sábado, 4 de abril de 2009

El sueño del director

El niño baja la calle con un bastón en la mano. Uno, al verlo, se pregunta qué hace un niño ayudándose con un bastón para caminar. No parece tener ningún problema físico, e incluso para su estatura, le queda grande. Y la respuesta la obtienes cuando le ves llegar a la entrada de un cine, donde la reja está echada. El niño, entonces, usa el madero como gancho para atraer hacia la reja el tablero con ruedas donde cuelgan fotografías promocionales de una película. La película es “Ciudadano Kane”. Aquélla obra de un genio que cambió el mundo. Y el niño desengancha todas las fotos. Y una vez las tiene todas, echa a correr calle arriba.

Este momento, esta secuencia, es el sueño recurrente del personaje que interpreta Francois Truffaut en la película que él mismo dirigió y co-escribió. Se llama “La noche americana”, y es una obra maestra que cuenta al mundo qué es el cine y cómo se hace el cine. Todo ello visto a través de los ojos de su director, un hombre con problemas de audición, que tiene que resolver las innumerables preguntas que tiene todo el equipo que trabaja para su obra. Hacer de padre, de psicólogo, de general. Responder a todo, en todo momento, de manera adecuada y sin caer en el desaliento, sino quiere que el equipo caiga en picado. Y sus angustias sólo las puede mostrar en sus sueños, en un sueño recurrente donde el joven Truffaut roba los carteles de un cine, los carteles de una película inmortal.

Obviamente tengo poco de Truffaut, pero hace unos días me enfrenté a mi primer rodaje como director de ficción (ya hice un corto documental), acompañado en las labores de dirección por Hugo, un buen amigo con el que ya trabajé hace tiempo, y que es uno de los tipos que más energía le echa a esto de hacer cortometrajes y proyectos con poco dinero. Un auténtico Cassavetes con gafas, capaz de empapelar las tiendas de su barrio para que vayan a ver una película de hora y media de un tipo que conduce marcha atrás hasta Ávila, y todo por amor. Yo no he tenido el sueño recurrente de Truffaut, pero curiosamente, unos días antes del rodaje, y preocupado como estaba por el tema meteorológico (nos llovió y granizó de lo lindo) ya que teníamos que rodar en dos días doce minutos, tuve un sueño extraño.

La historia del corto es la historia de dos antiguos compañeros de colegio que se reencuentran en la cola del cine. Uno de ellos va a acompañado de su hermosa mujer. A simple vista parece un triunfador. El otro tipo va solo, parece huraño y extraño. El huraño reconoce al triunfador y le saluda. Y el hombre que va con su mujer no le recuerda, pero cuando el otro (el huraño), le empieza a contar cosas del colegio y las barbaridades que le hicieron, resurgen los fantasmas del pasado... y todo ello delante de su esposa. Eso es el resumen de doce minutos de historia que premió el Festival de Avilés, y que acabamos de rodar. Como decía antes, un sueño me inquietó a dos días de la grabación. Y es que me sentía en una ciudad parecida a Avilés donde un montón de gente (el equipo, supuestamente) me esperaba. Y cuando llegaba a la localización, es decir, a la puerta de un cine, no había tal puerta ni ningún cine. Y angustiado notaba que todo el mundo me reprochaba que yo tuviera la culpa de que no hubiese cine (quizás por mi pasado como localizador de un par de series muy conocidas), y me ponía a buscarlo como loco por las calles de la supuesta Avilés, con todos detrás de mí. Y desesperado me servía cualquier puerta que daba a la calle, donde se organizaba una improvisada y peculiar cola del cine.

Siempre he querido contar historias desde mi más tierna infancia, y uno veía lo molón que debía ser dirigir. Ya adulto, inicié mi carrera profesional, y entonces es cuando me di cuenta de lo complejo que es ponerse al frente de un equipo de medio centenar (o más) de personas, que te acribillan a preguntas para intentar ellos, a su vez, suplir sus propias inseguridades.

Recuerdo la entrevista que me hicieron para trabajar en mi primera película, como auxiliar de producción, y las palabras del jefe de producción para describirme un equipo de rodaje: “Mira, esto es como una caravana del Oeste, donde unos tipos, desde lo más peculiar hasta lo peorcito de cada clase, tienen que llevar un rebaño al otro lado del Río Grande, pasar todo tipo de penalidades, y cuando se llega a su destino, repartirse el dinero, para que unos se vayan de putas, otros a drogarse y emborracharse, y algunos regresen con sus familias”.

La verdad es que tragué saliva cuando oí la descripción, no sabía dónde situarme, si en las putas, en las drogas, o en las familias. Parecía que el término medio no tenía cabida, así que lo pasé fatal las primeras semanas, donde comprobé que más de un miembro del equipo estaba grillado, otros se pasaban con las sustancias perniciosas, y algunos tenían subido el ego a la enésima potencia. Mis sueños de infancia se fueron al traste en pocos días y me pregunté qué demonios hacía yo allí.

Han pasado ya unos añitos después de ese rodaje, que como el primer polvo (al menos en mi caso) fue un desastre, y me hizo reflexionar sobre el asunto: ¿estarán todos así de mal en esto del cine?, ¿acabaré yo igual? Por suerte hubo más rodajes (y también más polvos) y mi idea inicial fue cambiando. Un equipo de rodaje es una comunidad de emocionas diversas, de personalidades peculiares, de tipos extraños y de gente muy normal, pero todos ellos recuerdan mucho a un pequeño ejército, con un objetivo común, con una meta determinada, con un plan previsto, que siempre se va al traste al primer disparo (que se suele decir en la estrategia militar), y entonces reina el caos y parece que todo se va al infierno, pero siempre, siempre, y uno no sabe cómo o por qué, al final todo sale. Y ese equipo donde existen relaciones intensas de amor-odio, comparte finalmente una copa, y olvida rencores y rencillas, y recuerda los momentos con una sonrisa.

¿Y el director? El director se siente un extraño solitario, pero al mismo tiempo siente que es una especie de guía espiritual, y sabe que algunos le pondrán a caldo, y otros le admirarán, pero que todos, absolutamente todos los miembros del equipo, se dejarán la piel en la batalla, hasta el último suspiro. Y llegarán a destino, y el dinero se repartirá, y cuando se acabe el viaje, esperarán a que les llamen de nuevo, para cruzar el rebaño al otro lado del Río Grande.



(Les dejo con la secuencia del sueño)

(Y el arranque de una película que toda persona que se quiera dedicar al cine... debe ver)

miércoles, 18 de marzo de 2009

Taxi driver

“Por la noche salen bichos de todas clases: furcias, macarras, maleantes, maricas, lesbianas, drogadictos, traficantes de drogas. Tipos raros... Algún día llegará una verdadera lluvia que limpiará las calles de esta escoria”. Con este rotundo y políticamente incorrecto monólogo, el gran Paul Schrader nos presentaba al atormentado, solitario e insomne Travis Bickle, en la inmortal película dirigida por Martin Scorsese. Y supongo que pensarán ustedes que mi historia de hoy va sobre eso, sobre Taxi driver. Pues no exactamente, aunque sí va sobre lo que motivó, o imagino motivó, a que el ya mencionado Schrader regalase al mundo ese guión que tantas veces ha sido estudiado por sesudos críticos. No quiero escribir sobre la película, porque no necesita más comentarios. Es una historia que habla por sí misma, más grande que la vida, que dirían los gringos. No, de lo que realmente quiero hablar es de... los taxistas.

Recientemente alguien que se dedica a esto del audiovisual, curiosamente no recuerdo quién era (en parte por mi mala memoria, en parte porque lo que me decía seguramente me aburría), me decía indignado que odiaba a los taxistas. Cuando alguien me suelta una aseveración tan rotunda, me echo a temblar, porque suele ser muy común odiar de forma pasional algún tipo de profesión, y seguramente habrá gente que odie profundamente a los guionistas (vaya usted a saber, cosas más raras se han visto). Pero por suerte para los guionistas (o no, a lo mejor si nos odiasen más, quién sabe, a lo mejor incluso ganábamos dinero), hay una profesión que produce verdadera aversión, mucho más incluso que la del inspector de hacienda o el árbitro de fútbol: el gremio del taxi... Bien es cierto que a las cuatro de la mañana, y más en invierno, suplicamos al Altísimo por la aparición de cualquiera de ellos. Debo decir que no soy una excepción y también yo he pecado y soltado maldiciones por la boca hacia los llamados “pelas” (que así se le conocen en la capital del Imperio). Bueno, también he hablado mal de los mimos, pero esa es otra historia, que diría Kypling.

Uno de los motivos por lo que la gente que conozco pone a caldo a los señores de la luz verde, es por sus gustos radiofónicos y su estado de ánimo, generalmente alterado. Es cierto que un porcentaje importante de taxistas escucha esa cadena que pagan los señores obispos, donde un tipo bajito (cada día más auto convencido de su perfil como cómico) calienta al personal, tanto diestro como siniestro, soltando inquina de la buena, y encima de buena mañana. Junto a la emisora de Dios, la siguiente más sintonizada por los señores del coche con raya roja es Radio Olé, o sea la copla. Imagino que no resulta fácil contentar a los clientes con los gustos radiofónicos que, dicho sea de paso, son muchos y variados. En mi caso, suelo ser conformista y poco impresionable en este tema: si escucho copla, pienso en pescaito frito; y si escucho al señor chiquito enfadado de buena mañana, pienso en mi madre cuando me despertaba para ir al cole.

Otros de los motivos por los que la gente les odia es por el miedo a ser timados, en especial si los coges en el aeropuerto, donde hay decenas, decenas y decenas de taxis. Como buen y gran pecador que soy, debo decir que he tenido alguna que otra refriega por ello. Algunas veces con razón (debo tener pinta de guiri, o de tonto, todo es posible), pero también debo reconocer que en alguna ocasión me he puesto muy, pero que muy macarra. El motivo básicamente era que tenía el día atravesado (una especie de periodo menstrual muy personal), y el taxista era lo que tenía más a mano para buscar pelea. Lo bueno del gremio es que nunca defraudan si lo que buscas es eso, bronca.

Finalmente, hay personas que les odian porque se ponen a hablar durante el trayecto, o bien a intervenir en una conversación ajena, e incluso opinar, a veces con tono de encíclica. De nuevo aquí debo admitir que he pecado, oh Señor, perdóname. En especial, cuando las ganas de intervenir es a primeras horas de la mañana (de nuevo mi regla personal e intransferible), cuando lo último que uno desea es que alguien te suelte una disertación sobre el tipo de interés del dinero, y lo malote que es el gobierno, todo ello sin un café en el cuerpo.

Pero aparte de estas motivaciones que pueden impulsar a odiarlos, siempre he pensado que ejercen un complejo y solitario oficio. Sobre todo solitario. Y como vamos por esta vida sin mirar lo difícil que son ciertos trabajos, y que lo único que queremos es que nos den el servicio, y rapidito, y calla la boca, y que si no te gusta tu trabajo yo no tengo la culpa, que es una frase hecha que usamos con bastante regularidad (por otra parte, a quién le gusta el trabajo que ejerce), pues realmente no llegamos a percatarnos de las dificultades que puede llegar a tener conducir un taxi en una jungla como puede ser Madrid, o cualquier gran ciudad del mundo.

Cuento todo ello porque recientemente me han llevado dos taxistas que podríamos decir, ¿son la excepción que confirma la regla? El caso es que ambos casos me llamaron mucho la atención e incluso me hicieron gracia (y yo soy poco de reírme), por lo peculiar de los personajes. Por supuesto, ocurrió en la noche, que es donde suceden siempre este tipo de cosas y donde todos los gatos son pardos, que dicen por ahí.

El primero de ellos me sacó una sonrisa hace apenas un par de noches, cuando regresaba del estreno de un cortometraje. Al meterme en el taxi, de pronto descubrí que hablaban en inglés. Sincronicé bien mis neuronas y comprobé que mi estado etílico no era del todo malo. Efectivamente, eran clases de inglés radiadas: la emisora del tal Vaugham, el tipo que se ha forrado con las clases de idiomas y que tiene emisora propia. No pude evitar sonreír al ver que la tenía sintonizada, y mi sorpresa fue mayor cuando le oigo preguntarme si me molestaba, que ponía otra emisora si era necesario (espero que no pensase que me iba a parecer menos taxi por no llevar la emisora de los obispos). Le respondí que no me molestaba en absoluto, que así yo practicaba también, que siempre es bueno, aunque sea a las dos de la mañana de un martes, y con unas cervezas en el cuerpo. Entonces el hombre me contó que hablaba, o lo intentaba, cinco idiomas: portugués, italiano, francés, inglés y catalán. Mi capacidad de asombro se amplió todavía más cuando me percaté que al buen hombre le faltaban la mitad de los dientes, lo que le hacía su pronunciación aún cosa de mayor encomio, y la verdad es las palabras que dijo en inglés las pronunciaba bien. Así que, casi sin darme cuenta, sin acelerones, llegué a casa en manos del taxista políglota que me deseó suerte al bajarme, al igual que yo a él.

El segundo taxista, sin embargo, me intrigó y sorprendió a partes iguales. Fue hace un par de meses, no recuerdo bien. Era pleno invierno, fin de semana, y con ganas de volver a casa, al refugio, y que me dejen tranquilo. La verdad es que no tenía yo el día, y lo que menos deseaba era un plomo que me diese la chapa, o bien un Fernando Alonso (que los hay) con ganas de superar su propio record personal pasando semáforos en ámbar, o bien entrar en un taxi que oliese a cuadra, que decía Will Smith en sus tiempos. Así que alcé mi mano en pleno centro deseando tener suerte (a veces tratas de elegir, pero son como las galletitas sorpresa de los chinos) y me introduje en el primero que paró. Lo que llamó mi atención nada más subirme al taxi fue la música grave y desgarrada que había de banda sonora. Nada menos que el legendario Leonard Cohen. Miré la radio por si era una emisora tipo Radio 3, que justo en ese instante radiaba una canción del pasado, un clásico vamos. Pero no. Al terminar, empezó a oírse otra canción del cantautor canadiense: era un CD. Obviamente, lo siguiente fue mirar al conductor. ¿Quién escucha a Cohen, de madrugada, en un fin de semana, con la locura rodeándote? Lo escuchaba un taxista con coleta, pelo canoso, gesto serio y apaciguado. El tipo para mi sorpresa no de decía ni mú, con lo cual, por otra parte, era toda una paz para los sentidos, además de llevar el taxi impoluto. Entonces giré mi cabeza hacia la derecha. En la ventanilla había un cartón pegado junto a las tarifas. Pronto descubrí que era una poesía: larga, hermosa, que hablaba de las oportunidades perdidas. Como siempre he sido un ignorante de la métrica, me atreví a romper el silencio que nos rodeaba, aparte de la voz de Cohen, claro está. Le pregunté si era el autor, alabando la brillantez de los versos, con la esperanza de empezar una conversación. Simplemente obtuve un “no” por respuesta, y el nombre del verdadero autor: Pablo Neruda, aquel chileno de “los 20 poemas de amor y una canción desesperada”, al que descubrí hace muchos años en una pantalla contando a un humilde cartero el significado de las metáforas. Pero poco más. Imaginé que otros muchos le habrían preguntado lo mismo y que no era un reclamo para buscar conversación. Simplemente la llevaba pegada en la ventanilla, quién sabe si para hacernos reflexionar a los que entrábamos en su taxi. Pero mi curiosidad en busca de personajes no estaba saciada. Necesitaba saber más sobre tan peculiar “pesetas”.

Al llegar a mi calle, no pude evitar preguntar por la iniciativa de la ventanilla. El tipo era parco en palabras, así que me entregó una especie de tríptico, con varias poesías, e información de una residencia para drogadictos, alcohólicos y excluidos de la sociedad, aquellos que han decidido no jugar ninguna mano más, y que esto lo aguante su mamá. Me dijo que colaboraba con ellos, que él también escribía a veces, pero por pura afición, y que si deseaba información, ahí tenía un teléfono. Y ahí quedó todo. Me bajé ojeando el folleto y me dirigí a mi casa, que ya eran horas. El folleto seguramente lo perdí entre mis innumerables papelotes, pero durante unos días me estuve acordando de él, de ese Travis Brickle solitario, callado, con su música de otro tiempo que, en las noches más salvajes de Madrid, donde salen bichos de todas las clases, recorre sus arterias con un cartón en la ventanilla que contienen las palabras del poeta que una vez dijo eso de “sucede que me canso de ser hombre”.


(Sé que esperaban el gran Are you talking to me... esta es otra versión)

sábado, 14 de marzo de 2009

Ese viejo cabrón y genial

Durante años, una famosa crítica de cine norteamericana le tildaba de fascista tras ver cada una de sus películas, aparte de otras lindezas que salían de su pluma. Nadie le tomaba en serio a aquel tipo de casi dos metros de alto, que empezó haciendo una olvidable serie del Oeste para la televisión, y que acabó en un país del sur de Europa al mando de un dictador con voz de pito, siendo dirigido por un peculiar italiano que quería hacer Westerns. Todos se habían olvidado de él en su país hasta que un director izquierdista le rescató para hacer el que fue, hasta ese momento, el papel de su vida: el de un policía justiciero, violento y fachilla que amenazaba con su Magnum a los macarras que se atrevían a desafiarle: “Come on, make my day” (“Vamos, alégrame el día”).

Hoy, han pasado cuarenta años, y no hay ser vivo en todo el planeta que no hinque la rodilla ante su obra. Los mismos que le tildaban de fascista, hoy se callan. Me resultó curioso escuchar no hace mucho a un gran escritor que adorna los viernes la contraportada del periódico más vendido de este país, decir que llegó tarde a Eastwood, quizás por sus prejuicios pasados hacia el personaje que interpretaba. Ahora, este mismo escritor y columnista, reconoce que tiene que rendirse ante la hondura y profundidad moral de la filmografía del ex “Alégrame el día”.

Puedo entender que la gente que lleva su ideología a rajatabla, no quiera asomar el morro a la filmografía de los primeros tiempos de este hombre. Pero para entender a un artista en su globalidad, hay que entender su vida y su pasado. Las películas de Eastwood de hoy no se entienden si uno no ve sus películas del pasado. “Sin perdón”, probablemente una de las mejores películas de siempre, no se entendería si uno no ve “Infierno de cobardes”, “El fuera de la ley”, “El jinete pálido”, además de la trilogía del dólar, o sea los spaghetti westerns de Leone. A mí, particularmente, no me gustan todas ellas, salvo “El fuera de la ley”, y “El jinete pálido”, una película incomprendida en su momento, pero que apuntaba directamente a lo que iba a venir después con William Munny.

La grandeza que tiene el paso del tiempo es poder juzgar con perspectiva y darse cuenta que la obra de un hombre la es en su totalidad. De hecho, el propio Eastwood en las entrevistas que he leído, aparte de mostrar sensatez y humildad desbordante, reconoce que prefiere su filmografía postrera, pero que no renuncia a su pasado. Vamos, igualito a tanto converso que me sé yo. Se supone que uno es el resultado de una vida, de unas vivencias, de un gran cúmulo de errores cometidos (al menos servilleta, mogollón, que diría un chavalillo de hoy), y de algún que otro acierto. El propio ser humano es el resultado de miles años de evolución, según decía Darwin, lo cual da que pensar y es para echarse a temblar, viendo cómo las gastamos. Pero de dónde sale la música, la literatura y el arte, sino de las entrañas de una especie mezquina como la humana.

Eastwood, desde mi humilde opinión, es quien es tras interpretar un sinfín de películas y dirigir unas cuantas más. Algunas pueden ser olvidables, pero en aquella primera parte de su vida ya se reconocían las señas de identidad de este tipo, que a casi sus ochenta años, da una lección tras otra al resto de irregulares cineastas que pueblan el planeta. Y probablemente lo hace porque a veces la genialidad, y este señor es un genio, llega cuando uno tiene el culo pelado de golpes, y este señor los tiene. Y voy a citar dos películas de esa época, que yo considero magistrales, y que seguramente no piensen ustedes igual, pero ya saben lo que decía Harry “El sucio”: las opiniones son como los culos, todos tenemos una.

La primera es un thriller de espionaje de la etapa en la que el Telón de Acero todavía estaba alzado. Ayyy, qué pelis producía el Telón de Acero. Se llamaba “Firefox”, y la trama básicamente consistía en el robo de un prototipo de avión soviético, que resultaba ser invencible, por parte del espionaje americano. Para la misión, la CIA llama a uno de sus mejores pilotos de caza, interpretado por el propio Eastwood. El piloto luchó en Vietnam y vive atormentado con su pasado, intentando esquivar a sus fantasmas en forma de víctimas, en concreto una niña vietnamita. Si no era un precedente de William Munny, pues que alguien venga y me lo diga, come on, make my day. La película no es perfecta, quizás falla al final, cuando ya roba el caza ruso, y le persigue un piloto soviético en otro prototipo. Pero incluso a mí me gusta este final, que se convierte en una especie de duelo tipo western. Sin embargo, lo que me dejó marcado de aquella película fue toda su primera parte, que podría haber sido firmada perfectamente por el gordo que dominaba el suspense: sí señores, Hitchcock. En esa parte del metraje, Eastwood nos muestra el entramado que monta la CIA para infiltrar a su piloto en la base soviética donde ocultan al avión. Es un thriller oscuro, contado con gran ritmo, y una de las mejores recreaciones que ha hecho el cine de Hollywood de la Unión Soviética (con la caída del telón, Rusia ya permitió rodajes en su tierra). La historia está plagada de antihéroes que se sacrifican por un objetivo superior (el sacrificio, otro de los temas preferidos por Eastwood), y en la que los malos (la KGB) están descritos de una forma ejemplar, entendiendo sus motivos, y sin un pelo de tontos ya que desmontan poco a poco todo el entramado que han organizado los norteamericanos. Particularmente, creo que es la última gran película de espías que se hizo, guste o no guste la parte del avión.

La otra gran película de aquella etapa, se llamaba “El jinete pálido”, una especie de remake de la otrora magistral “Shane” (“Raíces profundas”), la historia de aquel pistolero de pasado violento que trata de buscar la redención con unos pacíficos agricultores machacados por los ganaderos, y que se ve obligado a empuñar las armas, una vez más, para defenderles. Eastwood se atrevía a tocar un material intocable dándole una vuelta de tuerca, mostrándonos una peli con temática clásica del Oeste, pero mezclándolo con una historia de fantasmas, donde las plegarias de una niña que suelta un salmo hacia las montañas nevadas pidiendo ayuda para los suyos (unos mineros acosados por unos crueles terratenientes), se hace realidad con la aparición de un jinete fantasmal, montando un caballo blanco: “... Y cuando él hubo abierto el cuarto sello, oí a la cuarta bestia decir: ven a ver. Y yo miré. Y contemplé un caballo blanco. Y el nombre de su jinete era la muerte... Y el infierno le seguía”. De esta manera es presentado su personaje, con la niña leyendo el Apocalipsis, mientras su madre le prepara la comida. Las dos sienten un viento frío que suena, y contemplan a través de la ventana la llegada de un jinete de tez pálida que acompaña al padrastro de la niña. Con esta escena inquietante y única, gasté los cabezales de mi vídeo VHS, diciéndome a mí mismo que yo quería, algún día, presentar así a un personaje, de manera tan épica, tan misteriosa, tan turbadora. Pero nadie hablaba bien de esa película, y por aquellos tiempos, mejor me callaba la boca, y elogiaba “Bagdad café”, que quedaba mucho mejor, aunque apenas me acuerde de ella.

Hace una semana, se ha estrenado “Gran Torino”, su última película. Algunos decían que Harry “El Sucio” regresaba para ajustar cuentas, ahora ya en la tercera edad. Sólo puedo decir que mejor se acerquen al cine a contemplar el que parece testamento cinematográfico de un hombre genial (actor, músico y director). Es una película salpicada de un sentido del humor ácido y corrosivo, plagada de humanidad por todos sus poros y con un final que algunos han criticado, pero que nadie se espera. Como siempre, Eastwood ha sabido elegir un gran guión de un guionista novel, en cuyo material y personaje se vio reflejado. Justo lo mismo que se hace por estos lares con los guionistas que empiezan. Ese viejo cabrón y genial, que antes se cargaba macarras con un Magnum 44, y al que la izquierda no podía ver ni en pintura, deja a toda una platea sentada incluso cuando las luces se han encendido. Se lo prometo.




domingo, 1 de marzo de 2009

Sin perdón

“Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”. Así, de esta forma simple y sencilla, el personaje interpretado por Mandy Patinkin encara al tipo que, siendo niño, mató a su padre de manera gratuita y cruel, en la hermosa “La princesa prometida”. Y así, de una manera parecida, no tan cinematográfica, el otro día, un joven vasco llamado Emilio Gutiérrez, se dirigió hacia una taberna de su pueblo, armado con un pesado mazo. Al llegar al lugar, la emprendió a golpes con la puerta de entrada. Luego, se introdujo por el hueco que dejaron los vidrios rotos para destrozar todo lo que encontró en su interior.

Supongo que cualquier persona de bien que pasara por allí, o cualquier chino, búlgaro o tahitiano que viera esas imágenes por televisión, pensaría que el hombre habría perdido la chaveta, o que es un tipo violento que merece ser apartado de la sociedad, o al menos vigilado. Supongo que a cualquier checoslovaco, coreano o belicense les resultaría extraño que alguien tan violento no ofreciese resistencia a ser detenido por la policía, o ertzaintza, que así se dice policía en euskera. Pero imagino que un andorrano, paraguayo o indonesio que haya leído algo sobre la situación política del norte de un país que habita bajo el sol meridional de Europa, donde curiosamente no para de llover y el paisaje es verde muy verde, imagino que algunos de estos señores documentados de tan lejanos países entenderían la sumisión y lágrimas de este colérico tipo mientras le colocan los grilletes.

Qué facilón es opinar sin vivir en tus carnes muchas cosas: el dolor, la enfermedad, la humillación, la violencia. Qué fácil es juzgar y quedar superguay del Paraguay. Casi todos los comentaristas políticamente correctos del país dijeron lo mismo, con el mismo tono, con el mismo runrún: que entendían a este hombre, pero que no era bueno aprobar este tipo de conductas. Nadie se salió del guión. Bueno sí, los derechones sí, pero sus motivos son otros y me interesan muy poco. Es curioso que busquen la excusa perfecta para clamar y pedir justicia, cuando a unos cuantos de ellos también habría que ajusticiarles por un pasado vergonzante y facineroso. El caso es que, tras treinta y cuatro años de la muerte de un dictador cruel, casposo, cabrón, y de voz amanerada (al que por desgracia nadie pudo dar caza), todavía hoy, en una pequeña zona de la Europa desarrollada y democrática, el fascismo impera con total impunidad, apoyado por el fundamentalismo de un pequeña parte de la población, y amparado por otra, que mira hacia otro lado. Los que no opinan igual, los que disienten, los que levantan la voz, sólo tienen dos caminos: la tumba o el exilio.

Casi 200.000 personas, según cálculos estimativos, han abandonado esa tierra verde y hermosa, adulterando de esta manera una democracia ficticia, por muchos anuncios promocionales que haga su gobierno para visitar sus montes, playas y probar su extraordinaria gastronomía. Y si les dices algo, si les insinúas la falta de libertad, ellos, los iluminados, enseguida se cubren con la piel de cordero, y les sale el lado de víctima llorona. No se puede entender que personas con apenas treinta años, en un lugar donde existe la riqueza y nadie se muere hambre, pueda escupir tanto odio hacia el contrario, hacia el diferente. Si uno lee las crónicas de la Alemania nazi, previa a la Segunda Guerra Mundial, sólo puede encontrar algo parecido.

Es una lucha desigual, donde unos matan, acosan, intimidan, insultan, escupen, amenazan a todo el que no piensa como ellos. Los otros, los diferentes, los impuros, tienen que cumplir unas leyes civilizadas para defenderse, las de cualquier democracia normal. Las nomas del Estado de Derecho luchan contra los iluminados desde hace tiempo, pero es muy complicado que pueda resolver el problema. Diversos presidentes del gobierno han intentado sentarse a negociar con esa otra parte enfurruñada, intentando el diálogo, el acuerdo. Pero ellos, los enfurruñados de entrecejo cruzado, sólo quieren la victoria y la claudicación del enemigo. Es muy difícil hablar con alguien que ha mamado tanto odio desde su más tierna infancia, bajo la sombra de excusas históricas, y sobre todo cuando se creen envalentonados para hacer lo que les venga en gana. No conocen el miedo, el acoso, el sudor frío. Actúan con la misma impunidad y prepotencia del matón de colegio, que se sabe secundado y apoyado por unos cuantos, mientras los otros callan o buscan excusas extrañas. Así que al orejón, al cagón, al narizón, al cabezón, al raro, sólo les queda rezar, salvo que, por un milagro, en plan western, uno de ellos se harte y decida revolverse y encararse con el matón. El que lo hace, sabe muy bien el precio a pagar. Emilio Gutiérrez ya lo ha pagado con el exilio. Los comentaristas superguays siguen entendiendo su acción pero reprobándola, es lo bueno de tener el culo a salvo y caliente.

De todas formas, pese a todo, pese a la oscura solución a un problema sin solución, me quedo con la imagen del tal Emilio Gutiérrez, dirigiéndose calle abajo hacia el Ok Corral, allá en Dodge City, con un pueblo callado y escondido que le entiende, pero que no le comprende. Y la única duda que me asalta es si yo mismo hubiese tenido valor suficiente para coger otro mazo y caminar junto a él, como Pike Bishop y su grupo salvaje camino de su apocalíptico final. Sinceramente, no creo que hubiese tenido ese valor. Probablemente haría lo mismo que el resto: ocultarme. Por suerte para mí vivo también con el culo caliente en un lugar donde puedo opinar lo que quiera.

Pero como soy un fabulador sin redención, quiero imaginarme que sí agarro ese mazo y bajo la calle junto a Emilio, camino de la taberna donde los valientes brindan por sus victorias cobradas en sangre. Y me imagino abriendo los portalones de entrada, y que todos los allí presentes se callan al vernos entrar, y entonces, con la misma mirada fría del crepuscular, atormentado y temible William Munny, soltar lo mismo que dice tras ver el cadáver de su mejor amigo decorando la puerta del salón, al final de esa obra maestra llamada “Sin perdón”: “Who’s the fella that owns this shit-hole? (¿Quién es el dueño de esta pocilga”).


miércoles, 25 de febrero de 2009

Por qué escribo

No hace mucho tiempo, leí admirado un breve ensayo de Eric Blair, cuyo seudónimo era George Orwell, aquel visionario aventurero que nos dijo eso de que “El Gran Hermano” está aquí. En su lúcida reflexión, este antiguo miembro de la Policía Imperial India en Birmania y ex luchador idealista en la guerra civil española, nos desgrana poco a poco los motivos que le impulsaron convertirse en escritor. Inquietud que le venía desde su muy tierna infancia. Cuenta que al separarle cinco años de sus hermanos y no ver a su padre hasta los ocho, siempre se sintió un poco solo, lo que le hizo desarrollar manías desagradables que le hicieron impopular en la escuela, es decir, se convirtió en una especie de friki, o un nerd en términos anglosajones. Y cuáles eran esas manías tan extrañas que poseía el bueno de Eric: inventarse historias.

Se sintió infravalorado durante su niñez por los demás, especialmente los adultos, que no terminaban de entender las rarezas del crío. Se tiró años imaginando historias sobre sí mismo, en las que, por poner un ejemplo, se veía como Robin Hood protagonizando aventuras extraordinarias que, con el tiempo, dejaron de ser narcisistas para simplemente convertirse en narraciones donde describía lo que veía y hacía. Sin darse cuenta, Eric Arthur Blair, alias George Orwell, se estaba convirtiendo en narrador de historias. Y más adelante, siendo ya consciente de su talento (porque hay un momento en que eso ocurre, los textos te salen), el autor de la sombría y visionaria “1984”, resume en cuatro puntos los motivos por los que un escritor se sienta horas y horas delante de un folio en blanco, o una pantalla de estos nuestros tiempos.

No voy a desmenuzar los cuatro puntos que él enumera, porque de hecho no todos los escritores se ven reflejados en ellos, y porque así ya tienen ustedes motivos para acercarse a este maravilloso texto, localizable en Internet con sólo con poner el título (“Por qué escribo”) en el infalible Google. Además, algún autor puede argumentar no estar en absoluto de acuerdo con lo que en él se describe. Perfecto, se acepta pulpo, pero sinceramente al leer las palabras de Sir Eric (creo que nunca le hicieron Sir, pero suena bien) resulta difícil no sentirse identificado con sus motivaciones para contar cosas. De hecho, creo que todos aquellos que quieran escribir libros de mil páginas, o lúcidos artículos, o bien guiones que acaban envolviendo el bocata de un equipo de rodaje, tienen que, al menos, comprender aunque sólo sea una de ellas.

Sólo voy a contar la primera de las cuatro motivaciones, la que a mí me dejó más marcado, la fundamental, la que creo que, en el fondo, pensamos todos cuando queremos dedicarnos a esto de fabular: el puro egoísmo. Según Orwell, es el simple deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de permanecer en la memoria después de muerto, de vengarse de los adultos que le ignoraron de pequeño... Algo se revolvió dentro mí al leer esta reflexión, porque en ocasiones me siento un ser rencoroso con mi pasado y con algunos de los que pertenecen a él. Todo aquel que se ha sentido algo raro, o algo solo en su infancia, y que se ha refugiado en contar historias, tiene esa necesidad de parecer el más listo (aunque obviamente no lo sea), de trascender, de venganza. Suena ruin y difícil de entender, pero yo en cuanto leí el primer punto del perspicaz Orwell, me identifiqué al instante. A algunos les parecerá una tontería, pero a otros como a mí les resulta clarificador, como si un extraño código me hiciese entender a un tío que ya murió hace décadas y me estuviese hablando al oído. Termina Orwell este primer motivo con una reflexión certera, quizás algo dura: la gran masa de los seres humanos no es acusadamente egoísta. Pasados los treinta años, abandonan en muchos casos su ambición e incluso su individualidad, y viven sobre todo para los demás, o asfixiados por la monotonía. Existen un grupo de personas con fuerza de voluntad que están decididas a vivir su propia vida hasta el final, y los escritores pertenecen a esa clase.

En mi caso, yo nunca pensé en ser escritor, ni siquiera me considero tal, ni me veo capaz de escribir un libro, ni creo que lo intente. Pero al igual que Orwell, desde pequeño empecé a inventar historias. No me creía Robin Hood desfaciendo entuertos, pero sí tenía especial antojo en dibujar las aventuras de Tintín interpretándolas a mi manera (fatal, por otra parte), en especial “Objetivo: la luna”, no sé muy bien por qué esta aventura concreta, quizás porque pasé gran parte de mi infancia en ese lugar, y no descarto que parte de la madurez también lo haga. Luego llegó el cine, ya muy jovencito. Sentarse en una sala oscura y compartir emociones con una comunidad de gente a la que no conoces de nada, y la cámara que se acerca en primer plano a los ojos de un personaje, y sólo con una expresión o una mirada describir su alma. Y notar que a la gente le llega, y que tú algún día quieres hacer lo mismo, y que alguien (como yo en muchas ocasiones) se marcha a casa rumiando algo que le acaban de contar y le hace sentirse mejor. Lo que dijo el gran George Orwell: egoísmo puro.



(Pues ale, les dejo con uno de los motivos por los que me puse yo a fabular, con finales así...)

miércoles, 18 de febrero de 2009

El orgullo de un hombre

Ayer, por pura casualidad, tras estar encerrado horas y horas currando siete días en la feria más elitista, pija y vanguardista del planeta, o sea ARCO, me metí en la página digital de “El País” para ver que se contaba el mundo tras mi ausencia. Tenía vagas esperanzas de encontrar alguna noticia del tipo “meteorito cae sobre Madrid”, o bien, “hordas de zombis salen de sus tumbas y se adentran en sucursales bancarias dando dentelladas a diestro o siniestro”, o mucho mejor, “trípodes marcianos avanzan en dirección al Parque del Oeste, quemando todo lo que encuentran a su paso”, pero no, no ha caído esa breva y nada así de interesante ha pasado. Me encuentro con crisis, más crisis, más despidos, más paro, y más empresas golfas que, con la excusa de la crisis, pues largan gente y gente, sin que los directivos se bajen los sueldos, que tampoco es plan, que para eso son cabezas pensantes, como los trípodes marcianos.

También descubrí que siguen los espías en Madrid, que ya no sé muy bien a quién espían, y ya me pierdo con los que espían, o los que son espiados, o si se espían unos a otros, o indistintamente. La verdad es que en aquellos añorados tiempos del Telón del Acero, las cosas eran mucho más fáciles, y los espías que surgían del frío eran más sugestivos, en todos los sentidos. Quizás, lo más interesante de las noticias, y que me hace albergar esperanzas de un Apocalipsis que provoque una distopía en la que cuelgan de la Verga del Palo Mayor a los que en un vagón de metro escuchan a todo meter música con el móvil (bendito teléfono fijo de cable, con aquella rueda que giraba y tardabas dos horas en marcar un número), como decía, lo más interesante que leí fue la invasión de una plaga de conejos gigantes y mutantes que, además, le dan al fornicio a una velocidad vertiginosa, desmayándose tras la cópula (fascinantes bichos). Lo malo es que las únicas consecuencias que preveo ante tan peculiar amenaza de Andrómeda, es que el conejo al ajillo ahora será más carnoso.

Sin embargo, de pronto, cuando ya iba a cerrar la página del periódico y meterme en el porno, donde nunca hay novedades serias, me encuentro de manera casual un vídeo que, al parecer, han realizado las juventudes del PP vasco dándole caña a Ibarretxe, el hombre de Venus que dice eso de vascos y vascas, amigos y amigas, abertzales y abertzalas. Resulta que los peperos se han inspirado en un vídeo que circula por la Red, con un enorme éxito, y que lo protagoniza un tal Carlos (a partir de ahora, uno de mis ídolos particulares), en una mañana de resaca en la que un amigote le graba con la cámara, y en la que explica ante ella cómo una vil mujer le ha dado calabazas delante de cuatro elementos la noche anterior, y le ha soltado a la cara “Contigo no, bicho”. El vídeo, pero sobre todo, el monólogo del tal Carlos, me parecen para enmarcar. Tal palo sólo se puede tomar con humor, y esto lo ha hecho este crack, y a su vez me ha hecho recordar mis humillaciones particulares, que me dejaban muy hundido, pero que con el tiempo me las he ido tomando con humor, qué remedio, oigan. Así que no me resisto a contar una de las peores (por no decir que la peor) historias de la noche que me ocurrió no hace mucho tiempo. Es una bonita y autodestructiva historia de mis 101 historias. Omitiré nombres, ya que uno es un caballero, y, además, uno de los protagonistas es un amiguete de servilleta que, aquel día, o mejor noche, me sentí como tal, o sea arrugado y para tirar a la papelera.

Resulta que una noche de hace ya dos años, más o menos, porque cada mañana que me levanto me veo un par de neuronas en la almohada, además de alguna babilla; pues como decía, una noche de hace no excesivo tiempo, estaba tomando amigablemente unas cervezas con unos amigos en una cervecería del tipo alemana. Las cervezas, obviamente, fueron abundantes y ya salimos de allí camino de otro bar haciendo honor a sus inventores, que como ustedes saben fueron los habitantes de Mesopotamia, esos a los que no hace mucho invadieron amablemente los inventores del Burguer King. El caso es que íbamos ya con una toña importante, en especial un entrañable amigo que, al ver unas damiselas solitarias, se acercó a ellas para hablar del tiempo y la situación del Euribor. Este buen amigo en el fondo esperaba a otra chica, pero como es muy desprendido, entró a las buenas señoras para hacernos un favor a esos que como yo, pasan de ligar en bares, entre otras cosas porque estoy un poco sordo y no sé si con el ruido me dicen que "estoy muy bueno", o si, al contrario, quieren decir "buenooooo con el que estoy". El caso es que un tercer amigo, y servilleta, pues nos pusimos a departir amablemente con las bellas señoritas. La verdad es que bella, bella, era una de ellas, lo cual siempre plantea un problema. La amiga no tan bella (tampoco es que fuera un horror) tenía la mirada cruzada, y eso es mal asunto, porque era más rara que Quintero entrevistando a su perro. Como mi amigo y yo somos unos gentleman deportivos, tampoco nos dábamos codazos por ligarnos a la guapa, aunque en el fondo de nuestras almas nos gritásemos que ése era el objetivo. El caso es que a lo tonto nos quedamos solos con ellas, mientras el resto de amigos habían desaparecido, y esto ya se quedaba en un claro mano a mano.

Mientras mi amigo mantenía una conversación seria con la guapa, en la que nos enteramos de que era una chica comprometida que le gustaban los niños, y que trabaja en una guardería, su mundo, su pasión. Yo mantenía absurdas disquisiciones, creo recordar, sobre que Herodes en el fondo siempre fue un incomprendido y un maltratado por la historia. Pensando que me iba a mandar a recoger ajetes, el caso es que no, y parecía que incluso se reía, no sé si por pena, o por este mundo políticamente correcto (yo creo que no entendía mi humor). A todo esto, la rubia nos contaba cosas sobre la radio deportiva donde trabajaba y unas extrañas movidas sobre el periodismo, donde al parecer cuecen habas, como en cualquier otra cocina. Estaba claro que uno se llevaría a la tierna y guapa, y al otro a la loca y rara.

Al cabo de un rato, las dos se ausentaron juntitas al baño que, como todo el mundo sabe, es el cuartel general de campaña avanzado de toda mujer en batalla. Nosotros nos quedamos en la barra comentando que la tierna molaba, pero que no tenía pinta, ni daba señales, de elegirnos a uno de los dos. El caso es que regresaron, cayeron un par de copas más, y surgió el qué hacemos ahora. La tierna, mona y comprometida intentaba convencer a su amiga de ir a su casa y allí comer algo. Así que por fin, nos fuimos, y cogimos el coche de la rubia. Pero ésta, al llegar a la calle de la amiga, empezó a decir que se quería ir a casa, que vivía lejos, que era muy tarde, y que vamos, que el “Alea jacta est” para ver quién se ligaba a la tierna se iba al mismo lugar que la burbuja inmobiliaria, o sea a la mierda.

La amiga arrancó el coche, y allá que se marchó con su pedete, así que nos quedamos el amigo, yo y la tierna. Lo del trío no es algo que me pase por la cabeza con un amigo, más que nada por si de repente la cosa se pone monótona y en el mete y saca nos ponemos a hablar de la Liga, o del plan de reflote de los bancos. Ya sin plan, y con la tierna que se subía a casa, y como no había dado señales ni visos de acercamiento a ninguno, pues la acompañamos al portal, como caballeros que somos. Una vez allí, nos dimos los teléfonos y un par de besos, con la intención de vernos otra vez para que nos contase la evolución de la tierna infancia apañola que, algún día, nos mantendrá. Fue entonces cuando sucedió. Algo que pasará a los anales de mi historia oscura con las mujeres, y mira que es oscura. Algo que ocupa el top 5 de mis humillaciones, emulando al gran Nick Hornby. Al abrir el portal (que encima era con barras de acero forjado), y decirnos adiós, giró la cabeza hacia mi amigo y soltó una frase que todavía resuena en mis oídos: “tú te subes, claro”. Y mi amigo, pues se subió, claro, y me cerraron la puerta del portal con barras de hierro forjado en las narices. Camino de casa, iba pensando que por qué los trípodes marcianos no atacaban de una puta vez, hombre.

Al día siguiente, mi amigo me llamó para disculparse y decirme que sentía lo ocurrido, pero que estaba muy necesitado. Uno, que es comprensivo, lo entendió y soltó el típico y absurdo, hoy por ti, mañana por mí (y un cojón de pato). El caso es que saque un par de lecciones de tan portalera situación, que me han hecho aún más razonable y mejor persona:

1. No es conveniente bromear ni hacer chistes de Herodes a una tierna, mona y sensible empleada de guardería.

2. No podías haber tenido un poco de sensibilidad y haber esperado a que nos fuéramos y, ya que nos pediste el móvil, haberle llamado para que se volviese sin darme con la puerta de barras de hierro forjado en las narices... ¡¡¡CACHO PERRA!!!

Pues eso, ojo con los portales de noche, que los carga el diablo.


martes, 3 de febrero de 2009

Los fachas

Dícese, según la RAE, o sea la Real Academia de la Lengua Apañola, que "facha" significa traza, figura o aspecto; en su segunda acepción se afirma que es la manera coloquial de denominar a un mamarracho, o un adefesio; y más adelante se dice que es la forma despectiva de llamar coloquialmente a un fascista, o persona de ideología política reaccionaria.

La verdad es que esta entrada es impropia de mí, más que nada porque me aburre mucho el tema político, y porque mi grado de compromiso es equivalente al de un concursante del Gran Hermano delante de un libro. Pero no puedo evitar hablar de ello tras ver todo el revuelo montado con el falso vídeo del Gran Wyoming. Como saben, y si no lo resumo como haría Hurley con las cuatro primeras temporadas de Lost (qué grandes los guionistas, qué manera más subliminal de repasar horas y horas de serie en una escena de minuto y medio), “El intermedio”, el programa de La Sexta que conduce el Gran Wyoming, tiene un pique importante con un programa llamado "Más se perdió en Cuba" (¡toma Moreno!) de la cadena que se hace llamar Intereconomía (la pueden encontrar en la TDT), donde salen unos señores con corbatas muy enfadados con todo en general, y con nada en particular. La diferencia entre ambos programas estriba en que los primeros se cachondean de los segundos con gracia, mientras que los segundos sólo intentan tener gracia sin poseerla, que es algo muy ridículo, parecido a cuando te pillaban mirando las tetas de una compi en el cole y te ponías muy muy rojo (de vergonzoso, no de Marx).

El caso es que como el don del humor parece ajeno a estos señores enfadados (muy bien peinados, eso sí) con casi todo en general, y con nada en particular, no les queda más remedio que acudir al recurso de manual que todo buen fachilla apañol que se precie siempre tiene a mano: insultar a bocajarro. Progres, asquerosos, pervertidos, bufones, tipejos, son algunas de las lindezas que suelta cada día un señor (con un parecido notable al actual presidente del Madrí) con facha (¡ojo!, figura, aspecto) de empresario repeinado haciendo gracias en un consejo de administración. El problema es que una de sus jocosidades fue llamar puta a Beatriz Montañés, la colaboradora de Wyoming, que meses atrás hizo un sketch picantón para poder competir con un partido de la Selección en la Eurocopa. Intentar explicar a estos señores lo que es ficción, es algo tan complejo como entender un soliloquio de Dani Güiza.

¿Y qué han hecho los perpetradores del programa del Wyoming para responder a estos insultos? Pues metérsela doblada a los intereconómicos hasta la mismísima bola, demostrando una vez más que la derecha, o la parte más rancia de la derecha, aparte de estar siempre muy enfadada y tener un humor muy particular (y tan particular que yo todavía no lo he encontrado), mienten más que hablan. ¿Será un gen?, ¿o es algo cultural?

Por recordar de nuevo el asunto y resumir la polémica (ayyyy, que no soy Hurley), en el citado vídeo el Wyoming echa una bronca humillante a una pobre becaria. Si bien es cierto que se puede poner en duda el gusto de la trampa-broma, ya que ese tipo de broncas existen, y yo las he visto en platós por parte de algún que otro hijoputa esquizoide que hay en la profesión, yo comprendo perfectamente los motivos de los guionistas de “El intermedio” (seguro que ni siquiera es una idea de Wyoming) para gastar esta inocentada con retraso. Sabían los muy pillines que poniendo al Gran Wyoming en plan tirano y usando un vocabulario soez con mucho “estoy hasta los cojones” (más propio de alguien de derechas muy cabreado), los señores enfadados de Intereconomía iban a entrar al trapo para obtener la excusa perfecta que necesitan respecto a un progre: decir que es un tirano que gana un montón de pasta... qué cosas. Y así lo hicieron, y consiguieron que todo el país hablase del vídeo de marras, creando una espectación que les habrá permitido, encima, aumentar la audiencia del programa.

Dejando esta polémica aparte, a mí particularmente me gustan los humoristas que se ríen de todos y de todo. Lamentablemente hay pocos en este país (ayyy, qué grande era El Guiñol) que usen un estilo más anglosajón de despellejar a todo el que se mueve. Aquí funciona todo lo contrario. Cuando se hace humor, o parodia, generalmente se utiliza el corporativismo con la casa que paga, el clientelismo, las manías personales, o el dogmatismo. Y es una pena porque hay gente muy brillante, pero que se excede en su proselitismo. Dos ejemplos de ello son Forges y el propio Wyoming, personajes a los que sigo habitualmente, pero que, a veces, se hacen repetitivos en su crítica continua hacia el mismo lado. Por supuesto, cada uno tiene sus ideas, y es muy respetable usarlo en el humor, pero puede caerse en el cliché facilón, si bien es cierto que estos dos tipos, incluso usando el cliché, son geniales, y por ello no me los pierdo.

Por este motivo, quería finalmente citar a otros dos individuos que encajan perfectamente en mis gustos, y que no dudan en reírse de todo y de todos. Además lo hacen con una retranca muy británica, que a mí me gusta un poco más. Me refiero al genial dibujante Ricardo, que trabaja en “El Mundo”, cuyas inteligentes viñetas llevan asombrándome desde hace años, y al gran periodista y escritor Enric González, que escribe en El País, un tipo que consigue la cosa más difícil del mundo: tener mucha gracia con una escritura de sencillez pasmosa; además de estar cargada de ironía, sarcasmo, y una notable capacidad para reírse de sí mismo, y del medio que le paga, si es menester. Garantizo a todo el que tenga curiosidad que es de lo mejorcito que se puede encontrar hoy en día en este país, además de ser una delicia tanto sus artículos como sus libros.

De todas formas, y volviendo al título de esta historia tan poco mía, todavía me pregunto quién es el genio que asesora a los señores graciosos de la derecha. Desde Tip no ha vuelto a salir ninguno que merezca la pena (encima hacía humor con uno de izquierdas, lo que demostraba la inteligencia de ambos), y cuando ves a un Urdaci, o al señor que se parece al presidente del Madrí, te entran ganas de hacerte trotskista, o leerte de carrerilla el Libro Rojo de Mao. En fin, que yo quería hablar de Nadal y Federer, esos dos guerreros que han viajado en el tiempo desde la Grecia Antigua de Aquiles y Héctor, pero al final no me ha quedado más remedio que escribir sobre señores con traje que están muy enfados con todo en general, y con nada en particular . O sea, los fachas.


(En fin, genial la broma, la explicación, y el remate final de Wyoming explicando al señor que se parece al presidente del Madrí, lo que tienen que hacer si realmente le quieren hacer daño)