Era un mes de marzo de hace cuatro años, cuando regresaba de pasar un agradable fin de semana en Sevilla. Aparte de reconocer la belleza de esa hermosa y calurosa ciudad, uno, que es más profano y simple que nadie, sólo recuerda el baño en cerveza fría que me di todo el tiempo que estuve allí, esa cerveza helada que tiran como nadie y que entra como nada.
El domingo por la noche, montado en el coche de unos amigos, regresábamos todos en silencio, durmiendo en algunos casos, jodidos por tener que volver al trabajo al día siguiente en otros, o sumidos en sus pensamientos, como era mi caso. Más que pensamientos, lo que me acompañaba en la oscuridad del paisaje era una nostalgia perdida, en este caso por una mujer que por aquellos tiempos pudo ser y no fue. De fondo, se escuchaban canciones, algo normal siendo el coche de un buen amigo (el hombre que más sabe de música del mundo) cuya vida es la música, capaz de tragarse festival tras festival y de conocer a bandas pequeñas a las que sólo escuchan los padres de los componentes. Yo no le prestaba demasiada atención a lo que el amigo nos había puesto, seguía recordando en medio de la oscuridad, cuando de pronto, poco a poco, una suave melodía y una voz que parecía una mezcla de llanto y susurro me fueron sacando del letargo, y se fundieron a mi nostalgia y mi tristeza. De hecho, por un momento, esa música se había convertido en la banda sonora de mis pensamientos. Enseguida le pedí a mi amigo que volviese a poner la canción. Y se lo pedí unas cuantas veces más. La canción consiguió acompañar mis absurdas y estúpidas fantasías sobre aquella mujer, a imaginar historias de encuentros y desencuentros, de finales felices o infelices.
Proceden de Islandia, el último lugar del mundo donde dicen que merece la pena perderse. No son una banda que llena estadios, tampoco lo buscan, ni lo necesitan, pero con el paso de los años, son conocidos y respetados en medio mundo. Cantan en su idioma natal, a veces en inglés, pero la mayoría de las veces usan un lenguaje inventado (hopelandic) que acompaña a sus emotivas y largas melodías. Alguno de sus discos no tiene título -()-, ni las canciones tampoco, simplemente números. De hecho, el álbum viene acompañado de un cuadernillo en blanco para que cualquier persona, de cualquier lugar, escriba lo que quiera en función de lo que le haga sentir la música de unos genios conocidos como Sigur Ros. En mi caso, desde la primera vez que les escuché, aquella noche negra de regreso a Madrid, su música la identifico con la tristeza.
Cuatro días después de regresar de Sevilla, en una mañana soleada y extraña de jueves, al introducirme en mi coche para ir a trabajar como otro día cualquiera, al encender la radio como otra mañana cualquiera, de repente, sin avisar, la realidad más trágica llamó a la puerta, sólo que lo hizo a golpes.
De pronto, mis absurdas tristezas con las que venía en el coche desde Sevilla pasaron a mejor vida. Hay cosas que superan cualquier egoísmo propio. Nos creemos miserables por algo como el amor, cuando éste pasa, como pasan los amigos, los lugares en los que uno ha estado, los momentos que ha vivido. Sin embargo, algunas tragedias siempre estarán en el recuerdo, nos dan un toque de atención, nos muestran lo ridículo de nuestras quejas, lo absurdo de nuestros enfados, lo insignificante de nuestras vidas.
Me costó, pero conseguí hacerme con prácticamente todos los discos de estos islandeses, aunque fuera a precio de oro. Es curioso, el recuerdo de aquella mujer que ocupó mi nostalgia de aquella noche oscura de viaje desapareció por completo, pero ellos y su música se quedaron para siempre. Durante año y medio de mi vida, me acompañaron como melodía de fondo mientras escribía varias historias de gente corriente que, una mañana de marzo, tomaron cuatro trenes de cercanías.
El domingo por la noche, montado en el coche de unos amigos, regresábamos todos en silencio, durmiendo en algunos casos, jodidos por tener que volver al trabajo al día siguiente en otros, o sumidos en sus pensamientos, como era mi caso. Más que pensamientos, lo que me acompañaba en la oscuridad del paisaje era una nostalgia perdida, en este caso por una mujer que por aquellos tiempos pudo ser y no fue. De fondo, se escuchaban canciones, algo normal siendo el coche de un buen amigo (el hombre que más sabe de música del mundo) cuya vida es la música, capaz de tragarse festival tras festival y de conocer a bandas pequeñas a las que sólo escuchan los padres de los componentes. Yo no le prestaba demasiada atención a lo que el amigo nos había puesto, seguía recordando en medio de la oscuridad, cuando de pronto, poco a poco, una suave melodía y una voz que parecía una mezcla de llanto y susurro me fueron sacando del letargo, y se fundieron a mi nostalgia y mi tristeza. De hecho, por un momento, esa música se había convertido en la banda sonora de mis pensamientos. Enseguida le pedí a mi amigo que volviese a poner la canción. Y se lo pedí unas cuantas veces más. La canción consiguió acompañar mis absurdas y estúpidas fantasías sobre aquella mujer, a imaginar historias de encuentros y desencuentros, de finales felices o infelices.
Proceden de Islandia, el último lugar del mundo donde dicen que merece la pena perderse. No son una banda que llena estadios, tampoco lo buscan, ni lo necesitan, pero con el paso de los años, son conocidos y respetados en medio mundo. Cantan en su idioma natal, a veces en inglés, pero la mayoría de las veces usan un lenguaje inventado (hopelandic) que acompaña a sus emotivas y largas melodías. Alguno de sus discos no tiene título -()-, ni las canciones tampoco, simplemente números. De hecho, el álbum viene acompañado de un cuadernillo en blanco para que cualquier persona, de cualquier lugar, escriba lo que quiera en función de lo que le haga sentir la música de unos genios conocidos como Sigur Ros. En mi caso, desde la primera vez que les escuché, aquella noche negra de regreso a Madrid, su música la identifico con la tristeza.
Cuatro días después de regresar de Sevilla, en una mañana soleada y extraña de jueves, al introducirme en mi coche para ir a trabajar como otro día cualquiera, al encender la radio como otra mañana cualquiera, de repente, sin avisar, la realidad más trágica llamó a la puerta, sólo que lo hizo a golpes.
De pronto, mis absurdas tristezas con las que venía en el coche desde Sevilla pasaron a mejor vida. Hay cosas que superan cualquier egoísmo propio. Nos creemos miserables por algo como el amor, cuando éste pasa, como pasan los amigos, los lugares en los que uno ha estado, los momentos que ha vivido. Sin embargo, algunas tragedias siempre estarán en el recuerdo, nos dan un toque de atención, nos muestran lo ridículo de nuestras quejas, lo absurdo de nuestros enfados, lo insignificante de nuestras vidas.
Me costó, pero conseguí hacerme con prácticamente todos los discos de estos islandeses, aunque fuera a precio de oro. Es curioso, el recuerdo de aquella mujer que ocupó mi nostalgia de aquella noche oscura de viaje desapareció por completo, pero ellos y su música se quedaron para siempre. Durante año y medio de mi vida, me acompañaron como melodía de fondo mientras escribía varias historias de gente corriente que, una mañana de marzo, tomaron cuatro trenes de cercanías.
(Heima es su último trabajo. Una película que muestra conciertos improvisados en cada rincón de su hermoso país)

