el rostro de stalin poblando la calle, rumbo a un anónimo gulag, en uno de los finales más descorazonadores de siempre.

“La hija de Ryan” es una historia de amor, un triángulo amoroso que se desarrolla en un pequeño pueblo de la costa de Irlanda durante la ocupación británica, y en pleno apogeo de la 1ª Guerra Mundial. Es una historia del descubrimiento del verdadero amor carnal en un ambiente opresivo y lleno de intolerancia. Es la historia de un profesor de escuela humanista que recuerda al gran Atticus Finch (interpretado por ese gigante llamado Robert Michum) casado con Rosy (la hija de Ryan, el tabernero), una joven caprichosa que cree descubrir el amor añorado en el culto maestro, pero será la vida y el azar quien le haga descubrir lo falsos que son los sueños románticos. Será joven oficial inglés, machacado física y anímicamente por la guerra europea, quien le haga descubrir esa pasión carnal que ella anhelaba.

Pero no sólo ese gran triángulo amoroso puebla esta inmensa obra de arte. También está el sensato cura de un pueblo insensato y cerril, interpretado por Trevor Howard, un galán de cine clásico que aquí construye una interpretación gigantesca. Junto a él, otro personaje memorable imprescindible, testigo de todos los sucesos que ocurren en la historia: el idiota del pueblo, Michael (John Mills ganó uno de los dos oscars que recibió la película), del que todos se burlan. Una especie de hombre elefante incapaz de comunicarse con los demás, pero sabedor de todo lo que ocurre a su alrededor. De hecho es el eje de toda la acción, hasta el punto de que la película estuvo a punto de llamarse “Michael’s day”.

Rosy (una estupenda y sensual Sarah Miles en su apogeo) aborrece a Michael, sus andares, su grotesca dentadura. A medida que la historia avanza, la hija de Ryan va a entrar de golpe en la madurez. Su personaje es todo un ejemplo de evolución narrativa, gracias por una parte a la magistral interpretación de la actriz inglesa, así como a la escritura del que era su marido y guionista Robert Bolt, colaborador de Lean en esos dos gigantes de su filmografía llamados “Lawrence de Arabia” y “Doctor Zhivago”, además del libreto de “Un hombre para la eternidad”.

Si quieren descubrir un cine perdido que ya nadie hace, no dejen de ver las películas de David Lean, autor no sólo de grandes superproducciones, si no también de pequeñas obras maestras como “Breve encuentro”, la película que sirvió de inspiración al gran Wilder para regalarnos “El apartamento”.

Si quieren contemplar los mejores paisajes que se han rodado para una pantalla, no dejen de comprar sus películas, desde las pequeñas e intimistas. Hasta las más grandes superproducciones que se han hecho jamás.

Pero si quieren ver uno de los mejores finales de la historia del cine, no se pierdan el adiós de Rose al pobre idiota, tras ser desterrados ella y su marido por la turba. Cuando terminen de verla, les aseguro que conservarán las películas de David Lean para siempre.


(No he encontrado nada que resuma "La hija de Ryan", así que les dejo con la mejor elipsis que se ha hecho en la historia de cine)




martes, 6 de abril de 2010

El mal prevalece

Siempre me gustaron los malos. Y los perdedores. Pero sobre todo los malos, quizás porque siempre son perdedores al final, y yo siempre he sido muy solidario con los que pierden, quizás porque tengo vocación de ello.

En el fútbol uno conoce muchos tipos de perdedores de ese estilo. Un ejemplo fue aquella selección prodigiosa que vestía de naranja, en los años 70, y a la que comandaba todo un personaje que, tras años viviendo por estos lares, sigue hablando como un de guiri de una película de Landa. Quedaron subcampeones en dos mundiales, jugando un fútbol único, pero perdieron en ambas ocasiones. ¿Y a quién le importa? Supongo que a los holandeses les debió importar, pero la gente siempre recordará a aquellos tipos de un país pequeño jugando un fútbol de museo contra todos los cocos que dominan este arte y deporte que, por cierto, cada día se parece más a la guerra.

Los actores siempre quieren interpretar a malos que te cagas. Probablemente porque suelen hacerles pasar a la historia y llenar sus estanterías de premios. Pregúntenle a Tosar. Yo lo comprendo. Es lógico: ¿a quién no le gustaría ser Hannibal Leccter y dar paseillo a más de un cretino sin formas ni fondo?; o ser Vader, apretando su puño y cargándose planetas plagados de horteras rubios insufribles y porculeros; o William Munny, entrando al saloon para comprobar quién es el gallito que me va a decir a la cara lo que le han hecho a mi mejor amigo; o Liberty Valance y su látigo, aquel malote que vivía allá donde posaba su sombrero; o Travis Bickle y su “¿me estás hablando a mí, gilipollas?”; o Carlito Brigante tirando escaleras abajo a tanto matón de baja estofa que nos rodea; o el gran Tony Soprano, en uno de sus ataques de ira ante algún imbécil superlativo que va de listo por la vida.

Esos malotes molan, me identifico con ellos, es más, me caen bien, muy bien. Tienen motivos, torcidos, es cierto, pero los que les rodean son peores que ellos, mucho peores. A su lado siempre están seres grises, envidiosos, mediocres (en muchos casos), pretenciosos, torticeros, abrazafarolas (que decía aquél), casposos, vacuos por dentro, superficiales por fuera, sin discurso alguno, salvo el de vamos a forrarnos a costa del resto, incapaces de regirse por el más mínimo código moral, aunque sean unos perfectos hijos de putas.

Uno abre el periódico y ve que lo único que se encuentra en este mundo es ese tipo de malos. La realidad es un mal lugar. No hay Lecters, ni Vaders, ni Sopranos. Sólo Correas, Matas y Bigotes. Tipos encorbatados que siempre están ahí, dominando el cotarro, manejando los hilos. Y lo que es peor: cuando ellos no estén, serán sus delfines los que continúen la saga. Tony Soprano tenía más gracia forrándose a costa del prójimo y, al menos, su hijo era un estúpido pusilánime.

El otro día pude ver una gran película que está ahora mismo en cartel. Es la última de Roman Polanski. Se llama “The ghost writter”, que se conoce como el escritor que hace de negro para otro, pero que aquí, como siempre, la han traducido como les ha salido del cimbel. El título en castellano es “El escritor” (lo suyo hubiera sido llamarlo “el negro”, pero eso no suena guay del Paraguay). El caso es que es un entretenidísimo thriller, heredero del mejor Hitchcock, un poco en la línea de la notable “Frenético”, pero que la supera con creces. Por resumirla, trata de un escritor especializado en biografías, un “negro” que escribe para otros y que se ve involucrado con un tipo de cuidado, de esos a los que es mejor no acercarse demasiado. En este caso le piden que escriba las memorias de un ex primer ministro (al que interpreta notablemente Pierce Brosnan) al que acusan de criminal de guerra por lo de Irak y otras lindezas por el estilo. O sea, un trasunto de Toni Blair. El final de la película es demoledor, aterrador, descorazonador y genial. Tras ver la película, y lo que en ella se cuenta, me acordaba de los encorbatados que hoy pueblan las portadas de los periódicos. Esos que visten impecables, sonríen, posan para la foto, sueltan sentencias vacías, se llenan los bolsillos y, si es necesario, besan a los niños. Todo con tal de salir reelegidos, o de seguir en el poder, o en el consejo de administración. Todo con tal de perpetuarse.

La conclusión es aterradora, amigos: siempre ganarán, siempre sonreirán, siempre engañarán. Guste o no, el mal prevalece.


viernes, 5 de marzo de 2010

Nadie se queda atrás



Hace ya casi cinco años perdí el poco juicio que me queda. Dejé un trabajo estable, una casa de alquiler y un viejo coche, y me monté en un autobús de línea rumbo a Granada. La ciudad que una vez iluminó el mundo y que sirvió para hacer llorar a un rey que no supo defenderla como hombre.

¿Y qué se me había perdido en tan bella ciudad, aparte de visitar su fastuosa Alhambra y pasearme por las angostas calles del Albaicín? Pues una historia, una más de las muchas. Ese veneno que me carcome y envenena más que la mescalina o cualquier otro entrañable vicio. El caso es que hace cinco años, un buen amigo que ha dejado de ver las cosas a través del cristal, me mandó un artículo de El País donde se contaba la historia de dos montañeros vascos con antecedentes penales por pertenencia a ETA, y alrededores, que habían sido rescatados por miembros del SEREIM (Servicio de Rescate e Intervención en Montaña) de la Guardia Civil de Granada. El rescate se produjo en la cara norte del Mulhacen, la montaña más alta y peligrosa de la península. Una vez les localizaron, tuvieron que pasar la noche en un refugio ya que las condiciones hacían imposible el rescate por aire. A la mañana siguiente, cuando el tiempo mejoró, el helicóptero pudo por fin evacuarlos. Todo fueron agradecimientos sinceros por parte de los montañeros hacia sus salvadores. Cuando los rescatadores fueron a hacer el informe, cruzaron los datos de los montañeros con la base de datos del Cuartel General, descubriendo el pasado de ambos. También comprobaron que las veces que fueron detenidos por la Guardia Civil, siempre denunciaron torturas.

No dudé un segundo. Como ya me había pasado en otras ocasiones, noté que algo me atrapaba, que la historia inundaba mis fantasías, que me la llevaba a la cama, de paseo, al cine, a comer. Sin darme cuenta se había convertido en una especie de amante, de ésas que te hacen disfrutar y padecer al mismo tiempo. Así que, tras abandonar el trabajó que me ocupó durante seis años de mi vida en una conocida productora televisiva, saqué un billete hacia la antigua capital del reino de Granada y de esta forma poder documentarme con la ayuda de uno de esos montañeros del SEREIM que salvan vidas, incluso la de sus posibles verdugos.

Cinco años después, cuento las horas para marcharme a Sierra Nevada y empezar el rodaje en exteriores de una historia que se llama “Tchang”, título sacado de un personaje de las historietas de Tintín: un chico joven de nacionalidad china, amigo del intrépido periodista, al que éste último salva la vida en las montañas del Himalaya, en la que para mí es la obra maestra de Hergé: “Tintín en el Tibet”.

Por supuesto, el mediometraje (sí, mediometraje, aunque suene raro) es una obra de ficción, inspirada en el hecho real, en lo que ocurrió, pero sólo eso, inspirado. Los personajes son inventados completamente y llevados al extremo, con un desenlace duro que alguna gente que lo lee no entiende, o simplemente no le gusta, pero que para mí es fundamental. Es una historia de aventuras, de supervivencia, de superación, de amistad y, sobre todo, de redención; pero también se habla de la violencia y el odio ancestral al enemigo. Sobre el tema vasco se han contado muchas historias y de todos los colores, pero no me hubiese lanzado al vacío si no fuera por el contexto en el que se desarrolla ésta.

Apenas me queda tiempo para nada, me esperan días duros y unos meses de mucho curro para ver todo realizado. Finalmente aquel viaje en autobús se convierte en el trabajo de más de 30 personas, todas ellas por amor al arte, por intentar contar historias que enganchen a la gente, por vivir de este extraño oficio. Y es entonces cuando recuerdo algunas de las cosas que me han contado los montañeros con los que he hablado en este tiempo, sobre esa dura y peculiar vida en la que ven de cerca y de frente al tipo de la guadaña. Para ellos lo importante es el equipo, el grupo: “Vamos al ritmo del peor del grupo”, me decía un duro montañero que trabajó muchos años en “Al filo de lo imposible”. “En este oficio no se puede tener miedo a nada”, me comentaba otro montañero pequeñito, de mirada picarona y piel agrietada por ventiscas heladas de parajes lejanos.

Subiendo junto a ellos, azotados por un viento helador, en el paisaje ártico que parece el Peñalara en invierno, con la intención de ayudar a los actores a comprender la vida de gente tan extrema, descubrimos precisamente eso... que nadie se queda atrás.

sábado, 6 de febrero de 2010

El Apocalipsis

Si algún día llega el Apocalipsis no será tal y como lo describen la Biblia, los falsos profetas o los visionarios tipo Nostradamus. Si algún día llega el Apocalipsis será tal y como lo escribe Cormac McCarthy.

Hace cuatro año pude leer la que para mí es una de la obras más estremecedoras que me he echado a la jeta. Es el desgarrador y brutal relato de un viaje hacia la nada, la historia de un padre y un hijo caminando por una infinita carretera oscura, llena de cenizas y depredadores que pueden morderte el culo, y no lo digo metafóricamente. Se llamaba y se llama “The road”, aunque también podría titularse un viaje por el infierno. A pesar de lo terrible que cuenta, y el paisaje desolado que lo habita, es una historia de amor imperecedera. Si alguno de ustedes no ven las cosas de manera diferente al terminar de leer el libro, es que entonces deben pedir hora inmediatamente con su médico de cabecera.

Imaginen por un momento que el mundo tal y como lo conocemos ahora ha sufrido una hecatombe, pero sin saber realmente qué tipo de hecatombe. Imaginen que, de pronto, de la noche al día, todos ustedes se convierten en mendigos. Sí, exactamente, imaginen un mundo poblado por esos seres a los que preferimos no mirar a la cara, a los excluidos que pueblan el metro, las salidas de los Vips, El Corte Inglés, las puertas de los restaurantes, los bancos de los parques. Todos esos que ven pasar la vida en contrapicado, cuyas miradas pétreas son de aquél que hace tiempo dejó de vivir. Imaginen que el mundo de repente se ha llenado de parias y, además, no hay nada para comer. Los árboles se mueren, no existen cosechas ni terrenos fértiles, los animales han desparecido de la faz de la tierra. No existe nada, salvo oscuridad. Sólo sobreviven aquellos que se comen a los más débiles. Ése es el mundo que nos describe Cormac McCarthy cuando todo se joda irremediablemente.

Y en medio de ese “Paraíso Perdido”, un padre cuida de su hijo, le enseña a sobrevivir, a tomar decisiones (aunque sean brutales) que le permitan seguir adelante cuando él no esté, le ejercita a no fiarse de nadie y a que nadie le arrebate la pistola con dos balas que llevan como única defensa ante las bestias. Pero al mismo tiempo, mientras en la noche oyen los gritos descarnados de los que son devorados, también le enseña que hubo un tiempo en que hubo belleza. Y lo hace a través de viejos y mohosos libros donde el niño descubre cosas como que, una vez, existieron los pájaros.

Hoy se ha estrenado la película. La esperaba con impaciencia. Era muy difícil que alguien se pudiese cargar un material tan certero, pero ya ha ocurrido en alguna ocasión. Como guionista debo decir ante todo que la adaptación de una obra literaria debe ser completamente libre. Las cadenas del material previo no deben pesar sobre el adaptador. Pero una cosa es sentirse libre, y otra muy diferente es despreciar la valiosa materia prima de la que debes nutrirte. En este caso no ha ocurrido así. La visión de John Hillcoat sobre tan fatídica y oscura historia es exactamente la que tenía en mi cabeza cuando leí el libro. Los impresionantes diálogos escritos por McCarthy se dejan entrever en la pantalla, aunque no llegan a la grandeza de la pluma de tan gruñón y escurridizo genio. El aspecto visual de la película es absolutamente descorazonador. La fotografía de Javier Aguirresarobe debería ir directamente a un museo. La dirección artística, la visión del mundo entre cenizas, te dejan con el corazón en un puño. Pasas angustia y miedo cuando los lobos (gente que una vez fueron respetables seres humanos) acechan a sus víctimas. La escena de la casa, cuya descripción en el libro te helaba la sangre, en la película te deja sin respiración.

Mundo aparte son las actuaciones. La interpretación de Viggo Mortensen básicamente define a un gigante, no sólo por el esfuerzo físico que realiza, sino por esa mirada desolada, ese llanto sordo en la intimidad, esa forma de dormir con la boca desencajada y el corazón en un puño por si es el último despertar. El trabajo del niño, el tal Kodi Smit-McPhee, directamente te desarma. No la vean doblada, no escuchar la acongojada voz original del niño sería un pecado que merecería el purgatorio como mínimo. Es imposible doblar esa forma de interpretar.

No voy a recomendar a nadie que vaya a verla, tal y como están las cosas y con la que está cayendo. Sales mal del cine, a pesar del pequeño hilo de esperanza que pareces encontrar al final, fidedigno a la novela, por otra parte.

This is the end, my friend. La cagamos y lo dejamos todo hecho unos zorros. Ya nos avisaron y nos lo tomamos a cachondeo. Casi mejor no sobrevivir para verlo. Ha llegado, ya está aquí: el Apocalipsis.

domingo, 31 de enero de 2010

Belleza


No sabía sobre lo que escribir. Malos tiempos para la lírica. Se acaba el mes y no he escrito nada. Quizás porque mi cabeza está en otro sitio, quizás porque no tengo muchas ideas, quizás porque no me da la gana, así en plan difunto Salinger. El caso es que se acaba y me he percatado que sería el primero en blanco de las 101 historias. Como no me gusta dejar incómodos huecos, haremos un esfuerzo.

Así que voy a escribir sobre algo que vi ayer, entre humo y platos, que luego en la tranquilidad, viéndolo de nuevo y despacito, sólo puedo definir como la belleza en su plenitud. Supongo que de lo que voy a hablar a muchos les parecerá insustancial y absurdo. Seguramente, aunque últimamente hago oídos sordos a casi todo. Uno no pierde la esperanza de que alguno por ahí me entienda en este mundo de Grandes Hermanos y mierdas a raudal.

Ayer, sobre un campo de fútbol, volví a comprobar que entre tanta mediocridad, aburrimiento, insidia y oscuridad de lo que nos rodea, todavía hay cosas que te alegran el día más turbio. Comprobé que lo único que merece la pena en este puto mundo son los detalles de algunos seres incomprendidos y geniales. Que hay pocas cosas más: ni la familia, ni los amigos, ni las relaciones, ni las mierdas de convenciones sociales. Al final todos te acaban decepcionando más tarde o más temprano. Sólo los momentos, los detalles, la belleza que ofrecen unos pocos despiertan el interés. Los realizan malditos ante un mundo que, curiosamente, está mas necesitado que nunca de esos actos. Regalos sublimes que serán los mejores recuerdos que alumbren el paseo final.

En esta ocasión el instante lo protagonizó un jugador rubio en el ocaso de su carrera. Un maldito, odiado por muchos, insultado por casi todos, que ayer, al menos por un instante, detuvo el mundo. Supongo que a los que no les gusta el fútbol, o los que no han jugado nunca, verán en ello una chorrada y, por tanto, su significado como arte aún más chorrada. Como uno ha jugado al fútbol, y como todavía creo distinguir la luz entre tanta oscuridad, ayer me emocioné ante lo que vi y lo voy a contar.

El personaje del que hablo tiene incluso un apellido vulgar, quizás por ello de ese carácter díscolo que le hace ser capaz de lo mejor y de lo peor. Lo han definido como maricón, pijo y niñato consentido. Probablemente lo sea, o se haya merecido muchos estos adjetivos. Yo mismo he dudado de él en infinitas ocasiones y su comportamiento a veces me cabrea. De hecho, recientemente, volvió a protagonizar una trifulca cuando su (mi) equipo millonario hizo el ridículo ante unos mil euristas llenos de coraje.

Hace poco, mientras comía en un bar, comprobaba en la televisión la trifulca que tenía el peculiar jugador en una rueda de prensa. De nuevo esa imagen de maldito, aunque los plumillas lo único que deseaban era tocarle los eggs en dimensiones estratosféricas. Y ante la insistencia de preguntas sobre su infelicidad en la vida, o sobre el porqué de querer largarse a Bangkok a montar en bici y que le dejen en paz, le espeto a uno de los mercaderes de periódicos que parecía un psicólogo: “si quieres montamos una charla terapéutica o algo”. Obviamente le pusieron a caldo, pero no pude evitar soltar una sonrisilla porque, a veces, está bien que alguien ajuste cuentas con los periodistas que se creen dueños y señores de este mundo y de su única verdad: la suya, claro. Además, no está de más que alguien del fútbol dé este tipo de respuestas, en lugar del clásico “sí, bueno, ha sido un partido difícil y hay que seguir trabajando...”.

¿Y cómo fue lo visto ayer para que hoy escriba sobre ello?

Quizás los ignorantes que odian el fútbol pueden entenderlo con un ejemplo paralelo. Fue el instante, el momento, una sensación de vacío ante algo verdaderamente diferente. Algo que te sobrecoge, que necesitas parpadear para asegurarte que lo que has visto es cierto. Para que me entiendan los enfadados con el jurgol, es la misma sensación que tuve el otro día en una exposición ante “Los amantes” de Magritte (otro tipo peculiar): esa pareja cubierta por un velo que te deja parado, boquiabierto, anonadado ante ese instante, intentando comprender qué paso por la cabeza de ese hombre para hacer algo así.

Vuelvo al fútbol, aunque algunos consideren insensato comparar lo de ayer con el arte, pero es así: una obra de arte se puede encontrar en cualquir lado. Y me dan igual los colores porque si lo hace uno del Barça entrenado por el gran Guardiola, hubiese boqueado igual. Además fue un pase, ni siquiera un gol. Recordando al gran Laudrup, otro tipo genial, aquel del enjoy Laudrup que le colgaban en Nou Camp, hasta que se convirtió en un maldito porque se fue al enemigo malote de la capital.

Lo de ayer fue un acto de generosidad de alguien que, curiosamente, es acusado de egocéntrico y vanidoso. Fue la culminación de un instante que desconcertó a todos. Fue un acto de valentía, de esos a lo que se atreven pocos. Lo fácil hubiera sido meter el gol solo ante el portero. Eso hubiera sido lo fácil, las portadas de un día, el mezquino protagonismo hacia el resto de la tribu. El tal Guti, como Magritte, como otros parecidos a él, prefirió lo complejo, lo único, lo diferente, sabiendo que si sale mal, le habrían colgado de la verga del palo mayor. Pero el rubio maldito y odiado tenía una cita con el destino y nos regaló a todos, una vez más, un acto de sublime belleza.


jueves, 31 de diciembre de 2009

Conclusiones

Unas conclusiones finales, amigos míos, ahora que termina el año y que nos llega otro con muchas curvas y redondeces, por eso de tener dos ceros:

La vida seguirá siendo un valle de lágrimas, llena de tristeza y sufrimiento, de momentos malos que superan a los buenos, de aburrimiento, cotidianeidad, rutina, disgustos, discusiones, peleas, frustraciones, decepciones. Pero qué cojones, ¿acaso no mola?

El mundo seguirá siendo un lugar oscuro, cruel, inhóspito, injusto, inseguro, violento, egoísta, corrupto, podrido, sucio, vasto, pequeño, peligroso. ¿Pero acaso no seguiremos con ganas de conocerlo más a fondo?

El ser humano seguirá matando, torturando, cargándose el planeta. Seguirá mirando su ombligo sin mirar alrededor, pisando antes que dando, actuando antes que reflexionando. Seguirá preguntándose por qué está aquí, de dónde vengo y adónde voy, sirviéndole de excusa para usar a etéreos tótems superiores en cuyo nombre todo está justificado. ¿Pero no es este el mismo ser que inventó el cine, el teatro, la música, el fútbol y si me apuran hasta la petanca?

La riqueza la tendrán unos pocos, la miseria los de siempre. El trabajo unos cuantos, el resto sobrevivirán como puedan. Miraremos para otro lado al cruzarnos con los desamparados, los invisibles, los que ya no cuentan, los apartados, los no válidos. El reparto y la justicia lo hará un ciego caprichoso ¿Pero no es gracioso que todos tengamos el mismo final anunciado?

El amor seguirá siendo una entelequia, algo que un día rimaron unos poetas para hacer esto más llevadero. Viviremos en la nostalgia permanente, en el pudo ser pero no fue, en el recuerdo de una vida soñada. En la equivocación, en el deseo ajeno, en el engaño. ¿Pero acaso no es lo que todos anhelamos?

Esto se acaba, my friend. Ya doblan las campanas y esta vez sí doblan por ti. Momento de cenas, uvas, alcohol, buenos deseos, felicitaciones, alegría, abrazos, familia, amigos, mensajes, fiestas.

¿Y después?... Después lo de siempre.


(Les dejo con este señor que una vez dijo eso de: "No creo en una vida posterior, pero por si acaso me he cambiado de ropa interior".)


(Pero también les dejo con esta música del gran Moby... Feliz ano... sí, sí, sin eñe)

sábado, 26 de diciembre de 2009

La turba

Llevaba tiempo sin tener un rato para mí y recuperar viejas costumbres tras mes y medio de un no parar por obligaciones audiovisuales. Hace tiempo que no escribía sobre cine y hace tiempo que iba detrás de una película que muchos consideran una de las cumbres cinematográficas del siglo pasado. Al parecer, el gran Eastwood la cita con asiduidad como referente de su cine. Ante algo así uno no podía dejar pasar la oportunidad de ver la fuente de inspiración del maestro.

Y por supuesto la referencia no es mala. La película en cuestión se llama “Incidente en Ox-Bow”, y sí, es una peli de vaqueros, un western, ese género que hizo grande a unos pocos y en el que siempre se hubiese reconocido aquel trovador de las miserias humanas que una vez escribió eso de “ser o no ser, esa es la cuestión”. Porque “Ox-Bow incident” es una historia que va precisamente sobre eso: las miserias humanas. La película es algo que va más allá de una obra de arte, es un manual reducido de la degradación a la que puede llegar el ser humano. Fue dirigida por William A. Wellman, eso que se conocía en el Hollywood clásico como un artesano, y que como otros de su generación empezó en el mudo, lo que les hizo dominar este oficio como nadie. A lo largo de su vida Wellman nos regaló unas cuantas obras superiores, entre ellas otro demoledor retrato humano, de nuevo en una peli de género, en este caso bélico, llamado “Fuego en la nieve” (Battleground), una historia que se desarrolla durante la carnicería que se produjo en Bastogne, el punto clave de la batalla de Las Ardenas, aquélla en la que los panzers de Hitler casi cambiaron el curso de la II Guerra Mundial cuando los aliados ya se las prometían muy felices.

¿Y de qué va una película de título tan corriente? Pues es la historia de un linchamiento. Nos narra lo que muchos seres humanos normales, buenas gentes, o gentes anónimas, pueden llegar a convertirse cuando se juntan para reclamar justicia. Es la historia de la turba, de la masa descontrolada. Es un retrato de las distintas categorías humanas. Es la historia del sádico que aprovecha el momento para saciar sus bajos instintos, del que se deja llevar por no destacar, del que mira hacia el otro lado, del que prefiere callar por si le acusan a él, del intolerante que no quiere pruebas porque él las tiene todas, del racista que sabe que sólo el de fuera es el culpable, del padre intransigente que quiere dar lecciones morales al hijo cobarde.

Ante toda esa masa informe de ciudadanos ejemplares, esos mismos que habitaban Múnich en los años 30, o Madrid en los 40, o Johannesburgo en los 60, o Buenos Aires y Santiago en los 70, o los pueblos de Euskadi en los 80, o Srebrenica en los 90, ante ellos que supuestamente representan la ley y el orden de su tiempo, se oponen sólo siete hombres, en inferioridad, intentando hacerles entrar en razón sobre la locura que van a cometer, sobre la injusticia de aplicar justicia a alguien porque sólo estaba de paso, o porque tiene otro color de piel, o porque es de fuera.

Es una película demoledora, un puñetazo a la cara, una bofetada que sólo lo consiguen las grandes obras. Es un guión supremo (Lamar Trotti, autor también de otra joya llamada “El joven Lincoln) con actores como Henry Fonda, Dana Andrews, Anthony Quinn, Frank Conroy, Jane Darwell, William Eythe y Harry Davenport, que expresan lo más difícil: las miradas impotentes ante el horror, las miradas culpables ante el error. Es cine que ya no se hace, contado en apenas 70 minutos. Por eso Eastwood lo tiene como referente cinematográfico y moral. Aunque sólo sea por la escena del bar, merece ya un hueco en un museo.

Les dejo para terminar esta historia número setenta con la traducción de la carta que el personaje interpretado por Dana Andrews escribe a su mujer antes de ser linchado y colgado por la turba. Lecturas como éstas deberían ser obligatorias en los colegios:

"Mi querida esposa: El Sr. Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. Es un hombre bueno y ha hecho todo lo posible por mí. Supongo que hay otros hombres buenos aquí pero no se dan cuenta de lo que están haciendo. Por ellos es por quien siento lástima porque dentro de poco esto habrá terminado para mí, pero ellos tendrán que recordarlo el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su propia mano y colgar a gente sin perjudicar a todos los demás porque entonces no viola sólo una ley sino todas. La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido? Supongo que eso es todo, salvo que beses a los niños de mi parte y que Dios los bendiga. Tu esposo, Donald".

Amén.


(He dudado si poner o no la escena por su importancia y lo que desvela, pero algo así, una escena así no puedo dejar de colgarla, nunca mejor dicho. Búsquen la película, les removerá el interior o puede incluso que se vean en algún personaje, quién sabe)