jueves, 31 de diciembre de 2009

Conclusiones

Unas conclusiones finales, amigos míos, ahora que termina el año y que nos llega otro con muchas curvas y redondeces, por eso de tener dos ceros:

La vida seguirá siendo un valle de lágrimas, llena de tristeza y sufrimiento, de momentos malos que superan a los buenos, de aburrimiento, cotidianeidad, rutina, disgustos, discusiones, peleas, frustraciones, decepciones. Pero qué cojones, ¿acaso no mola?

El mundo seguirá siendo un lugar oscuro, cruel, inhóspito, injusto, inseguro, violento, egoísta, corrupto, podrido, sucio, vasto, pequeño, peligroso. ¿Pero acaso no seguiremos con ganas de conocerlo más a fondo?

El ser humano seguirá matando, torturando, cargándose el planeta. Seguirá mirando su ombligo sin mirar alrededor, pisando antes que dando, actuando antes que reflexionando. Seguirá preguntándose por qué está aquí, de dónde vengo y adónde voy, sirviéndole de excusa para usar a etéreos tótems superiores en cuyo nombre todo está justificado. ¿Pero no es este el mismo ser que inventó el cine, el teatro, la música, el fútbol y si me apuran hasta la petanca?

La riqueza la tendrán unos pocos, la miseria los de siempre. El trabajo unos cuantos, el resto sobrevivirán como puedan. Miraremos para otro lado al cruzarnos con los desamparados, los invisibles, los que ya no cuentan, los apartados, los no válidos. El reparto y la justicia lo hará un ciego caprichoso ¿Pero no es gracioso que todos tengamos el mismo final anunciado?

El amor seguirá siendo una entelequia, algo que un día rimaron unos poetas para hacer esto más llevadero. Viviremos en la nostalgia permanente, en el pudo ser pero no fue, en el recuerdo de una vida soñada. En la equivocación, en el deseo ajeno, en el engaño. ¿Pero acaso no es lo que todos anhelamos?

Esto se acaba, my friend. Ya doblan las campanas y esta vez sí doblan por ti. Momento de cenas, uvas, alcohol, buenos deseos, felicitaciones, alegría, abrazos, familia, amigos, mensajes, fiestas.

¿Y después?... Después lo de siempre.


(Les dejo con este señor que una vez dijo eso de: "No creo en una vida posterior, pero por si acaso me he cambiado de ropa interior".)


(Pero también les dejo con esta música del gran Moby... Feliz ano... sí, sí, sin eñe)

sábado, 26 de diciembre de 2009

La turba

Llevaba tiempo sin tener un rato para mí y recuperar viejas costumbres tras mes y medio de un no parar por obligaciones audiovisuales. Hace tiempo que no escribía sobre cine y hace tiempo que iba detrás de una película que muchos consideran una de las cumbres cinematográficas del siglo pasado. Al parecer, el gran Eastwood la cita con asiduidad como referente de su cine. Ante algo así uno no podía dejar pasar la oportunidad de ver la fuente de inspiración del maestro.

Y por supuesto la referencia no es mala. La película en cuestión se llama “Incidente en Ox-Bow”, y sí, es una peli de vaqueros, un western, ese género que hizo grande a unos pocos y en el que siempre se hubiese reconocido aquel trovador de las miserias humanas que una vez escribió eso de “ser o no ser, esa es la cuestión”. Porque “Ox-Bow incident” es una historia que va precisamente sobre eso: las miserias humanas. La película es algo que va más allá de una obra de arte, es un manual reducido de la degradación a la que puede llegar el ser humano. Fue dirigida por William A. Wellman, eso que se conocía en el Hollywood clásico como un artesano, y que como otros de su generación empezó en el mudo, lo que les hizo dominar este oficio como nadie. A lo largo de su vida Wellman nos regaló unas cuantas obras superiores, entre ellas otro demoledor retrato humano, de nuevo en una peli de género, en este caso bélico, llamado “Fuego en la nieve” (Battleground), una historia que se desarrolla durante la carnicería que se produjo en Bastogne, el punto clave de la batalla de Las Ardenas, aquélla en la que los panzers de Hitler casi cambiaron el curso de la II Guerra Mundial cuando los aliados ya se las prometían muy felices.

¿Y de qué va una película de título tan corriente? Pues es la historia de un linchamiento. Nos narra lo que muchos seres humanos normales, buenas gentes, o gentes anónimas, pueden llegar a convertirse cuando se juntan para reclamar justicia. Es la historia de la turba, de la masa descontrolada. Es un retrato de las distintas categorías humanas. Es la historia del sádico que aprovecha el momento para saciar sus bajos instintos, del que se deja llevar por no destacar, del que mira hacia el otro lado, del que prefiere callar por si le acusan a él, del intolerante que no quiere pruebas porque él las tiene todas, del racista que sabe que sólo el de fuera es el culpable, del padre intransigente que quiere dar lecciones morales al hijo cobarde.

Ante toda esa masa informe de ciudadanos ejemplares, esos mismos que habitaban Múnich en los años 30, o Madrid en los 40, o Johannesburgo en los 60, o Buenos Aires y Santiago en los 70, o los pueblos de Euskadi en los 80, o Srebrenica en los 90, ante ellos que supuestamente representan la ley y el orden de su tiempo, se oponen sólo siete hombres, en inferioridad, intentando hacerles entrar en razón sobre la locura que van a cometer, sobre la injusticia de aplicar justicia a alguien porque sólo estaba de paso, o porque tiene otro color de piel, o porque es de fuera.

Es una película demoledora, un puñetazo a la cara, una bofetada que sólo lo consiguen las grandes obras. Es un guión supremo (Lamar Trotti, autor también de otra joya llamada “El joven Lincoln) con actores como Henry Fonda, Dana Andrews, Anthony Quinn, Frank Conroy, Jane Darwell, William Eythe y Harry Davenport, que expresan lo más difícil: las miradas impotentes ante el horror, las miradas culpables ante el error. Es cine que ya no se hace, contado en apenas 70 minutos. Por eso Eastwood lo tiene como referente cinematográfico y moral. Aunque sólo sea por la escena del bar, merece ya un hueco en un museo.

Les dejo para terminar esta historia número setenta con la traducción de la carta que el personaje interpretado por Dana Andrews escribe a su mujer antes de ser linchado y colgado por la turba. Lecturas como éstas deberían ser obligatorias en los colegios:

"Mi querida esposa: El Sr. Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. Es un hombre bueno y ha hecho todo lo posible por mí. Supongo que hay otros hombres buenos aquí pero no se dan cuenta de lo que están haciendo. Por ellos es por quien siento lástima porque dentro de poco esto habrá terminado para mí, pero ellos tendrán que recordarlo el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su propia mano y colgar a gente sin perjudicar a todos los demás porque entonces no viola sólo una ley sino todas. La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido? Supongo que eso es todo, salvo que beses a los niños de mi parte y que Dios los bendiga. Tu esposo, Donald".

Amén.


(He dudado si poner o no la escena por su importancia y lo que desvela, pero algo así, una escena así no puedo dejar de colgarla, nunca mejor dicho. Búsquen la película, les removerá el interior o puede incluso que se vean en algún personaje, quién sabe)

jueves, 24 de diciembre de 2009

Navidad

Ya está aquí de nuevo. La Navidad. Entrañables fechas donde las haya. Fechas de reencuentro y felicidad. Tiempo de paz, tiempo de amor, allá donde los mejores deseos afloran. Donde la gente se saluda por la calle, en los bares, en los ascensores, donde se da la moneda al pobre, donde se expresan los mejores deseos al prójimo.

La Navidad.

No puedo decir que le tenga especial manía a estas fechas, pero sí lo que supuestamente tienen que trasmitir y lo que significan para la gente. La Navidad es y será siempre de los niños y por ello me envuelve cierta nostalgia cuando llega el solsticio de invierno. Es aquello que perdí y, ¡ay!, nunca recuperaré. Para los adultos no dejan de ser las fechas más hipócritas del año, las más consumistas, las más oscuras en ocasiones. Y no me parece mal tampoco, quizás una vez al año no es malo disimular, aunque algunos lo hacemos fatal.

La gente se desmadra en Navidad, lo cual tampoco me parece mal. En el curro hay que aprovechar para follarse a ésa que me pone a mil con ese escote, aunque ella esté casada y yo otro tanto. Hay que ponerse hasta las cejas, beber hasta el final, meterme lo que no suelo hacer, pegarse si hay oportunidad, hacer todo aquello que bajo el signo de otras fechas no se haría.

Hay sonreír y felicitar las fiestas incluso a aquel al que sólo deseas el mal, porque te la jugado en el trabajo, porque no te paga, porque te dejó en mal lugar, porque te miró mal. Tienes ensoñaciones en las que le pegarías con un bate de beisbol, o en las que le tiras desde un quinto piso, pero no puedes evitar sonreírle y desearle que pase unas buenas fiestas. Mandas masivos sms deseando paz, felicidad a ti y todos los tuyos, aunque la mitad de esa agenda sea falsa, por puro interés, por ver qué saco algún día de ti, aunque te considere un gilipollas integral.

Hay que cenar con la familia, aunque a una parte de ella la detestes profundamente, aunque el "vuelve a casa vuelve" por Navidad sea peor que una patada en la espinilla. Esas cenas entrañables que acaban en pelea y gritos, años tras año: esa suegra hija de la gran puta, ese padre borracho y violento, ese hermano gilipollas, esa tía facha e insoportable, ese cuñado al que le partiría la cara. Pero todo en compañía familiar. Que no falte. Nos sonreímos todos aunque nos detestemos todos.

Navidad. Ya está aquí de nuevo... Cuánto añoro ser niño.



(Les dejo con una recomendación... por eso de volver a ser niño)

martes, 10 de noviembre de 2009

Están en Babia

¿Saben de dónde viene la frase, expresión o modismo “beber los vientos”? Se dice que el origen se encuentra en los perros de caza venteadores que, al olfatear el aire, parece como si lo estuvieran bebiendo.

¿Les suena la expresión “A tontas y a locas”? Cuentan por ahí que hubo un fraile del siglo XVII, un tal fray Juan Farfán, al que invitaron unas monjas para que soltase un sermón con poco tiempo para prepararlo, por lo que se subió al púlpito excusándose de ello y rematando con un latiguillo de esos que hacen amigos: “Pero al fin, hoy predicaremos a tontas y a locas, como pudiéramos”.

¿Y la infame frase alentada por los gabachos de “África empieza en los Pirineos”? Al parecer, los rumores siempre acusaron como autor de tan perversa afrenta a Alejandro Dumas, padre, o sea, al progenitor del creador de “Los tres mosqueteros” y otras obras inmortales de la literatura. Dumas padre (e hijo) negaron la mayor y siempre se declararon grandes admiradores de nuestra ibérica cultura, lo que no impidió que en una ocasión fueran recibidos a cantazo limpio en un pueblo de Granada. Por supuesto los habitantes del pueblo, cuyo nombre Dumas nunca quiso recordar, no se molestaron en comprobar, o al menos leer, las explicaciones del gabacho “rencoroso” a la “convincente” acusación de ser los creadores de la ignominiosa frase. De hecho, a día de hoy, al parecer la cita sigue teniendo un carácter apócrifo, por lo que se sigue sin conocer al malandrín que la pergeñó, aunque se suele acusar a los Dumas, les guste o no a ellos.

Podría seguir y seguir con más ejemplos, pero no quiero con tal exhibición demostrar que soy un pozo de sabiduría (más bien al contrario) porque estoy consultando casi de carrerilla un viejo libro que conservo con cierto cariño desde mi juventud. El texto fue escrito por un señor que sí era un gran pozo de conocimientos, además de afamado escritor y gastrónomo reputado que, por desgracia, ya pasó a mejor vida, aunque la que tuvo anteriormente fue muy buena, si uno repasa su biografía. El libro en cuestión se llama “Cuento de cuentos” y fue escrito por Néstor Luján hace ya unos añitos. En él se recopilan los orígenes de conocidas frases, expresiones, modismos, vocablos, palabras, refranes y proverbios. No es de esos libros que hay que leer de principio a fin, ni siquiera leerlo entero, sino que es mejor acercarse a él de vez en cuando para pasmarse del motivo por el que se dicen ciertas cosas desde hace siglos, muchas de ellas como consecuencia de la desconfianza popular hacia ciertos personajes (o grupos) a los que se acusa de algo que, según la rumorología, han hecho o dicho, aunque sea supuestamente.

¿Y por qué esta introducción tan ilustrada y con la que quedo de miedo? Pues porque me sirve perfectamente para comentar la polémica originada estos días por Ángel Martín (el presentador de La Sexta) sobre un artículo suyo del pasado mes de mayo (sí, amigos, mayo) en la revista DT en el que se reía del pueblo Babia (y por ende sus habitantes babianos), sito ello en la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

Había leído por casualidad el incidente en Internet, alucinando con la ferocidad con la que mucha gente se ha sentido agraviada, hasta el punto de crear un perfil en Facebook (con casi un millar de fans) en donde al presentador le acusan de un delito mayor del que cometieron los Dumas en su tiempo con la frase de marras sobre los Pirineos y su comienzo. Leyendo los comentarios escritos en el perfil por amables hombres, mujeres y jóvenes, la mayoría orgullosos leoneses, además del indignado añadido de un grupo independentista que aboga por la separación de las tierras de León del resto del Estado, uno puede pensar que la horca es lo mínimo que se merece el conocido monologuista. Tras leer el texto que ha provocado tal revuelo, uno certifica que sí, que efectivamente el cómico usa un tono burlón y ácido para meterse con esa pequeña población y sus buenas gentes.

Si a toda esa corriente de indignación le unimos la “oportuna” denuncia que ha hecho un modélico personaje de la televisión que porta siempre gafas oscuras, además de impostada pose de malote que te cagas en las bragas, uno comprende enseguida que el tal Martín es un descamisado que va ofendiendo a humildes gentes de pueblo que se ganan el pan con el sudor de su frente.

El caso es que me iba a juntar con el resto de la turba para pedir firmas animando a que se eche del país a este elemento, cuando se me ocurrió consultar en mi vieja Enciclopedia Ilustrada (recomiendo aún así que vean la explicación que ha dado el cómico en su programa, martillo de la indefensa prensa del corazón), o algunas de las respuestas que nos proporciona Google cuando uno mete la palabra Babia. El resultado es bastante concluyente: resulta que el pueblo agraviado no existe como tal, es ficticio. El propio Martín animaba desde su programa a que la gente metiese Babia en la casilla de población dentro de ese invento con zoom marciano llamado Google Earth, y el resultado es un pueblo llamado Babia... pero en la República del Congo. Eso sí, existe una Comarca con ese nombre, que agrupa a su vez una serie de pequeños municipios.

De poco le va a servir a Ángel Martín (este cómico sin sentimientos) explicar que todo era una broma cómplice entre él, el también cómico Dani Mateo y los periodistas Ramón Aragüena y Javier Coronas (todos ellos columnistas de la citada revista) sobre la ficticia Babia y unas viejas crónicas que hacía Arangüena para Iñaki Gabilondo sobre “un pueblo llamado Babia”. Por cierto, la Babia real, o sea la Comarca, era aquel lugar que, según el gran Néstor Luján, servía de reposo a los Reyes de León para huir del estrés de la Corte. Y cuando había problemas y la gente preguntaba por ellos, los súbditos que les querían poco respondían de forma maledicente eso de “están en Babia”.


miércoles, 28 de octubre de 2009

El cromosoma 21

Hace muchos, muchos años, hubo un momento cinematográfico que me dejó alterado para siempre. En aquella escena, un tipo cubierto con una capucha, huía con andares oscilantes de una turba que creía haber visto en él a la reencarnación del mismísimo Belcebú. Acorralado en los baños públicos de una estación de ferrocarril, sin posibilidad de escape, la deformidad humana que atemorizaba a gentes de bien soltó el grito más desesperado que he oído jamás: “¡I’m not an animal! ¡I am a human being!”. Aquella escena, aquella película, me perturbaron siendo yo un pequeño ignorante de la vida. Era la obra de uno de los más peculiares agitadores fílmicos que existen. Su película me dejó marcado y quizás me hizo madurar de golpe. Su nombre era “El hombre elefante”.

El otro día volví a recordar aquella perturbación al salir de ver una gran película que está ahora mismo en cartelera. Se llama “Yo, también”, es española, pero eso da igual, porque cuando uno sale emocionado del cine lo último que mira es la procedencia de sus creadores. Por mí, como sin son marcianos. El día que se mire eso, yo dimito. Sí reconozco que entré con cierto escepticismo, porque si hay algo que define al cine patrio de manera negativa es lo políticamente correcto y el exceso de temáticas sociales. Ésta podría ser un ejemplo de ello al tener todos los ingredientes para hacer una película comprometida que te cagas: en este caso, la vida de los que nacen con el Síndrome de Down.

Para los que no estén al tanto del tema, comentarles que el abismo que media entre estos “hombres y mujeres elefantes” y la supuesta “normalidad” es un minúsculo cromosoma, algo jodidamente microscópico que escribe los renglones de una vida humana, en este caso renglones torcidos. Para colmo, el cromosoma en cuestión se numera como en la mili, o en los campos de concentración. Se le conoce como el cromosoma número 21 y es el responsable de tamaña diferencia. Por supuesto, como si de un magnicidio se tratase, se conoce al culpable pero no las causas que lo motivaron, aunque las estadísticas quieren dar a entender que el retraso en la edad de las mujeres al engendrar un hijo podría tener alguna relación. Ni idea, no sé si es un motivo para meter miedo, o es una certeza científica. Imagino que toda pareja que se encuentra en una situación parecida, deben sentir al principio que su mundo se derrumba al comprobar que su bebé, aparentemente normal, no lo es tanto.

En mi caso, cuando me he cruzado con algunas de estas personas siempre me he sentido incómodo. Nunca he sabido cómo reaccionar. He hecho lo que supongo hace una mayoría: ser más amable de lo normal, es decir, ponerme insoportablemente paternalista. Y eso me ha hecho sentirme aún peor. Eso me ocurría con un chico Down que trabajaba en una conocida productora en la que curré durante unos años. Siempre que compartía ascensor con él, inmediatamente se dibujaba en mi cara una sonrisa de gilipollas supino, partiendo de la base que además no suelo sonreír demasiado, o se me da fatal. Quizás sea este comportamiento, y el de otra mucha gente, de lo que trata esta magnífica, y en ocasiones, emocionante película. Para colmo, los guionistas y directores han querido dar una vuelta de tuerca al tratar la ilusoria historia de amor entre un ser con 46 cromosomas y otro con 47.

El protagonista de la película es Pablo Pineda, un conocido Down que ya había salido en televisión, primer licenciado europeo con el síndrome, y que sirvió de inspiración a los directores para escribir el guión, hasta el punto de pedirle que interpretase el papel que iba destinado para otro. Quizás por ello la película posee todavía más verdad. A ello se añade una preciosista estética semi-documental, el trabajo de actores profesionales y no profesionales y, sobre todo, la monumental interpretación de esa actriz llamada Lola Dueñas, que no deja de sorprender desde su magnética primera aparición en la estupenda “Mensaka”, y que en esta película consigue una complicidad y una química sorprendente con este peculiar “hombre elefante” al que hace poco leía en una entrevista que, tras su premio en el Festival de San Sebastián, su preocupación más cercana era la de estudiar una oposición, lo cual demuestra que su inteligencia está más allá de un cromosoma numerado.

Háganse un favor a sí mismos y vayan a ver esta peculiar historia de amor-desamor que, creíble o no (para eso es una ficción), está tratada con un sentido del humor que la hace más auténtica. Seguramente la próxima vez que nos metamos en un ascensor con estos hombres y mujeres elefantes, dejaremos de poner una sonrisa de gilipollas.

jueves, 22 de octubre de 2009

Papá, ¿por qué siempre mueren los buenos?

No se le ocurrió mejor forma de homenajear a su amigo que acudir a un restaurante nocturno de una muy conocida cadena y pedir un "sandwich con fatatas". Así explica el periodista Antoni Daimiel lo que hizo el pasado viernes tras conocer la muerte de la persona que le acompañó durante 10 años en las madrugadas televisivas, aquéllas que les hicieron famosos a él y a un hombre bajito que siempre llevaba pajarita.

No quiero que suene a obituario porque los detesto, pero no puedo dejar de escribir unas líneas sobre la muerte de este entrañable personaje, periodista, o más bien humanista, que fue Andrés Montes. Y lo hago porque hace dos años, justo por estas mismas fechas, la caprichosa y voluble Parca decidió llevarse también de manera repentina al gran Juan Antonio Cebrián, el creador de ese mítico programa de radio nocturno llamado “La Rosa de los Vientos”. La pérfida siempre se burla de todos nosotros, llevándose antes de tiempo a los que hacen de este mundo un lugar habitable, a los que consiguen que te creas que realmente la vida puede ser maravillosa, aunque no lo sea.

Todo lo que se ha dicho y hablado de Montes, su peculiar forma de retransmitir, sus inicios en la radio (donde llamaba la atención a la sombra del ínclito García), su inventiva para poner motes, sus onomatopeyas, su forma de vestir, sus compadreos con los otros comentaristas, todo ello formaba parte del personaje que creó este periodista único. Obviamente, como todo personaje provocaba filias entre muchos, pero también fobias entre otros cuantos, especialmente los puristas que prefieren un tono monocorde en la retrasmisión de un espectáculo deportivo.

A mí me llamaban la atención varias cosas de este tipo. Una era el aspecto de dandi de otra época, tal y como pude comprobar en alguna ocasión en que le vi paseando por el barrio (vivía cerca de mi casa), con su sombrero de fieltro, el largo abrigo que cubría su cuerpo diminuto, su inmortal pajarita, como un personaje recién salido de una película de Fritz Lang. Otra de ellas era la especial y peculiar relación que mantenía con Antoni Daimiel, todo lo contrario de lo que él representaba: un periodista deportivo de gesto serio, sobrio e inalterable. Una especie de Keaton baloncestístico, meticuloso conocedor de todas las estadísticas del mundo de la NBA. Antoni siempre alucinaba cuando era interrumpido en medio de un dato vital por el fantástico mundo de su partenaire.

En aquellas famosas retransmisiones de madrugada de finales de los noventa, y primeros del dos mil, “el negro Montes” olvidaba el partido de la NBA que comentaba en directo para compadrear con el imperturbable Daimiel sobre las cosas de la vida. De pronto el partido era lo de menos y entraba en escena una conversación sobre restaurantes a los que ir, aunque se encontrasen a miles kilómetros de todos nosotros, pero al que sólo era capaz de acudir un tipo como Andrés Montes. Si no era la comida, era el cine (su verdadera pasión) y las teorías cinéfilas más peregrinas y disparatadas que uno jamás escucharía en boca de nadie medianamente serio (Seagal es un incomprendido, ¿verdad Daimiel?); y si no era el cine, era la música que escuchar, generalmente negra de la Motown. El partido ya no importaba, daba igual si Jordan había metido 50 puntos o Shakille destrozado alguna canasta. Lo primordial era lo que ambos comentaban, con total naturalidad, como si fueran colegas de siempre acodados en un bar, totalmente opuestos entre sí: uno serio, alguien que nunca desentona, junto a otro que provoca el giro de cabezas nada más entrar en una habitación. Allí estaban los dos, a las mil de la madrugada, hablando tranquilamente de sus cosas, pero delante de miles de telespectadores.

Formaron una pareja única, una especie de Gordo y el Flaco, tal y como Daimiel ha preferido definir su relación con Montes. Y resulta emocionante leer que el viernes pasado, tras visitar a la destrozada familia del pequeño periodista de gafas de culo de vaso, el imperturbable, serio y sobrio Antoni Daimiel decidió acercarse a uno de esos restaurantes con tiendas que, tiempo atrás, fue el refugio del peculiar periodista en sus tiempos de Antena 3 radio. Y una vez en la mesa, ante el camarero que tomaba nota, tras pedir primero una coca-cola light con mucho hielo y una jarra con más hielo (la manía del hombre de la pajarita), constató la grandeza de su difunto amigo y de cómo sus palabras inventadas calaron en la gente con total naturalidad: “Un sandwich con patatas, muy bien”, y el camarero ni se dio cuenta y marchó a la cocina.

A veces me gustaría volver a ser un niño y que mi padre viviera para preguntarle directamente: “Papá, ¿por qué siempre mueren los buenos?”.



(In memoriam)

jueves, 8 de octubre de 2009

La pianista

Era de dedos pequeños y ágiles. Lo pude advertir sin que ella se percatase de mi insolente mirada. Los movía con soltura encima de la hoja, practicando una música imaginaria que los demás apenas percibíamos. Seguía el ritmo grácilmente yendo de escala a escala, con la partitura encima de sus piernas cubiertas de unos vaqueros que se dejaban caer mostrando parte de su ropa interior, como es habitual entre los más jóvenes, y que pude comprobar al verla salir del vagón. No es que yo sea un adefesio, ni un viejo prematuro (quizás sí), porque incluso entre los cuarentones a veces se nos caen los vaqueros tal y como dicta la moda actual, aunque por motivos bien distintos y más ridículos. El caso es que aquella visión era un aliciente que hacía aún más interesante a la joven pianista.

Supongo que hay algo en este mundo cruel que todos hemos pensado o deseado hacer alguna vez: tocar un instrumento, ya sea bien o mal, ya sea para satisfacer un placer íntimo o para quedar de miedo en las fiestas. Puede ser que a algunos de ustedes no les haya interesado jamás, pero seguro que muchos lo han pensado o dicho en voz alta en alguna ocasión: “si volviese a vivir tocaría este o aquel instrumento”. Seguramente si volviéramos a vivir no tocaríamos ningún instrumento, lo más probable es que repetiríamos las mismas cosas aburridas que ya hicimos antes de que nos pudiese tocar una bola extra de partida, por lo menos yo. El caso es que si obtuviese ese premio y me diesen la oportunidad, no tendría ninguna duda sobre el instrumento al que maltrataría de forma impune: el piano. Hay otros instrumentos, todos estupendos, todos armoniosos, todos imprescindibles, pero creo, humildemente, que si hay uno que pueda describir el alma humana, para lo bueno o para lo malo, es esa caja de madera con cuerdas en tensión. Sin duda, en la Voyager iba alguna pieza de Chopin, sin duda que ET estará por ahí llorando en alguna esquina.

Fue esta mañana, entraba en el vagón tras estar horas mirando un monitor, y con el sueño acumulado de los madrugones. La ínclita línea 6 se llena de estudiantes a la hora de comer que regresan de la universidad. Entré adormilado, buscando un hueco donde caerme, lo vi junto a ella. Era hermosa y joven, así que deseché otras opciones y gané el pulso a otro espabilado que acechaba. Saqué de la cartera “El momento del parpadeo” de Walter Murch (ese genio que montó Los Padrinos, Apocalypse Now, La conversación, Julia o El paciente inglés), el libro de cabecera que todo montador (y no montador) debería tener. El cansancio empezó a quebrar la resistencia de mis ojos, pero fue algo imprevisible lo que me despertó. No quería volverme de forma descarada, sabiendo que a mi lado tenía el boceto de lo que sería una hermosa mujer. Tampoco podía mirarla en el reflejo del cristal frente a mí, había demasiada gente que lo tapaba. Pero fue algo imprevisible lo que hizo olvidarme de intentar encontrar su agraciado rostro, fue algo muy diferente a un bellezón lo que me hizo despertar y me hizo sonreír. La chica parecía tener unos apuntes sobre sus muslos, pero eran unos apuntes muy especiales. Me fijé con más precisión para encontrar en los folios unas escalas llenas de corcheas y semicorhceas, con anotaciones a lápiz debajo de cada pentagrama. Pero lo mejor eran esas manos que tocaban un teclado imaginario, con sus sutiles dedos moviéndose armoniosamente bajo las notas negras, avanzando melodiosamente de pentagrama en pentagrama, imaginando música, soñando música. El metro llegó a Guzmán el Bueno, que tiene poco de lo que le atribuye el apellido cuando la vi recoger los apuntes melódicos a toda prisa. Con sus vaqueros rotos y su pelo castaño, se levantó y salió al andén, sin apenas percibir su rostro.

Me quedé con una estúpida sonrisa dibujada en la cara, un gilipollas al que miraban el resto de viajeros. Quizás porque esa sonrisa era motivada por una ensoñación que tuve de repente. En ella me encontraba junto a la anónima pianista años más tarde, los dos desnudos en la cama. Y sí, piensen lo que quieran sobre lo que allí ocurría, pero tengo claro que en un momento dado yo le pedía que imaginase un teclado sobre mi espalda... y que tocase para mí.



(Les dejo con esta escena de la magistral peli "El pianista" de Polanski, la terrible historia de Wladyslaw Szpilman, aquel gran pianista que le miró a los ojos al monstruo... si al llegar a esta escena con el nazi que le ayudó no tienen un nudo en la garganta, es que tienen un problema, amigos)